Este
frágil pueblo miskito, situado al final de un camino
de grava de 25 kilómetros actualmente apenas transitable
que parte de Puerto Cabezas, es prácticamente el lugar
exacto –en la medida en que puede determinarse–
en que el ojo del huracán Félix alcanzó
la costa en la madrugada del pasado martes.
Es difícil imaginar el horror que vivieron las personas
de Krukira esa noche.
“Si los vientos de fuerza máxima hubieran soplado
una hora más o así, creo que las personas hubieran
muerto de miedo”, declara el Padre Romero Rivera, de religión
morava. En su iglesia –prácticamente la única
estructura de hormigón del pueblo además de la
escuela–, se refugiaron muchos vecinos.
Afortunadamente, en Krukira no murió nadie y sólo
resultaron heridas cinco personas de una población total
de alrededor de 500 familias. (Tradicionalmente, la población
de los pueblos miskito se indica en número de familias,
no de habitantes.)
“Nunca antes en nuestra vida habíamos vivido algo
como esto”, añade el Padre Rivera, que ahora debe
proveer su iglesia de un nuevo tejado. Por lo menos, las paredes
relativamente sólidas de la misma resistieron a los vientos
de Félix, de categoría 5.
El propio pueblo, construido casi en su totalidad con tablas
de madera, parece haber sido bombardeado y, a decir de todos,
Félix debe haber sonado más como un bombardeo
que como viento.
Casi 300 viviendas han resultado destruidas y todos los árboles
están partidos o derribados.
La campana de la iglesia
Es poco probable que la población miskito, profundamente
religiosa, culpe del huracán a nadie más que a
Dios, pero "a través de la radio nos llegaron las
noticias de que se acercaba", observa Aricio Lewis, de
30 años, jefe del comité de primeros auxilios
del pueblo.
“Iba por el pueblo escuchando las noticias en Radio Caribe
y La Porteñísima e intentando alertar a la gente",
dice Lewis, una cara conocida en los seminarios sobre preparación
para desastres celebrados en el pueblo en el marco del proyecto
de la Cruz Roja Holandesa relativo al cambio climático.
“Finalmente se decidió tocar la campana de la iglesia",
añade. En los poblados miskito, es un ritual de larga
tradición alertar así a las personas. Entonces,
la gente abandonó sus viviendas.
Algunos –nadie sabe con exactitud cuántos–
se arriesgaron y permanecieron en sus hogares. Pero según
Lewis, si los seminarios no hubieran preparado a los vecinos
para la posibilidad de condiciones meteorológicas extremas
y sin precedentes, en Krukira habría habido muertos.
Anteriormente, la campana de Krukira se había tocado
por última vez con ocasión del huracán
Beta, en 2005, pero en comparación con Félix aquella
tormenta fue insignificante.
Cuando Nicaragua hizo un balance de la situación a finales
de la semana pasada, quedó claro que la mayoría
de las víctimas mortales del huracán Félix
podría haberse producido entre los grupos de población
incluso más vulnerables que los aislados pueblos de la
costa: los pescadores y buzos de langostas de Miskito Keys –unas
pequeñísimas franjas de tierra a unos 60 km mar
adentro en el Atlántico–, que dependen de estas
actividades para subsistir.
En el mar y en playas de Honduras y Nicaragua se han rescatado
supervivientes y recuperado cuerpos, y se prevé que se
incrementen las cifras tanto de muertos como de desaparecidos.
A lo largo de toda la Costa Miskito se dicen plegarias por los
desaparecidos en el mar y por los pueblos nicaragüenses
–11 según el último recuento– de los
que no ha vuelto a recibirse noticia después del paso
de Félix.
“La Cruz Roja Costarricense ha enviado a la zona un equipo
de 25 voluntarios, incluidos voluntarios paramédicos,
psicólogos y especialistas en rescate acuático
y de montaña que ayudarán a sus colegas nicaragüenses”,
explica Manuel Rodríguez, Responsable de Información
Regional de la Federación Internacional. “El grupo
apoyará los esfuerzos por encontrar y asistir a personas
afectadas por el huracán Félix.”
La Unidad Panamericana de Respuesta a Desastres (PADRU de sus
siglas en inglés) de la Federación Internacional,
con sede en Panamá, está enviando a la zona mantas,
estuches de aseo, juegos de cocina y lonas impermeables para
3.000 de las familias más gravemente afectadas en la
región atlántica nicaragüense.
Además, la Federación Internacional ha lanzado
un llamamiento de emergencia por valor de cerca de 1 millón
de francos suizos ((825.000 dólares americanos/600.000
euros) para ayudar a las Sociedades Nacionales de América
Central a abordar la situación después del paso
del huracán Félix. Con los fondos recaudados se
proporcionarán tiendas de campaña, mosquiteros,
mantas, bidones, ropa, esteras para dormir y láminas
de plástico a 23.000 personas.
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Niños
miskito del pueblo costero de Krukira, en Nicaragua, devastado
por el huracán Félix la pasada semana, dan
prueba de la típica capacidad de recuperación
de los más jóvenes. Están sentados
en el marco de una ventana de la iglesia del pueblo, que
profesa la religión morava, en la que se refugiaron
los vecinos cuando los vientos del huracán alcanzaron
su máxima fuerza en la madrugada. (p16386)
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Según
el Padre Romero Rivero, de la Iglesia morava de Krukira,
los aterrorizados vecinos habrían muerto de miedo
si los vientos del huracán Félix, de categoría
5, hubieran soplado durante una hora más. El pueblo
está emplazado en la trayectoria que siguió
el ojo del huracán. (p16387)
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