Hace
casi dos años, cuando el tsunami embistió las
costas de Sri Lanka, Ernest de Silva, de 63 años, estaba
en su casa disfrutando de un partido de cricket que transmitían
por televisión. “La gente gritaba por todas partes
que la ola se acercaba, pero no hice caso porque me interesaba
más el cricket”, cuenta. La segunda ola, enorme
y violenta, le arrastró fuera de su casa. Él y
su esposa lograron sobrevivir encaramándose a un cocotero.
Actualmente, Ernest da los últimos toques a su nueva
casa de Balapitya en el sureño distrito de Galle. Está
ocupado supervisando a los carpinteros que colocan los marcos
de la puerta y las ventanas. En el patio trasero, hay un gallo
joven atado a un arbolito que será el protagonista de
la ceremonia de bautizo de la nueva casa. Una vez instalados
los marcos, el gallito entrará por la puerta principal
y saldrá por la trasera llevándose consigo los
malos espíritus que podían haber permanecido allí.
Para Ernest, al igual que para miles de damnificados, esta nueva
casa es símbolo de un nuevo comienzo. Llevaba dos años
viviendo hacinado en un refugio de madera de cuatro metros cuadrados
con su esposa, su hija, su yerno y sus dos nietos. Después
del tsunami, la familia se refugió en un templo budista
donde permaneció unas semanas. Dependían de la
caridad de los monjes y las distribuciones de suministros de
socorro que hacían las ONG, las primeras semanas después
del desastre.
“Cuando escapamos, no teníamos más que lo
puesto. La Cruz Roja nos dio ropa, colchones y sábanas”,
recuerda Ernest. Pero no podían quedarse en el templo
y un par de semanas después, decidieron volver al terreno
donde estaba su casa. Habían quedado sólo los
cimientos, el resto se lo había llevado el mar. Los monjes
budistas les entregaron chapas de zinc para que construyeran
un refugio temporal con los trozos de madera y láminas
de plástico que habían logrado recuperar.
Las semanas se convirtieron en meses y Ernest esta cada vez
más preocupado por el futuro de su familia y su propia
salud. Su casa se encontraba a 65 metros del mar y, por lo tanto,
en la zona costera de amortiguación de 100 metros donde
el gobierno había prohibido construir. “Nos prometieron
una nueva casa a unos kilómetros tierra adentro, pero
eso no se concretó. Me subió la presión
y mi diabetes empeoró. “No tenía ingresos
porque mi tienda también había quedado destrozada.”
Poco después, Ernest encontró trabajo a tiempo
parcial en el "Tsunami", centro local de apuestas,
donde ganaba una comisión de 4-5 dólares por día
que apenas le alcanzaba para vivir.
En noviembre del año pasado, cuando el gobierno modificó
la política de vivienda, la zona de amortiguación
pasó a 45 metros por lo cual, Ernest tenía derecho
a recibir un subsidio de 2.500 dólares en cuotas, a medida
que fuera terminando los cimientos, las paredes y el techo de
la casa. El plan consiste en que otros donantes completen los
subsidios del gobierno con una suma equivalente. En el caso
de Ernest, la suma fue proporcionada por la Cruz Roja Neerlandesa
que también le orientó en la construcción.
“Al principio, no tenía idea de cómo se
construía una casa pero los técnicos de la Cruz
Roja me ayudan. Vienen todas las semanas para asegurarse que
lo esté haciendo bien”. Antes de empezar a construir,
el técnico encargado de su caso le ayuda con el plano
de base y le indicó la cantidad de arena, cemento, ladrillos
y madera que necesitaba para que hiciera el presupuesto. Ernest
era libre de contratar a los albañiles, carpinteros y
electricistas que quisiera para que le ayudaran a construirla.
Dos meses después la casa ya tiene techo y la familia
piensa mudarse allí antes de Navidad.
