Niños
con impecables camisetas blancas, guantes de goma blancos y
bolsas de plástico de un vivo color rosa en la mano se
precipitan a la zona que les fuera asignada en la playa Ujong
Bate de Aceh Besar.
Este sábado, su tarea consiste en recoger la basura desperdigada
por la arena gris de la orilla del mar: ramas, algas, botellas,
latas, zapatillas y andrajos.
Casi seis meses después que el tsunami devastador arrasara
su tierra, los niños acabaron por encontrar el valor
de volver al lugar del desastre que se cobró la vida
de sus seres queridos y destrozó su tierna existencia.
“El tsunami se llevó a mi mamá y mi papá.
Odio el mar”, dice Salbiana de 13 años mientras
trata de anudar una bolsa repleta de basura.
“Pero tal vez no fuera culpa del mar. Tenía que
suceder y ya, como me dicen mis padres en sueños y yo
les creo”, añade.
El 26 de diciembre de 2004, cuando sobrevino el desastre en
Indonesia, Salbiana, que cursa sexto grado de primaria, estaba
con su hermano en la escuela y cuenta que su papá solía
llevarlos a la playa los fines de semana.
“A mi papá siempre le fascinó el mar. Siempre
miraba las olas y me decía: ‘Veo magia en el mar.
Puede ser el mejor amigo del hombre cuando está en calma
y su peor enemigo cuando se enfurece. No sabemos qué
causa su furia ni cuando, pero siempre debemos tratarlo bien’”,
recuerda la adolescente.
Mientras le señala la bolsa rosada al hombre que está
cerca de un camión de basura, reconoce que todavía
no superó la muerte de sus padres, pero que ha aprendido
a perdonar al mar. “Ahora, mis padres pertenecen al mar.
Tengo que hacerme amiga suya y seguir cuidándole para
que cuide de ellos.”
Salbiana forma parte de la primera tanta de 110 niños
de la Provincia de Aceh damnificados por el desastre que la
Cruz Roja Indonesia (Pelang Marah Indonesia, PMI) y la Media
Luna Roja Turca trajeron a la playa Ujong Bate en el marco de
su programa de apoyo psicológico para que reanuden la
amistad con el entorno marino.
Marwan, un psicólogo de allí, indica que muchos
niños huérfanos están traumatizados y se
niegan a volver a orillas del mar. “Les tratamos en grupos
menos numerosos para seguir de cerca su comportamiento.”
Mohammad, de ocho años, que perdió a sus padres,
dos hermanas y un hermano en el tsunami, apenas veía
el mar se ponía a llorar y gritaba llamando a sus padres,
recuerda Marwan.
“Aparentemente, ahora lo soporta”, comenta Marwan
mientras señala a este niño que junto a su bolsa
de plástico medio llena hace sonar lo que queda de una
campanilla que acaba de encontrar en la arena.
“Eh, Mohammad, ¿qué encontraste?”,
le grita Marwan.
“Una campanilla de juguete para mi mami y mi papi, mis
hermanas y mi hermanito. Se las daré, así oiré
donde están”, contesta el niño también
a gritos y tira la campanilla al mar.
“Los niños siempre me sorprenden. Son muy vivaces
y sensibles”, dice divertido Marwan y añade: “Por
eso tenemos que guiarles. No siempre estamos seguros de cómo
se toman verdaderamente las cosas ni qué emociones le
causan en su fuero interno.”
Yusri, de nueve años, que también perdió
a sus padres en el tsunami, vadea en el agua con la bolsa rosada
sobre la cabeza. “¿Amabas el mar, verdad?”,
le pregunta Marwan mientras se acerca a él.
“Extraño a mi mamá y mi papá. Veníamos
aquí muy seguido”, contesta Yusri y se saca la
bolsa de la cabeza para poner dentro un pedazo de madera que
flota en el mar. “Sé que están aquí
y pueden verme. Deben estar jugando con los peces. Me gustaría
poder unirme a ellos”, dice el niño pausadamente
con la mirada fija en el agua.
Marwan pone sus brazos en torno a los hombros de Yusri y explica:
“Tenemos que acabar con esos sentimientos insanos que
albergan los niños cuando tiene el incidente todavía
muy presente.
Debemos ayudarles a hacer frente a su dolor y su ‘enemigo”
poco a poco, pero con constancia, para que puedan vencerlos
rápidamente.”
Consciente de la urgencia de ayudar a las familias damnificadas
por el tsunami, y sobre todo a los niños, la PMI impartió
cursos de apoyo psicológico y otros temas afines a 100
voluntarios de la Provincia de Aceh.
El Dr. Tri Wahyudi, voluntario de la PMI, confirma que la necesidad
de atender a los damnificados y, principalmente a los niños,
es enorme. “Los niños son afectuosos y les gusta
divertirse. Queremos que siga siendo así, incluso en
situaciones tan duras”.
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El
tsunami dejó huérfana a Salbiana de 13 años
que afirma: “Ahora, mis padres pertenecen al mar.
Tengo que hacerme amiga suya y seguir cuidándole
para que cuide de ellos.” (p12924)
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Los
niños vuelven a jugar en la playa Ujong Bate (p12927)
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Yusri,
de nueve años, también perdió a sus
padres en el tsunami. “Deben estar jugando con los
peces. Me gustaría poder unirme a ellos”
(p12925)
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Mohammad,
de ocho años, y otros niños el tsunami dejó
huérfanos recogen basura a orillas del mar (p12926)
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