Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC) Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC)
Búsqueda :

Noticias
 
IMPRIMIR
Página de inicio
Noticias
Comunicados de prensa
Discursos
Artículos de opiníon
Audio y vídeo
Tras el tsunami, los somalíes ponen manos a la obra
11 de febrero de 2005
Lydia Mirembe, Hafun
Hawa es una mujer joven y emprendedora. Cuando la conocimos estaba encendiendo el hornillo de carbón. El calor de la media mañana no enlentecía su ritmo de trabajo y cocinaba con alegría.

Un enjambre de moscas zumba sobre sus utensilios, espanta algunas, pero vuelven de inmediato. Con presteza coloca la olla en el fuego y el estofado de cabra empieza a hervir. En otra olla, vacía paquetes de espaguetis y los parte.

Hawa, de 35 años, cocina fuera del cobertizo rudimentario que ha fabricado con cuatro palos enclenques, un toldo anaranjado y pedazos de bolsas: hoy, una escena común en Hafun.

La ciudad fue duramente golpeada por el tsunami del 26 de diciembre de 2004 que obligó a muchas familias a construir estos refugios precarios con láminas de plástico distribuidas por los organismos de ayuda. Las gigantescas olas devastaron sus casas y les arrebataron sus pertenencias. Pero la vida debe seguir.

Los habitantes de Hafun se preguntan por qué la naturaleza se ensañó tan violentamente con ellos y su pequeña y floreciente ciudad. Algunos piensan que fue obra de Dios, para demostrar una vez más que es todopoderoso. Otros creen que fue un castigo de Alá por su mal comportamiento; también hay quien especula que se produjo un terrible error en algún experimento submarino.

Sea cual fuere la explicación, todos tienen claro que su vida se interrumpió en forma abrupta. Reconstruirla puede llevarles años.

Su restaurante ya no existe, pero Hawa tiene la firme determinación de volver a empezar. En su nuevo asentamiento, se propone vender espaguetis y estofado de cabra a sus vecinos.

Pero, ¿dónde consiguió el dinero para comprar los alimentos que hay en ese cobertizo que sirve de restaurante? Sucedió que, dentro de su desgracia, Hawa tuvo un golpecito de suerte.

Había encargado a algunos conductores de camiones que le compraran mercadería en Bossasso. Tendrían que haber retornado a Hafun el 26 de diciembre, pero se retrasaron y eso salvó su inversión del tsunami.

Hoy, con material de reconstrucción del UNICEF y los pocos enseres que rescató de su hogar, Hawa levantó un refugio que llama restaurante y no cabe duda que ha empezado a reconstruir su vida.

“Si Alá lo quiere, algún día volveré a tener un restaurante igual al que se llevaron las aguas”, comenta. Actualmente, el menú de espaguetis, estofado de cabra y banana bien madura cuesta hasta 60.000 chelines somalíes, unos cuatro dólares.

En toda Hafun, los habitantes tratan de volver a establecer sus pequeños comercios. Por todas partes se ven artículos a la venta, de linternas a perfumes, de hojillas de afeitar a galletitas. Tal vez estos modestos artículos sean el comienzo de la restauración del centro comercial otrora floreciente.

Saidi Jamar está de pie frente a su pulcra “tienda”, que contiene una variopinta selección de linternas, perfumes, radios portátiles y chales para mujer en todos los tonos, todo muy bien ordenado. Al igual que muchos otros, Saidi perdió casi todos lo que tenía en el maremoto, pero se siente afortunado de que Alá le permitiera seguir vivo.

“Creo que Alá quiso darme una segunda oportunidad y no voy a desperdiciarla. El tsunami fue un acto de Alá y nuestra vida debe seguir”, afirma Saidi. Tal vez no fuera tan entusiasta si no hubiera tenido tiempo de escapar a la montaña salvando un poco de dinero y algunas mercancías de su tienda.

Muchos no tuvieron la misma suerte que Saidi y Hawa, pues no pudieron salvar nada; simplemente corrieron despavoridos para escapar a la muerte sin mirar atrás y ver qué podían salvar. Uno de ellos es Ali Haji, pescador de 45 años.

"Todos estos años he estado pescando, nunca había visto nada parecido al tsunami", cuenta y el desconcierto se refleja en su rostro.

La pesca era el pilar de la economía local. El tiburón, la langosta y el jurel se exportaban principalmente a Yemen. En plena estación de pesca, un pescador como Ali podía llegar a ganar hasta 200 dólares en un día. Venía gente de lugares lejanos, como Tanzanía, para sacar partido de esta actividad lucrativa.

Eso era antes del maremoto que destruyó las embarcaciones de Alí y se llevó a uno de sus dos hijos, que aquel día estaba pescando mar adentro. Su otro hijo está traumatizado por el desastre. “No puede superar la pérdida de todo aquello por lo que vivía”, explica Ali.

El caso del hijo de Alí no es el único. Está claro que habrá que ocuparse de la rehabilitación de los supervivientes que sufren de trastornos mentales y psicológicos y esa seguirá siendo una de las prioridades de la Media Luna Roja Somalí, cuyos voluntarios y empleados prestan una amplia gama de servicios desde que el maremoto arrasara la ciudad. Los servicios abarcan apoyo psicológico, atención básica de salud, distribución de alimentos y otros suministros de socorro, y recolección de basuras y escombros.

La Media Luna Roja Somalí colabora estrechamente con la Federación, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y otros asociados presentes en el terreno tales como la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y el UNICEF, organismos especializados cuya labor es coordinada por la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas.

