Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC) Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC)
Búsqueda :

Noticias
 
IMPRIMIR
Página de inicio
Noticias
Comunicados de prensa
Discursos
Artículos de opiníon
Audio y vídeo
En Myanmar, la intervención tras el tsunami estuvo en manos de la comunidad
5 de abril de 2005
Maude Froberg, Myanmar; fotos de Yoshi Shimizu
Con la pequeña mano de ella en la suya y los piecitos descalzos de ella que redoblan el paso para seguir el paso de él, la niña con su vestido rosa descolorido y el alto adolescente emprenden una vez más el viaje por el sendero desigual que caracolea hasta la costa.

En algunos sitios, lo atraviesa un hilo de agua marrón y hay que dar un saltito. Luego, el sendero se vuelve a estrechar y la frondosa vegetación baja de matorrales y mangles lo circunda por todos lados. Por estos parajes, más vale conocer el camino.

Afortunadamente, Naing Lin Tun, de 14 años, lo conoce muy bien y, tal vez, ese haya sido uno de los factores que le salvó la vida a Aye Mar, de cuatro años, el día en que “la pared negra” azotó este pueblo de pescadores migrantes de temporada en el extremo sur del delta del Ayeyarwady (Irrawaddy) de Myanmar.

Cuando las agua remitieron, Naing Lin Tun iba camino abajo hacia la playa y, de pronto, en medio de la hierba mojada y barrosa vio el cuerpo de la pequeña.

“Traté de comprobar si respiraba, le tomé el pulso y latía”, cuenta Naing Lin Tun.
“Lo único que sabía era que tenía que arreglármelas para llevarla a la clínica, así que la cargué en mis hombres y empecé a correr.”

Mientras luchaba para llegar hasta el polvoriento camino que sube al pueblo, buscaba a alguien que le ayudara, pero no había nadie.

¿Qué hacer? Miró a su alrededor y lo único que vio fue un jeep remolque azul. Sería un recorrido accidentado, pero, no tenía alternativa. Colocó a la niña en la cama del remolque y partió para recorrer tres kilómetros a través del bosque.

Cerca de la clínica, Daw Khin San, de 50 años, estaba a punto de descubrir que los cursos de primeros auxilios que había seguido hacía 30 años aún le permitirían salvar vidas. Eso había pensado justo ayer, dice, cuando recordé lo que había que hacer: poner la cabeza hacia atrás; abrir las vías respiratorias; cubrir con mi boca la boca de la víctima, cerrarle la nariz con los dedos, insuflar aire suficiente hasta ver que el tórax se expande y verificar que el aire insuflado sale.

“De los cinco niños que trajeron aquí, logré salvar a tres. Es triste que no hay podido salvarlos a todos, pero sin esos conocimientos de primeros auxilios no hubiera podido salvar a ninguno”, dice y sonríe mirando a Aye Mar que escucha pacientemente.

Para los habitantes del delta del Ayeyarwady, la preparación en previsión de desastres es crucial porque, a menudo, tienen que hacer frente a inundaciones estacionales, escasez de agua e incendios, así como a brotes de enfermedades contagiosas como la malaria, la diarrea, el sarampión y la fiebre dengue.

“Formar a los voluntarios para que intervengan frente a estas situaciones no es lo mismo que en otras partes, pues hay que tener en cuenta que, en muchos casos, será el propio voluntario quien intervendrá en caso de distintos desastres y no sólo para socorrer y ofrece refugio de emergencia, sino también en aquellas emergencias relacionados con la salud y agua y saneamiento”, explica Joanna MacLean, Jefa de la Delegación de la Federación Internacional en Myanmar.

Ma San San Maw de la isla de Kaing Thaung, devastada por el maremoto, acaba de incorporarse a la Cruz Roja de Myanmar en calidad de voluntaria comunitaria aunque le costó decidirse.

“Mi marido también era voluntario de la Cruz Roja, pero lo perdí en el tsunami. Cuando vi los uniformes, después de su muerte, me hicieron acordar tanto de él. Estaba triste, pero, poco después, decidí superar mi sentimiento de pérdida ayudando a la comunidad a título voluntario”, cuenta Ma San San.

