Con
la pequeña mano de ella en la suya y los piecitos descalzos
de ella que redoblan el paso para seguir el paso de él,
la niña con su vestido rosa descolorido y el alto adolescente
emprenden una vez más el viaje por el sendero desigual
que caracolea hasta la costa.
En algunos sitios, lo atraviesa un hilo de agua marrón
y hay que dar un saltito. Luego, el sendero se vuelve a estrechar
y la frondosa vegetación baja de matorrales y mangles
lo circunda por todos lados. Por estos parajes, más vale
conocer el camino.
Afortunadamente, Naing Lin Tun, de 14 años, lo conoce
muy bien y, tal vez, ese haya sido uno de los factores que le
salvó la vida a Aye Mar, de cuatro años, el día
en que “la pared negra” azotó este pueblo
de pescadores migrantes de temporada en el extremo sur del delta
del Ayeyarwady (Irrawaddy) de Myanmar.
Cuando las agua remitieron, Naing Lin Tun iba camino abajo hacia
la playa y, de pronto, en medio de la hierba mojada y barrosa
vio el cuerpo de la pequeña.
“Traté de comprobar si respiraba, le tomé
el pulso y latía”, cuenta Naing Lin Tun.
“Lo único que sabía era que tenía
que arreglármelas para llevarla a la clínica,
así que la cargué en mis hombres y empecé
a correr.”
Mientras luchaba para llegar hasta el polvoriento camino que
sube al pueblo, buscaba a alguien que le ayudara, pero no había
nadie.
¿Qué hacer? Miró a su alrededor y lo único
que vio fue un jeep remolque azul. Sería un recorrido
accidentado, pero, no tenía alternativa. Colocó
a la niña en la cama del remolque y partió para
recorrer tres kilómetros a través del bosque.
Cerca de la clínica, Daw Khin San, de 50 años,
estaba a punto de descubrir que los cursos de primeros auxilios
que había seguido hacía 30 años aún
le permitirían salvar vidas. Eso había pensado
justo ayer, dice, cuando recordé lo que había
que hacer: poner la cabeza hacia atrás; abrir las vías
respiratorias; cubrir con mi boca la boca de la víctima,
cerrarle la nariz con los dedos, insuflar aire suficiente hasta
ver que el tórax se expande y verificar que el aire insuflado
sale.
“De los cinco niños que trajeron aquí, logré
salvar a tres. Es triste que no hay podido salvarlos a todos,
pero sin esos conocimientos de primeros auxilios no hubiera
podido salvar a ninguno”, dice y sonríe mirando
a Aye Mar que escucha pacientemente.
Para los habitantes del delta del Ayeyarwady, la preparación
en previsión de desastres es crucial porque, a menudo,
tienen que hacer frente a inundaciones estacionales, escasez
de agua e incendios, así como a brotes de enfermedades
contagiosas como la malaria, la diarrea, el sarampión
y la fiebre dengue.
“Formar a los voluntarios para que intervengan frente
a estas situaciones no es lo mismo que en otras partes, pues
hay que tener en cuenta que, en muchos casos, será el
propio voluntario quien intervendrá en caso de distintos
desastres y no sólo para socorrer y ofrece refugio de
emergencia, sino también en aquellas emergencias relacionados
con la salud y agua y saneamiento”, explica Joanna MacLean,
Jefa de la Delegación de la Federación Internacional
en Myanmar.
Ma San San Maw de la isla de Kaing Thaung, devastada por el
maremoto, acaba de incorporarse a la Cruz Roja de Myanmar en
calidad de voluntaria comunitaria aunque le costó decidirse.
“Mi marido también era voluntario de la Cruz Roja,
pero lo perdí en el tsunami. Cuando vi los uniformes,
después de su muerte, me hicieron acordar tanto de él.
Estaba triste, pero, poco después, decidí superar
mi sentimiento de pérdida ayudando a la comunidad a título
voluntario”, cuenta Ma San San.
