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Maldivas: construyendo una comunidad en el medio del océano
22 de octubre de 2007
Texto y fotos de Janine Gray de la Cruz Roja Australiana en las Maldivas
En medio del Océano Índico, lejísimos de carreteras que permitirían transportar los materiales de obra y construcción para 600 casas y la infraestructura correspondiente... la Cruz Roja levanta el reto de redesarrollar toda una comunidad desde el principio. Janine Gray de la Cruz Roja Australiana reseña el avance de las obras iniciadas hace 14 meses.

El día está húmedo, hay 31 grados y es hora de almorzar en las Maldivas. Solih, el jefe de la isla de Kandholhudhoo, nos invitó a compartir con él un banquete de filetes de atún, atún rojo, patatas con curry, asado, otro tipo de atún con curry y refrescos. A pesar del molesto calor, todo el mundo tiene hambre, así que la cola es larga frente a la mesa. El filete de atún está demasiado cocido, como suele suceder, pero el atún rojo está para chuparse los dedos.

Solih llevaba seis años ejerciendo la jefatura de la isla cuando el tsunami del 26 de diciembre de 2004 la destrozó completamente. Murieron tres personas y los demás tuvieron que abandonar sus casas superpobladas y alojarse en los refugios temporales de cinco islas cercanas del atolón Raa. Tres años después, los habitantes de Kandholhudhoo siguen viviendo en campamentos para personas desplazadas en espera de que se terminen de construir sus nuevas casas en Dhuvafaaru.

A veces, esa espera se hace larga, principalmente en esos campamentos calurosos, estrechos e incómodos. Pero como explica Michael Wardick de la Federación Internacional, la construcción de una comunidad en medio del océano conlleva retos logísticos de talla. “Todo tiene que ser importado y pasar por la aduana de Malé, la capital de las Maldivas, antes de ser transportado en "dhoni" (lanchas tradicionales) a Dhuvaafaru. Los bloques para los cimientos de las casas, el cemento, la arena, el hierro, todo el equipo de construcción, los camiones con volcadora, las carretillas elevadoras, los apliques... toda la comida para los trabajadores e incluso éstos y los consultores”, dice riéndose. Es como mínimo un reto logístico y, desde la perspectiva técnica, “bastante asombroso”.

Bastante asombroso, por cierto, si se tiene en cuenta lo que conlleva construir 600 casas, cuatro escuelas, un centro comunitario, un complejo administrativo, un centro polivalente, un hospital y un terreno deportivo. Los trabajadores, unos 300, que llevan un año lejos de su casa, son originarios de distintos países del hemisferio Sur. Se les ve cansados, acalorados y desaliñados pero firmemente decididos a terminar el trabajo.

La reacción de los beneficiarios, que recorren una vez por mes Dhuvaafaru para ver el avance de las obras de la que será su nueva isla, es sumamente positiva. Grandma Ameena, como le gusta que le llamen, estuvo hace poco allí por primera vez y se quedó asombrada con lo que vio. “Vine a ver pues había oído hablar de todo esto. Quería verlo con mis propios ojos y ahora no tengo palabras. Es grandioso. Si Dios quiere, algún día traeré a mi esposo para mostrarle este lugar.”

Cuesta entenderlo pero para los maldivos es bastante común mudarse de una isla a otra. Muchas se elevan a pocos metros sobre el nivel del mar y están expuestas a desaparecer, literalmente.

Kandholhudhoo era una isla muy pequeña y con una alta densidad de población por lo que antes del tsunami ya había planes de partir, según cuenta Solih. La mayoría de los 3.600 habitantes de la isla tenía menos de 20 años. Se trataba de una isla muy baja con una altura media de 1,2 metros sobre el nivel del mar.

Desde el punto de vista económico, la comunidad de Kandholhudhoo se desenvolvía relativamente bien, gracias a una sana industria pesquera en alta mar. De hecho, explica Solih, los pescadores siguen pescando en aguas de la que fuera su isla. “Son muy ricas en peces, por lo cual, la comunidad era muy popular. Pescaban de sábado a martes y luego volvían con sus familias unos días antes de repetir el ciclo. En una buena semana podían llegar a ganar 3.000 rufiyaa (315 francos suizos / 265 US dólares / 188 euros).”

“Probablemente lo sigan haciendo cuando se muden a Dhuvaafaru”, conjetura Solih y añade: “Es un buen lugar. Esta isla ofrece mucho más ventajas que la otra; es grande y hay posibilidades de extenderla.”

