Hawa
es una mujer joven y emprendedora. Cuando la conocimos estaba
encendiendo el hornillo de carbón. El calor de la media
mañana no enlentecía su ritmo de trabajo y cocinaba
con alegría.
Un enjambre de moscas zumba sobre sus utensilios, espanta algunas,
pero vuelven de inmediato. Con presteza coloca la olla en el
fuego y el estofado de cabra empieza a hervir. En otra olla,
vacía paquetes de espaguetis y los parte.
Hawa, de 35 años, cocina fuera del cobertizo rudimentario
que ha fabricado con cuatro palos enclenques, un toldo anaranjado
y pedazos de bolsas: hoy, una escena común en Hafun.
La ciudad fue duramente golpeada por el tsunami del 26 de diciembre
de 2004 que obligó a muchas familias a construir estos
refugios precarios con láminas de plástico distribuidas
por los organismos de ayuda. Las gigantescas olas devastaron
sus casas y les arrebataron sus pertenencias. Pero la vida debe
seguir.
Los habitantes de Hafun se preguntan por qué la naturaleza
se ensañó tan violentamente con ellos y su pequeña
y floreciente ciudad. Algunos piensan que fue obra de Dios,
para demostrar una vez más que es todopoderoso. Otros
creen que fue un castigo de Alá por su mal comportamiento;
también hay quien especula que se produjo un terrible
error en algún experimento submarino.
Sea cual fuere la explicación, todos tienen claro que
su vida se interrumpió en forma abrupta. Reconstruirla
puede llevarles años.
Su restaurante ya no existe, pero Hawa tiene la firme determinación
de volver a empezar. En su nuevo asentamiento, se propone vender
espaguetis y estofado de cabra a sus vecinos.
Pero, ¿dónde consiguió el dinero para comprar
los alimentos que hay en ese cobertizo que sirve de restaurante?
Sucedió que, dentro de su desgracia, Hawa tuvo un golpecito
de suerte.
Había encargado a algunos conductores de camiones que
le compraran mercadería en Bossasso. Tendrían
que haber retornado a Hafun el 26 de diciembre, pero se retrasaron
y eso salvó su inversión del tsunami.
Hoy, con material de reconstrucción del UNICEF y los
pocos enseres que rescató de su hogar, Hawa levantó
un refugio que llama restaurante y no cabe duda que ha empezado
a reconstruir su vida.
“Si Alá lo quiere, algún día volveré
a tener un restaurante igual al que se llevaron las aguas”,
comenta. Actualmente, el menú de espaguetis, estofado
de cabra y banana bien madura cuesta hasta 60.000 chelines somalíes,
unos cuatro dólares.
En toda Hafun, los habitantes tratan de volver a establecer
sus pequeños comercios. Por todas partes se ven artículos
a la venta, de linternas a perfumes, de hojillas de afeitar
a galletitas. Tal vez estos modestos artículos sean el
comienzo de la restauración del centro comercial otrora
floreciente.
Saidi Jamar está de pie frente a su pulcra “tienda”,
que contiene una variopinta selección de linternas, perfumes,
radios portátiles y chales para mujer en todos los tonos,
todo muy bien ordenado. Al igual que muchos otros, Saidi perdió
casi todos lo que tenía en el maremoto, pero se siente
afortunado de que Alá le permitiera seguir vivo.
“Creo que Alá quiso darme una segunda oportunidad
y no voy a desperdiciarla. El tsunami fue un acto de Alá
y nuestra vida debe seguir”, afirma Saidi. Tal vez no
fuera tan entusiasta si no hubiera tenido tiempo de escapar
a la montaña salvando un poco de dinero y algunas mercancías
de su tienda.
Muchos no tuvieron la misma suerte que Saidi y Hawa, pues no
pudieron salvar nada; simplemente corrieron despavoridos para
escapar a la muerte sin mirar atrás y ver qué
podían salvar. Uno de ellos es Ali Haji, pescador de
45 años.
"Todos estos años he estado pescando, nunca había
visto nada parecido al tsunami", cuenta y el desconcierto
se refleja en su rostro.
La pesca era el pilar de la economía local. El tiburón,
la langosta y el jurel se exportaban principalmente a Yemen.
En plena estación de pesca, un pescador como Ali podía
llegar a ganar hasta 200 dólares en un día. Venía
gente de lugares lejanos, como Tanzanía, para sacar partido
de esta actividad lucrativa.
Eso era antes del maremoto que destruyó las embarcaciones
de Alí y se llevó a uno de sus dos hijos, que
aquel día estaba pescando mar adentro. Su otro hijo está
traumatizado por el desastre. “No puede superar la pérdida
de todo aquello por lo que vivía”, explica Ali.
El caso del hijo de Alí no es el único. Está
claro que habrá que ocuparse de la rehabilitación
de los supervivientes que sufren de trastornos mentales y psicológicos
y esa seguirá siendo una de las prioridades de la Media
Luna Roja Somalí, cuyos voluntarios y empleados prestan
una amplia gama de servicios desde que el maremoto arrasara
la ciudad. Los servicios abarcan apoyo psicológico, atención
básica de salud, distribución de alimentos y otros
suministros de socorro, y recolección de basuras y escombros.
La Media Luna Roja Somalí colabora estrechamente con
la Federación, el Comité Internacional de la Cruz
Roja (CICR) y otros asociados presentes en el terreno tales
como la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Programa
Mundial de Alimentos (PMA) y el UNICEF, organismos especializados
cuya labor es coordinada por la Oficina de Coordinación
de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas.
