Puede
que los recuerdos en torno al tsunami de 2004 se estén
desvaneciendo a medida que el mundo tiene presentes otros desastres
y los periódicos informan sobre nuevas crisis. No obstante,
en Maldivas, casi dos años después, la gente que
fue testigo del horror aquel día todavía se despierta
por las noches literalmente gritando.
Paseando por la mañana temprano por el centro para personas
desplazadas de la isla de Ugoofaaru, cuando los niños
se preparan para ir a la escuela, las mujeres barren y los hombres
conversan sobre los temas del día, parece que uno estuviera
en un pueblo cualquiera, en un lugar cualquiera. Pero hay una
diferencia: estas personas, unas 1.800, están expectantes,
a la espera de formar una nueva comunidad.
A diez minutos en lancha motora por el agua azul, amanece otra
comunidad provisional. Trabajadores de toda Asia meridional
trabajan duramente para construir un primer grupo de 166 viviendas
de un total de 600 financiadas por la Federación Internacional,
que alojarán a las personas desplazadas de la isla de
Kandholhudhoo actualmente dispersas en diferentes asentamientos
en islas cercanas.
Lo que deben tener en abundancia los desplazados internos es
paciencia. Pasan mucho tiempo sin hacer nada y esperando recibir
noticias. Pero hay poco trabajo, poco espacio y pocas razones
por las que sentirse feliz. No obstante, un hombre extraordinario,
él mismo desplazado interno, hace lo que puede para borrar
las huellas psicológicas, para disminuir la angustia
ocasionada por el miedo a perder el hogar, un ser querido o
la vida.
Ali Ibrahim, de 53 años y padre de doce niños,
es un hakeem, un curandero tradicional cuyos antepasados han
ido transmitiendo sus conocimientos de generación en
generación. Nos encontramos por casualidad: Un pequeño
hombre con un cigarrillo en la boca y gafas de sol violetas
sobre su cabeza está arreglando nuestra cerradura. Cuando
me dicen que éste es el curandero, me doy la vuelta para
ver quién más está en la habitación.
Espero ver a un chamán o a un morabito con toga…
Ali pone a un lado el destornillador y nos ponemos hablar.
Explica que desde el tsunami hay una gran demanda de sus servicios,
especialmente de una poción contra la depresión
que prepara con pétalos de rosa y especias. “Aquí
hay muchas personas con daños psicológicos. La
gente tiene pesadillas y se asusta cuando oye un ruido fuerte.
Pero también trato dolores de cabeza, fiebre, infecciones
del tracto urinario, cardiopatías, artritis, cortes,
fracturas... Reconozco los síntomas en los ojos de las
personas, en sus manos y en sus pies.”
Ali trabaja con la medicina contemporánea, y alienta
a las personas a hacerse resonancias magnéticas y someterse
a tratamientos de alta tecnología, pero también
utiliza conjuros, hierbas, otras plantas y especias. Los conjuros,
explica, provienen del Corán, pero reconoce que su oficio
es mucho más antiguo que el islam.
El Dr. Satyabrata Dash, que dirige el programa de apoyo psicológico
de la Cruz Roja Americana en Maldivas, reconoce que los curanderos
desempeñan una función positiva en la comunidad,
aunque piensa que las hierbas solas no pueden ayudar. “Son
muy pocas las raíces y plantas útiles en la medicina
psicológica", declara. “No obstante, los curanderos
escuchan a las personas y las ayudan a hablar sobre sus problemas.
Y eso, indudablemente, ayuda."
El día del tsunami, Ali había salido a pescar
cohombros de mar, que han hecho rica a su familia y han permitido
a Ali prestar servicios gratuitos. De repente, el sistema de
comunicación del barco, con unos fuertes ruidos, emitió
la advertencia de que existían graves problemas en su
isla de origen, Kandholhudhoo. Una vez en el puerto, algunos
supervivientes subieron como pudieron al barco e informaron
sobre la calamidad que se estaba produciendo.
Ahora, Kandholhudhoo está abandonada, de hecho destrozada
por el tsunami. Nos dirigimos a la isla con Ali, y con un maestro
del lugar, Ahmed, y su hijo Rifhan. Desde el mar, la vista es
impresionante. La nueva escuela de cuatro pisos le confiere
la apariencia de un paisaje urbano. En la costa se ha puesto
en marcha una empresa de procesamiento de peces, que se trasladará
junto con los desplazados internos a un nuevo lugar en Dhuvaafaru,
donde la Federación está construyendo las viviendas.
Pero esas son las únicas señales de vida. Muchos
edificios antiguos resultaron hechos pedazos por el tsunami,
y los más nuevos han empezado a deteriorarse. Sobre la
pared de la escuela, un eslogan dice (con cierta burla, teniendo
en cuenta quién es nuestro compañero de viaje):
“Una manzana al día mantiene alejado el médico”.
Por el patio, lleno de plantas, están dispersos libros
escolares y listas de clase.
Para Ahmed, que el día anterior había ido a ver
el lugar donde tomará forma su nueva vida, es un momento
de verdaderas emociones encontradas. “Es triste,”
masculla en inglés, “tan triste”. Después,
ya en dhivehi, reconoce que la vida en su isla natal era dura.
Había poco sitio, la isla estaba superpoblada y no había
verdaderas expectativas para sus hijos.
El curandero está de acuerdo. El día anterior
ha recogido en Dhuvaafaru unas plantas que sirven para curar
enfermedades hepáticas. En la antigua isla, que tenía
poca vegetación, éstas plantas eran muy escasas.
“Aquí, la vida va a estar bien,” observa
el curandero. “Nuestra gente será feliz.”
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Ali
Ibrahim es un curandero tradicional cuyos antepasados
han ido transmitiendo sus conocimientos de generación
en generación. Desde el tsunami, hay una gran demanda
de sus servicios, especialmente de una poción contra
la depresión que prepara con pétalos de
rosa y especias. “Aquí hay muchas personas
con daños psicológicos. La gente tiene pesadillas
y se asusta cuando oye un ruido fuerte. (p14689)
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La
isla abandonada de Kandholhudhoo. Desde el mar, la vista
es impresionante. La nueva escuela de cuatro pisos le
confiere la apariencia de un paisaje urbano. En la costa
se ha puesto en marcha una empresa de procesamiento de
peces, que se trasladará junto con los desplazados
internos a un nuevo lugar en Dhuvaafaru, donde la Federación
está construyendo las viviendas. (p14687)
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Ahora,
Kandholhudhoo está abandonada, de hecho destrozada
por el tsunami. Muchos edificios antiguos resultaron hechos
pedazos por el tsunami, y los más nuevos han empezado
a deteriorarse. (p14688)
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A
diez minutos en lancha, amanece otra comunidad provisional.
Trabajadores de toda Asia meridional trabajan duramente
para construir un primer grupo de 166 viviendas de un
total de 600 financiadas por la Federación Internacional,
que alojarán a las personas desplazadas de la isla
de Kandholhudhoo, actualmente dispersas en diferentes
asentamientos en islas cercanas. (p14686)
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