Incendios en Chile: Un domingo diferente en Valparaíso

Publicado: 16 abril 2014 15:30 CET

Por Gustavo Ramírez, represéntate regional de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y Media Luna Roja (FICR)

Un incendio forestal se desencadeno este pasado sábado 12 de abril, 2014 en Camino La Polvora en la ciudad portuaria de Valparaíso. Los informes más recientes por parte de las autoridades nacionales indican que más de 800 hogares han sido destruidos por los incendios y más de 12,000 personas se han visto forzadas a evacuar sus hogares. Un total de 12 personas han muerto y muchas más han resultado lesionadas. La preocupación aumenta a medida que el fuego sigue su trayectoria devastadora a través de las comunidades y fuertes vientos causan nuevos incendios, dañado más casas y instando más evacuaciones.

Los domingos, por lo general, las ciudades son tranquilas, sin ruido, con poco movimiento.  Sus habitantes descansan y se refugian en la tranquilidad de sus hogares con sus familias o en compañía de sus amistades.

Este domingo no ocurrió eso en Valparaíso, por el contrario la ciudad estaba transformada en caos, desesperación, angustia, personas que corrían con mascarillas en sus rostros para protegerse del humo y de las cenizas. El tránsito en las esquinas de las calles, a pesar de que los semáforos funcionaban, estaba dirigido por policías, infantes de marina equipados para la guerra o funcionarios de la defensa civil, que liberaban vías especiales para carros de bomberos, ambulancias, vehículos policiales y también  de Cruz Roja.

Una compacta nube gris oscurecía el cielo de la ciudad y una delicada lluvia de cenizas caía sobre nosotros.  Las sirenas de las ambulancias, de los carros de bomberos y de los vehículos policiales se amplificaban causando preocupación e incertidumbre en las personas. Todos miraban hacia los cerros.

El incendio que el día anterior había dejado en completo desamparo y desesperanza a miles de personas, estaba aún vivo y se reactivaba  en diferentes lugares de esos cerros que orgullosamente habían albergado a tantos porteños, por tantos años y que conformaban el singular paisaje de esta ciudad que fue declarada patrimonio de la humanidad.

Valparaíso ardía, era un verdadero infierno.  Con cuidado y mucha precaución subimos a uno de los  cerros donde el incendio no había llegado.  Entre carros de choferes angustiados que subían y bajaban, llegamos a un mirador que nos ofrecía una panorámica privilegiada. Viviana Guajardo, nuestra guía, voluntaria de la Cruz Roja y experta en acceso seguro nos indicó que éste era el lugar para apreciar mejor las dimisiones de esta tragedia.  Era un escenario dantesco.  Cientos de casas habían sido arrasadas por las llamas.  Eran casas que colgaban de las laderas de los inclinados cerros. Milagros inexplicables de la arquitectura no planificada.

Estábamos frente a lo que fueron, sin ser reconocidas, las favelas de Valparaíso. Hasta ahora siempre pensé que eso era un fenómeno de Río de Janeiro, pero esta tragedia, al igual que muchas otras, nos muestra lo que no se quiere ver o lo que se quiere esconder.

María, una pobladora que había perdido todo, con lágrimas en sus ojos decía que “no podía despertar de esta pesadilla, que no quería creer que esto era cierto”.  Efectivamente era una realidad que parecía que una gran bomba atómica había caído sobre esta parte de la ciudad y lo había quemado todo en pocos segundos… Solo quedaban cimientos y pilares de concreto y hormigón precario que en dramático silencio testimoniaban que allí hubo vida solo algunas horas atrás.

Un escenario dantesco que me recordó imágenes de Hiroshima y Nagasaki y también de Banda Ache en Indonesia después del tsunami que azotó Asia hace poco más de una década.

Valparaíso está herido, gravemente herido, pero no muerto.  Se siente en sus habitantes, a pesar del dolor de esta tragedia, su voluntad y deseo de volver a ser  una postal del Pacífico central de Chile, que amerita el reconocimiento de la Unesco.




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