Cuando
ya han pasado más de 10 días de la tragedia que
asoló el sur de Perú y los medios de comunicación
han reducido a una frase o a unas pocas líneas la situación
del país, cuando las organizaciones de emergencia y otros
muchos se han retirado de la “zona cero”, allí
quedan las otras personas.
Las personas afectadas que han perdido absolutamente todo, que
viven en la calle porque no tienen casa, o los que las tienen
temen que se les caiga encima, personas que necesitan todo el
apoyo para seguir adelante y rehacer sus vidas después
de que el terremoto -palabra maldita en esta tierra- les arrebatara
lo poco que tenían.
En Pisco, Ica, Cañete y en innumerables comunidades rurales
más pequeñas, además de los damnificados,
hay otras personas que tratan de arrimar el hombro y trabajan
cada día por ayudar a los que el destino, o la injusticia
de este mundo en el que desgraciadamente no todos somos iguales,
ha querido colocarlos entre los más vulnerables.
En estos días, a miles de kilómetros de lo que
llamamos mundo desarrollado, he podido comprobar cómo
hay personas, como Mariela, que son capaces de dejar a un lado
sus intereses personales y “ponerse manos a la obra”
para echar una mano a sus vecinos.
Mariela es voluntaria de la Cruz Roja Peruana en Ica desde hace
dos años y no ha dudado ni un solo momento en colocarse
su uniforme de voluntaria e integrarse en el equipo de distribución
de ayuda que suministra materiales de primera necesidad a la
población afectada para cubrir sus necesidades básicas.
Mariela tiene 26 años, es “recogidita” y
muy morena. Vive en Ica y hasta la llegada del terremoto trabajaba
como responsable de agentes comerciales en una empresa de dulces
en Pisco. Las instalaciones de la empresa fueron destruidas,
ya no puede trabajar, ni percibir su salario, así que
está en paro forzoso y sin subsidio hasta que recuperen
la actividad en la empresa.
Nuestra compañera no pierde la sonrisa y a pesar de que
nos dice que “su Ica está triste en estos días”,
está segura de que saldrán adelante gracias al
esfuerzo de todos y la ayuda que han recibido de millones personas
de todo mundo.
Hoy ha estado confeccionado censos y trasladando los datos a
la computadora que les hemos facilitado, porque hasta entonces
lo hacían a mano. Después nos ha acompañado
para hacer compras. Ella conoce cada comercio de la ciudad y
a las personas que los regentan y para evitar que a “los
extranjeros” nos cobren precios abusivos, ella nos facilita
estas gestiones entrando la primera y ajustando los precios.
A veces no contamos con los problemas añadidos, como
la “paraca”, tormenta de arena que aparece por las
tardes y que ralentiza las distribuciones, pero que no puede
con su entusiasmo.
Muchas Marielas están detrás del operativo, de
las cifras, de los camiones, de los almacenes, de los datos.
Ellos y ellas son los protagonistas de esta emergencia, los
nombres y las caras de la Misión de la Cruz Roja, una
misión que pretende estar más cerca de las personas
que nos necesitan y que sin ellas, no tendría sentido.
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Mariela
es voluntaria de la Cruz Roja Peruana en Ica desde hace
dos años y no ha dudado ni un solo momento en colocarse
su uniforme de voluntaria e integrarse en el equipo de
distribución de ayuda que suministra materiales
de primera necesidad a la población afectada para
cubrir sus necesidades básicas. (p16323)
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