Ali nos muestra las embarcaciones destruidas y las redes despedazadas
a lo largo de la costa arenosa e implora: “Lo único
que sabemos hacer es pescar. Si pueden ayudarnos a conseguir
aparejos de pesca, trataremos de volver a levantar cabeza.”
Al igual que Ali Haji, Abdi Khadir, veterinario jubilado de
60 años, perdió un hijo en el tsunami. El mes
anterior, había perdido a otro en las inundaciones. “Todavía
no puedo creer que me haya pasado todo esto en un par de meses;
tal vez, haya sido la voluntad de Dios” dice Abdi con
resignación mientras me lleva a ver su casa destruida
y lo que fuera su pozo, que ahora está lleno de arena
y enormes cangrejos.
“Vi que las aguas se retiraban como dos kilómetros
y volvían con olas de casi 40 pies de altura. Lo único
que pude hacer fue correr hacia las montañas”,
recuerda. Aparte de su hijo, lo que más lamenta son los
numerosos documentos que perdió.
Después del desastre, Abdi levantó un cobertizo
que llama su hogar, aunque dice que pasa la mayor parte del
tiempo en las ruinas de su casa porque siente que ése
es su lugar.
Mientras los habitantes de Hafun tratan de reconstruir sus vidas,
algunos intentan sacar provecho de la situación. Los
precios están por las nubes y hay estafadores que se
hacen pasar por trabajadores humanitarios. La gente paga hasta
80.000 chelines somalíes por un bidón de 20 litros
de agua que antes sólo costaba 2.000.
La presencia de quienes se proponen lucrar con el sufrimiento
de esta comunidad siniestrada hace aún más difícil
la recuperación.
Asha Ainab yace en un colchón en su refugio destartalado.
Con una mano trata de secarse las lágrimas y con la otra
se golpea el muslo una y otra vez como desesperada de dolor.
Al vernos deja de llorar y trata de saludarnos en un idioma
que no hablamos. Entonces, coreamos el tradicional saludo islámico:
“Asalam aleikum” (La paz sea contigo). “Wa
leikum salam”, responde en un susurro.
Asha, tiene 60 años y sobrevivió al maremoto de
milagro. Años atrás había sufrido un ataque
que le paralizó el lado izquierdo. Vivía a la
merced de quienes la cuidaban y la ayudaban a moverse, pero
cuando se produjo el maremoto estaba sola. Todos pensaron primero
en salvar sus vidas sin acordarse de los demás, entre
ellos, Asha.
El tsunami la sorprendió tomando el sol al mediodía.
Casi todos sus parientes estaban trabajando en la ciudad. Vio
venir las olas devastadoras, pero no pudo moverse. En un santiamén,
fue arrastrada junto con latas de aceite, cacerolas y todo lo
que se llevaba la violenta corriente.
“Supe que la muerte había venido a buscarme. Traté
de moverme, pero no podía vencer esa batalla”,
recuerda Asha haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar.
Sin embargo, las aguas la depositaron en una zona arenosa y
allí permaneció hasta que, al anochecer, su hijo
Ahmed la encontró enferma, temblando y casi enterrada
por los escombros. Su pierna derecha estaba fracturada.
Ahmed y otros miembros de su familia cuentan que Asha les pide
que la dejen morir. Siente que ya no tiene una razón
para vivir y no quiere ser una carga para su familia. Pero ellos
siguen tratando de encontrar una solución. Habiendo perdido
la mayor parte de su propiedad y su negocio, encontrar dinero
para llevarla al hospital que está cerca de Bossasso
no es tarea fácil y la siguen tratando curanderos tradicionales
de Somalia.
Experiencias desgarradoras como la de Asha abundan en Hafun.
Fatmah Saidi, propietaria de un restaurante, cuenta que no pudo
salvar a su hijo discapacitado de cinco años de edad.
Cuando vio que las aguas del océano se retiraban, supo
que ocurría algo: estaba sacando las mesas y vio que
los habitantes de la costa corrían entusiasmados hacia
la orilla para sacar peces, langostas y otros tesoros que había
dejado la marea al retirarse. En un instante las aguas volvieron
con feroz intensidad y se tragaron a un montón de gente.
Fatmah tomó en brazos a su hijo más pequeño
y corrió hacia las montañas. Cuando volvió,
encontró a su otro hijo muerto. Fue uno de los cinco
niños que perecieron en Hafun. Fatmah dice que nunca
se le borrará la imagen de su hijo muerto.
Cada uno de los habitantes de Hafun tiene alguna pérdida
que contar. Algunos al menos pudieron identificar a sus seres
queridos entre los 19 cadáveres que se recuperaron. Para
otros la angustia subsiste, pues sus seres queridos figuran
entre las 131 personas que, según las autoridades locales,
siguen desaparecidas.
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Esta
mujer perdió a uno de sus hijos en el tsunami.
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Ali
Haji, pescador, muestra las redes destrozadas en la playa
de Hafun. Ali perdió un hijo y sus medios de subsistencia
en el desastre. (p-SOM0007)
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Muchos
habitantes de Hafun tratan de reconstruir sus negocios.
Saidi Jamar puso una tienda en su refugio provisorio.
(p12592)
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Un
voluntario de la Media Luna Roja Somalí durante
la operación de limpieza. La Sociedad Nacional
presta una serie de servicios que van del apoyo psicológico
a la atención básica de salud, pasando por
la distribución de artículos de socorro.
(p12594)
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Una
mujer acarrea agua hasta su casa desde el pozo que se
acaba de construir. Quienes no pueden recorrer esa distancia,
se ven obligados a comprar el agua a precios exorbitantes.
(p12591)
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