Después
del tsunami, los voluntarios de la Cruz Roja Indonesia instalaron
cocinas de campo, y distribuyeron tiendas de campaña
y suministros de socorro a medio millón de damnificados.
Impartieron nociones de higiene, ayudaron a potabilizar más
de 1.000.000 de litros de agua por día, organizaron reuniones
sobre la reconstrucción de la comunidad y, día
tras día, siguen ayudando a los supervivientes del tsunami
a recomponer su vida.
Pero antes de emprender todas esas tareas, estos jóvenes
abnegados y altamente calificados, muchos de ellos también
damnificados, hicieron el trabajo más penoso: recuperar
y ocuparse de millares de cadáveres.
Para describir lo que supone una llamada nocturna, Mirza, de
24 años, voluntario de la Cruz Roja Indonesia, escenifica
en silencio la subida a una montaña y el regreso. No
necesita decir nada. Aquí todos saben lo que significa,
en particular, los amigos de Mirza que, esta noche, al igual
que él, están reclinados en el piso del pequeño
puesto de la Cruz Roja, juegan a lo bruto y escuchan música
a todo volumen como los jóvenes de todas partes.
Mirza y sus amigos se incorporaron a las Cruz Roja de Calang,
costa occidental de la provincia de Aceh, en 2002. Querían
ser héroes, rescatar a personas en peligro y salvar vidas.
Por ese entonces, hubo una escalada del conflicto armado entre
los separatistas y las fuerzas armadas, se declaró el
estado de emergencia y se prohibió la entrada de forasteros
a la provincia.
La ciudad donde vivía Mirza estaba cerca de la peor zona
de combates, de ahí que él y sus amigos hubieran
sido alumnos entusiastas del curso superior de rescate y socorro,
pero el destino les tenía prevista otra tarea: fueron
asignados al equipo evacuasi, encargado de recuperar y ocuparse
de los cadáveres. Mirza fue nombrado capitán de
ese equipo.
Mirza es delgado y tiene los hombros anchos y redondeados de
quien está acostumbrado a trabajar duro. Su rostro es
el de alguien acostumbrado a asumir grandes responsabilidades
y sus ojos, los de quien ha visto lo peor.
“Eran demasiados como para contarlos”, dice de los
cadáveres de los que se ocupó durante el conflicto.
¿Cincuenta? ¿Cien? ¿Doscientos? Mirza asiente
lentamente con la cabeza, después de 500.
Habitualmente, llamaba alguien de un pueblo en plena montaña
de la isla de Sumatra Norte. Si la llamada se recibía
de noche, el equipo, aunque no estuviera de guardia, igual se
desplazaba para reconfortar a los deudos, tarea de la cual Mirza
se enorgullece. Los dos equipos salían en ambulancias
y pasaban los puestos de control en las oscuras montañas.
El fallecido tal vez pudiera esperar a que despuntara el día,
pero no los familiares y amigos acongojados.
Llegaban en la ambulancia lo más cerca posible que les
permitía el camino, descargaban las camillas y subían
a pie el resto del trayecto en medio de la selva y de la noche.
Luego, recuperaban los cadáveres y los llevaban a algún
sitio donde pudieran ser enterrados con dignidad.
“Teníamos que hacerlo. ¿Si no, quién
lo iba a hacer? Los cadáveres podían quedar allí
para siempre”, comenta Mirza.
El trabajo es duro dicen voluntarios como Mirza, pero no indecoroso.
“Se trata de atender a la gente”, comenta uno de
ellos.
Para Mirza es una cuestión comunitaria. “Según
nuestra cultura, si un cadáver yace en un pueblo y nadie
se atreve a recuperarlo, entonces el pueblo entero comete un
pecado”, puntualiza.
Pero, en el contexto de un conflicto armado donde reina la desconfianza,
incluso quien se ocupa de un cadáver puede ser considerado
partidario de uno u otro bando. La reconocida neutralidad de
la Cruz Roja permitió a Mirza y su equipo abrirse a duras
penas un camino seguro, pero no por ello su labor fue menos
terrible o amedrentadora.
