Se
vuelve a pulverizar desodorante de ambiente sobre una pila que
aumenta entre ladrillos y hierros retorcidos. Por unos segundos,
los socorristas respiran sin oler la pestilencia de la muerte.
Tres hombres batallan con martillos y sopletes para horadar
los muros derrumbados como si fueran mineros que abren galerías.
Antes del 8 de octubre, aquí había una sólida
casa de dos pisos... la casa de una familia. Ahora, de los escombros
asoma una mano y a estos hombres exhaustos y bañados
de sudor les llevará horas recuperar el cadáver.
Rugen los motores de los camiones que transportan más
suministros de socorro. Los coloridos adornos característicos
de los camiones de Pakistán contrastan con tanta desolación.
Este convoy trae alimentos, mantas y tiendas de campaña
de la Media Luna Roja Pakistaní.
Un pastor que lleva sus dos vacas por la calle mira pasar los
estruendosos camiones y dice:
“Necesitamos de urgencia tiendas de campaña. De
mi casa no queda nada. Por lo menos pude salvar a mis vacas,
pero ahora mi familia necesita un techo. En unas semanas será
invierno aquí en las montañas. No sé qué
haremos cuando empiece a nevar.”
La Media Luna Roja Pakistaní ha distribuido más
de 2.000 tiendas de campaña; la Federación Internacional
está movilizando otras 25.000 y pidió miles más.
La asistencia médica es crucial
En la ciudad de Balakot, el terremoto dejó un saldo pasmoso,
pues se estima que murieron 7.000 de sus 30.000 habitantes.
Pero el impacto se extiende mucho más allá de
los límites de la ciudad y llega hasta las montañas
donde numerosos pueblos quedaron aislados por días. En
todo Pakistán, según cifras oficiales, ya se contabilizaron
40.000 muertos y la cifra sigue aumentando.
A las afueras de la ciudad, helicópteros del ejército
levantan una enorme polvareda. El hospital del distrito se derrumbó
al igual que muchas otras instalaciones médicas de las
zonas siniestradas.
Aquí, los heridos esperan en camillas de fortuna que
se les traslade por vía aérea. Un padre trata
de calmar a su hija de ocho años. Los ojos desorbitados
de la niña muestran todo su temor. Tiene una venda en
la cabeza, pero sólo se le han administrado los primeros
auxilios más elementales. Es una de las múltiples
víctimas que es preciso trasladar donde puedan recibir
la debida atención médica.
La asistencia médica de urgencia es una de las prioridades
de la intervención de la Federación Internacional.
Una unidad de intervención de urgencia de la Cruz Roja
Francesa acaba de llegar Balakot y está montando una
instalación de atención básica de salud
con capacidad para atender a 30.000 personas durante tres meses.
La Federación Internacional ya dispone de suministros
en el terreno para cinco unidades como esa. Los mandó
la Cruz Roja Alemana, pero se necesitan más con suma
urgencia.
Dependencia total de la ayuda durante seis meses
Virginie Roiron, integrante del equipo de evaluación
y coordinación en el terreno, de la Federación
Internacional, observa los preparativos para trasladar a los
heridos por vía aérea. “Hay tanto que hacer.
Pienso también en los damnificados por el terremoto que
viven en las montañas y se ven privados de la ayuda que
se presta en el valle. Incluso con helicópteros, a veces,
es imposible asistirles”, explica.
La labor del equipo de evaluación es fundamental para
orientar la intervención en curso. Según sus primeras
conclusiones, los damnificados dependerán totalmente
de la asistencia de emergencia durante seis meses. Existe un
alto riesgo de que haya muchos muertos más, si las personas
vulnerables no reciben ayuda suficiente durante el invierno.
Vidas destrozadas
Mohammad Nisar, de 46 años, está sentado en el
techo de una escuela demolida. Con los ojos cansados mira las
ideas y venidas de la calle. Pasan camiones con las tropas que
se encargarán de las tareas de limpieza y desescombro;
unos vecinos llevan lo que les queda de sus pertenencias y otros
sus muertos. La calle principal de Bakalot es un espejo de sueños
rotos y esperanzas perdidas.
“Todavía no puedo creer lo que pasó. No
sé si tiene sentido quedarse en este lugar destruido.
Mi sobrina fue enterrada viva cuando se derrumbó esta
escuela. Es difícil soportar la pena cuando pienso en
ella”, cuenta.
Un manual escolar yace abierto en medio del polvo.
En la página se lee “Esta es mi casa”, en
inglés. Muchos habitantes de Balakot tendrán que
hacer frente a un rudo invierno sin una casa donde vivir y sus
necesidades son urgentes y a largo plazo. Este es un desastre
que no se superará por muchos meses.
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En
la ciudad de Balakot, el terremoto dejó un saldo
pasmoso, pues se estima que murieron 7.000 de sus 30.000
habitantes. (p13368)
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Los
coloridos adornos característicos de los camiones
de Pakistán contrastan con tanta desolación.
Este convoy trae alimentos, mantas y tiendas de campaña
de la Media Luna Roja Pakistaní. (p13388)
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Mohammad
Nisar, de 46 años, está sentado en el techo
de una escuela demolida. Con los ojos cansados mira las
ideas y venidas de la calle. (p13373)
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“De
mi casa no queda nada. Por lo menos pude salvar a mis
vacas, pero ahora mi familia necesita un techo.”
(p13367)
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Virginie
Roiron, integrante del equipo de evaluación y coordinación
en el terreno, de la Federación Internacional,
observa los preparativos para trasladar a los heridos
por vía aérea. (p13387)
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