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La población de pescadores que ya no confía en el mar
5 de enero de 2005
Maude Froberg
“¿Cómo puedo seguir pescando después de lo ocurrido?”

Desde que el tsunami arrasó la aldea donde vivía, Ban Nam Khem, en la costa austral de Tailandia, el pescador Oh Navarak perdió su confianza en el mar.

“Nunca había visto el mar en ese estado. Estoy aterrorizado”, confiesa en voz baja y temblorosa.

El día del desastre, el letal tsunami azotó el bote de Oh, barriéndolo a él y a sus dos hijos, de 19 y 22 años, hacia el interior del enfurecido océano. En la actualidad, este pescador cuestiona algo que ha sido la esencia de su vida y de sus recursos: el mar.

“El 26 de diciembre tuvimos una mañana calma”, recuerda. Salió temprano... ante sí se presentaba otra mañana para pescar calamares. No había ningún indicio de lo que se avecinaba. De repente, el mar pareció ponerse patas arriba y una ola enorme se estampó en su bote, arrastrando a los tres pasajeros.

“Se trataba apenas de la primera ola. Hubo una segunda y una tercera que me devolvieron a la costa. Todo lo que recuerdo es que me sujetaba a un árbol y que deseaba mantenerme con vida”, evoca.

Mientras Oh Navarak narra su historia, la gente va juntándose a su alrededor en el patio de la escuela primaria Ban Park Weep, que poco ha poco ha ido convirtiéndose en centro de acogida de la Cruz Roja Tailandesa para quienes el desastre dejó sin hogar.

El silencio que lo rodea se agudiza mientras en sus ojos de un profundo marrón se agolpan las lágrimas.

Oh Navarak no es la única persona atacada por el miedo tras el letal tsunami. Muchos residentes locales han sido conducidos a refugios seguros en las montañas cercanas a la asolada zona costera de Khao Lak. A diario circulan rumores de nuevos seísmos y tsunamis.

Tasana Meetheewivoonwut, jefa de la sección de Phang-Nga de la Cruz Roja Tailandesa, teme por la población de pescadores, a quienes esta catástrofe ha dejado vulnerables. Muchos han sido despojados de todo al perder no sólo la familia y los amigos, sino también sus embarcaciones y sus viviendas.

“La Cruz Roja está colaborando con alimentos, ropa y refugio”, indica. “Hasta el momento, se han instalado 50 casas prefabricadas en cooperación con el Gobierno. Además, también estamos entregando redes de pesca. Es preciso dar a esta gente la posibilidad de generar recursos.”

Se ha instalado además un dispensario itinerante y se realizará un chequeo de salud a las 35 familias sin hogar alojadas en el centro.

La intervención de la Cruz Roja en esta provincia ha sido rápida. Pocas horas después de que ocurriera el desastre, los voluntarios iban llegando a los diferentes centros distribuidos en la zona. En el ayuntamiento de Phanga-Nga, trabajan día y noche preparando raciones diarias de alimentos y cajas de artículos de socorro con arroz, pescado enlatado, pasta de curry, encurtidos, sal, velas y medicamentos.

Paitoon Vaichai, que dirige las actividades en el ayuntamiento, atiende una de las muchas llamadas que recibe en su móvil, anota algo y se apresura hacia la zona de la cocina. Aunque está ocupado con el presente, no deja de pensar en el futuro.

“Por haber trabajado en el área de mitigación de desastres durante años, no puedo evitar pensar en lo urgente de establecer sistemas de alerta y salvamento”, indica.

“Se debe advertir del peligro a la población para que puedan evacuar las zonas de alto riesgo. Si existen redes de comunicación que puedan resistir los desastres y simulacros periódicos para instruir a la gente y mantenerlos concientes, se salvarán vidas.”

Paitoon Vaichai no es el único que pide medidas de prevención para poder salvar vidas. Ya está teniendo lugar una intensa discusión en muchos niveles de la sociedad tailandesa. No obstante, en la provincia de Phang-Nga, la muerte sigue dominando la vida cotidiana. El número de cadáveres recuperados sigue aumentando y los grupos forenses están luchando contra el reloj para asegurar el proceso de identificación.

En la carretera que viene de lo que supo ser el complejo turístico paradisíaco de Khao Lak, los camiones frigoríficos cargados con las víctimas de diferentes nacionalidades avanzan lentamente. Muchas de ellas fueron encontradas por voluntarios que se enfrentan a un desafío inimaginable.

En esta ocasión, el desastre golpeó tanto a la población local como a los turistas extranjeros. Es previsible que una catástrofe de tal magnitud cause muchos problemas. Eso sí, lo que no representa un problema en el escenario del desastre es la solidaridad con los sobrevivientes y los familiares de las víctimas.
“Nunca había visto el mar en este estado", dice el pescador Oh Navarak. (p12391)
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