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Poco que salvar de la fiereza del mar
8 de enero de 2005
Ian Woolverton, desde Meulaboh, provincia de Aceh
«Esta es mi casa. ¿Dónde viviré ahora? No me queda nada», decía el hombre sacudiendo la cabeza, mientras avanzaba con cuidado por el interior de la estructura dañada de su casa de dos pisos, en la devastada ciudad de Meulaboh.

La embestida del tsunami abrió boquetes enormes en los muros, dejando al descubierto enseres esparcidos: una cama incrustada contra una pared, una cómoda boca abajo.... La brisa que entra por una ventana rota hace ondear suavemente una cortina.

En cada una de las habitaciones de este amplio edificio de color blanco hay un revoltijo de objetos domésticos. Es como si una madre enfurecida hubiera zarandeado y volcado una enorme casa de muñecas. La madre Naturaleza.

El terreno de la casa está plagado de escombros. Un enorme bloque de obra que sujetaba el piso superior ha caído al suelo partido por la mitad. Desparramados aquí y allá, hierros retorcidos, árboles aplastados, cacharros de cocina, una tetera y un ventilador.

Apenas se ha salvado nada. Sin embargo, por ahora, el hombre, cuya familia también ha sobrevivido al tsunami, pasa sus días revolviendo los escombros.

Al menos, su vivienda ha quedado en pie en una zona donde casi todas las casas y edificios fueron destruidos, barridos por las gigantescas olas de diez metros que arrasaron la apartada ciudad de Meulaboh, en la costa occidental de la provincia indonesia de Aceh. El número de muertos en esta ciudad golpeada podría elevarse a 40.000.

Al otro lado de la carretera, hay un banderín rojo que señala el lugar donde reposa el cuerpo de una víctima del tsunami: una mujer con el rostro cubierto por un paño sucio. ¿Quién era? ¿Tenía hijos y marido? ¿Sobrevivieron, o también ellos fueron arrastrados por las colosales olas que produjo el tsunami?

En medio de los estragos saltan a la vista muchas cosas estrambóticas, por ejemplo, un juego de mesa y silla decoradas. En el centro de la ciudad, yace de lado un barco pesquero de dos toneladas sobre cuya cubierta aparece pintado un corazón atravesado por una flecha.

Tal vez se trate de un pequeño mensaje de esperanza para los sobrevivientes de esta ciudad hecha pedazos.

A cada lado de la calle descansan las bolsas de plástico negro con los restos mortales de los seres queridos de Meulaboh. El corazón de esta ciudad ha sido arrancado de cuajo.

Una ambulancia avanza con dificultad en medio del barro. Seis voluntarios de la Cruz Roja Indonesia van retirando los cuerpos. Los jóvenes voluntarios, cubiertos de suciedad, con botas altas de color verde, guantes de goma y mascarillas, se preparan para recoger un cuerpo descompuesto. El olor de la muerte flota en el aire. Se arrodillan junto al cadáver, lo levantan del suelo con suavidad y lo introducen en una bolsa.

Las puertas de la ambulancia se abren de pronto, dejando a la vista el macabro cargamento del vehículo: pilas de bolsas con cuerpos sin vida para trasladar al crematorio. Cientos de cuerpos se han retirado de esta forma. Una tarea atroz.

«Tenemos que recoger demasiados cuerpos», dice con risa nerviosa un voluntario de la Cruz Roja, «pero trabajo por motivos humanitarios. Me entristece, pero creo que es mi obligación». El joven supone que trabajará en la recuperación de cuerpos durante al menos dos o tres meses más.

Los voluntarios de la Cruz Roja llevan trabajando jornadas prolongadas desde hace varios días. Están cansados, pero forman parte de esta comunidad. Muchos de ellos han perdido a miembros de su familia. No obstante, pese a las pérdidas personales que hayan podido sufrir, hacen el trabajo para el que se han formado: recoger los cadáveres, prestar los primeros auxilios y distribuir los artículos de socorro de las existencias locales de preparación para desastres.
«¿Dónde viviré ahora? No me queda nada», dice este ciudadano de Meulaboh. (p12434)

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La Madre Naturaleza ha diezmado esta ciudad en la provincia de Aceh. (p-IDN0017)

Los voluntarios de la Cruz Roja Indonesia llevan a cabo la penosa tarea de recoger los cadáveres. Aún les queda mucho trabajo por hacer en Meulaboh. (p-IDN0017)

Los cadáveres son cargados en una ambulancia de la Cruz Roja para su traslado al crematorio. (p12437)

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