Jerry Talbot, the special representative for the tsunami operation of the International Federation of Red Cross and Red Crescent Societies
A mediados de noviembre de 2008, un terremoto de 7,7 grados en la escala de Richter sacudió la isla de Sulawesi, Indonesia, cobrándose cuatro vidas, dañando puentes y carretas, y obligando a 1.000 personas a abandonar su hogar.
En el resto del mundo, la mayoría de la gente no se enteró de ese terremoto ni de las réplicas siguientes. No fue lo suficientemente devastados como para ocupar titulares.
No obstante, voluntarios de la Cruz Roja Indonesia con la debida formación entraron en acción inmediatamente en Sulawesi donde evacuaron a personas de viviendas derrumbadas; distribuyeron medicamentos, mantas y artículos para bebé, y evaluaron la situación para saber qué más necesitaban los damnificados.
Gracias sean dadas por esos voluntarios locales. El daño de las carreteras implicó que tuvieran que desenvolverse solos durante las primeras horas críticas después del desastre. Pero incluso cuando carreteras, puertos y aeropuertos no causan problemas, la ayuda externa siempre llega más tarde. Y los fondos disponibles siempre dependen de la generosidad de los donantes.
La experiencia de Sulawesi nos recuerda que el recurso más importante en casos de desastre no es el dinero sino la gente: gente capacitada y comprometida, gente preparada para intervenir cuando sucede lo impensable. El espíritu del voluntariado en el seno de las comunidades en riesgo implica estar en el terreno antes de que sobrevenga un desastre y contar con la formación necesaria para entrar en acción en cuanto se da la alerta.
Una catástrofe como el tsunami de 2004 en el Océano Índico suscitó una enorme generosidad que se tradujo en donaciones de miles de millones de dólares, toneladas de suministros de socorro y centenares de trabajadores de la ayuda internacional.
Con esos recursos, la Cruz Roja y la Media Luna Roja pudieron llevar a cabo la mayor operación de toda su historia con un presupuesto de 3.108 millones y programas en torno a todo el Océano Índico.
Los logros son notables, habida cuenta de la diversidad de los retos y la complejidad que sembró el desastre. Cuatro años después, 97 por ciento de las viviendas previstas está en construcción o se terminó de construir; más de 500.000 personas tienen acceso a fuentes de agua mejoradas y 375.000 fueran atendidas por servicios de salud basados en la comunidad.
Ahora bien, la operación tsunami dista de ser normal. Como siempre, la tarea consiste en intervenir a diario frente una variedad de choques localizados que pueden socavar años de penoso desarrollo socioeconómico y que sumados causan sufrimientos y dificultades a un número mucho mayor de personas. Como siempre, en muchos sitios, la tarea consiste en intervenir frente a una cantidad de desastres menores, disturbios esporádicos, brotes de enfermedades, el precio cada vez más alto de los alimentos y el combustible o el rampante cambio climático.
Lo más apropiado frente a estos choques cotidianos no son los titulares y las donaciones del extranjero; la intervención más eficaz es aquella de quienes viven y trabajan con los damnificados. Radica en encontrar soluciones con la participación de las bases.
Inmediatamente después del tsunami del Océano Índico, voluntarios de la Cruz Roja y la Media Luna Roja, que en muchos casos habían perdido seres queridos, pusieron manos a la obra para ayudar a otros damnificados de su entorno.
Ese mismo espíritu vive hoy en Indonesia tras el terremoto de Sulawesi y en la crisis alimentaria que aqueja al Cuerno de Africa; emergió en mayo de 2008 tras el terremoto de Sichuán, tras el ciclón Nargis en Myanmar y durante la feroz temporada de huracanes en las Américas.
Nuestra labor comienza mucho antes de que sobrevenga algún desastre. Nuestro enfoque es reducir el riesgo de desastres cimentando una cultura de prevención que responda a la consigna: “alerta temprana, acción temprana”. La alerta temprana implica analizar de antemano los riesgos reales y potenciales y preparar a las comunidades para que puedan afrontar los peligros previstos o imprevistos que puedan surgir. La acción temprana implica abordar factores estructurales de vulnerabilidad para mitigar esos riesgos y prevenir la devastación y el sufrimiento.
Zainal Abidin, pescador de Aceh, perdió su vivienda en el tsunami y pidió que la Cruz Roja y la Media Luna Roja le construyeran la tradicional vivienda de madera sobre pilotes. “Elegí este tipo de casa porque temo que haya otro terremoto u otro tsunami. Nos da miedo vivir en una casa de ladrillos a causa de los terremotos, pero en esta de madera sobre pilotes nos sentimos más seguros porque no se sacude cuando hay un terremoto”, explicó a la Cruz Roja y la Media Luna Roja.
Los programas de la Cruz Roja y la Media Luna Roja capacitan a las comunidades para que resistan y, en última instancia, refuerzan el desarrollo. Nuestros programas para ampliar la preparación en previsión de desastres y las capacidades de nuestras Sociedades Nacionales cambian estilos de vida, actitudes y mentalidades en las bases. Asimismo, alientan a las personas a trabajar juntas y en paz dejando de lado diferencias étnicas, religiosas y de clase conforme a los principios comunes de la Cruz Roja y la Media Luna Roja.
Debido a la índole catastrófica del tsunami, lo cierto es que mucha gente y muchos lugares jamás se recuperarán plenamente. Una tragedia no se puede borrar de un plumazo con casas, escuelas, hospitales, puestos de trabajo, redes de pesca o agua potable.
Eso no quita que la lluvia de generosidad tras el tsunami haya permitido que la Cruz Roja y la Media Luna Roja invirtieran en ampliar la capacidad de las comunidades para afrontar futuros choques provocados por los desastres, las enfermedades, los conflictos armados, la inflación o el cambio climático. Cimentando una capacidad realista en las comunidades y las redes locales de voluntarios de la Cruz Roja y la Media Luna Roja obramos por mejoras duraderas en la vida de la gente tanto antes como durante y después de los desastres.