Lentamente
va saliendo la luna al sur de Tailandia, un fuerte recuerdo
de que ha pasado un mes desde que la franja costera fuera azotada
por el tsunami. Al final del día las familias alojadas
en los refugios provisionales de Ao Bo Tho se preparan para
la noche.
Las tareas cotidianas han terminado y se tienden los colchones
sobre el piso de las 50 viviendas de láminas de acero,
construidas por la Sociedad de la Cruz Roja Tailandesa y otras
muchas organizaciones.
Sin embargo, a la luz de una lámpara, hábiles
dedos pintan algunos pañuelos con diseños multicolores.
“Acabamos de aprender esta técnica. Si deseamos
regresar a nuestra aldea, necesitamos ganarnos la vida”,
explica Panwara Kunsorn, una de las artesanas, mientras sostiene
uno de los coloridos retazos de tela.
“Estos se venderán a los turistas.”
En este lugar, los planes para el futuro conviven con el dolor
y la preocupación.
En la casa de Udom y Jongrak, la familia ya no es la misma,
sólo uno de sus dos hijos se reunirá con ellos
esta noche. El menor ha sido trasladado a otra provincia que
no fue afectada por el tsunami.
“No quiero que esté viendo cada día las
escenas de devastación”, dice Udom. “Hemos
de hacer lo que podamos para que olvide, el pequeño sigue
atemorizado.”
Antes de ir a dormir, Udom y Jongrak se sientan un rato al final
de las escaleras a contemplar la noche. Esta noche no son los
únicos; mas abajo, en la calle, los monjes del templo
Ban Muang, una de las dos morgues improvisadas de la provincia
de Phangnga, también van finalizando las actividades
diarias.
Durante semanas, este apacible lugar, en el que imperaban la
oración y la meditación, ha servido de hogar a
víctimas del tsunami.
Después del desastre comenzaron a llegar un sinnúmero
de cadáveres y, con los cuerpos sin vida, llegaron los
familiares, la policía, el ejército, los periodistas
y el público. Aquí se depositaron más de
1.400 cadáveres y todavía quedan alrededor de1.000.
“La muerte forma parte de la vida y velar por los cadáveres
era algo que teníamos que aceptar”, dice el reverendo
Chalermchon Chanatthathammo. “Ahora espero que podamos
recuperar el templo, pero ello tomará varios meses.”
Una de las razones por la que la restauración del templo
es importante, explica, es que ello facilitará el apoyo
que los monjes están prestando a la población
local. En estos días la mayoría de las personas
evitan venir a visitarnos por temor a contraer enfermedades.
En su lugar, los monjes se desplazan a los refugios provisionales
y a las aldeas a consolar a la población y alentarlos
a ser fuertes. “Muchos sobrevivientes todavía se
resisten a asumir lo ocurrido”, afirma el monje.
No obstante, se están logrando avances en relación
con las necesidades en materia de salud mental de las personas
afectadas. El Departamento de Salud Mental de Tailandia ha instalado
un centro de servicios psicosociales en Surat Thani. También
se encuentran visitando las zonas afectadas por la catástrofe
equipos de psicólogos y orientadores locales.
De pie, en el portal de la pequeña casa blanqueada, en
las montañas ubicadas detrás de la playa de Kamala
en Phuket, Lerd Koysakul, de 90 años de edad, se sujeta
al portal de hierro con sus dedos deformados.
Con aire vacilante mira el panorama de su exuberante y verde
jardín, donde en unas 10 pequeñas tiendas de campaña
de colores vivos ahora da alojamiento a 50 sobrevivientes del
tsunami, cuyas viviendas estaban a la orilla del mar y fueron
gravemente dañadas por la marejada.
“Por supuesto que hemos tenido que ayudar a nuestra familia
y amigos”, explica su nieta, Aew Kantangkul, que comparte
la única mesa que hay con los residentes temporales.
“Pero nos las arreglamos con medios muy limitados, compartiendo
lo que tenemos y cocinando en la única cocina. Algunos
días escasea el agua potable.”
"Además, sólo hay un baño y dos lavabos.
De repente nos encontramos haciendo cola", dice, con una
sonrisa forzada con la que no logra ocultar su obvia preocupación.
Un mes después del desastre sigue siendo importante la
inseguridad con respecto al porvenir de los pobladores de la
aldea de Baan Huakuan. ¿Están seguros de se que
les incluirá en los planes futuros de rehabilitación?
Esto es, ¿podrán ganar su sustento gracias al
turismo? ¿Su vida será verdaderamente rehabilitada?
"Todo lo que podemos hacer es esperar", admite Aew
Kantangkul. “Sin embargo, no todos los días sentimos
esperanza.”
Para los adultos el alojamiento y el trabajo constituyen sin
duda las principales prioridades tras el tsunami, pero Maneepan
Asawarangkoon, Jefe de la sección local de la Cruz Roja
Tailandesa, recalca la importancia de que los niños regresen
a la escuela cuanto antes.
"Puesto que muchos padres lo han perdido todo, no pueden
pagar la cuota escolar. Por consiguiente, la Cruz Roja Tailandesa
concederá becas a los niños damnificados",
señala. “En el proceso de rehabilitación
no debemos olvidarnos de los más pequeños.”
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La
Cruz Roja Tailandesa ha ayudado a proporcionar 60 hogares
temporales a personas desplazadas en Ban Muang. (p-THA0065)
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Los
monjes budistas del templo Ban Muang no sólo han
rezado por las víctimas del tsunami, también
se ofrecen como orientadores a los sobrevivientes de los
refugios provisionales.
(p-THA0076)
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Cientos
de ataúdes se apilan en el patio del templo Ban
Muang. Todavía quedan unos 1.000 cadáveres
en este lugar. (p-THA0067)
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Lerd
Koysakul, de 90 años, ha convertido su jardín
en campamento para alojar a 50 residentes cuyas casas,
ubicadas a la orilla del mar, fueron gravemente dañadas
por la marejada. (p-THA0058)
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Una
bandera de la Cruz Roja Tailandesa con la inscripción
“Despejar y limpiar” flamea en la destruida
aldea pesquera de Ban Naem Khem. (p-THA0069)
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