“¿Cómo
puedo seguir pescando después de lo ocurrido?”
Desde que el tsunami arrasó la aldea donde vivía,
Ban Nam Khem, en la costa austral de Tailandia, el pescador
Oh Navarak perdió su confianza en el mar.
“Nunca había visto el mar en ese estado. Estoy
aterrorizado”, confiesa en voz baja y temblorosa.
El día del desastre, el letal tsunami azotó el
bote de Oh, barriéndolo a él y a sus dos hijos,
de 19 y 22 años, hacia el interior del enfurecido océano.
En la actualidad, este pescador cuestiona algo que ha sido la
esencia de su vida y de sus recursos: el mar.
“El 26 de diciembre tuvimos una mañana calma”,
recuerda. Salió temprano... ante sí se presentaba
otra mañana para pescar calamares. No había ningún
indicio de lo que se avecinaba. De repente, el mar pareció
ponerse patas arriba y una ola enorme se estampó en su
bote, arrastrando a los tres pasajeros.
“Se trataba apenas de la primera ola. Hubo una segunda
y una tercera que me devolvieron a la costa. Todo lo que recuerdo
es que me sujetaba a un árbol y que deseaba mantenerme
con vida”, evoca.
Mientras Oh Navarak narra su historia, la gente va juntándose
a su alrededor en el patio de la escuela primaria Ban Park Weep,
que poco ha poco ha ido convirtiéndose en centro de acogida
de la Cruz Roja Tailandesa para quienes el desastre dejó
sin hogar.
El silencio que lo rodea se agudiza mientras en sus ojos de
un profundo marrón se agolpan las lágrimas.
Oh Navarak no es la única persona atacada por el miedo
tras el letal tsunami. Muchos residentes locales han sido conducidos
a refugios seguros en las montañas cercanas a la asolada
zona costera de Khao Lak. A diario circulan rumores de nuevos
seísmos y tsunamis.
Tasana Meetheewivoonwut, jefa de la sección de Phang-Nga
de la Cruz Roja Tailandesa, teme por la población de
pescadores, a quienes esta catástrofe ha dejado vulnerables.
Muchos han sido despojados de todo al perder no sólo
la familia y los amigos, sino también sus embarcaciones
y sus viviendas.
“La Cruz Roja está colaborando con alimentos, ropa
y refugio”, indica. “Hasta el momento, se han instalado
50 casas prefabricadas en cooperación con el Gobierno.
Además, también estamos entregando redes de pesca.
Es preciso dar a esta gente la posibilidad de generar recursos.”
Se ha instalado además un dispensario itinerante y se
realizará un chequeo de salud a las 35 familias sin hogar
alojadas en el centro.
La intervención de la Cruz Roja en esta provincia ha
sido rápida. Pocas horas después de que ocurriera
el desastre, los voluntarios iban llegando a los diferentes
centros distribuidos en la zona. En el ayuntamiento de Phanga-Nga,
trabajan día y noche preparando raciones diarias de alimentos
y cajas de artículos de socorro con arroz, pescado enlatado,
pasta de curry, encurtidos, sal, velas y medicamentos.
Paitoon Vaichai, que dirige las actividades en el ayuntamiento,
atiende una de las muchas llamadas que recibe en su móvil,
anota algo y se apresura hacia la zona de la cocina. Aunque
está ocupado con el presente, no deja de pensar en el
futuro.
“Por haber trabajado en el área de mitigación
de desastres durante años, no puedo evitar pensar en
lo urgente de establecer sistemas de alerta y salvamento”,
indica.
“Se debe advertir del peligro a la población para
que puedan evacuar las zonas de alto riesgo. Si existen redes
de comunicación que puedan resistir los desastres y simulacros
periódicos para instruir a la gente y mantenerlos concientes,
se salvarán vidas.”
Paitoon Vaichai no es el único que pide medidas de prevención
para poder salvar vidas. Ya está teniendo lugar una intensa
discusión en muchos niveles de la sociedad tailandesa.
No obstante, en la provincia de Phang-Nga, la muerte sigue dominando
la vida cotidiana. El número de cadáveres recuperados
sigue aumentando y los grupos forenses están luchando
contra el reloj para asegurar el proceso de identificación.
En la carretera que viene de lo que supo ser el complejo turístico
paradisíaco de Khao Lak, los camiones frigoríficos
cargados con las víctimas de diferentes nacionalidades
avanzan lentamente. Muchas de ellas fueron encontradas por voluntarios
que se enfrentan a un desafío inimaginable.
En esta ocasión, el desastre golpeó tanto a la
población local como a los turistas extranjeros. Es previsible
que una catástrofe de tal magnitud cause muchos problemas.
Eso sí, lo que no representa un problema en el escenario
del desastre es la solidaridad con los sobrevivientes y los
familiares de las víctimas.
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“Nunca
había visto el mar en este estado", dice el
pescador Oh Navarak. (p12391)
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Oh
Navarak con voluntarios de la Cruz Roja Tailandesa que
prestan asistencia a las comunidades damnificadas por
el tsunami. (p12392)
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Voluntarios
de la Cruz Roja Tailandesa llenan contenedores con agua
limpia para distribuir entre los sobrevivientes. (p12377)
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El
desastre ha dejado sin hogar a miles de pobladores de
la costa tailandesa. (p12388)
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