«Esta
es mi casa. ¿Dónde viviré ahora? No me
queda nada», decía el hombre sacudiendo la cabeza,
mientras avanzaba con cuidado por el interior de la estructura
dañada de su casa de dos pisos, en la devastada ciudad
de Meulaboh.
La embestida del tsunami abrió boquetes enormes en los
muros, dejando al descubierto enseres esparcidos: una cama incrustada
contra una pared, una cómoda boca abajo.... La brisa
que entra por una ventana rota hace ondear suavemente una cortina.
En cada una de las habitaciones de este amplio edificio de color
blanco hay un revoltijo de objetos domésticos. Es como
si una madre enfurecida hubiera zarandeado y volcado una enorme
casa de muñecas. La madre Naturaleza.
El terreno de la casa está plagado de escombros. Un enorme
bloque de obra que sujetaba el piso superior ha caído
al suelo partido por la mitad. Desparramados aquí y allá,
hierros retorcidos, árboles aplastados, cacharros de
cocina, una tetera y un ventilador.
Apenas se ha salvado nada. Sin embargo, por ahora, el hombre,
cuya familia también ha sobrevivido al tsunami, pasa
sus días revolviendo los escombros.
Al menos, su vivienda ha quedado en pie en una zona donde casi
todas las casas y edificios fueron destruidos, barridos por
las gigantescas olas de diez metros que arrasaron la apartada
ciudad de Meulaboh, en la costa occidental de la provincia indonesia
de Aceh. El número de muertos en esta ciudad golpeada
podría elevarse a 40.000.
Al otro lado de la carretera, hay un banderín rojo que
señala el lugar donde reposa el cuerpo de una víctima
del tsunami: una mujer con el rostro cubierto por un paño
sucio. ¿Quién era? ¿Tenía hijos
y marido? ¿Sobrevivieron, o también ellos fueron
arrastrados por las colosales olas que produjo el tsunami?
En medio de los estragos saltan a la vista muchas cosas estrambóticas,
por ejemplo, un juego de mesa y silla decoradas. En el centro
de la ciudad, yace de lado un barco pesquero de dos toneladas
sobre cuya cubierta aparece pintado un corazón atravesado
por una flecha.
Tal vez se trate de un pequeño mensaje de esperanza para
los sobrevivientes de esta ciudad hecha pedazos.
A cada lado de la calle descansan las bolsas de plástico
negro con los restos mortales de los seres queridos de Meulaboh.
El corazón de esta ciudad ha sido arrancado de cuajo.
Una ambulancia avanza con dificultad en medio del barro. Seis
voluntarios de la Cruz Roja Indonesia van retirando los cuerpos.
Los jóvenes voluntarios, cubiertos de suciedad, con botas
altas de color verde, guantes de goma y mascarillas, se preparan
para recoger un cuerpo descompuesto. El olor de la muerte flota
en el aire. Se arrodillan junto al cadáver, lo levantan
del suelo con suavidad y lo introducen en una bolsa.
Las puertas de la ambulancia se abren de pronto, dejando a la
vista el macabro cargamento del vehículo: pilas de bolsas
con cuerpos sin vida para trasladar al crematorio. Cientos de
cuerpos se han retirado de esta forma. Una tarea atroz.
«Tenemos que recoger demasiados cuerpos», dice con
risa nerviosa un voluntario de la Cruz Roja, «pero trabajo
por motivos humanitarios. Me entristece, pero creo que es mi
obligación». El joven supone que trabajará
en la recuperación de cuerpos durante al menos dos o
tres meses más.
Los voluntarios de la Cruz Roja llevan trabajando jornadas prolongadas
desde hace varios días. Están cansados, pero forman
parte de esta comunidad. Muchos de ellos han perdido a miembros
de su familia. No obstante, pese a las pérdidas personales
que hayan podido sufrir, hacen el trabajo para el que se han
formado: recoger los cadáveres, prestar los primeros
auxilios y distribuir los artículos de socorro de las
existencias locales de preparación para desastres.
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«¿Dónde
viviré ahora? No me queda nada», dice este
ciudadano de Meulaboh. (p12434)
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La
Madre Naturaleza ha diezmado esta ciudad en la provincia
de Aceh. (p-IDN0017)
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Los
voluntarios de la Cruz Roja Indonesia llevan a cabo la
penosa tarea de recoger los cadáveres. Aún
les queda mucho trabajo por hacer en Meulaboh. (p-IDN0017)
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Los
cadáveres son cargados en una ambulancia de la
Cruz Roja para su traslado al crematorio. (p12437)
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