Me
advirtieron que trajera mascarillas. Ahora entiendo por qué.
La pestilencia de los cadáveres en descomposición
impregna toda Balakot, ciudad de la Provincia de la Frontera
Noroccidental de Pakistán.
Situada en un valle entre las impresionantes montañas
de Cachemira, esta era una popular ciudad turística de
montañismo, la última escala antes de subir a
la montaña.
Ahora Balakot está en ruinas. Un amasijo de hormigón
y metales retorcidos. En diciembre pasado, colaboré con
la Cruz Roja en la intervención tras el tsunami en Aceh,
Indonesia. Allí, la destrucción en lugares como
Banda Aceh y Meulaboh era inimaginable.
Pero esto es diferente. En Balakot, no quedó un edificio
en pie. El aire está saturado de polvo. La ciudad, que
tenía 150.000 habitantes, fue totalmente destruida. Nunca
se sabrá el número exacto de muertos, pero es
fácil deducir que se cifra en decenas de miles.
No hay donde enterrar a los muertos
Cerca de la carretera yace el cadáver de una mujer envuelto
en una mortaja blanca. Una cantidad de hombres, tal vez parientes,
corta el paso a nuestro todoterreno y nos suplica que nos llevemos
el cadáver.
¿Llevarlo dónde? Fue un momento espantoso. Me
sentí mal de la vergüenza cuando tuvimos que hacerles
entender por señas que no podíamos llevarnos los
restos de una esposa, una madre, una hija... Era desgarrador.
Un momento que jamás olvidaré, aunque quisiera.
Hay tantos cadáveres que es difícil encontrar
lugar donde enterrarlos.
Montones de ropa sin usar
Las calles están llenas de ropa de todo tipo y talla.
Tanta ropa que, a menudo, tengo que abrirme paso entre telas
de vivos colores. Al parecer, el día siguiente del desastre,
los militares pakistaníes lanzaron la ropa desde helicópteros.
No es de extrañar.
Tampoco es fácil ir a Balakot, tardamos cuatro horas
en recorrer los 170 kilómetros para llegar allí
y, eso, en un vehículo de tracción en las cuatro
ruedas, un camión cargado de suministros de socorro hubiera
tardado mucho más.
Hacer llegar ayuda suficiente a esta ciudad y a otras ciudades
y pueblos siniestrados que están todavía más
lejos es todo un desafío. Pero no hay excusa que valga.
Estamos aportando ayuda donde más se necesita, tanto
en Balakot como en otras zonas afectadas por el terremoto.
Los niños necesitan ayuda
Equipos de ingenieros hidráulicos, médicos y enfermeras
de la Cruz Roja instalaron hospitales de campaña y puntos
de distribución de agua en la ciudad y los alrededores.
En la unidad de atención básica de salud, se ha
atendido a 500 pacientes desde que empezara a funcionar.
Los niños son los más traumatizados, según
un médico de la Cruz Roja. Muchos vieron a sus padres
y sus mayores morir o sufrir horriblemente.
Tiendas de campaña y refugio
La Cruz Roja pone toda su determinación en seguir ayudando
a suplir las necesidades de los damnificados por este desastre
que las Naciones Unidas calificó de “peor pesadilla
que ha vivido la organización”.
En los seis próximos meses nos proponemos satisfacer
las necesidades básicas de alimentos y refugio de unos
500.000 damnificados. El desafío de adquirir y distribuir
tal volumen de ayuda es inmenso.
Prioridad absoluta: tiendas de invierno. Una tienda de invierno
para proteger a una familia de siete personas de las temperaturas
glaciales, sólo cuesta unos 200 dólares. En realidad
no es mucho, y puede salvar la vida de los supervivientes del
terremoto.
Así que espero que el mundo no les falle.
Viví un momento de mucha vergüenza, cuando no pudimos
aceptar aquel ruego de transportar un cadáver. Sabiendo
que mi trabajo puede contribuir a informar del drama sobrecogedor
que se vive aquí, espero aliviar mi sentimiento de culpa,
viendo que millares de personas que en este momento no tienen
nada, por lo menos, disponen del refugio que necesitan para
protegerse de las heladas y el frío glacial.
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Basura
amontonada entre escombros de hormigón y metales
retorcidos. (p13449)
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No
queda un edificio en pie en Balakot. El aire está
saturado de polvo. La ciudad, que tenía 150.000
habitantes, fue totalmente destruida. (p13451)
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En
diciembre pasado, colaboré con la Cruz Roja en
la intervención tras el tsunami en Aceh, Indonesia.
Allí, la destrucción en lugares como Banda
Aceh y Meulaboh, era inimaginable, pero esto es diferente.
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