Congo volunteers remain steadfast in eye of Ebola storm

Publicado: 27 marzo 2003 0:00 CET

Didier Revol in Kellé

En su mayoría rondan los treinta años, y se les reconoce con facilidad por las batas y pantalones verdes con los que se los ve a diario. Van y vienen con sus botas de goma blancas o negras, elemento imprescindible de su equipo de protección. Todos conocen a los voluntarios de la Cruz Roja Congoleña.

Los 19 miembros que integran este sólido equipo, a menudo ocultos tras sus incómodos trajes de protección, han estado trabajando sin descanso en la aldea de Kellé, en el interior de la selva ecuatorial, desde que se desató, en enero, un aterrador brote de ébola.

Según las últimas estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, se sabe que en esta región de Cuvette-Ouest, al norte del Congo, un total de 123 personas contrajeron la infección y 113 de ellas perdieron la vida.

En parte gracias al esfuerzo de los voluntarios, la epidemia parece llegar a su término en Kellé. No obstante, no se debe bajar la guardia. En plena epidemia, la mayor parte de los habitantes de Kellé se refugió en la selva, creyendo que de esta forma podían esconderse del mortífero virus. Los voluntarios decidieron quedarse para cuidar a los enfermos y los ancianos abandonados a su suerte. Hicieron lo que consideraron más útil.

“¿Cómo podíamos irnos a otra parte cuando el ébola estaba devastando a nuestra comunidad?”, se interroga Bienvenu Antsiemi, de 33 años. “Nuestra obligación era acudir en auxilio de nuestros mayores. También son ellos la razón de que formemos parte de la Cruz Roja. Lucharemos hasta el final de la epidemia”.
Alexis Abaco, de 36 años, el mayor de un pequeño grupo que descansa a la sombra de una planta de mango en el jardín del hospital, perdió a su padre, a su madre y a su hermana.
“Yo mismo interrumpí el contagio en mi familia. Me di cuenta de que mi padre tenía síntomas de ébola. Así que les dije a mi madre y a mi hermana que lo dejaran solo”. Las gotas de sudor se deslizan por su frente. Levanta la vista y agrega: “Pero ya habían contraído la infección. Fallecieron al poco tiempo”.

Los voluntarios se consideran muy afortunados de estar sanos y salvos. Fabienne Ekere, una joven de 29 años que tiene a su cargo la farmacia del hospital, comenta que esto no ha ocurrido por azar, sino gracias a los conocimientos que adquirieron en la formación que impartió la Federación Internacional durante la primera epidemia, el año pasado.
“Nuestra experiencia en la gestión de los desastres y la lucha contra las epidemias nos salvó de una muerte segura”, dice. Fue otro el destino de tres enfermeras de Kellé, que perdieron la vida prestando servicios durante las primeras semanas del brote.

Gildas Mbela, de 27 años, recuerda cuando llegaron los primeros casos al hospital. “Una persona vino a ver a su hermano y le dije que se trataba de ébola, que no debía tocarlo”. En un momento determinado, el paciente se cayó de la cama. “A pesar de mi advertencia, este hombre puso nuevamente a su hermano en la cama sin cubrirse las manos y gritando que no era ébola. Así muere la gente aquí, se niegan a admitir la realidad”.
Los voluntarios no quieren admitir ningún sentimiento de temor. Afirman que no pueden darse el lujo de sentir miedo. Se hace un silencio. Luego Bienvenu evoca su primera misión de reconocimiento fuera de Kellé, a fin de evaluar la situación en las aldeas remotas: “Dondequiera que nos deteníamos, sólo encontrábamos casas vacías. No pude evitar sentir miedo”.

Hoy, la situación es apenas diferente. Sólo el 30 por ciento de la población de Kellé ha regresado de la selva. “No sabemos lo que ocurre allí. La gente va regresando poco a poco a sus aldeas y podría ocurrir que la epidemia vuelva a recrudecer”.
Ilitch Ndaye y Romaine Oloba, ambos de 28 años, viven juntos y han estado trabajando codo a codo todo el tiempo. “Cuando entro al campo de batalla, me complace ver a mi esposa junto a mí”, dice Ilitch. “Nos cuidamos mutuamente y controlamos atentamente nuestro equipo de protección”, dice Romaine.
Intercambian una sonrisa. “Nosotros, los voluntarios, nos cuidamos mucho unos a otros; así pues, ahora estamos mucho más unidos”, concluye Alexis.




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