En
su pequeña motocicleta va sorteando con destreza las
grietas del asfalto y los cables de alta tensión caídos
en las calles; Firman sólo quiere saber una cosa y, entonces,
este muchacho de 14 años y rostro ancho grita:
“Señor, dígame, ¿por qué tuvo
que pasarnos esto justo a nosotros?”
El 28 de marzo, una violenta réplica del terremoto del
26 de diciembre destruyó prácticamente toda Gunung
Sitoli, ciudad natal de Firman, en la isla de Nias, frente a
la costa occidental de Sumatra, Indonesia, que tiene casi 700.000
habitantes.
A pesar de ser una réplica, causó más estragos
que el sismo del 26 de diciembre y dejó un saldo de 692
muertos, más de 45.000 personas sin hogar, 15.313 edificios
destruidos.
De ahí que mucha gente, al igual que Firman, se pregunte:
“¿Por qué nos tuvo que pasar a nosotros?
¿Es un castigo de Dios? ¿Nuestra isla se está
hundiendo? ¿Es el fin del mundo?”
Une mes después, en Gunung Sitoli huele a muerte.
Los ataúdes se apilan en las esquinas en espera que los
obreros terminen de cavar las fosas.
Sin embargo, durante el día la gente se saluda, charla,
trabaja bajo paredes destartaladas y atraviesa las pilas de
escombros con toda normalidad. La vida sigue al ritmo de la
isla, las calles están llenas de coloridos puestos al
aire libre que siempre tienen un poquito más que el día
anterior.
De noche, es una ciudad totalmente distinta. Los vecinos abandonan
su casa, dañada o no, para ir a dormir en refugios rudimentarios
de plástico y trozos de madera o en el coche de la familia.
Algunos se apiñan en la vereda.
Muchas familias hacen las maletas, se suben en un taxi-bicicleta
o en camionetas y parten a lo alto de las colinas donde estarán
a salvo del próximo tsunami o de algún otro edificio
que se derrumben. Duermen en el suelo a ambos lados de los caminos
peatonales, o unos contra otros en el piso de cemento de las
terrazas de los aparcamientos con techo de zinc.
Los jóvenes no duermen, tocan la guitarra, charlan y
esperan el amanecer o el próximo terremoto o maremoto.
El ruido lejano de una pared o un edificio que se derrumba los
despierta a todos e, inmediatamente, se ponen de pie y están
alerta.
Los primeros días después del terremoto, cuando
muchos hogares de Nias no tenían electricidad, las noticias
iban de boca en boca. Hasta hace muy poco, corría el
rumor que la isla se iría hundiendo, poquito a poco,
hasta desaparecer.
De hecho, Tagaule, un pueblo de la costa oriental de la isla,
se hundió durante el terremoto y el aluvión la
transformó en una Atlántida barrosa.
Muchas comunidades del resto de la isla quedaron a mayor altura.
Un popular establecimiento de surf fue arrastrado lejos del
mar y, por lo tanto, ya no sirve de nada.
Los transbordadores zarpan repletos de pasajeros que huyen de
la isla por temor o dificultades económicas. Las estructuras
de cemento armado fueron las primeras que se derrumbaron, principalmente,
escuelas, centros de salud y tiendas. Entonces, profesionales
y empresarios se fueron.
Desde el 28 de marzo, tras casi una semana de relativa calma,
en Nias llegó a haber hasta 55 temblores de tierra por
día. Algunos tan leves que uno simplemente se detenía
para preguntarle a los demás si era real o imaginario.
En muchos casos, sólo la ciencia puede confirmar que
hubo un temblor, pero de muy poca intensidad como para sentirlo,
pero suficiente para que la inquietud subconsciente siga latente.
Ahora bien, cuando un temblor de tierra se hace sentir, toda
esa normalidad aparente desaparece. La gente sale corriendo
de su casa dando voces y por todas partes rugen las motocicletas
que parten hacia las colinas y vuelve a preguntarse: “
¿Por qué precisamente nosotros?
Axel Pawolek, Jefe de la Operación de Socorro de la Federación
Internacional en Nias, comenta que aunque las autoridades avisan
por altoparlantes que no habrá otro tsunami, “la
gente teme que haya otro terremoto y sigue viviendo fuera de
su casa.”
Miembros del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la
Media Luna Roja han trabajado juntos para ayudar al pueblo de
Nias y convencer a la gente que puede retomar las riendas de
su vida.
Inmediatamente después del terremoto, un grupo de voluntarios
de la filial de Gunung Sitoli de la Cruz Roja Indonesia (PMI)
inició tareas de rescate y evacuó a los heridos.
El día siguiente, un equipo de evaluación de la
Federación Internacional llegó al único
aeropuerto de la isla. Allí se quedaron un médico
y un delegado de agua y saneamiento de la Cruz Roja Española
que prestarían la ayuda que tanta falta hacía
para atender a los heridos.
A Gunung Sitoli, que queda a 22 kilómetros, sólo
podían ir en motocicleta porque los deslizamientos de
tierra habían dejado los caminos llenos de enormes rocas.
