“¿Por
qué no supimos?”
Rara vez, una sola pregunta se hizo tantas veces y en tantos
idiomas del mundo entero después del tsunami del 26 de
diciembre del año pasado.
Seis meses después del peor desastre de la era moderna,
damnificados, gobiernos y organismos de ayuda se siguen debatiendo
con una emergencia sumamente compleja.
Justo este mes, escuchábamos a eminentes sismólogos
dar la pavorosa y escalofriante noticia de que terremotos de
gran intensidad podrían desencadenar otros tsunamis en
la misma región. El mundo se inquieta y aguarda con pesar,
frustración, rabia y desánimo, sentimientos que
trascienden fronteras y nacionalidades. Los profesionales de
la preparación en previsión de desastres comparten
esos sentimientos porque es indudable que medidas más
eficaces de reducción del riesgo hubieran contribuido
a salvar vidas.
Tras esta constatación dolorosa, los damnificados no
cesan de preguntar por qué no supieron y por qué
no estaban preparados. Uno de los motivos principales fue que
la inversión, relativamente pequeña, frente a
las enormes sumas que requiere ahora reparar el daño,
no se había hecho. La generosidad prodigiosa y sin precedente
de donantes del mundo entero permitió prestar asistencia
a millones de damnificados por el tsunami, pero muchos de nosotros
sentimos una profunda frustración al pensar que una fracción
de todo ese dinero hubiera bastado para salvar vidas.
Si nos proponemos salvar vidas en el futuro, además del
derecho a la información, tenemos que plantearnos el
derecho a estar mejor preparado en caso de desastre natural.
Los desastres azotan de distintas maneras y en distintos momentos,
pero cuando sobrevienen, la gente de las comunidades afectadas
es la primera en intervenir y socorrer. Por lo tanto, es crucial
que sepa lo que tiene que hacer y disponga de una cantidad razonable
de recursos para hacer frente a situaciones de emergencia. Ahora
bien, la tarea esencial de salvar vidas debe comenzar mucho
antes mediante la identificación de riesgos y de personas,
edificios e instalaciones vulnerables a los desastres.
El debate y el quehacer internacionales para establecer sistemas
de alerta temprana después del tsunami son muy positivos,
pues sensibilizan a la opinión pública sobre la
importancia de la preparación en previsión de
desastres. Aun así, la tendencia a focalizarse en las
tecnologías de satélites y telecomunicaciones
conlleva el riesgo de olvidar la clave de dicha preparación,
es decir, la gente que vive en zonas de alto riesgo.
Por lo general, aquellos para quienes se conciben sistemas de
alerta temprana, le dan poco crédito. Tal vez, por esa
propensión del ser humano a ignorar lo que resulta inoportuno
en un determinado momento, por el desconocimiento generalizado
de dicho sistema o por considerar que se trata de otra falsa
alarma. Todo ello resalta la importancia de un sistema de alerta
temprana que esté centrado en la gente y basado en la
comunidad. Hay que conocer, valorar y cimentar el saber, las
competencias y las capacidades de quienes viven en zonas expuestas
a desastres.
Además, debemos asegurarnos que los sistemas de alerta
temprana utilizados abarquen una serie de peligros, no sólo
desastres tan raros como un tsunami, sino también desastres
tan frecuentes como inundaciones, tifones, sequías, deslizamientos
de tierra y epidemias; desastres que se olvidan con facilidad
y que cada año, se estima que socavan el bienestar socioeconómico
de 255 millones de personas. Toda esa gente tiene derecho a
saber.
Las comunidades pueden prepararse en previsión de muchos
de estos desastres y, cuando ocurren, gestionarlos como corresponde.
Al respecto, abundan pruebas fehacientes en países expuestos
a desastres como Indonesia donde en los tres últimos
años hubo más de 100. La mayoría de ellos
no ocupó los titulares, pero también destrozaron
vidas.
En Bangladesh, la Media Luna Roja viene invirtiendo en la preparación
en previsión de ciclones desde hace tiempo. En Vietnam,
las campañas de información pública de
la Cruz Roja instruyeron a millares de escolares y familias
sobre la mejor manera de actuar frente a las inundaciones. Las
investigaciones nos muestran que en zonas expuestas a desastres,
una buena formación, una planificación apropiada
y ejercicios de evacuación junto con un equipo básico
pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Nunca podremos impedir que haya desastres naturales, pero podemos
hacer mucho más para reducir el riesgo de las comunidades
vulnerables que se encuentran a su paso. Asignar recursos antes
de que sobrevenga un desastre nos costará muchos menos
que los esfuerzos para reparar el daño después,
y no hay que escatimar esfuerzos para salvar cuantas vidas sea
posible.
Ian Wilderspin
Jefe de Gestión del Riesgo de Desastres
Delegación Regional de Asia Sudoriental
Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja
y de la Media Luna Roja
Ian ocupa su cargo actual desde hace tres años. Los cuatro
años anteriores prestó servicios en Vietnam en
calidad delegado de preparación en previsión de
desastres, de la Federación. Antes de ingresar a la Federación
trabajó más de cuatro años con Oxfam GB
y Save the Children Fund (Reino Unido). Tiene experiencia de
terreno en Afganistán, Iraq septentrional, Pakistán,
Sudán, Tailandia y Vietnam.
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| Ian
Wilderspin, Jefe de Gestión del Riesgo de Desastres.
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