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El temple de los voluntarios de la Cruz Roja Indonesia frente a la adversidad
14 de diciembre de 2005
Por Virgil Grandfield desde Calang en Aceh, Indonesia
Después del tsunami, los voluntarios de la Cruz Roja Indonesia instalaron cocinas de campo, y distribuyeron tiendas de campaña y suministros de socorro a medio millón de damnificados. Impartieron nociones de higiene, ayudaron a potabilizar más de 1.000.000 de litros de agua por día, organizaron reuniones sobre la reconstrucción de la comunidad y, día tras día, siguen ayudando a los supervivientes del tsunami a recomponer su vida.

Pero antes de emprender todas esas tareas, estos jóvenes abnegados y altamente calificados, muchos de ellos también damnificados, hicieron el trabajo más penoso: recuperar y ocuparse de millares de cadáveres.


Para describir lo que supone una llamada nocturna, Mirza, de 24 años, voluntario de la Cruz Roja Indonesia, escenifica en silencio la subida a una montaña y el regreso. No necesita decir nada. Aquí todos saben lo que significa, en particular, los amigos de Mirza que, esta noche, al igual que él, están reclinados en el piso del pequeño puesto de la Cruz Roja, juegan a lo bruto y escuchan música a todo volumen como los jóvenes de todas partes.

Mirza y sus amigos se incorporaron a las Cruz Roja de Calang, costa occidental de la provincia de Aceh, en 2002. Querían ser héroes, rescatar a personas en peligro y salvar vidas.

Por ese entonces, hubo una escalada del conflicto armado entre los separatistas y las fuerzas armadas, se declaró el estado de emergencia y se prohibió la entrada de forasteros a la provincia.

La ciudad donde vivía Mirza estaba cerca de la peor zona de combates, de ahí que él y sus amigos hubieran sido alumnos entusiastas del curso superior de rescate y socorro, pero el destino les tenía prevista otra tarea: fueron asignados al equipo evacuasi, encargado de recuperar y ocuparse de los cadáveres. Mirza fue nombrado capitán de ese equipo.

Mirza es delgado y tiene los hombros anchos y redondeados de quien está acostumbrado a trabajar duro. Su rostro es el de alguien acostumbrado a asumir grandes responsabilidades y sus ojos, los de quien ha visto lo peor.

“Eran demasiados como para contarlos”, dice de los cadáveres de los que se ocupó durante el conflicto.

¿Cincuenta? ¿Cien? ¿Doscientos? Mirza asiente lentamente con la cabeza, después de 500.

Habitualmente, llamaba alguien de un pueblo en plena montaña de la isla de Sumatra Norte. Si la llamada se recibía de noche, el equipo, aunque no estuviera de guardia, igual se desplazaba para reconfortar a los deudos, tarea de la cual Mirza se enorgullece. Los dos equipos salían en ambulancias y pasaban los puestos de control en las oscuras montañas. El fallecido tal vez pudiera esperar a que despuntara el día, pero no los familiares y amigos acongojados.

Llegaban en la ambulancia lo más cerca posible que les permitía el camino, descargaban las camillas y subían a pie el resto del trayecto en medio de la selva y de la noche. Luego, recuperaban los cadáveres y los llevaban a algún sitio donde pudieran ser enterrados con dignidad.

“Teníamos que hacerlo. ¿Si no, quién lo iba a hacer? Los cadáveres podían quedar allí para siempre”, comenta Mirza.

El trabajo es duro dicen voluntarios como Mirza, pero no indecoroso. “Se trata de atender a la gente”, comenta uno de ellos.

Para Mirza es una cuestión comunitaria. “Según nuestra cultura, si un cadáver yace en un pueblo y nadie se atreve a recuperarlo, entonces el pueblo entero comete un pecado”, puntualiza.

Pero, en el contexto de un conflicto armado donde reina la desconfianza, incluso quien se ocupa de un cadáver puede ser considerado partidario de uno u otro bando. La reconocida neutralidad de la Cruz Roja permitió a Mirza y su equipo abrirse a duras penas un camino seguro, pero no por ello su labor fue menos terrible o amedrentadora.

Entonces, cuando el 25 de diciembre de 2004 sonó el teléfono, Mirza se esperaba lo peor. Sin embargo, esta vez, la llamada era de vida. Más precisamente, de dos vidas porque a una mujer se le había complicado el parto. Mirza pasaría a buscarla en su ambulancia y junto con las dos parteras la llevaría al hospital de una ciudad que queda a pocas horas de camino.

Casi una hora después, durante el trayecto por la carretera de la costa, angosta y llena de baches, Mirza tuvo que decirle al conductor que detuviera la ambulancia. En cuestión de minutos, él y las parteras ayudaron a la paciente a dar luz a su hijito sin riesgo alguno.

Mirza siempre se había entrenado con la esperanza de intervenir en situaciones como esa, es decir, salvar vidas.

Mirza llevó de vuelta a la mujer y el bebé al puesto de la partera y volvió a la oficina de la PMI: eran las 4.30 de la mañana. Mientras se iba quedando dormido en la esterilla colocada en el piso de la oficina, sonreía. Dos vidas…

A las 8.09, el terremoto arrancó literalmente a Mirza del sueño. Junto con los demás integrantes de su equipo corrieron a la calle. El sismo sacudió la ciudad y los edificios de la costa durante 10 minutos. Cuando terminó, los bajos edificios de la pequeña ciudad, al parecer, no habían sufrido daños y estaban intactos. Mirza y sus amigos volvieron al recinto del puesto de la Cruz Roja y empezaron a divertirse juntando los mangos caídos por allí.