Ahora, va camino al liceo de Kaing Thaung que está en
ruinas, donde cuatro mujeres esperan pacientemente que llegue
la delegación de la Cruz Roja de Myanmar. Allí
tendrá lugar una pequeña ceremonia en la que se
entregarán sobres con 10.000 kyats (1.900 francos suizos
o 1.600 dólares) a estas mujeres que son jefe de familia.
“Cuando prestamos asistencia después del tsunami,
nuestra evaluación mostró que algunos hogares
estaban peor que otros y esos son los que reciben apoyo adicional”,
señala U Saw Thein de la Cruz Roja de Myanmar.
El 28 de marzo hubo otro terremoto en el norte de Sumatra y
en la región se dio la alerta de que podía haber
otro tsunami. A través de la radio, la televisión
y mensajes texto enviados a teléfonos móviles
se alertó a la población y se tomaron medidas
de seguridad. En Tailandia, por ejemplo, se utilizaron camionetas
con sirenas para alertar a la gente en las playas y se mandaron
camiones para ayudar a evacuar a quienes querían partir.
En Kaing Thaung, no hay teléfonos móviles ni camiones
de evacuación. De hecho, no hay donde ir en caso de que
hubiera otro tsunami.
No obstante, la gente se prepara a su manera. En la playa sudoccidental,
se colocan piedras de rojo ladrillo en línea recta junto
con pilas de basura. Poquito a poco se construye una barrera.
Si llega a venir otra “pared negra”, aquí
se detendrá.
Al menos, esa es la intención. Khin Mar San, de 35 años,
es viuda y tiene cuatro hijos, todavía recuerda los gritos
de los pescadores que estaban en el mar el 26 de diciembre.
“¡Corran! ¡Corran que viene una pared negra!”,
gritaban. “Tratamos de correr lo más rápido
que podíamos, pero el agua nos atrapó aquí”,
recuerda Khin Mar San y señala un pequeño puente
de madera a unos 200 metros del mar.
Mientras habla van llegando otros vecinos; a veces, asienten
con la cabeza, a veces se encogen de hombres. En Kaing Thaung
las olas gigantescas se llevaron a cinco adultos y tres niños.
“Por suerte, sobrevivimos, pero la casa se vino abajo”,
murmura Khin Mar San. La suya es una de las 68 familias a las
que se ofrecerá una nueva casa en Thit Poke, localidad
de Myanmar continental donde se están construyendo 143
viviendas.
El gobierno de Myanmar pone el material de construcción,
el Programa Mundial de Alimentos (PMA) contrata carpinteros
en el marco de la iniciativa alimentos por trabajo y la Cruz
Roja de Myanmar construye letrinas para la comunidad.
“Por supuesto que es triste dejar la isla, pero tener
un lugar donde vivir es lo más importante. La vida tiene
que seguir”, afirma Khin Mar San. Y así es. Cuando
la oscura silueta de un bote de pesca se acerca lentamente a
la costa, un enjambre de niños da gritos de alegría
y se echa al mar donde se reflejan los tenues colores del dorado
atardecer.
Mientras algunos de nosotros tendemos a olvidar otros optan
por no recordar.
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Naing
Lin Tu salvó a Aye Mar de cuatro años llevándola
a la clínica donde recibió primeros auxilios.
(p12764)
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Muchas
comunidades de las costas de Myanmar son vulnerables a
tsunamis e inundaciones. (p12768)
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Ma
San San Maw se incorporó a la Cruz Roja de Myanmar
en calidad de voluntaria a pesar de haber perdido a su
marido en el tsunami. Él también había
sido voluntario de la Cruz Roja. (p)
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La
Cruz Roja ofrece ayuda monetaria a las mujeres más
pobres que son jefe de familia.
(p-MMR0018)
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Khin
Mar San y su familia perdieron su casa en el tsunami.
La suya es una de las 68 familias a las que se ofrecerá
una nueva vivienda en Myanmar continental. (p12769)
Supervivientes del tsunami construyen viviendas en la
localidad de Thit Poke. (p-MMR0016)
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