Yassir,
de 30, perdió en el tsunami a su esposa de 13 años
y a su niño aún por nacer. El tsunami también
le arrebató su negocio y sustento: una tienda de motocicletas.
“Yo estaba aquí en la tienda cuando se produjo
el terremoto”, dice Yassir. “Salí del edificio
y me senté en la carretera como todos los demás.
Entonces, vi cómo se nos venía encima la avalancha
de lodo. Tendría unos 12 metros de altura.”
Aterrorizado, Yassir saltó sobre una de las motocicletas
y, junto con su mujer, cruzaron la calle a toda prisa y bajaron
por la carretera, pero una pared de agua les cortó el
camino.
Abandonaron la motocicleta y huyeron a pie con los brazos entrelazados,
pero la ola de agua sucia, arena y escombros les arrastró
y acabó por separarlos.
“Podía ver a mi esposa. Estaba tan sólo
a unos metros de mí. Después, desapareció”,
dice Yassir, cubriéndose la cara con las manos.
El tsunami se abatió en día domingo, cuando mucha
gente se reúne en la playa para hacer deporte o darse
un baño en las cálidas aguas del océano.
Ahora, lo único que queda de la franja costera es un
masa amorfa de objetos domésticos, edificios destrozados,
columnas de piedra, automóviles, jeeps y gente.
El tsunami aplastó la mitad de la ciudad de Banda Aceh
causando la muerte de 100.000 personas y dejando a otras casi
200.000 sin hogar.
Los cimientos de piedra que se han salvado son un recordatorio
inquietante de que esta zona de la ciudad una vez fue el corazón
de la capital de la provincia, en la que miles de personas se
ganaban la vida, criaban a sus hijos, abrazaban a sus amigos,
iban a la escuela y acudían a orar a las mezquitas. Ahora,
el sufrimiento y la desdicha de sus habitantes se palpa en el
ambiente.
En algunos lugares, la destrucción alcanza un radio de
cinco kilómetros hacia el interior, y en la franja costera
tan sólo quedan en pie algunos edificios. Las autoridades
están desbordadas así que todavía quedan
cuerpos sin vida alineados en las calles, y aún llevará
muchos días retirarlos de la zona de la catástrofe.
Los muchísimos voluntarios de la Cruz Roja que trabajan
durante largas jornadas para recuperar los cuerpos comparten
la misma experiencia trágica.
Han venido a ayudar desde todas las islas del archipiélago
indonesio, de Yakarta y Java, a Bali y Sumatra, no menos de
220 voluntarios de la Cruz Roja trabajan sin descanso en medio
del calor y la humedad para retirar los cadáveres.
El jefe del equipo, Heri Chairul, de Yakarta, se quedará
como mínimo un mes en Banda Aceh. Hoy, su equipo de jóvenes
voluntarios de la Cruz Roja, muchos de ellos adolescentes, ha
recuperado siete cadáveres que yacen en bolsas de plástico
negro, sin nombre, en la parte de atrás de un gran camión.
Heri no tiene inconveniente en admitir que aún les quedan
muchos cuerpos sin vida por recuperar. El olor pestilente delata
que quedan muchísimos entre los escombros o sumergidos
en charcas de agua sucia.
“Nuestra misión consiste en recuperar los cadáveres
de entre las ruinas de los edificios; nada más que eso”
–dice Heri con un suspiro.
Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, Yassir se ha
quedado reflexionando sobre su futuro: “No sé por
dónde empezar. Mi esposa ha muerto, he perdido mi negocio.
Dígame: ¿cómo hago yo ahora para reconstruir
mi vida?, dice Yassir.
Sin embargo, hay una cosa de la que se siente agradecido: haber
recuperado el cuerpo de su mujer, que fue arrastrado por las
aguas varios centenares de metros hasta el lugar en que lo encontraron,
la estación central de autobuses de Banda Aceh.
“Doy las gracias a dios por haber encontrado a mi esposa.
Al menos he tenido el consuelo de decirle adiós”.
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Yassir
perdió a su esposa embarazada y su sustento en
el tsunami. (p12458)
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Los
voluntarios de la Cruz Roja de Indonesia continúan
recuperando cadáveres entre las ruinas de Banda
Aceh. (p12456)
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Heri
Chairul, de Yakarta, dirige un equipo de voluntarios de
la Cruz Roja de Indonesia en Aceh. Su única y espeluznante
misión es recuperar los cadáveres. (p12459)
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Un
montón de motocicletas destrozadas es lo único
que le queda a Yassir de su negocio. (p12640)
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