A las 8.09, el terremoto arrancó literalmente a Mirza del sueño. Junto con los demás integrantes de su equipo corrieron a la calle. El sismo sacudió la ciudad y los edificios de la costa durante 10 minutos. Cuando terminó, los bajos edificios de la pequeña ciudad, al parecer, no habían sufrido daños y estaban intactos. Mirza y sus amigos volvieron al recinto del puesto de la Cruz Roja y empezaron a divertirse juntando los mangos caídos por allí.

Minutos después, la gente corría por las calles orando y gritando a voz en cuello. Sobresaltado y confuso, Mirza corrió al encuentro de sus padres. Cuando vio la ola, los mandó en motocicleta a una colina cercana y volvió a salir corriendo. Una vez en la colina, oyó que la ola había embestía los árboles detrás de él, entonces, se subió a un mango y se quedó allí para estar a salvo.

Desde el árbol, logró ayudar a dos hombres a subir y rescatar a un niño de cinco años. Después de la tercera ola gigante, las aguas remitieron y se llevó al niño en hombros hasta la cima de la colina donde se había trasladado a los heridos. Encontró a sus padres sanos y salvo.

Mirza y otros dos voluntarios de la Cruz Roja atendieron a los heridos en un puesto de socorro improvisado. Utilizaba un palo afilado para abrir los cocos y darle la leche a quienes estaban muy mal por haber tragado gran cantidad de agua de mar.

“Creíamos que era el fin del mundo, pero a la mañana siguiente, cuando salió el sol, supimos que sólo había sido un desastre”, recuerda Mirza.

Él y los otros voluntarios pasaron dos días y dos noches sin beber ni probar bocado atendiendo a los heridos y empezaron a recuperar cadáveres. El tercer día, Mirza decidió acompañar a los vecinos de la ciudad que habían decidido ir a pie por la costa hasta la capital de Banda Aceh donde todos tenían parientes y esperaban conseguir ayuda. Era una caminata de 120 kilómetros. “En ese momento pensábamos que, tal vez, el tsunami sólo había sido en nuestra ciudad.”

A medida que el grupo de Mirza iba caminando, la magnitud del desastre era más y más evidente. “Donde había casas y árboles hermosos, no quedaba nada; sólo escombros y cadáveres”. Se encontraron con otros damnificados que se unieron a ellos en esa marcha tétrica.

Por las noches, se quedaban en las colinas por temor de que hubiera otro tsunami. Sobrevivieron tomando leche de coco y comiendo carne asada de las vacas que encontraban por las colinas. Durante el día, les sangraban los pies de tanto caminar. Oraban en silencio mientras caminaban y cuando hablaban los únicos temas de conversación eran la enorme ola y la esperanza de reunirse con sus familias en Banda Aceh.

Tras cinco días de marcha a lo largo de la costa devastada por el tsunami se encontraron con otro grupo de personas que venían en la dirección opuesta, pues habían partido de Banda Aceh. Así se enteraron que las aguas también habían embestido la capital.

El 12.° día, el grupo de Mirza llegó a lo que fuera la ciudad de Loknga, justo al sur de la capital. “Cuando me di cuenta que aquel amasijo era la mezquita y que todo lo demás había desaparecido, perdí la esperanza.” Entonces, supo por otro damnificado que el tsunami había aniquilado el barrio donde vivían sus parientes. Cuando llegó, descubrió que ninguno de ellos se había salvado.

Mirza pasó la noche en un campamento de refugiados. Al día siguiente, se incorporó al equipo de Banda Aceh de la PMI y se preparó para iniciar una tarea que conocía demasiado bien para ser tan joven: recuperar y ocuparse de decenas de cadáveres que había dejado el tsunami.

Mirza fue uno más de los centenares de voluntarios de toda Indonesia que en un par de meses recuperaron y enterraron más de 60.000 cadáveres, algunos de los cuales también habían identificado.

Cuando finalmente volvió a su ciudad natal, algunos de sus compañeros de voluntariado habían muerto. Las dos parteras que transportó la noche antes del tsunami, habían desaparecido. Alguien había visto a un equipo de la Cruz Roja afanarse por instalar en la ambulancia a una madre y un recién nacido. Aunque habían partido a toda velocidad, la ola los alcanzó y las dos vidas que Mirza había salvado, se perdieron cuatro horas después de aquel encuentro.

Esta noche, en el pequeño puesto de la Cruz Roja Mirza y sus jóvenes amigos se divierten haciendo bromas pesadas, se ríen a mandíbula batiente y disfrutan de poder quedarse despiertos hasta tarde. Tal como debe ser.

Mirza, de 24 años, voluntario de la Cruz Roja Indonesia (PMI), y sus amigos se incorporaron a las Cruz Roja de Calang, costa occidental de la provincia de Aceh, en 2002. Querían ser héroes, rescatar a personas en peligro y salvar vidas.
Mirza, de 24 años, voluntario de la Cruz Roja Indonesia (PMI), y sus amigos se incorporaron a las Cruz Roja de Calang, costa occidental de la provincia de Aceh, en 2002. Querían ser héroes, rescatar a personas en peligro y salvar vidas.
Foto: Virgil Grandfield/Federación Internacional (p13616)

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Foto: Yoshi Shimizu/Federación Internacional
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