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La vida en suspenso en un campamento de tránsito de Túnez

Publicado: 23 junio 2011 12:00 CET
Fila de refugiados que van a inscribirse en el registro del campamento de tránsito Al Hayet de la MLRT y la FICR. Catherine Lengyel/FICR/pw-TUN0018

Catherine Lengyel, Túnez

Cada noche, el viento los barre y cada mañana los movimientos sinuosos de las serpientes dejan rastros ondulantes en la arena, recordando las amenazas que se esconden bajo los pies en los campamentos de refugiados de Ras Jedir, a lo largo de la frontera de Túnez con Libia.

La mayoría de las 7.879 personas que pasaron por el campamento de tránsito que la Media Luna Roja Tunecina (MLRT) y la FICR abrieron el 6 de abril, permanecieron allí solo unas noches o, a lo sumo, unas pocas semanas. Casi todos eran trabajadores migrantes de África y Asia que habían huido de los disturbios civiles en Libia y que ahora van camino a su país, gracias a la repatriación facilitada por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Todos los días, un autobús atestado deja a los pasajeros en el campamento y casi todos los días, otro parte al aeropuerto donde un vuelo los llevará a su tierra natal. Los hombres, que por lo menos al principio eran mayoría, forman colas largas y desaliñadas; unos mantienen una gran valija en equilibrio sobre su cabeza, otros llevan sus exiguas pertenencias en contadas bolsas de plástico. Sus pies también trazan líneas sinuosas en la arena que serán barridas por el viento nocturno.

Se les inscribe en el registro y se les asigna una tienda de campaña según la nacionalidad. Cada día se les ofrecen tres comidas y agua potable. También disponen de duchas e instalaciones sanitarias. Además, cada persona recibe una esterilla para dormir, una manta y algunos artículos de higiene: dentífrico, afeitadora, jabón de tocador y jabón de lavar.  

No es demasiado, pero sí decoroso y ciertamente suficiente para algunos días o incluso semanas. Un empresario local puso un tiendita en una de las tiendas de campaña y se ve a los hombres sentados a la sombra cerca de la cantina o en los bancos que circundan las seis estaciones de carga de teléfonos móviles que pidieron que se instalaran, signo de nuestros tiempos cambiantes.

En suspenso…

La suya es una vida en tránsito. No más trabajo ni dinero para la esposa y los hijos, pero para la mayoría, por lo menos un país dónde volver.
También están los otros, los que no pueden regresar a su país, ya sea porque la situación no es segura o porque no tienen un hogar donde volver. Las experiencia son demasiado numerosas para relatarlas todas, pero algunas filtran de la red del anonimato y nos permiten entrever cómo es realmente la vida cuando desaparece todo aquello con lo que se contaba.

Personas como esta entusiasta peluquera africana que pasó 10 años en Libia al frente de su próspero negocio para encontrarse con las manos vacías porque tuvo que cerrar la peluquería, perdió sus ahorros en el naufragio del 2 de junio y ahora tiene que volver al punto de partida.
O esos dos hermanos silenciosos – el estoico de 15 años y el inocente de cuatro– cuya madre pereció en aquel mismo viaje fatídico y que ahora solo se tienen el uno al otro y benefician de la protección del UNICEF hasta que se encuentre un hogar apropiado que los acoja.

O las tres familias paquistaníes de voz suave que llevaban más de 20 años viviendo y trabajando en Libia donde nacieron sus hijos y tenían una vida estable, exitosa y cómoda; que tenían poco vínculos o ninguno con su tierra natal y que de la noche a la mañana se encontraron solo con lo puesto y una manoseada libreta que contiene cada pizca de información vital que pueden recabar.

Actualmente, en los campamentos de Ras Jedir bajo protección del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) hay 2.893 personas por quienes el personal de la ONU lucha cada día para encontrarles un país que les acoja en calidad de refugiados. Tarea difícil que insume tiempo y, sobre todo, requiere la voluntad de la comunidad internacional.  

La vida de esta gente no está en tránsito sino en suspenso.
Los días pueden resultar terriblemente largos cuando se vive con otros en un campamento de refugiados, independientemente del tamaño o lo decorosa que sea la tienda de campaña. Los días pueden resultar terriblemente largos cuando la sola actividad es hacer cola para las tres comidas diarias y, más aún, cuando no se sabe que pasará ni cuándo.
Entonces, todos ellos esperan paciente, esperanzada e inevitablemente.

Sus pies dejan huellas en la arena; un sendero cada vez más trillado de las tiendas de campaña a las duchas, de las tiendas de campaña a la distribución de alimentos, de una tienda de campaña a la otra y vuelta a empezar. Cada noche, el viento barre los rastros y cada día, esta gente vuelve a estampar su presencia en la tierra.

Hoy, su única certeza es el paso del tiempo que les llevará hacia una nueva vida y, es de esperar, un futuro más feliz. Poco a poco, los campamentos irán desapareciendo y la tierra será barrida una y otra vez, solo las serpientes permanecerán y seguirán dejando sus sinuosos rastros en la arena. 

Mapa

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