En
un extenso campo verde a cinco kilómetros de la costa
de la provincia de Aceh, arrasada por el tsunami, a la luz del
sol relucen nueve tiendas blancas. Cerca de ellas, en la punta
de un mástil de diez metros, la brisa hace flamear suavemente
la bandera de la Cruz Roja.
Esto es Teunom, un lugar tan remoto que incluso a los pilotos
de helicóptero locales les resulta difícil ubicarlo.
Pero ello no es extraño; en diciembre, Teunom fue borrada
del mapa por olas gigantescas que se cobraron la vida de 4.000
personas y dejaron a miles sin hogar.
“Teunom ha desaparecido. No queda nada”, dice Richard
Munz, un cirujano de la Cruz Roja Alemana de pelo canoso y barba
igual, cuyo equipo ha instalado una unidad de atención
básica de salud. Una especie de hospital improvisado,
ubicado a las afueras de Teunom.
"Sólo hay un camino de tierra desde la costa que
lleva al bosque y a la falda de las montañas a 18 kilómetros.
Después de eso, es todo selva", agrega.
Antes del tsunami, Teunom tenía una población
de 23.000 habitantes. Se trataba de una pujante comunidad de
pescadores que vivían del mar. Ahora, la ciudad está
destruida.
La mayoría de los edificios han quedado en ruinas, incluso
el centro de salud pública. La enorme avalancha de agua,
lodo y arena también costó la vida a 16 miembros
del personal de ese centro, entre ellos médicos y enfermeras.
En los días que siguieron al desastre, los trabajadores
de la salud que sobrevivieron, trabajaron largas jornadas atendiendo
las necesidades de la población local. Pero la situación
los superó y se recurrió a la ayuda de la Cruz
Roja.
En un espectáculo impresionante, helicópteros
de la Armada de los Estados Unidos realizaron 22 salidas desde
la capital de la provincia, Banda Aceh, para trasladar a Teunom
toneladas de material, así como al médico, tres
enfermeras, un técnico de laboratorio y personal sanitario.
La unidad de salud llegó embalada en cajas de metal y
fue armada en el lugar, tiene capacidad para atender las necesidades
de alrededor de 20.000 personas y cuenta con una maternidad,
farmacia, sala de espera, sala de operaciones y laboratorio.
"Fue una verdadera pesadilla descargar el equipo pues estamos
en la estación de lluvias y durante los tres primeros
días no cesó de llover", dice Richard.
Veintiocho miembros del personal local del centro de salud pública,
destruido por el tsunami, trabajan con la Cruz Roja Alemana.
“Hay cuatro parteras, cuatro médicos y nueve enfermeras,
además del personal administrativo de apoyo”, explica.
La Dra. Nursanty, de 31 años de edad, forma parte del
equipo. Casada y con dos hijas jóvenes, vivía
en Teunom desde hacía cinco años y perdió
su casa durante el desastre. “Mi casa está destruida”,
solloza con la cabeza baja. “Ahora vivo en casa de mi
enfermera, a cinco kilómetros de aquí.”
Está terriblemente preocupada por los familiares que
tiene en Banda Aceh. “Desde que ocurrió el tsunami,
no he tenido noticias de mi familia. No sé nada de mis
padres, que vivían en Banda. Faltan mi suegro y mi suegra.
No tengo forma de ponerme en contacto con ellos”, dice
entre lágrimas.
Pero a pesar de su dolor, se niega a irse de Teunom, la ciudad
que ha sido su hogar durante más de cinco años,
dice mientras se encuentra a bordo de uno de los muchos helicópteros
que traen pacientes y suministros al dispensario.
"Tengo una responsabilidad con mi pueblo en Teunom. Me
gustaría irme, pero al mismo tiempo tengo que atender
a mi gente. No podría irme dejándolos en esta
situación", dice la Dra. Nursanty.
Desde que abrió el dispensario, la Cruz Roja ha atendido
a 170 pacientes por día. Sin embargo, el equipo dirigido
por el Dr. Munz prevé que llegarán más
pacientes a medida que se corra la voz y la gente se entere
de que hay un centro de salud en la zona.
"Pienso que vamos a tener hasta 200 pacientes por día,
al menos durante las próximas tres o cuatro semanas.
He empezado a realizar pequeñas intervenciones quirúrgicas
en heridas infectadas", indica.
"Tratamos enfermedades infeccionas, problemas respiratorios,
diarrea y enfermedades relacionadas con traumas ocasionados
por la catástrofe, además de muchos abscesos y
heridas infectadas."
Cuando mayor trabajo tenemos es por la mañana, entre
las nueve y las diez y a últimas horas de la tarde. Los
pacientes hacen cola para recibir medicamentos esenciales de
la farmacia. Otros aguardan con paciencia sentados en la sala
de espera para ser atendidos por un médico o una enfermera.
Alrededor de las once, Richard Munz visita a los pacientes.
Arrodillado junto a un hombre que casi no puede caminar, con
la ayuda de un intérprete indonesio, le pregunta cómo
se siente.
"Dice que tiene dolor de cabeza y se siente mareado",
dice Richard asintiendo y repitiendo lo que dice el intérprete.
“Se le pasará. Puede y debe beber mucho líquido.”
