por Kristalina Georgieva, Comisaria de Cooperación Internacional, Ayuda Humanitaria y Respuesta a las Crisis, Comisión Europea y Bekele Geleta, Secretario General, Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja
El 20 de junio, la tan esperada Cumbre Rio+20 sobre desarrollo sostenible congregará a una amplia gama de decididores de gobiernos, el mundo empresarial y el sector humanitario. El propósito de esta reunión es ambicioso: proponer medios de prepararnos y preparar a las comunidades más vulnerables del mundo para el impacto del cambio climático y los fenómenos meteorológicos extremos.
La cumbre ofrece a las naciones la importante posibilidad de configurar el “futuro que queremos” incorporando la resiliencia social, ambiental y económica frente al cambio climático en todas las estrategias de desarrollo. Para realizar esta ingente tarea, tenemos que mancomunar toda la pericia pertinente y requerir una considerable voluntad política bajo la bandera de la resiliencia. Esa será nuestra responsabilidad común en Rio.
No hay tiempo que perder: la población de la Tierra ya sobrepasa los 7.000 millones y sigue creciendo, lo que sumado al aumento de sequias, inundaciones y otros desastres relacionados con el cambio climático, implica que más personas que nunca se verán aquejadas por el hambre, el conflicto por recursos, la pérdida de medios de subsistencia y otros riesgos. A este creciente grupo de personas vulnerables le debemos una estrategia mundial antidesastres que supere la rigidez burocrática, focalice mejor nuestros recursos e incorpore las esperanzas y el potencial de todos los países –grandes y pequeños, ricos y pobres– de resistir a los efectos del cambio climático y adaptarse a ellos.
Respecto a las personas más vulnerables, citemos el caso de Amina, una mujer joven de la región de Tigray, al norte de Etiopía, zona que en los 30 últimos años se ha visto aquejada por recurrentes crisis alimentarias. Amina tiene cinco hijos y es cabeza de familia. En 2009, recibió un préstamo en efectivo de 124 euros en el marco de un programa de asistencia de la Cruz Roja, en el cual también se le impartió formación en engorde de ganado, cultivos sostenibles y venta de sus productos en el mercado local al mejor precio.
Gracias a ese programa, el ingreso anual de Amina pasó de 254 a casi 509 euros, diferencia que le permite alimentar a su familia, mandar a sus hijos a la escuela y explotar una pequeña granja, por lo cual, pudo sobrellevar la terrible crisis alimentaria que el año pasado afectó a su país y el resto del Cuerno de África.
El caso de Amina demuestra que una inversión bien pensada en soluciones a largo plazo mejora la resiliencia de personas vulnerables frente al cambio climático y les permite vivir con dignidad y cierto grado de certeza. En términos de efectividad y valor del uso del dinero, inversiones como esta van mucho más allá de la prestación de ayuda humanitaria a corto plazo. De ahí que la comunidad internacional deba redoblar esfuerzos para reforzar la resiliencia tendiendo puentes más sólidos entre ayuda humanitaria y ayuda para el desarrollo. Esa es la única forma de romper el círculo vicioso de sequía y hambre que afecta a millones de personas en los países de África oriental y el Sahel.
Ya existen ejemplos de vinculación exitosa entre socorro y desarrollo en beneficio de la resiliencia. Uno de ellos es la iniciativa de apoyo a la resiliencia del Cuerno de África, denominada Supporting Horn of Africa Resilience (SHARE), por la cual, los brazos humanitario y de desarrollo de la Comisión Europea contrajeron un compromiso a largo plazo e invirtieron 250 millones de euros para apoyar la recuperación de la reciente sequia, mejorar la seguridad alimentaria y reforzar la preparación en previsión de futuros desastres de la región.
Otro ejemplo es la iniciativa de la Cruz Roja y la Media Luna Roja que de los ingresos que reciban en respuesta a sus llamamientos en casos de desastre asignarán el 10% a programas y acciones para construir la resiliencia a largo plazo de comunidades golpeadas por crisis, mucho después que las cámaras desaparezcan del lugar en cuestión. A su vez, la Comisión Europea destina entre 8 y 10 % de su presupuesto humanitario a la reducción de desastres y la resiliencia. Así, no solo salvamos vidas hoy, también hacemos que merezca la pena vivirlas en el mañana.
¿Qué nos diría Amina si ocupara el centro del escenario en medio de las 20.000 mentes abiertas y bien intencionadas de la Cumbre de Rio? Que seamos tan valientes como ella, que debemos ofrecer soluciones que den certeza en un mundo cada vez más incierto, que si consideramos la rentabilidad de la inversión que hicimos en su futuro y ampliamos rápidamente la aplicación de esa fórmula a escala mundial podríamos dar un salto cuantitativo en el desarrollo sostenible. No cabe duda alguna ni hay tiempo para la indecisión.