“Dhuvaafaru fue elegida para el redesarrollo por tratarse de una de las islas ‘más seguras’, al menos, en lo que se refiere a su altura. Creo que con el tiempo, en vista del volumen de población y las instalaciones que habrá aquí, puede llegar a ser la capital del atolón”, comenta Michael.

Además de la infraestructura habitual –sistema de alcantarillado y centro de gestión de desechos– está previsto dotar a Dhuvaafaru de un sistema de energía renovable. Maldivas fue el primer país que firmó el Protocolo de Kyoto y lo ratificó en 1998. Según un informe gubernamental, el objetivo principal de la política nacional de energía es “ampliar la seguridad nacional en la materia mediante la promoción de fuentes indígenas de energía renovable...”

La comunidad apoyó masivamente la instalación de las tecnologías solares y eólicas en Dhuvaafaru para suplantar el sistema de producción de energía que utiliza petróleo.

Se espera que la comunidad de Kandholhudhoo pueda instalarse en Dhuvaafaru en 2008.

De aquí a allá, Grandma Ameena le dirá a su gente que tenga paciencia. “Todo el mundo me conoce en el pueblo porque soy muy charlatana. Hablaré de todo esto semanas y semanas. Creo que puedo justificarme un poquito más, ahora que sé que llevo razón. Lo único que puedo decir es que estoy muy contenta.”

En medio del Océano Índico, lejísimos de carreteras que permitirían transportar los materiales de obra y construcción para 600 casas y la infraestructura correspondiente... la Cruz Roja levanta el reto de redesarrollar toda una comunidad desde el principio. (p16529)
En medio del Océano Índico, lejísimos de carreteras que permitirían transportar los materiales de obra y construcción para 600 casas y la infraestructura correspondiente... la Cruz Roja levanta el reto de redesarrollar toda una comunidad desde el principio. (p16529)
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Solih llevaba seis años ejerciendo la jefatura de la isla cuando el tsunami del 26 de diciembre de 2004 la destrozó completamente. (p16530)
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Todo tiene que ser importado y pasar por la aduana de Malé, la capital de las Maldivas, antes de ser transportado en dhoni (las lanchas tradicionales) a Dhuvaafaru. Los bloques para los cimientos de las casas, el cemento, la arena, el hierro, todo el equipo de construcción, los camiones con volcadora, las carretillas elevadoras, los apliques... toda la comida para los trabajadores e incluso éstos y los consultores. Es como mínimo un reto logístico y, desde la perspectiva técnica, “bastante asombroso”. (p16531)
Todo tiene que ser importado y pasar por la aduana de Malé, la capital de las Maldivas, antes de ser transportado en dhoni (las lanchas tradicionales) a Dhuvaafaru. Los bloques para los cimientos de las casas, el cemento, la arena, el hierro, todo el equipo de construcción, los camiones con volcadora, las carretillas elevadoras, los apliques... toda la comida para los trabajadores e incluso éstos y los consultores. Es como mínimo un reto logístico y, desde la perspectiva técnica, “bastante asombroso”. (p16531)
Los trabajadores, unos 300, que llevan un año lejos de su casa, son originarios de distintos países del hemisferio Sur. Se les ve cansados, acalorados y desaliñados pero firmemente decididos a terminar el trabajo. (p16532)
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Dhuvaafaru fue elegida para el redesarrollo por tratarse de una de las islas ‘más seguras’, al menos, en lo que se refiere a su altura. (p16533)
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Grandma Ameena, como le gusta que le llamen, estuvo hace poco tiempo en Dhuvaafaru por primera vez y se quedó asombrada con lo que vio. “Vine a ver pues había oído hablar de todo esto. Quería verlo con mis propios ojos y ahora no tengo palabras. Es grandioso. Si Dios quiere, algún día traeré a mi esposo para mostrarle este lugar.” (p16534)

Grandma Ameena, como le gusta que le llamen, estuvo hace poco tiempo en Dhuvaafaru por primera vez y se quedó asombrada con lo que vio. “Vine a ver pues había oído hablar de todo esto. Quería verlo con mis propios ojos y ahora no tengo palabras. Es grandioso. Si Dios quiere, algún día traeré a mi esposo para mostrarle este lugar.” (p16534)


La reacción de los beneficiarios, que recorren una vez por mes Dhuvaafaru para ver el avance de las obras de la que será su nueva isla, es sumamente positiva. (p16535)

La reacción de los beneficiarios, que recorren una vez por mes Dhuvaafaru para ver el avance de las obras de la que será su nueva isla, es sumamente positiva. (p16535)
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