Llueve,
retiro y sostengo una rama mojada mientras un periodista filma
el interior de una casa abandonada. Allí están
los restos y desechos de una vida – objetos religiosos,
un zapato de niño, la estructura podrida de una cama
e incluso un almanaque donde está marcada la fecha del
desastre, el día en que esta casa dejó de ser
un hogar, el día en que murió la comunidad.
Me embarga un sentimiento de desolación y desesperanza,
al ver que las matas de la naturaleza se tragan poco a poco
los ladrillos y la argamasa en la tierra húmeda.
Esta es Gemendhoo, una isla de Maldivas, un punto en medio de
un Océano Índico verde peltre y embravecido. Por
todas partes hay espectros de días mejores: “Felicidades
en tu cuarto cumpleaños Sammy” dice en letras multicolores
el cartel colgado en la pared de una casa cuyas entrañas
están desparramadas por la calle. Allí una máquina
de coser, más allá una muñeca en un jardín,
una cerca en medio de una sala... una vida totalmente trastocada.
Demasiado destrozada para renacer, Gemendhoo será por
siempre una isla fantasma. Desde una isla cercana, las 500 personas
que la habitaban miran sus casas con añoranza, pero saben
que tienen que seguir adelante.
Es curioso, estoy aquí por primera vez y tengo una impresión
de déjà vu. Vinimos para informar sobre la situación
un año y medio después de esa calamidad tan colosal
que movilizó a millones de personas. Pensar que hace
sólo dos meses, sostenía otra rama mojada mientras
otro periodista filmaba en ocasión de otro aniversario.
Era en Ucrania, donde el accidente de Chernóbil de 1986
obligó a miles de personas a abandonar su hogar.
No existe vínculo alguno entre las Maldivas y Ucrania.
Unas son conocidas por las vacaciones al sol, el submarinismo
y el descanso. La otra por la revolución naranja, la
costa de Crimea y un dinámico equipo de fútbol...
Pero en ambos países hay gente que tuvo que dejar su
hogar, la tierra que le vio nacer, el suelo que le nutría,
esa tierra que ya no recibirá sus huesos. Los techos
se desplomaron sin que hubiera testigos y los recintos escolares,
donde resonaba la algarabía infantil, están mudos,
resquebrajados, en ruinas.
De los miles que dejaron las tierras plagadas de radiación
de Ucrania, Belarús y Rusia muchos tuvieron que seguir
adelante con la vida. Algunos contrajeron cánceres que
la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz
Roja y de la Media Luna Roja se sigue ocupando de detectar y
erradicar aún hoy, 20 años después.
El mañana es más luminoso para muchos en Maldivas.
Nacieron comunidades como la de Kudahuvadhoo donde la Federación
Internacional pronto terminará de construir más
de 100 viviendas.
En otras islas se terminó de construir y la vida diaria
retoma su curso: camisetas recién lavadas cuelgan de
cueras, un joven mira la copa del mundo en el televisor de un
vecino que dejó la ventana abierta, las flores florecen
en las macetas, retorna el viejo ritmo donde hace seis meses
había toldos alquitranados, baños de hojalata
y lágrimas.
Establecí un vínculo entre aquel desastre nuclear
y la furia del mar, pues fui testigo de las consecuencias de
ambos.
Los desastres no son cifras. Los desastres son personales. Sin
embargo, la prensa y, nosotros, organismos de ayuda, decidimos
si se trata de un “desastre de grandes proporciones”
en función del número de muertos y si el número
de “damnificados” requiere un enorme esfuerzo de
recaudación de fondos. Y así ha de ser. Es preciso
paliar el sufrimiento. Es nuestro deber. Pero en aniversarios
como éste, también tenemos que pensar en el dolor
que une a los damnificados por el tsunami de Papua Nueva Guinea
de 1998 o el accidente industrial de Bhopal de 1984 con sus
homólogos más conocidos. Y nosotros, periodistas,
socorristas y donantes de grandes o pequeñas sumas debemos
redoblar esfuerzos para compenetrarnos con aquellos a quienes
prestamos servicios. No son cifras ni víctimas sin rostro.
Viven, aman y ríen como ustedes y como yo, pero sintieron
la desolación de sus hogares.
Poco antes de dejar la isla, sorprendo los ojos exaltados del
joven que contó su experiencia al reportero. Acababa
de revivir el día en que todo cuanto quería y
todo aquello que le definía fue arrastrado un kilómetro
mar adentro.
Sus ojos mostraban la misma apacible y solemne tristeza de aquellos
a quienes vi rememorar su hogar perdido en Ucrania y Belarús.
Por más humilde que sea, el hogar es el lugar donde el
corazón encuentra paz.
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Casa
destruida, isla de Gemendhoo, Maldivas. Demasiado dañada
como para poder reconstruir, esta isla quedará
tal cual en conmemoración del tsunami y sus 500
habitantes que se alojarán en viviendas construidas
por la Federación en otra isla. (p14165)
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¿Mundos
aparte? Casa abandonada a 20 millas de Chernóbil.
(p14163)
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Un
periodista de televisión filma en la isla de Thulusdhoo
castigada por el tsunami donde la Federación abastece
de agua potable a más de 1.000 personas gracias
a una planta de desalación y dispositivos para
recoger agua de lluvia. (p14162)
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Fabricación
de ladrillos para las nuevas viviendas destinadas a los
desplazados por el tsunami. (p14161)
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Donde
las calles no tienen nombre ¡aún! Nuevas
casas para los desplazados de la isla de Kudahuvadhoo,
Maldivas. (p14164)
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