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Comenzar de nuevo en Nias
7 de septiembre de 2005
por Teresita P. Usapdin, en la isla de Nias, Sumatra, Indonesia
Fotos de Mohammad Kholifan y Tessie Usapdin
Nahasu, de 61 años, y Fauluaro, de 75, amigos íntimos durante más de 30 años, solían ser vecinos en la aldea de Hinako, en una pequeña isla al oeste de Nias, frente a la costa de Sumatra. Cuando el 28 de marzo de 2005 el terremoto de 8,7 grados en la escala de Richter hizo temblar a Nias y a la pequeña isla en que vivían, Nahasu y Fauluaro, al igual que otras familias de la aldea, perdieron sus viviendas y se vieron forzados a alojarse provisionalmente en tiendas de campaña en aldeas separadas de Sirombu, un subdistrito de Nias.

Forman parte del primer grupo de familias de Hinako y de otras zonas devastadas por el terremoto en Nias, que, con la ayuda de la Cruz Roja Australiana, fueron realojados en una aldea ubicada sobre una ladera, en Sirombu.

Nahasu y Fauluaro limpian su jardín y se ven francamente orgullosos de su dúplex.
“Es el mejor regalo que hemos recibido desde que ocurrió la tragedia”, dicen uno y otro casi al unísono.

“Damos gracias porque Fauluaro y yo sólo estamos separados por una planta; ahora estamos aún más unidos de lo que lo estábamos en Hinako”, agrega Nahasu mientras prepara café.

La casa blanca de concreto y de planta alta mide 68,6 metros cuadrados, y tiene una sala de estar, dos dormitorios, cocina, lavabo, lavadero y más espacio al fondo para tener un pequeño huerto o incluso hacer alguna ampliación.

Hasta el momento, la Cruz Roja Australiana ha construido siete casas como ésta, esto es, 14 viviendas. En este momento hay un total de 116 unidades como ésta, o 232 viviendas más en diversas etapas de construcción en un predio de casi 50.000 metros cuadrados en Sirombu. La Fundación Zero to One dirige la construcción el organismo asociado de la Cruz Roja Australiana en el proyecto.

La Cruz Roja Australiana ha comunicado que el proyecto de viviendas se financia con donaciones de la población de Australia; está tratando de terminar tantas viviendas como sea posible antes de la llegada de la estación de las lluvias. Por ahora, se han mudado tres familias, y se prevé que otras hagan lo propio en los próximos días.

Mientras bebe su café, Nahasu sigue contando su historia: “Perdí la casa que me regaló mi familia; peor aún, perdí a mi querida esposa, que de esa casa hizo un hogar”.

“Ojalá mi esposa estuviera viva, podríamos haber comenzado una nueva vida aquí. Nahasu trata de contener las lágrimas.

“Esperábamos gustosos la llegada de nuestro 30º aniversario de bodas el 14 de agosto, pero todos nuestros planes se fueron con ella.” Finalmente, se echa a llorar; descuelga una fotografía de su esposa y de su único nieto de la pared y la aprieta contra su pecho.

“Todavía pude oírla gritar, atrapado en nuestro dormitorio de la planta alta de la casa. Me aborrezco por no haber podido ayudar; todo sucedió muy rápido y no podía llegar a donde estaba ella porque se había derrumbado una pared que me impedía el paso”, dice Nahasu mirando fijamente la foto de su mujer, a la que besa suavemente.

Nahasu es maestro jubilado y tiene cinco hijos adultos que viven por su cuenta; dice que prefiere vivir solo, lejos de Hinako, para poder “olvidar” los trágicos recuerdos del desastre.

“Quiero recordar nuestra vida tal como era antes, llena de amor y de alegrías sencillas; quiero ver su dulce cara sonriente y su mirada gentil en cada rincón de esta habitación. Esta casa será nuestro nuevo hogar. En mi corazón y en mi mente, mi esposa siempre permanecerá viva.”

Más tarde, Nahasu sale al modesto jardín que ha comenzado a arreglar frente a la casa. “A mi mujer le encantaba la jardinería: todas estas flores son para ella.”

Fauluaro tiene suerte. No perdió a ningún miembro de su familia, pero perdió las tres casas que tenía.

“No pasa nada”, dice. “Las casas siempre pueden reconstruirse, pero la vida de una persona, no. Agradezco a Dios que todos los miembros de mi familia –mis dos hijos, mis cinco hijas y mi nieto– están vivos y bien.” Fauluaro, que vive con su esposa y su nieto en la nueva casa, se acerca a Nahasu y le pasa el brazo por sobre el hombro.

“Siento mucho lo que ocurrió a mi amigo, Nahasu. Sin embargo, mi esposa y yo siempre estaremos a su disposición; podemos comenzar un nuevo hogar, una nueva vida en esta aldea.”

Tandoziduho y Adizawarunu, una pareja que tuvo ocho hijos, cuya casa de Testua, también ubicada en Sirombu, se derrumbó a causa del terremoto, dice que están contentos con su nuevo hogar y agradecen a la Cruz Roja haberles brindado un refugio confortable.

“No podemos pedir nada más. Con esta casa nos basta y sobra; ya veremos si la mejoramos un poco y hasta puede que la ampliemos por detrás para nuestros hijos que van creciendo”, dice Adizawarunu, sonriendo y dando de mamar a su hija menor.

Adizawarunu agrega, “más importante aún que tener una casa cómoda es que tenemos muy buenos vecinos. Nahasu y Faularu están orgullosos de mis hijos, éstos les llaman “kakek” (abuelo). Aquí nos sentimos seguros.”

“Extrañamos nuestro gallinero”, señala Tandozidoho. “Aquí no tenemos lugar suficiente para criar aves, así que tengo que volver a sembrar y buscarme cualquier trabajo para alimentar a mi familia”, agrega Tandozidoho mientras sorbe su café.

En ese momento, la esposa de Fauluaro sale de la cocina con un plato de sopa caliente, pescado frito, tofu, arroz hervido y un salsa picante, y coloca todo sobre una gran bandeja para que almorcemos; por detrás aparecen tres de los hijos con platos, vasos y una jarra con agua fría.

Almorzamos sentados en el piso de la sala de la casa de Fauluaro, compartimos buena comida y risas; la población de la nueva aldea disfrutan de la compañía de los demás en este nuevo lugar al que consideran suyo.
Las casas prefabricadas donadas por la Cruz-Roja Australiana son ahora el hogar de las familias desplazadas de Nias.
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Foto: Mohammad Kholifan y Tessie Usapdin/Federación Internacional (p13183)

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