Ali nos muestra las embarcaciones destruidas y las redes despedazadas a lo largo de la costa arenosa e implora: “Lo único que sabemos hacer es pescar. Si pueden ayudarnos a conseguir aparejos de pesca, trataremos de volver a levantar cabeza.”

Al igual que Ali Haji, Abdi Khadir, veterinario jubilado de 60 años, perdió un hijo en el tsunami. El mes anterior, había perdido a otro en las inundaciones. “Todavía no puedo creer que me haya pasado todo esto en un par de meses; tal vez, haya sido la voluntad de Dios” dice Abdi con resignación mientras me lleva a ver su casa destruida y lo que fuera su pozo, que ahora está lleno de arena y enormes cangrejos.

“Vi que las aguas se retiraban como dos kilómetros y volvían con olas de casi 40 pies de altura. Lo único que pude hacer fue correr hacia las montañas”, recuerda. Aparte de su hijo, lo que más lamenta son los numerosos documentos que perdió.

Después del desastre, Abdi levantó un cobertizo que llama su hogar, aunque dice que pasa la mayor parte del tiempo en las ruinas de su casa porque siente que ése es su lugar.

Mientras los habitantes de Hafun tratan de reconstruir sus vidas, algunos intentan sacar provecho de la situación. Los precios están por las nubes y hay estafadores que se hacen pasar por trabajadores humanitarios. La gente paga hasta 80.000 chelines somalíes por un bidón de 20 litros de agua que antes sólo costaba 2.000.

La presencia de quienes se proponen lucrar con el sufrimiento de esta comunidad siniestrada hace aún más difícil la recuperación.

Asha Ainab yace en un colchón en su refugio destartalado. Con una mano trata de secarse las lágrimas y con la otra se golpea el muslo una y otra vez como desesperada de dolor.

Al vernos deja de llorar y trata de saludarnos en un idioma que no hablamos. Entonces, coreamos el tradicional saludo islámico: “Asalam aleikum” (La paz sea contigo). “Wa leikum salam”, responde en un susurro.

Asha, tiene 60 años y sobrevivió al maremoto de milagro. Años atrás había sufrido un ataque que le paralizó el lado izquierdo. Vivía a la merced de quienes la cuidaban y la ayudaban a moverse, pero cuando se produjo el maremoto estaba sola. Todos pensaron primero en salvar sus vidas sin acordarse de los demás, entre ellos, Asha.

El tsunami la sorprendió tomando el sol al mediodía. Casi todos sus parientes estaban trabajando en la ciudad. Vio venir las olas devastadoras, pero no pudo moverse. En un santiamén, fue arrastrada junto con latas de aceite, cacerolas y todo lo que se llevaba la violenta corriente.

“Supe que la muerte había venido a buscarme. Traté de moverme, pero no podía vencer esa batalla”, recuerda Asha haciendo un esfuerzo sobrehumano para no llorar. Sin embargo, las aguas la depositaron en una zona arenosa y allí permaneció hasta que, al anochecer, su hijo Ahmed la encontró enferma, temblando y casi enterrada por los escombros. Su pierna derecha estaba fracturada.

Ahmed y otros miembros de su familia cuentan que Asha les pide que la dejen morir. Siente que ya no tiene una razón para vivir y no quiere ser una carga para su familia. Pero ellos siguen tratando de encontrar una solución. Habiendo perdido la mayor parte de su propiedad y su negocio, encontrar dinero para llevarla al hospital que está cerca de Bossasso no es tarea fácil y la siguen tratando curanderos tradicionales de Somalia.

Experiencias desgarradoras como la de Asha abundan en Hafun. Fatmah Saidi, propietaria de un restaurante, cuenta que no pudo salvar a su hijo discapacitado de cinco años de edad.

Cuando vio que las aguas del océano se retiraban, supo que ocurría algo: estaba sacando las mesas y vio que los habitantes de la costa corrían entusiasmados hacia la orilla para sacar peces, langostas y otros tesoros que había dejado la marea al retirarse. En un instante las aguas volvieron con feroz intensidad y se tragaron a un montón de gente.

Fatmah tomó en brazos a su hijo más pequeño y corrió hacia las montañas. Cuando volvió, encontró a su otro hijo muerto. Fue uno de los cinco niños que perecieron en Hafun. Fatmah dice que nunca se le borrará la imagen de su hijo muerto.

Cada uno de los habitantes de Hafun tiene alguna pérdida que contar. Algunos al menos pudieron identificar a sus seres queridos entre los 19 cadáveres que se recuperaron. Para otros la angustia subsiste, pues sus seres queridos figuran entre las 131 personas que, según las autoridades locales, siguen desaparecidas.
Esta mujer perdió a uno de sus hijos en el tsunami. (p-SOM0001)

ENLACES RELACIONADOS
Actividades en Somalia
Operación tsunami
Más noticias
Ali Haji, pescador, muestra las redes destrozadas en la playa de Hafun. Ali perdió un hijo y sus medios de subsistencia en el desastre. (p-SOM0007)

Muchos habitantes de Hafun tratan de reconstruir sus negocios. Saidi Jamar puso una tienda en su refugio provisorio. (p12592)

Un voluntario de la Media Luna Roja Somalí durante la operación de limpieza. La Sociedad Nacional presta una serie de servicios que van del apoyo psicológico a la atención básica de salud, pasando por la distribución de artículos de socorro. (p12594)

Una mujer acarrea agua hasta su casa desde el pozo que se acaba de construir. Quienes no pueden recorrer esa distancia, se ven obligados a comprar el agua a precios exorbitantes. (p12591)

IMPRIMIR