Entonces, cuando el 25 de diciembre de 2004 sonó el teléfono,
Mirza se esperaba lo peor. Sin embargo, esta vez, la llamada
era de vida. Más precisamente, de dos vidas porque a
una mujer se le había complicado el parto. Mirza pasaría
a buscarla en su ambulancia y junto con las dos parteras la
llevaría al hospital de una ciudad que queda a pocas
horas de camino.
Casi una hora después, durante el trayecto por la carretera
de la costa, angosta y llena de baches, Mirza tuvo que decirle
al conductor que detuviera la ambulancia. En cuestión
de minutos, él y las parteras ayudaron a la paciente
a dar luz a su hijito sin riesgo alguno.
Mirza siempre se había entrenado con la esperanza de
intervenir en situaciones como esa, es decir, salvar vidas.
Mirza llevó de vuelta a la mujer y el bebé al
puesto de la partera y volvió a la oficina de la PMI:
eran las 4.30 de la mañana. Mientras se iba quedando
dormido en la esterilla colocada en el piso de la oficina, sonreía.
Dos vidas…
A las 8.09, el terremoto arrancó literalmente a Mirza
del sueño. Junto con los demás integrantes de
su equipo corrieron a la calle. El sismo sacudió la ciudad
y los edificios de la costa durante 10 minutos. Cuando terminó,
los bajos edificios de la pequeña ciudad, al parecer,
no habían sufrido daños y estaban intactos. Mirza
y sus amigos volvieron al recinto del puesto de la Cruz Roja
y empezaron a divertirse juntando los mangos caídos por
allí.
A las 8.09, el terremoto arrancó literalmente a Mirza
del sueño. Junto con los demás integrantes de
su equipo corrieron a la calle. El sismo sacudió la ciudad
y los edificios de la costa durante 10 minutos. Cuando terminó,
los bajos edificios de la pequeña ciudad, al parecer,
no habían sufrido daños y estaban intactos. Mirza
y sus amigos volvieron al recinto del puesto de la Cruz Roja
y empezaron a divertirse juntando los mangos caídos por
allí.
Minutos después, la gente corría por las calles
orando y gritando a voz en cuello. Sobresaltado y confuso, Mirza
corrió al encuentro de sus padres. Cuando vio la ola,
los mandó en motocicleta a una colina cercana y volvió
a salir corriendo. Una vez en la colina, oyó que la ola
había embestía los árboles detrás
de él, entonces, se subió a un mango y se quedó
allí para estar a salvo.
Desde el árbol, logró ayudar a dos hombres a subir
y rescatar a un niño de cinco años. Después
de la tercera ola gigante, las aguas remitieron y se llevó
al niño en hombros hasta la cima de la colina donde se
había trasladado a los heridos. Encontró a sus
padres sanos y salvo.
Mirza y otros dos voluntarios de la Cruz Roja atendieron a los
heridos en un puesto de socorro improvisado. Utilizaba un palo
afilado para abrir los cocos y darle la leche a quienes estaban
muy mal por haber tragado gran cantidad de agua de mar.
“Creíamos que era el fin del mundo, pero a la mañana
siguiente, cuando salió el sol, supimos que sólo
había sido un desastre”, recuerda Mirza.
Él y los otros voluntarios pasaron dos días y
dos noches sin beber ni probar bocado atendiendo a los heridos
y empezaron a recuperar cadáveres. El tercer día,
Mirza decidió acompañar a los vecinos de la ciudad
que habían decidido ir a pie por la costa hasta la capital
de Banda Aceh donde todos tenían parientes y esperaban
conseguir ayuda. Era una caminata de 120 kilómetros.
“En ese momento pensábamos que, tal vez, el tsunami
sólo había sido en nuestra ciudad.”
A medida que el grupo de Mirza iba caminando, la magnitud del
desastre era más y más evidente. “Donde
había casas y árboles hermosos, no quedaba nada;
sólo escombros y cadáveres”. Se encontraron
con otros damnificados que se unieron a ellos en esa marcha
tétrica.
