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Un mes después, Nias sabe que no está sola
27 de abril de 2005
Virgil Grandfield y Santun Aung in Gunung Sitoli, Nias
En su pequeña motocicleta va sorteando con destreza las grietas del asfalto y los cables de alta tensión caídos en las calles; Firman sólo quiere saber una cosa y, entonces, este muchacho de 14 años y rostro ancho grita:

“Señor, dígame, ¿por qué tuvo que pasarnos esto justo a nosotros?”

El 28 de marzo, una violenta réplica del terremoto del 26 de diciembre destruyó prácticamente toda Gunung Sitoli, ciudad natal de Firman, en la isla de Nias, frente a la costa occidental de Sumatra, Indonesia, que tiene casi 700.000 habitantes.

A pesar de ser una réplica, causó más estragos que el sismo del 26 de diciembre y dejó un saldo de 692 muertos, más de 45.000 personas sin hogar, 15.313 edificios destruidos.

De ahí que mucha gente, al igual que Firman, se pregunte: “¿Por qué nos tuvo que pasar a nosotros? ¿Es un castigo de Dios? ¿Nuestra isla se está hundiendo? ¿Es el fin del mundo?”

Une mes después, en Gunung Sitoli huele a muerte.

Los ataúdes se apilan en las esquinas en espera que los obreros terminen de cavar las fosas.

Sin embargo, durante el día la gente se saluda, charla, trabaja bajo paredes destartaladas y atraviesa las pilas de escombros con toda normalidad. La vida sigue al ritmo de la isla, las calles están llenas de coloridos puestos al aire libre que siempre tienen un poquito más que el día anterior.

De noche, es una ciudad totalmente distinta. Los vecinos abandonan su casa, dañada o no, para ir a dormir en refugios rudimentarios de plástico y trozos de madera o en el coche de la familia. Algunos se apiñan en la vereda.

Muchas familias hacen las maletas, se suben en un taxi-bicicleta o en camionetas y parten a lo alto de las colinas donde estarán a salvo del próximo tsunami o de algún otro edificio que se derrumben. Duermen en el suelo a ambos lados de los caminos peatonales, o unos contra otros en el piso de cemento de las terrazas de los aparcamientos con techo de zinc.

Los jóvenes no duermen, tocan la guitarra, charlan y esperan el amanecer o el próximo terremoto o maremoto. El ruido lejano de una pared o un edificio que se derrumba los despierta a todos e, inmediatamente, se ponen de pie y están alerta.

Los primeros días después del terremoto, cuando muchos hogares de Nias no tenían electricidad, las noticias iban de boca en boca. Hasta hace muy poco, corría el rumor que la isla se iría hundiendo, poquito a poco, hasta desaparecer.

De hecho, Tagaule, un pueblo de la costa oriental de la isla, se hundió durante el terremoto y el aluvión la transformó en una Atlántida barrosa.

Muchas comunidades del resto de la isla quedaron a mayor altura. Un popular establecimiento de surf fue arrastrado lejos del mar y, por lo tanto, ya no sirve de nada.

Los transbordadores zarpan repletos de pasajeros que huyen de la isla por temor o dificultades económicas. Las estructuras de cemento armado fueron las primeras que se derrumbaron, principalmente, escuelas, centros de salud y tiendas. Entonces, profesionales y empresarios se fueron.

Desde el 28 de marzo, tras casi una semana de relativa calma, en Nias llegó a haber hasta 55 temblores de tierra por día. Algunos tan leves que uno simplemente se detenía para preguntarle a los demás si era real o imaginario. En muchos casos, sólo la ciencia puede confirmar que hubo un temblor, pero de muy poca intensidad como para sentirlo, pero suficiente para que la inquietud subconsciente siga latente.

Ahora bien, cuando un temblor de tierra se hace sentir, toda esa normalidad aparente desaparece. La gente sale corriendo de su casa dando voces y por todas partes rugen las motocicletas que parten hacia las colinas y vuelve a preguntarse: “ ¿Por qué precisamente nosotros?

Axel Pawolek, Jefe de la Operación de Socorro de la Federación Internacional en Nias, comenta que aunque las autoridades avisan por altoparlantes que no habrá otro tsunami, “la gente teme que haya otro terremoto y sigue viviendo fuera de su casa.”

Miembros del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja han trabajado juntos para ayudar al pueblo de Nias y convencer a la gente que puede retomar las riendas de su vida.

Inmediatamente después del terremoto, un grupo de voluntarios de la filial de Gunung Sitoli de la Cruz Roja Indonesia (PMI) inició tareas de rescate y evacuó a los heridos.

El día siguiente, un equipo de evaluación de la Federación Internacional llegó al único aeropuerto de la isla. Allí se quedaron un médico y un delegado de agua y saneamiento de la Cruz Roja Española que prestarían la ayuda que tanta falta hacía para atender a los heridos.

A Gunung Sitoli, que queda a 22 kilómetros, sólo podían ir en motocicleta porque los deslizamientos de tierra habían dejado los caminos llenos de enormes rocas.

