En
medio del Océano Índico, lejísimos de carreteras
que permitirían transportar los materiales de obra y
construcción para 600 casas y la infraestructura correspondiente...
la Cruz Roja levanta el reto de redesarrollar toda una comunidad
desde el principio. Janine Gray de la Cruz Roja Australiana
reseña el avance de las obras iniciadas hace 14 meses.
El día está húmedo, hay 31 grados y es
hora de almorzar en las Maldivas. Solih, el jefe de la isla
de Kandholhudhoo, nos invitó a compartir con él
un banquete de filetes de atún, atún rojo, patatas
con curry, asado, otro tipo de atún con curry y refrescos.
A pesar del molesto calor, todo el mundo tiene hambre, así
que la cola es larga frente a la mesa. El filete de atún
está demasiado cocido, como suele suceder, pero el atún
rojo está para chuparse los dedos.
Solih llevaba seis años ejerciendo la jefatura de la
isla cuando el tsunami del 26 de diciembre de 2004 la destrozó
completamente. Murieron tres personas y los demás tuvieron
que abandonar sus casas superpobladas y alojarse en los refugios
temporales de cinco islas cercanas del atolón Raa. Tres
años después, los habitantes de Kandholhudhoo
siguen viviendo en campamentos para personas desplazadas en
espera de que se terminen de construir sus nuevas casas en Dhuvafaaru.
A veces, esa espera se hace larga, principalmente en esos campamentos
calurosos, estrechos e incómodos. Pero como explica Michael
Wardick de la Federación Internacional, la construcción
de una comunidad en medio del océano conlleva retos logísticos
de talla. “Todo tiene que ser importado y pasar por la
aduana de Malé, la capital de las Maldivas, antes de
ser transportado en "dhoni" (lanchas tradicionales)
a Dhuvaafaru. Los bloques para los cimientos de las casas, el
cemento, la arena, el hierro, todo el equipo de construcción,
los camiones con volcadora, las carretillas elevadoras, los
apliques... toda la comida para los trabajadores e incluso éstos
y los consultores”, dice riéndose. Es como mínimo
un reto logístico y, desde la perspectiva técnica,
“bastante asombroso”.
Bastante asombroso, por cierto, si se tiene en cuenta lo que
conlleva construir 600 casas, cuatro escuelas, un centro comunitario,
un complejo administrativo, un centro polivalente, un hospital
y un terreno deportivo. Los trabajadores, unos 300, que llevan
un año lejos de su casa, son originarios de distintos
países del hemisferio Sur. Se les ve cansados, acalorados
y desaliñados pero firmemente decididos a terminar el
trabajo.
La reacción de los beneficiarios, que recorren una vez
por mes Dhuvaafaru para ver el avance de las obras de la que
será su nueva isla, es sumamente positiva. Grandma Ameena,
como le gusta que le llamen, estuvo hace poco allí por
primera vez y se quedó asombrada con lo que vio. “Vine
a ver pues había oído hablar de todo esto. Quería
verlo con mis propios ojos y ahora no tengo palabras. Es grandioso.
Si Dios quiere, algún día traeré a mi esposo
para mostrarle este lugar.”
Cuesta entenderlo pero para los maldivos es bastante común
mudarse de una isla a otra. Muchas se elevan a pocos metros
sobre el nivel del mar y están expuestas a desaparecer,
literalmente.
Kandholhudhoo era una isla muy pequeña y con una alta
densidad de población por lo que antes del tsunami ya
había planes de partir, según cuenta Solih. La
mayoría de los 3.600 habitantes de la isla tenía
menos de 20 años. Se trataba de una isla muy baja con
una altura media de 1,2 metros sobre el nivel del mar.
Desde el punto de vista económico, la comunidad de Kandholhudhoo
se desenvolvía relativamente bien, gracias a una sana
industria pesquera en alta mar. De hecho, explica Solih, los
pescadores siguen pescando en aguas de la que fuera su isla.