Por las noches, se quedaban en las colinas por temor de que
hubiera otro tsunami. Sobrevivieron tomando leche de coco y
comiendo carne asada de las vacas que encontraban por las colinas.
Durante el día, les sangraban los pies de tanto caminar.
Oraban en silencio mientras caminaban y cuando hablaban los
únicos temas de conversación eran la enorme ola
y la esperanza de reunirse con sus familias en Banda Aceh.
Tras cinco días de marcha a lo largo de la costa devastada
por el tsunami se encontraron con otro grupo de personas que
venían en la dirección opuesta, pues habían
partido de Banda Aceh. Así se enteraron que las aguas
también habían embestido la capital.
El 12.° día, el grupo de Mirza llegó a lo
que fuera la ciudad de Loknga, justo al sur de la capital. “Cuando
me di cuenta que aquel amasijo era la mezquita y que todo lo
demás había desaparecido, perdí la esperanza.”
Entonces, supo por otro damnificado que el tsunami había
aniquilado el barrio donde vivían sus parientes. Cuando
llegó, descubrió que ninguno de ellos se había
salvado.
Mirza pasó la noche en un campamento de refugiados. Al
día siguiente, se incorporó al equipo de Banda
Aceh de la PMI y se preparó para iniciar una tarea que
conocía demasiado bien para ser tan joven: recuperar
y ocuparse de decenas de cadáveres que había dejado
el tsunami.
Mirza fue uno más de los centenares de voluntarios de
toda Indonesia que en un par de meses recuperaron y enterraron
más de 60.000 cadáveres, algunos de los cuales
también habían identificado.
Cuando finalmente volvió a su ciudad natal, algunos de
sus compañeros de voluntariado habían muerto.
Las dos parteras que transportó la noche antes del tsunami,
habían desaparecido. Alguien había visto a un
equipo de la Cruz Roja afanarse por instalar en la ambulancia
a una madre y un recién nacido. Aunque habían
partido a toda velocidad, la ola los alcanzó y las dos
vidas que Mirza había salvado, se perdieron cuatro horas
después de aquel encuentro.
Esta noche, en el pequeño puesto de la Cruz Roja Mirza
y sus jóvenes amigos se divierten haciendo bromas pesadas,
se ríen a mandíbula batiente y disfrutan de poder
quedarse despiertos hasta tarde. Tal como debe ser.
|
 |
 |
|
Mirza,
de 24 años, voluntario de la Cruz Roja Indonesia
(PMI), y sus amigos se incorporaron a las Cruz Roja de
Calang, costa occidental de la provincia de Aceh, en 2002.
Querían ser héroes, rescatar a personas
en peligro y salvar vidas.
Foto: Virgil Grandfield/Federación Internacional
(p13616)
|
|
|
|
|
 |
|
“Creíamos
que era el fin del mundo, pero a la mañana siguiente,
cuando salió el sol, supimos que sólo había
sido un desastre”, recuerda Mirza.
Foto: Yoshi Shimizu/Federación Internacional
(p-IDN0255)
|
|
 |
|
Mirza
fue uno más de los centenares de voluntarios de
toda Indonesia que en un par de meses recuperaron y enterraron
más de 60.000 cadáveres, algunos de los
cuales también habían identificado.
Foto: Yoshi Shimizu/Federación Internacional
(p-IDN0250)
|
|
 |
|
Después
del tsunami, los voluntarios de la Cruz Roja Indonesia
instalaron cocinas de campo y distribuyeron tiendas de
campaña y suministros de socorro a medio millón
de damnificados. Impartieron nociones de higiene, ayudaron
a potabilizar más de 1.000.000 de litros de agua
por día, organizaron reuniones sobre la reconstrucción
de la comunidad y, día tras día, siguen
ayudando a los supervivientes del tsunami a recomponer
su vida.
Foto: Yoshi Shimizu/Federación Internacional
(p-IDN0233)
|
|