Richard está deseoso de ver caminar a ese hombre. “Quiero
que se ponga de pie. Tiene que caminar un poco. Será
más fácil una vez que se ponga de pie.”
Así pues, el médico toma al hombre suavemente
de la mano y lo ayuda a pararse. “Si lo hace, hoy adquirirá
más fuerzas.” Sin ganas, el hombre se pone de pie,
cojeando y con la ayuda de unas muletas, da unos pocos pasos.
“Mejorará”, agrega Richard, mostrando al
hombre sus pulgares en alto.
Más entrado el día, dos enfermeras de la Cruz
roja Alemana retiran una astilla de la mano derecha de una pequeña
con una herida muy infectada. “Ha tenido esa herida durante
dos semanas, desde que ocurrió el tsunami. Necesita una
buena limpieza y un vendaje limpio. Mejorará”,
afirma Sonja Jahns, una de las enfermeras.
Los miembros del personal de enfermería de Alemania e
Indonesia ven muchas lesiones como esa. Se sienten bien trabajando
en equipo. Los alemanes proporcionan suministros y material
médico, así como personal. Pero son los indonesios
quienes realizan el trabajo médico más directamente.
“Están realizando un gran trabajo, como siempre
lo han hecho. Nosotros estamos aquí solo para prestarles
apoyo”, dice el Dr. Munz.
Se trata sólo de atención básica de salud,
pero se evitan las infecciones graves que podrían dar
lugar a otras complicaciones o incluso a amputaciones.
Mientras tanto, se ha organizado la presencia de “personal
de guardia” de ambos sexos para los pacientes internados.
En este lugar, el enfermero Bernd Kentsch, de la Cruz Roja Alemana,
ha improvisado una central de aire acondicionado para refrescar
a los pacientes.
A todo a lo ancho de la tienda de campaña hay cajas de
cartón colgando de sogas, de cada una de ellas cuelga
un largo trozo de cuerda que amigos o familiares de los pacientes
postrados tiran provocando una agradable brisa.
A corta distancia, a través del patio, los médicos
y enfermeras locales entregan medicamentos esenciales, como
analgésicos y antibióticos de la farmacia. Todo
ha sido ideado expresamente para que no sea complicado.
"En el 95 por ciento de los casos, la población
necesita este tipo de asistencia médica", indica
Richard.
Pero en otra tienda de campaña de la Cruz Roja, cuatro
pacientes, incluida una niña, yacen en cama. Uno de ellos
padece malaria, sus seres queridos lo abanican par mantener
a raya a las moscas y aliviarlo un poco del tremendo calor.
"Tres de ellos estuvieron verdaderamente bajo la ola del
tsunami", explica Richard. “Tragaron bastante agua
salada. Los tenemos descansando. La niña necesita antibióticos
y otras dos personas tienen diarrea.”
El hombre que tiene diarrea ingresó ayer. Su situación
era grave, pero ha recibido tratamiento y se prevé que
se recuperará completamente. “Podremos darle de
alta mañana”, asegura Richard.
Al anochecer, apiñados contra la ventana de una de las
tiendas, un gran grupo de habitantes del lugar se disputan un
buen puesto desde donde mirar a dos enfermeras alemanas que
limpian de pus la oreja infectada de un hombre joven. Se trata
de un espectáculo inusual, pero para algunas personas
de esta ciudad destrozada, significa un entretenimiento. Por
un momento olvidan sus problemas.
Hacia las ocho de la noche, comienza a cerrarse la jornada.
A lo lejos puede verse una tormenta que ilumina el cielo oscuro.
No sopla ni la más mínima brisa, la bandera de
la Cruz Roja está inerte en la quietud de la noche clara,
mientras mil estrellas parpadean en el cielo.
Como único ruido, se oye el rumor de un generador eléctrico
que alimenta la luz blanca.
La unidad de atención básica de salud es, literalmente,
un faro de luz – y de confort – en este húmedo
atardecer en la remota Aceh.
La Cruz Roja Alemana permanecerá en Teunom el tiempo
que sea necesario. Pero a fin de mes, Richard y su equipo serán
reemplazados por otro equipo de especialistas sanitarios de
la Cruz Roja Alemana.
Sentado cómodamente en una silla plegable, Richard fuma
y se muestra satisfecho con el trabajo del día; mientas
exhala el humo agrega: “La situación en este lugar
mejora día a día. Estamos progresando.”
|
 |
 |
|
El
Dr. Richard Munz, médico de la Cruz Roja Alemana,
conversa con un paciente de la unidad de atención
básica de salud en la ciudad de Teunom, asolada
por el tsunami. (p12500)
|
|
|
|
|
 |
|
La
enfermera Sonja Jahns, una de los seis integrantes de
la Unidad de intervención de urgencia de la Cruz
Roja Alemana que trabajan en Teunom. (p12499)
|
|
 |
|
Bernd
Kentsch, de la Cruz Roja Alemana, venda la herida de una
persona lastimada durante el tsunami que se abatió
en la provincia de Aceh. (p12502)
|
|
 |
|
Una
voluntaria de la Cruz Roja Indonesia atiende a un paciente
en la farmacia de la Unidad de atención básica
de salud. (p12503)
|
|
 |
|
Richard
Munz dijo que en la mayoría de los casos, lo que
la población necesita es atención básica
de salud. (p12501)
|
|