Dos días después del desastre, llegó un
equipo médico francés que instaló una unidad
de clasificación de pacientes en un campo de fútbol
que se utilizaba para las evacuaciones en helicóptero.
Posteriormente, dicha unidad quedó a cargo de un equipo
de la PMI y el equipo francés partió a instalar
un centro médico en el aeropuerto donde se prepararía
a los pacientes que debían ser trasladados a Sumatra.
Por último, prestó asistencia al equipo de cirujanos
rusos.
Un equipo médico de la Cruz Roja Japonesa que iba rumbo
a su país tras terminar una agotadora misión de
tres meses en Aceh, volvió directamente a Nias. Durante
las semanas siguientes prestó asistencia en el centro
médico del aeropuerto, abrió una clínica
en Gunung Sitoli y también dio una mano a los cirujanos
rusos que atendieron a más de 700 pacientes en menos
de dos semanas.
Otros delegados de la Federación Internacional llegaron
el tercer día después del terremoto e, inmediatamente,
tramitaron la adquisición de camiones y planificaron
con la PMI la distribución de los suministros de socorro
que habían llegado en un enorme avión C160 que
venía cargado de tiendas de campaña para familias
y sábanas de la Cruz Roja Canadiense.
Las semanas siguientes, un equipo de la Cruz Roja Francesa instaló
potabilizadoras y puntos de distribución de agua en la
ciudad de Gunung Sitoli. Luego, partió a Teluk Dalam,
ciudad portuaria del sur, donde junto con delegados de la Cruz
Roja Española, abasteció de agua potable, a razón
de 250.000 litros por día.
Una vez terminada la fase de emergencia, transfirieron las potabilizadoras
y los camiones cisterna a la PMI que, en principió, permanecerá
allí alrededor de un mes.
Un equipo médico de la Cruz Roja de Singapur instaló
un hospital de campaña en Gunung Sitoli y, en una semana,
atendió a 600 pacientes. También tramitaron envíos
de arroz, leche, agua y alimentos enlatados a la isla.
La Federación Internacional trabajó en estrecha
colaboración con la PMI y un equipo de la Cruz Roja Suiza
para hacer llegar material de refugio a las zonas siniestradas
y poco accesibles de la isla.
La Federación dotó de motocicletas a los equipos
móviles de evaluación y distribución de
la PMI e instruyó a sus integrantes en el uso de las
comunicaciones vía satélite y del sistema mundial
de determinación de posición.
Estos equipos, de cuatro integrantes cada uno, hicieron una
detallada evaluación de daños en los pueblos que
hasta entonces se veían privados de ayuda porque el terremoto
había destruido puentes y carreteras. Se reunieron con
los dirigentes comunitarios para organizar debidamente las distribuciones
y hacer una evaluación precisa de lo que se necesitaba
en cada lugar.
También se ocuparon de indicar si el transporte debía
hacer en camión o helicóptero, habida cuenta de
las condiciones de accesibilidad.
Hasta el 18 de abril, en el marco de la operación de
la Federación, la PMI y la Cruz Roja Suiza, se habían
distribuido a las familias más necesitadas de algunas
de las zonas de difícil acceso: más de 1.300 tiendas
de campaña a aquellas que habían perdido su hogar;
1.503 toldos a aquellas cuya casa había sufrido daños;
1.274 bidones para poder abastecerse de agua, allí donde
los pozos fueron contaminados; 2.611 raciones de alimentos;
faroles, utensilios de cocina, keroseno y artículos de
primera necesidad.
Pawolek señala que la Federación y otras organizaciones
de socorro ya disponen de todos los suministros de socorro necesarios
para atender las necesidades de los damnificados de Nias:
“Ahora, es cuestión de proseguir con la distribución
diaria a pesar de los destrozos que el violento terremoto causó
en la infraestructura.”
Los esfuerzos desplegados por la Cruz Roja y la Media Luna Roja
desde el 28 de marzo, tal vez sean la mejor respuesta a la pregunta
que se siguen haciendo los atemorizados habitantes de Nias:
“¿Por qué precisamente nosotros?”
Miles de los damnificados más vulnerables tienen de comer,
disponen de agua y electricidad en su hogar y de un refugio
seguro donde dormir, prueba que no están solos.
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Un
equipo de la Cruz Roja Francesa analiza el agua del pozo
de un hogar de Gunung Sitoli, pues muchos de esos pozos
quedaron contaminados después del terremoto. (p12817)
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Una
integrante del equipo paramédico de la Cruz Roja
de Singapur atiende a un paciente en el hospital provisional
instalado en Gunung Sitoli. (REUTERS/Dadang Tri/Cortesía
de www.Alertnet.org)
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Un
voluntario indonesio camina entre los ataúdes que
yacen en medio de las ruinas de los edificios de Gunung
Sitoli. (REUTERS/Beawiharta/Cortesía de www.Alertnet.org)
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Poco
después del terremoto, la Federación Internacional
y la Cruz Roja Indonesia comenzaron a distribuir artículos
de socorro utilizando camiones o helicópteros según
el caso. (p12818)

Axel Pawolek, Jefe de la Operación de Socorro de
la Federación Internacional en Nias. (p12819)
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