“Son muy ricas en peces, por lo cual, la comunidad era
muy popular. Pescaban de sábado a martes y luego volvían
con sus familias unos días antes de repetir el ciclo.
En una buena semana podían llegar a ganar 3.000 rufiyaa
(315 francos suizos / 265 US dólares / 188 euros).”
“Probablemente lo sigan haciendo cuando se muden a Dhuvaafaru”,
conjetura Solih y añade: “Es un buen lugar. Esta
isla ofrece mucho más ventajas que la otra; es grande
y hay posibilidades de extenderla.”
“Dhuvaafaru fue elegida para el redesarrollo por tratarse
de una de las islas ‘más seguras’, al menos,
en lo que se refiere a su altura. Creo que con el tiempo, en
vista del volumen de población y las instalaciones que
habrá aquí, puede llegar a ser la capital del
atolón”, comenta Michael.
Además de la infraestructura habitual –sistema
de alcantarillado y centro de gestión de desechos–
está previsto dotar a Dhuvaafaru de un sistema de energía
renovable. Maldivas fue el primer país que firmó
el Protocolo de Kyoto y lo ratificó en 1998. Según
un informe gubernamental, el objetivo principal de la política
nacional de energía es “ampliar la seguridad nacional
en la materia mediante la promoción de fuentes indígenas
de energía renovable...”
La comunidad apoyó masivamente la instalación
de las tecnologías solares y eólicas en Dhuvaafaru
para suplantar el sistema de producción de energía
que utiliza petróleo.
Se espera que la comunidad de Kandholhudhoo pueda instalarse
en Dhuvaafaru en 2008.
De aquí a allá, Grandma Ameena le dirá
a su gente que tenga paciencia. “Todo el mundo me conoce
en el pueblo porque soy muy charlatana. Hablaré de todo
esto semanas y semanas. Creo que puedo justificarme un poquito
más, ahora que sé que llevo razón. Lo único
que puedo decir es que estoy muy contenta.”
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En
medio del Océano Índico, lejísimos
de carreteras que permitirían transportar los materiales
de obra y construcción para 600 casas y la infraestructura
correspondiente... la Cruz Roja levanta el reto de redesarrollar
toda una comunidad desde el principio. (p16529)
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Solih
llevaba seis años ejerciendo la jefatura de la
isla cuando el tsunami del 26 de diciembre de 2004 la
destrozó completamente. (p16530)
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| Todo
tiene que ser importado y pasar por la aduana de Malé,
la capital de las Maldivas, antes de ser transportado
en dhoni (las lanchas tradicionales) a Dhuvaafaru. Los
bloques para los cimientos de las casas, el cemento, la
arena, el hierro, todo el equipo de construcción,
los camiones con volcadora, las carretillas elevadoras,
los apliques... toda la comida para los trabajadores e
incluso éstos y los consultores. Es como mínimo
un reto logístico y, desde la perspectiva técnica,
“bastante asombroso”. (p16531) |
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| Los
trabajadores, unos 300, que llevan un año lejos
de su casa, son originarios de distintos países
del hemisferio Sur. Se les ve cansados, acalorados y desaliñados
pero firmemente decididos a terminar el trabajo. (p16532) |
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Dhuvaafaru
fue elegida para el redesarrollo por tratarse de una de
las islas ‘más seguras’, al menos,
en lo que se refiere a su altura. (p16533)

Grandma Ameena, como le gusta que le llamen, estuvo hace
poco tiempo en Dhuvaafaru por primera vez y se quedó
asombrada con lo que vio. “Vine a ver pues había
oído hablar de todo esto. Quería verlo con
mis propios ojos y ahora no tengo palabras. Es grandioso.
Si Dios quiere, algún día traeré
a mi esposo para mostrarle este lugar.” (p16534)

La reacción de los beneficiarios, que recorren
una vez por mes Dhuvaafaru para ver el avance de las obras
de la que será su nueva isla, es sumamente positiva.
(p16535) |
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