Rosemarie North of the International Federation in Mile Six Camp, Ghizo Island
Fue en el culto matinal del pueblo de Saeragi, que los habitantes de la isla de Ghizo oyeron la primera alerta.
“El jefe nos dijo que saliéramos corriendo. El mar subió como en una inundación… y entonces vimos aparecer la ola enorme”, cuenta Litia Naomi de 14 años, recordando la mañana del lunes 2 de abril, cuando un tsunami aterrador embistió las provincias occidentales de las Islas Salomón.
Todo el pueblo huyó, pero Collin Sivai de 66 años no podía correr porque hace cuatro años sufrió una lesión y tuvieron que amputarle un pie. Sirviéndose de sus muletas, trataba de vencer el agua y llegar a la iglesia, construida con hojas de palma de Sago.
Esperó dentro mientras el mar no cesaba de crecer. El abuelo señala sus rodillas para indicar la altura de las aguas. Cuando la ola remetió, partió de su pueblo en ruinas y con gran dificultad subió a tierras más altas para reunirse con sus hijos y nietos en el campamento que llaman Mile Six.
Un par de días después del desastre, algunas almas valientes volvieron a buscar cosas: ollas, sartenes, ropa... todo lo que pudieran recuperar.
"Quise volver para buscar algunas cosas nuestras pero no había nada”, comenta Freda Kami Kera, hija de Collin, durante la visita de delegados de la Cruz Roja de las Islas Salomón y la Federación Internacional.
Hasta la fecha, la Cruz Roja distribuyó alimentos, agua, toldos alquitranado y mosquiteros en el campamento Mile Six. En colaboración con personal internacional, la filial de la Cruz Roja de la capital provincial de Ghizo sigue de cerca la situación constantemente, sobre todo en los campamentos, para asegurarse que la ayuda se ajuste a las necesidades de la gente.
Tras el violento terremoto que provocó el tsunami hubo réplicas durante varios días y la población estaba en vilo.
John Peza, de 18 años y nieto de Collin, teme lo peor, al igual que casi todos los otros damnificados que están en el campamento Mile Six. “Tenemos miedo de zambullirnos para atrapar peces”, afirma.
Algunas canoas del pueblo están dañadas y otras desaparecieron. Freda, su madre, no sabe muy bien si quiere volver a la casa y dice: "Tal vez encontremos otro lugar que sea seguro para nosotros... me gustaba el pueblo de Saeragi pero desde el desastre ya no. Si solamente se pudiera volver a una vida normal...”
Mientras tanto, la vida en el campamento no es fácil. A John le gusta practicar deportes como el fútbol, el netbol y el tenis pero con té y raciones de arroz no tiene energía suficiente.
"Aquí no somos muy felices porque no hay nada para hacer”, dice John.
Desde el lunes, Freda no sabe nada de sus hijas adolescentes. “Mandé a mi marido a buscarlas pero cuando estaba instalando nuestra tienda de campaña se lastimó con un cuchillo y no puede ir a pie hasta a la ciudad.”
Cerca de allí, Mary Soni tiene en brazos a su bebito de un mes. Huyó a la colina con él, sus otros dos hijos, sus dos hermanas y sus padres. Ahora, vive en un refugio de tablas con piso de tierra bajo un toldo alquitranado inserto entre un árbol y una pieza de madera.
Andrew Mcalister, coordinador de socorro de la Federación Internacional en las Islas Salomón, señala que refugio, alimentos, agua y saneamiento serán los elementos clave de la labor de socorro inmediata.
La unidad regional de gestión de desastres de la Federación Internacional con sede en Kuala Lumpur, Tailandia, procede a enviar a la zona afectada: 2.000 mosquiteros, 250 tiendas de campaña con capacidad para cuatro a cinco personas cada una, 1.000 toldos alquitranados, 1.000 paquetes de artículos de higiene y 1.000 paquetes de utensilios de cocina.