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Buscando la seguridad entre los escombros de Bam
30 de enero de 2004
Por Till Mayer en Bam
Una luz tenue filtra por la lona verde. El sol está alto en el cielo, pero Masoomeh aguarda que caiga la noche, para poder tomar las pastillas; esas pastillas que le ofrecen unas horas de sueño, un respiro, durante el cual puede olvidar. “No puede aceptar que mi madre haya muerto. Rezo por ella el día entero”, dice en voz baja esta joven de 23 años.

Habla de los días siguientes al terremoto, cuando encontró el cadáver de su tío y quiso enterrarlo junto a la flamante tumba de su madre. Trató incluso de cargarlo sola, pero era demasiado pesado para ella. Entonces, encontró un vehículo para transportarlo: una camioneta cargada de cadáveres. Masoomeh se subió al camión para no dejar solo a su tío.

El Dr. Saeed Moustafa Arfa, psiquiatra, escucha el relato de la joven mucho después de la tragedia, y piensa en esos 12 segundos de la madrugada del 26 de diciembre, esos pocos segundos que convirtieron Bam en un amasijo de escombros y cobraron 41.000 vidas.

El Dr. Arfa integra uno de los equipos de apoyo psicosocial de la Media Luna Roja Iraní (MLRI) que, tan sólo dos días después del desastre, comenzaron a ayudar a la población traumatizada.

Actualmente, 50 voluntarios y miembros del personal de la Media Luna Roja Iraní integran dichos equipos para ayudar a la población a superar el duelo y el trauma de la catástrofe. Para ello organizan sesiones de asesoramiento individual o en grupo para los adultos y juegos para los niños. Las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja de Dinamarca e Islandia apoyan la consolidación de este programa de la Media Luna Roja Iraní.

Por momentos, el Dr. Arfa siente que su labor es una carga demasiado pesada. Una voluntaria de 20 años, que está sentada junto a él, hace un esfuerzo para reprimir las lágrimas. En la tienda de campaña reina el silencio. El psiquiatra trata de encontrar las palabras acertadas. Reconfortar a alguien puede ser una difícil tarea, pero el fervor religioso de Massomeh, la ayudará.

El Dr. Arfa sabe escuchar y ha logrado granjearse la confianza de la joven; le advierte que no debe aislarse ni perderse por ese mundo que se vino abajo un mes atrás.

“Tenemos que ofrecerle alguna perspectiva. Debemos lograr que haga algo, que ocupe su tiempo y su mente en otras cosas. Las pastillas no son una solución”, explica el psiquiatra de la Media Luna Roja.

“Únete a nosotros como voluntaria”, le propone. Massomeh mira la alfombra que cubre el suelo de la tienda, sacude la cabeza negándose y dice: “Tengo miedo. Estoy muy débil. A veces, me tiembla todo el cuerpo.” “Comprendemos”, le asegura la voluntaria que, junto con el psiquiatra, volverá a visitarla.

La Media Luna Roja Iraní ofrece terapia individual y terapia de grupo a miles de supervivientes traumatizados por el terremoto. El examen de casos sigue su curso.

Muchos son niños como Alireza que tiene dos años y perdió a sus padres. Se arrebuja contra su abuela. Cuando ve a alguien que no conoce, se pone a llorar y, hoy, tiró su taza de lata contra un rincón de la tienda de campaña. El pequeño no entiende qué pasó con su madre, su padre y la casa donde vivían. “Por las noches, llora hasta que se queda dormido”, cuenta la abuela.

Bajo las lonas aceradas y entre las finas paredes de las unidades prefabricadas de los campamentos cunde una honda tristeza, al igual que en las calles. Los socorristas sólo pueden imaginar la amplitud.

“Es increíble todo lo que fue destruido en la ciudad. Sólo queda un montón de escombros. En el terremoto murió casi la mitad de la población. Es difícil medir las consecuencias y saber cómo ha cambiado la vida de cada superviviente. Al menos, podemos prestar algún apoyo válido mediante nuestros servicios de salud. Junto con nuestros asociados de la Media Luna Roja y los organismos estatales estamos construyendo estructuras duraderas”, comenta Thomas Moch, delegado de la Cruz Roja Alemana.

Uno de los dos centros de atención primaria de salud, de la Cruz Roja Alemana, se encuentra rodeado de escombros. En frente hay una barbería, lo que da un tinte de normalidad. El barbero rescató su sillón de las ruinas. Ahora, espera que algunos pacientes de la clínica o sus amigos soliciten sus servicios. Todos los días vienen muchos.

A unos tres kilómetros de allí, se encuentra el centro de atención primaria de salud de la Cruz Roja Japonesa, una pequeña clínica de tiendas de campaña en medio de las palmeras de dátiles que dibujan sombras en el pasto.

El Dr. Akira Miyata, que añade una nota de color con su uniforme azul de la Cruz Roja, conversa con un iraní. Con gran seriedad asiente con la cabeza y, luego, estrecha la mano de su interlocutor.

“Estamos invitados a una ceremonia de duelo. Es un honor que nos demuestra que la gente confía en nosotros en cuanto socorristas y amigos”, explica.
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