Dos días después del desastre, llegó un equipo médico francés que instaló una unidad de clasificación de pacientes en un campo de fútbol que se utilizaba para las evacuaciones en helicóptero.

Posteriormente, dicha unidad quedó a cargo de un equipo de la PMI y el equipo francés partió a instalar un centro médico en el aeropuerto donde se prepararía a los pacientes que debían ser trasladados a Sumatra. Por último, prestó asistencia al equipo de cirujanos rusos.

Un equipo médico de la Cruz Roja Japonesa que iba rumbo a su país tras terminar una agotadora misión de tres meses en Aceh, volvió directamente a Nias. Durante las semanas siguientes prestó asistencia en el centro médico del aeropuerto, abrió una clínica en Gunung Sitoli y también dio una mano a los cirujanos rusos que atendieron a más de 700 pacientes en menos de dos semanas.

Otros delegados de la Federación Internacional llegaron el tercer día después del terremoto e, inmediatamente, tramitaron la adquisición de camiones y planificaron con la PMI la distribución de los suministros de socorro que habían llegado en un enorme avión C160 que venía cargado de tiendas de campaña para familias y sábanas de la Cruz Roja Canadiense.

Las semanas siguientes, un equipo de la Cruz Roja Francesa instaló potabilizadoras y puntos de distribución de agua en la ciudad de Gunung Sitoli. Luego, partió a Teluk Dalam, ciudad portuaria del sur, donde junto con delegados de la Cruz Roja Española, abasteció de agua potable, a razón de 250.000 litros por día.

Una vez terminada la fase de emergencia, transfirieron las potabilizadoras y los camiones cisterna a la PMI que, en principió, permanecerá allí alrededor de un mes.

Un equipo médico de la Cruz Roja de Singapur instaló un hospital de campaña en Gunung Sitoli y, en una semana, atendió a 600 pacientes. También tramitaron envíos de arroz, leche, agua y alimentos enlatados a la isla.

La Federación Internacional trabajó en estrecha colaboración con la PMI y un equipo de la Cruz Roja Suiza para hacer llegar material de refugio a las zonas siniestradas y poco accesibles de la isla.

La Federación dotó de motocicletas a los equipos móviles de evaluación y distribución de la PMI e instruyó a sus integrantes en el uso de las comunicaciones vía satélite y del sistema mundial de determinación de posición.

Estos equipos, de cuatro integrantes cada uno, hicieron una detallada evaluación de daños en los pueblos que hasta entonces se veían privados de ayuda porque el terremoto había destruido puentes y carreteras. Se reunieron con los dirigentes comunitarios para organizar debidamente las distribuciones y hacer una evaluación precisa de lo que se necesitaba en cada lugar.

También se ocuparon de indicar si el transporte debía hacer en camión o helicóptero, habida cuenta de las condiciones de accesibilidad.

Hasta el 18 de abril, en el marco de la operación de la Federación, la PMI y la Cruz Roja Suiza, se habían distribuido a las familias más necesitadas de algunas de las zonas de difícil acceso: más de 1.300 tiendas de campaña a aquellas que habían perdido su hogar; 1.503 toldos a aquellas cuya casa había sufrido daños; 1.274 bidones para poder abastecerse de agua, allí donde los pozos fueron contaminados; 2.611 raciones de alimentos; faroles, utensilios de cocina, keroseno y artículos de primera necesidad.

Pawolek señala que la Federación y otras organizaciones de socorro ya disponen de todos los suministros de socorro necesarios para atender las necesidades de los damnificados de Nias:

“Ahora, es cuestión de proseguir con la distribución diaria a pesar de los destrozos que el violento terremoto causó en la infraestructura.”

Los esfuerzos desplegados por la Cruz Roja y la Media Luna Roja desde el 28 de marzo, tal vez sean la mejor respuesta a la pregunta que se siguen haciendo los atemorizados habitantes de Nias: “¿Por qué precisamente nosotros?”

Miles de los damnificados más vulnerables tienen de comer, disponen de agua y electricidad en su hogar y de un refugio seguro donde dormir, prueba que no están solos.
Un equipo de la Cruz Roja Francesa analiza el agua del pozo de un hogar de Gunung Sitoli, pues muchos de esos pozos quedaron contaminados después del terremoto. (p12817)
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Operación tsunami
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Una integrante del equipo paramédico de la Cruz Roja de Singapur atiende a un paciente en el hospital provisional instalado en Gunung Sitoli. (REUTERS/Dadang Tri/Cortesía de www.Alertnet.org)
Un voluntario indonesio camina entre los ataúdes que yacen en medio de las ruinas de los edificios de Gunung Sitoli. (REUTERS/Beawiharta/Cortesía de www.Alertnet.org)
Poco después del terremoto, la Federación Internacional y la Cruz Roja Indonesia comenzaron a distribuir artículos de socorro utilizando camiones o helicópteros según el caso. (p12818)



Axel Pawolek, Jefe de la Operación de Socorro de la Federación Internacional en Nias. (p12819)


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