Ahora, va camino al liceo de Kaing Thaung que está en ruinas, donde cuatro mujeres esperan pacientemente que llegue la delegación de la Cruz Roja de Myanmar. Allí tendrá lugar una pequeña ceremonia en la que se entregarán sobres con 10.000 kyats (1.900 francos suizos o 1.600 dólares) a estas mujeres que son jefe de familia.

“Cuando prestamos asistencia después del tsunami, nuestra evaluación mostró que algunos hogares estaban peor que otros y esos son los que reciben apoyo adicional”, señala U Saw Thein de la Cruz Roja de Myanmar.

El 28 de marzo hubo otro terremoto en el norte de Sumatra y en la región se dio la alerta de que podía haber otro tsunami. A través de la radio, la televisión y mensajes texto enviados a teléfonos móviles se alertó a la población y se tomaron medidas de seguridad. En Tailandia, por ejemplo, se utilizaron camionetas con sirenas para alertar a la gente en las playas y se mandaron camiones para ayudar a evacuar a quienes querían partir.

En Kaing Thaung, no hay teléfonos móviles ni camiones de evacuación. De hecho, no hay donde ir en caso de que hubiera otro tsunami.

No obstante, la gente se prepara a su manera. En la playa sudoccidental, se colocan piedras de rojo ladrillo en línea recta junto con pilas de basura. Poquito a poco se construye una barrera. Si llega a venir otra “pared negra”, aquí se detendrá.

Al menos, esa es la intención. Khin Mar San, de 35 años, es viuda y tiene cuatro hijos, todavía recuerda los gritos de los pescadores que estaban en el mar el 26 de diciembre.

“¡Corran! ¡Corran que viene una pared negra!”, gritaban. “Tratamos de correr lo más rápido que podíamos, pero el agua nos atrapó aquí”, recuerda Khin Mar San y señala un pequeño puente de madera a unos 200 metros del mar.

Mientras habla van llegando otros vecinos; a veces, asienten con la cabeza, a veces se encogen de hombres. En Kaing Thaung las olas gigantescas se llevaron a cinco adultos y tres niños.

“Por suerte, sobrevivimos, pero la casa se vino abajo”, murmura Khin Mar San. La suya es una de las 68 familias a las que se ofrecerá una nueva casa en Thit Poke, localidad de Myanmar continental donde se están construyendo 143 viviendas.

El gobierno de Myanmar pone el material de construcción, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) contrata carpinteros en el marco de la iniciativa alimentos por trabajo y la Cruz Roja de Myanmar construye letrinas para la comunidad.

“Por supuesto que es triste dejar la isla, pero tener un lugar donde vivir es lo más importante. La vida tiene que seguir”, afirma Khin Mar San. Y así es. Cuando la oscura silueta de un bote de pesca se acerca lentamente a la costa, un enjambre de niños da gritos de alegría y se echa al mar donde se reflejan los tenues colores del dorado atardecer.

Mientras algunos de nosotros tendemos a olvidar otros optan por no recordar.
Naing Lin Tu salvó a Aye Mar de cuatro años llevándola a la clínica donde recibió primeros auxilios. (p12764)

ENLACES RELACIONADOS
Más noticias
Operación tsunami
Muchas comunidades de las costas de Myanmar son vulnerables a tsunamis e inundaciones. (p12768)

Ma San San Maw se incorporó a la Cruz Roja de Myanmar en calidad de voluntaria a pesar de haber perdido a su marido en el tsunami. Él también había sido voluntario de la Cruz Roja. (p)

La Cruz Roja ofrece ayuda monetaria a las mujeres más pobres que son jefe de familia.
(p-MMR0018)

Khin Mar San y su familia perdieron su casa en el tsunami. La suya es una de las 68 familias a las que se ofrecerá una nueva vivienda en Myanmar continental. (p12769)



Supervivientes del tsunami construyen viviendas en la localidad de Thit Poke. (p-MMR0016)

IMPRIMIR