El
camión se abre paso lentamente por el camino irregular
a través de los escombros de lo que fuera el pueblo de
Gle Gurah en la provincia indonesia de Aceh.
Los voluntarios de la Cruz Roja Indonesia (PMI), que están
de pie en la caja, se esfuerzan por mantener el equilibrio.
La PMI continuará recogiendo cadáveres por otros
cinco meses.
Temprano en la mañana, salimos del edificio que comparten
la PMI y la Federación Internacional en Banda Aceh y
después de hora y media de viaje llegamos al destino
de ese día. Más de seis semanas después
que el maremoto azotara las costas de Sumatra septentrional
y occidental, los voluntarios de la PMI siguen encontrando docenas
de cadáveres día tras día.
Mientras verifican sus guantes y mascarillas, conmueve ver cómo
estos voluntarios jóvenes y denodados controlan el estrés
que les debe causar esta tarea.
Proseguimos hacia el mar y hablamos de todo un poco –
tenis, fútbol y carreras de formula 1 –salvo del
lugar donde nos dirigimos.
Tras haber pasado sólo unas pocas horas con ellos, uno
se percata que asumen retos mucho más grandes que el
estrés.
Con los trajes blancos y las botas de goma verdes que nos pusimos
para atravesar los campos anegados, parecemos astronautas. Paradójicamente,
los escombros que cubren esta amplia zona nos ayudan a no hundirnos
en el barro, aunque no siempre.
De tanto en tanto, hay que agarrar las botas con las dos manos
y tirar fuerte para sacar el pie, lo que requiere gran habilidad
para no perder el equilibrio y evitar el riesgo de caer en las
aguas negras de barro.
Llegamos al pueblo de Gle Gurah, en las afueras de Banda Aceh
y saltamos de la caja del camión. Pasamos por docenas
de fosas recién cavadas donde se ven las bolsas con cadáveres,
pues aún no han terminado de recubrirlas de tierra.
La pestilencia es inconfundible y, desdichadamente, muy común
aquí.
Los voluntarios de la PMI se despliegan por la zona, de dos
en dos. A penas 15 minutos después, uno de ellos silva
y hace señas al resto del equipo. Acaba de encontrar
otro cadáver. En menos de tres horas, encontraremos otros
10.
Andar por aquí no es nada fácil; exige mucha energía
y suma concentración para no caer en la gruesa capa de
barro. Concentrarse en donde poner los pies ayuda a no pensar
demasiado en los cadáveres.
Los voluntarios de la PMI recogen los restos en bolsas de plástico
negras y bolsas para cadáveres blancas o amarillas. Todos
los cuerpos yacen a la intemperie. En un lugar encontramos cuatro.
Todavía no habían sido recogidos porque las aguas
remiten lentamente. Aún hay cantidad de bolsones de agua
en esta enorme ciénaga llena de escombros donde es difícil
entrar.
Esto también permite constatar las dificultades puede
haber para distribuir suministros de socorro. A los supervivientes
del maremoto pueden tener las mismas dificultades para llegar
hasta aquí.
Encontramos un carné de conducir y un voluntario lo pone
en una bolsa de plástico.
El esfuerzo físico que conlleva esta actividad permitirá
olvidarse del estrés por algunas horas.
Al anochecer, cuando los voluntarios vuelven y entran en el
edificio donde se les desinfectará, muchos rostros denotan
agotamiento.
Por largo tiempo, todos ellos recordarán los barrosos
arrozales de Aceh.
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Un
voluntario de la Cruz Roja Indonesia se pone la mascarilla
antes de iniciar la macabra tarea de recuperar cadáveres
en avanzado estado de descomposición. (p-IDN0256)
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Los
voluntarios de la PMI siguen encontrando docenas de cadáveres
día tras día, a medida que remiten las aguas.
(p-IDN0258)
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La
tarea de recoger cadáveres es agotadora tanto física
como emocionalmente.
(p-IDN0243)
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Tras
una dura jornada, los voluntarios vuelven agotados a las
oficinas de la Cruz Roja de Banda Aceh. (p-IDN0234)
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