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Refugiarse de los monzones y del calor agobiante en Sri Lanka
24 de junio 2005
Desde Ampara, Sri Lanka oriental, informa Rukshan Ratnam, y desde el Distrito de Galle, Paruru Lawrence
Una de las prioridades de la Cruz Roja y la Media Luna Roja tras el impacto de la marejada gigante fue proveer refugio temporal a los miles de personas desplazadas. En la actualidad, a medida que el centro de las operaciones se desplaza de la fase de socorro a la de recuperación, es inminente la construcción de viviendas permanentes.

Es temporada de monzones en Sri Lanka. Hace un calor agobiante y a lo largo de toda la costa cientos de personas esperan pacientemente recibir la ayuda de la Sociedad de la Cruz Roja de Sri Lanka. Por los rostros sonrientes y receptivos resulta difícil imaginar el horror al que se han visto enfrentadas estas personas.

En el distrito de Ampara, en el Sri Lanka austral, docenas de chozas temporarias siguen la línea de la ruta costera a pocos metros de lo que antiguamente fuera la pintoresca ciudad marina de Komari.

Las chozas y las tiendas constituyen un campamento para personas desplazadas, uno de los típicos campamentos esparcidos por la línea costera de Sri Lanka.

Menos típico es el rostro sonriente de Amerasingham Thangarasa, quien comparte un refugio temporal de madera y láminas de metal con su familia. A pesar de su situación, Amerasingham es un hombre feliz; ello se debe a que su mujer, Wimala, y sus 10 hijos están a salvo y agradecidos por la ayuda recibida de la Cruz Roja y la Media Luna Roja.

Amerasingham es obrero y tiene algo menos de 50 años. Él y su familia vivían en Komari, a escasos 30 metros de la costa. Cuando aquel fatídico domingo se produjo la catástrofe, él había ido en busca de trabajo. Su esposa y sus hijos huyeron al abatirse la primera ola gigante. La casa quedó completamente destruida.

Según Tharanga Pradeep, coordinador de socorro de la Cruz Roja en Ampara, dentro de las primeras 48 horas del desastre, voluntarios de la Sociedad de la Cruz Roja de Sri Lanka se distribuyeron en abanico en todo el distrito a fin de prestar inmediato socorro y organizar actividades de recuperación. Unas de las prioridades era dar alojamiento a los sobrevivientes. Dice que al principio, como parte de la primera fase de la operación, proporcionaron tiendas de campaña, colchonetas, bidones de plástico para el agua e incluso utensilios de cocina.

La tienda de campaña que Amerasingham y su familia recibieron está armada en la línea de los refugios temporales en los que la familia vive ahora. La utilizan para guardar las escasas pertenencias que pudieron recuperar de entre las ruinas de su casa, y algunos artículos de socorro que recibieron de la Cruz Roja.

Hoy, Amerasingham pasa sus horas en el campamento, haciendo pequeños trabajos ocasionales toda vez que puede, y ayudando a otros supervivientes a instalar sus viviendas temporales. Si bien se siente agradecido porque a su familia no le pasó nada, piensa en el porvenir que aguarda a sus hijos. Es difícil conseguir trabajo, y la familia da gracias por la ayuda suplementaria que el hijo mayor presta desde que consiguió trabajo en Colombo.

Muchos de los vecinos también sobrevivieron y ahora viven en el campamento, lo cual infunde a una sensación de seguridad y de familiaridad entre los miembros de la familia. Sin embargo, la vida en el campamento es difícil, y a Amerasingham le preocupan especialmente sus hijos, de entre tres y 22 años de edad. La mayoría asiste a la escuela más cercana, pero hay al menos uno que aún padece los trastornos psicológicos ocasionados por la catástrofe y sigue teniendo miedo al océano.

A la sombra de un tamarindo silvestre, Amerasingham mira jugar a sus hijos y dice que su mayor deseo ahora es adquirir una casa tan pronto como sea posible. La Federación Internacional ha emprendido la construcción de viviendas para 15.000 familias desplazadas por el devastador tsunami.
Amerasingham, su esposa, Wimala, y tres de sus diez hijos ante la entrada a su refugio temporal, Komari, Sri Lanka oriental.
Amerasingham, su esposa, Wimala, y tres de sus diez hijos ante la entrada a su refugio temporal, Komari, Sri Lanka oriental. Foto: Federación Internacional
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