Unos pocos kilómetros más abajo por el camino
nos encontramos con Sunil Gayasiris, la construcción
de su nueva casa ya alcanzó el nivel del techo y en cuanto
reciba la última cuota del subsidio gubernamental, comprará
los marcos y bastidores de las ventanas y terminará la
instalación eléctrica. Electricista de profesión,
Sunil perdió todo en el tsunami. Lo único que
pudo salvar fue el refrigerador que había ido a parar
al techo de un vecino.
Al igual que Ernest, Sunil estuvo viviendo con Madhuka, su esposa
y Sunil, su hijo de cinco años, en un pequeño
refugio de madera, instalado cerca del terreno de su casa. “No
veo la hora de salir de este refugio. En la temporada del monzón
el agua de la lluvia corre por el camino principal y llega hasta
el frente de la cabaña. Además, estamos demasiado
cerca de la playa y, por la noche, el ruido de las olas asusta
a mi hijo”, dice Madhuka. Ella y Sunil empezaron a construir
la casa en septiembre y esperan poder terminarla a principios
de diciembre.
Navindra y Romesh, voluntarios de la Cruz Roja, están
allí para controlar que todo vaya bien. Junto con los
funcionarios del Departamento de Relaciones con los Beneficiarios
que fueron destacados a esta zona, los voluntarios organizan
reuniones quincenales para hablar de lo que se va avanzando
con las familias que participan en el programa de construcción
impulsado por los propietarios.
Kanthi Hewakankege, jefe de dicho departamento, señala
que el objetivo de esas reuniones es propiciar la cooperación
entre hogares. “No dictamos cátedra, simplemente,
alentamos a la gente a compartir experiencias e intercambiar
información. Los beneficiarios se reúne y se pasan
datos sobre los constructores que conviene utilizar y los proveedores
que ofrecen grandes descuentos si compran los materiales en
grupo”, explica Kanthi.
Durante esas reuniones se visitan las casas, se dan consejos
y, en algunos casos, se hacen críticas. “Me di
cuenta que había cometido un error, cuando mi vecino
me señaló que no había construido un muro
de apoyo en una parte de mi casa. Me alegra haber reconocido
el error a tiempo porque si no, las paredes no hubieran aguantado
el peso del techo”, cuenta Sunil.
Desde diciembre de 2004, el Movimiento Internacional de la Cruz
Roja y de la Media Luna Roja en su conjunto ha financiado parcial
o totalmente la construcción de 5.013 viviendas en Sri
Lanka; otras 6.159 están en construcción y se
prevé que en 2008 habrá construido casi 30.000.
La Cruz Roja Sueca contribuye con 10 millones de dólares
EE.UU. de un total de 25 millones de dólares EE.UU. de
la promesa de la Federación Internacional de Sociedades
de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja para apoyar el programa
de”enfoque de asistencia impulsado por propietarios”
del gobierno de Sri Lanka. Estos fondos ayudaran a cerca de
10.000 familias a reconstruir sus hogares. A fecha de hoy unas
7.184 familias han recibido subvenciones para reconstrucción
de sus hogares en el sur y el este de Sri Lanka.
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Ernest
de Silva y su familia en el pequeño refugio temporal
de madera donde vivieron estos dos últimos años.
“Cuando escapamos, no teníamos más
que lo puesto. La Cruz Roja nos dio ropa, colchones y
sábanas”, recuerda Ernest. (p15005)
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Ernest
de Silva ayuda al carpintero a instalar el marco de una
ventana de su nueva casa. “Al principio, no tenía
idea de cómo se construía una casa pero
los técnicos de la Cruz Roja me ayudan. Vienen
todas las semanas para asegurarse que lo esté haciendo
bien”, añade Ernest. Él y su familia
se mudarán a la nueva casa antes de Navidad. (p15009)
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Navindra
y Romesh, voluntarios de la Cruz Roja, charlan con Sunil
Gayasiri, Madhuka, su esposa, y Sunil, el hijo de la pareja,
en la nueva casa de la familia que pronto estará
terminada. Los voluntarios ayudan a organizar reuniones
quincenales para hablar de lo que se va avanzando. En
esas reuniones, las familias que participan en el programa
de construcción impulsado por los propietarios
compartan experiencias y conocimientos. (p15007)
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