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Aflicción universal entre el paraíso tropical y el infierno nuclear
30 de junio de 2006
Texto y fotos de Joe Lowry, delegado de información de la Federación Internacional en las Maldivas
Llueve, retiro y sostengo una rama mojada mientras un periodista filma el interior de una casa abandonada. Allí están los restos y desechos de una vida – objetos religiosos, un zapato de niño, la estructura podrida de una cama e incluso un almanaque donde está marcada la fecha del desastre, el día en que esta casa dejó de ser un hogar, el día en que murió la comunidad.

Me embarga un sentimiento de desolación y desesperanza, al ver que las matas de la naturaleza se tragan poco a poco los ladrillos y la argamasa en la tierra húmeda.

Esta es Gemendhoo, una isla de Maldivas, un punto en medio de un Océano Índico verde peltre y embravecido. Por todas partes hay espectros de días mejores: “Felicidades en tu cuarto cumpleaños Sammy” dice en letras multicolores el cartel colgado en la pared de una casa cuyas entrañas están desparramadas por la calle. Allí una máquina de coser, más allá una muñeca en un jardín, una cerca en medio de una sala... una vida totalmente trastocada.

Demasiado destrozada para renacer, Gemendhoo será por siempre una isla fantasma. Desde una isla cercana, las 500 personas que la habitaban miran sus casas con añoranza, pero saben que tienen que seguir adelante.

Es curioso, estoy aquí por primera vez y tengo una impresión de déjà vu. Vinimos para informar sobre la situación un año y medio después de esa calamidad tan colosal que movilizó a millones de personas. Pensar que hace sólo dos meses, sostenía otra rama mojada mientras otro periodista filmaba en ocasión de otro aniversario. Era en Ucrania, donde el accidente de Chernóbil de 1986 obligó a miles de personas a abandonar su hogar.

No existe vínculo alguno entre las Maldivas y Ucrania. Unas son conocidas por las vacaciones al sol, el submarinismo y el descanso. La otra por la revolución naranja, la costa de Crimea y un dinámico equipo de fútbol... Pero en ambos países hay gente que tuvo que dejar su hogar, la tierra que le vio nacer, el suelo que le nutría, esa tierra que ya no recibirá sus huesos. Los techos se desplomaron sin que hubiera testigos y los recintos escolares, donde resonaba la algarabía infantil, están mudos, resquebrajados, en ruinas.

De los miles que dejaron las tierras plagadas de radiación de Ucrania, Belarús y Rusia muchos tuvieron que seguir adelante con la vida. Algunos contrajeron cánceres que la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja se sigue ocupando de detectar y erradicar aún hoy, 20 años después.

El mañana es más luminoso para muchos en Maldivas. Nacieron comunidades como la de Kudahuvadhoo donde la Federación Internacional pronto terminará de construir más de 100 viviendas.

En otras islas se terminó de construir y la vida diaria retoma su curso: camisetas recién lavadas cuelgan de cueras, un joven mira la copa del mundo en el televisor de un vecino que dejó la ventana abierta, las flores florecen en las macetas, retorna el viejo ritmo donde hace seis meses había toldos alquitranados, baños de hojalata y lágrimas.

Establecí un vínculo entre aquel desastre nuclear y la furia del mar, pues fui testigo de las consecuencias de ambos.

Los desastres no son cifras. Los desastres son personales. Sin embargo, la prensa y, nosotros, organismos de ayuda, decidimos si se trata de un “desastre de grandes proporciones” en función del número de muertos y si el número de “damnificados” requiere un enorme esfuerzo de recaudación de fondos. Y así ha de ser. Es preciso paliar el sufrimiento. Es nuestro deber. Pero en aniversarios como éste, también tenemos que pensar en el dolor que une a los damnificados por el tsunami de Papua Nueva Guinea de 1998 o el accidente industrial de Bhopal de 1984 con sus homólogos más conocidos. Y nosotros, periodistas, socorristas y donantes de grandes o pequeñas sumas debemos redoblar esfuerzos para compenetrarnos con aquellos a quienes prestamos servicios. No son cifras ni víctimas sin rostro. Viven, aman y ríen como ustedes y como yo, pero sintieron la desolación de sus hogares.

Poco antes de dejar la isla, sorprendo los ojos exaltados del joven que contó su experiencia al reportero. Acababa de revivir el día en que todo cuanto quería y todo aquello que le definía fue arrastrado un kilómetro mar adentro.

Sus ojos mostraban la misma apacible y solemne tristeza de aquellos a quienes vi rememorar su hogar perdido en Ucrania y Belarús. Por más humilde que sea, el hogar es el lugar donde el corazón encuentra paz.

Casa destruida, isla de Gemendhoo, Maldivas. Demasiado dañada como para poder reconstruir, esta isla quedará tal cual en conmemoración del tsunami y sus 500 habitantes que se alojarán en viviendas construidas por la Federación en otra isla. (p14165)
Casa destruida, isla de Gemendhoo, Maldivas. Demasiado dañada como para poder reconstruir, esta isla quedará tal cual en conmemoración del tsunami y sus 500 habitantes que se alojarán en viviendas construidas por la Federación en otra isla. (p14165)

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Un periodista de televisión filma en la isla de Thulusdhoo castigada por el tsunami donde la Federación abastece de agua potable a más de 1.000 personas gracias a una planta de desalación y dispositivos para recoger agua de lluvia. (p14162)
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Fabricación de ladrillos para las nuevas viviendas destinadas a los desplazados por el tsunami. (p14161)
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Donde las calles no tienen nombre ¡aún! Nuevas casas para los desplazados de la isla de Kudahuvadhoo, Maldivas. (p14164)
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