Una
de las prioridades de la Cruz Roja y la Media Luna Roja tras
el impacto de la marejada gigante fue proveer refugio temporal
a los miles de personas desplazadas. En la actualidad, a medida
que el centro de las operaciones se desplaza de la fase de socorro
a la de recuperación, es inminente la construcción
de viviendas permanentes.
Es temporada de monzones en Sri Lanka. Hace un calor agobiante
y a lo largo de toda la costa cientos de personas esperan pacientemente
recibir la ayuda de la Sociedad de la Cruz Roja de Sri Lanka.
Por los rostros sonrientes y receptivos resulta difícil
imaginar el horror al que se han visto enfrentadas estas personas.
En el distrito de Ampara, en el Sri Lanka austral, docenas de
chozas temporarias siguen la línea de la ruta costera
a pocos metros de lo que antiguamente fuera la pintoresca ciudad
marina de Komari.
Las chozas y las tiendas constituyen un campamento para personas
desplazadas, uno de los típicos campamentos esparcidos
por la línea costera de Sri Lanka.
Menos típico es el rostro sonriente de Amerasingham Thangarasa,
quien comparte un refugio temporal de madera y láminas
de metal con su familia. A pesar de su situación, Amerasingham
es un hombre feliz; ello se debe a que su mujer, Wimala, y sus
10 hijos están a salvo y agradecidos por la ayuda recibida
de la Cruz Roja y la Media Luna Roja.
Amerasingham es obrero y tiene algo menos de 50 años.
Él y su familia vivían en Komari, a escasos 30
metros de la costa. Cuando aquel fatídico domingo se
produjo la catástrofe, él había ido en
busca de trabajo. Su esposa y sus hijos huyeron al abatirse
la primera ola gigante. La casa quedó completamente destruida.
Según Tharanga Pradeep, coordinador de socorro de la
Cruz Roja en Ampara, dentro de las primeras 48 horas del desastre,
voluntarios de la Sociedad de la Cruz Roja de Sri Lanka se distribuyeron
en abanico en todo el distrito a fin de prestar inmediato socorro
y organizar actividades de recuperación. Unas de las
prioridades era dar alojamiento a los sobrevivientes. Dice que
al principio, como parte de la primera fase de la operación,
proporcionaron tiendas de campaña, colchonetas, bidones
de plástico para el agua e incluso utensilios de cocina.
La tienda de campaña que Amerasingham y su familia recibieron
está armada en la línea de los refugios temporales
en los que la familia vive ahora. La utilizan para guardar las
escasas pertenencias que pudieron recuperar de entre las ruinas
de su casa, y algunos artículos de socorro que recibieron
de la Cruz Roja.
Hoy, Amerasingham pasa sus horas en el campamento, haciendo
pequeños trabajos ocasionales toda vez que puede, y ayudando
a otros supervivientes a instalar sus viviendas temporales.
Si bien se siente agradecido porque a su familia no le pasó
nada, piensa en el porvenir que aguarda a sus hijos. Es difícil
conseguir trabajo, y la familia da gracias por la ayuda suplementaria
que el hijo mayor presta desde que consiguió trabajo
en Colombo.
Muchos de los vecinos también sobrevivieron y ahora viven
en el campamento, lo cual infunde a una sensación de
seguridad y de familiaridad entre los miembros de la familia.
Sin embargo, la vida en el campamento es difícil, y a
Amerasingham le preocupan especialmente sus hijos, de entre
tres y 22 años de edad. La mayoría asiste a la
escuela más cercana, pero hay al menos uno que aún
padece los trastornos psicológicos ocasionados por la
catástrofe y sigue teniendo miedo al océano.
A la sombra de un tamarindo silvestre, Amerasingham mira jugar
a sus hijos y dice que su mayor deseo ahora es adquirir una
casa tan pronto como sea posible. La Federación Internacional
ha emprendido la construcción de viviendas para 15.000
familias desplazadas por el devastador tsunami.
|
 |
 |
|
Amerasingham,
su esposa, Wimala, y tres de sus diez hijos ante la entrada
a su refugio temporal, Komari, Sri Lanka oriental. Foto:
Federación Internacional
(p12951)
|
|
|
|
|