La
escala y la complejidad de los desafíos que plantean
las operaciones de recuperación tras el tsunami en términos
de propiedad y sostenibilidad no se pueden subestimar. Paralelamente,
el volumen de recursos disponibles y el compromiso de todos
los actores para que esa recuperación tenga éxito
son elementos sumamente positivos que nos alientan a todos.
Grupos de trabajo abordan una serie de desafíos en el
contexto del Consorcio Global para los Países Afectados
por el Tsunami, liderado por el enviado especial de la ONU.
Uno de esos desafíos consiste en crear mecanismos de
efectiva coordinación entre todas las partes interesadas,
tanto a escala nacional como internacional. Queremos asumir
la plena responsabilidad por la utilización de los recursos
y, a tales efectos, establecer un sistema de seguimiento financiero
y seguimiento de proyectos que dé un cuadro completo.
Reconocemos que la capacidad de los gobiernos es limitada y
la necesidad de procurar material para el esfuerzo de reconstrucción
sin saquear ni agotar los recursos naturales. Queremos ser capaces
de medir el impacto final y el resultado de nuestros esfuerzos
comunes, en lugar de limitarnos a seguir el avance operativo.
Por último, hemos declarado abiertamente que queremos
construir mejor y que no nos contentaremos con restaurar lo
que allí había. Queremos dejar a las comunidades
en una situación más segura y con más resiliencia
que antes del tsunami. Respecto a esos desafíos y compromisos
generales, quiero aprovechar esta intervención para presentar
cuatro desafíos concretos de la recuperación que
fueron surgiendo en el curso de nuestras operaciones desde el
26 de diciembre. No son desafíos nuevos, pero en el contexto
del tsunami adquieren una dimensión particular.
En primer lugar, no hemos incorporado ni aplicado lo aprendido
en términos de recuperación. A pesar de décadas
de repetida participación internacional en la recuperación
y la reconstrucción, no disponíamos de ninguna
estructura o mecanismo de coordinación operativa ni podíamos
señalar buenas prácticas, políticas y directrices
establecidas y conocidas por todos nosotros. De ahí que
se corra el riesgo de repetir errores. Por eso, recientes iniciativas
internacionales, como la documentación y el análisis
de experiencias de recuperación del Banco Mundial y el
consorcio ProVention, son tan importantes y el ambicioso objetivo
de la Plataforma Internacional de Recuperación de ampliar
las operaciones de recuperación, loable. En el ámbito
de nuestra propia organización también estamos
documentando las experiencias de la Cruz Roja y de la Media
Luna Roja en materia de recuperación. Nuestro desafío
colectivo consiste en garantizar que adoptemos e institucionalicemos
la mejor práctica posible que se ha de aplicar en la
operación de recuperación del tsunami y en los
esfuerzos posteriores a futuros desastres.
En segundo lugar, las iniciativas personales y comunitarias
de recuperación se deben conciliar con la necesidad de
una planificación gubernamental que sea global y completa.
La gente no se sienta a esperar a los actores nacionales e internacional
para actuar junta. Toma las riendas de su propio destino y recurre
a cuanto puede encontrar para reconstruir su vida y sus medios
de subsistencia. Ahora bien, eso puede implicar que se renueven
los riesgos de hogares y comunidades. Los gobiernos tienen que
garantizar mejores normas de construcción, la planificación
urbana que haga falta para que los barrios sean seguros y haya
rutas de evacuación, y la restitución de la vegetación
costera que contribuye a la mitigación y la protección
a fin de establecer el marco donde pueda llevarse a cabo la
acción comunitaria. El desafío radica en encausar
la energía y el impulso de las iniciativas locales en
procesos de planificación comunitaria que se rijan por
políticas gubernamentales de recuperación sostenida
y reducción del riesgo. Para nosotros, actores extranjeros,
el desafío concreto es dar tiempo y espacio para que
esos procesos sigan su propio curso sin dejar que la necesidad
percibida de gastar el dinero rápidamente fuerce nuestra
acción.
En tercer lugar, el paso de refugios de emergencia a viviendas
recién construidas es demasiado largo. Allí donde
sea necesario iniciar el procedimiento, a veces complejo, de
establecer o restablecer los títulos de propiedad de
la tierra, o donde el gobierno prevé desplazar las comunidades
costeras, pero tiene dificultades para encontrar los terrenos,
o donde no sólo hay que reconstruir casas sino ciudades
y pueblos enteros pasará tiempo antes que todos vuelvan
a vivir en casas apropiadas y seguras. La gente no puede ni
debería vivir en barracas o tiendas de campaña
durante todo ese tiempo. Existe la necesidad de ofrecer refugios
transitorios mucho mejores que se asemejen a las viviendas permanentes
para permitir que la gente participe y lidere la reconstrucción.
Es comprensible que haya reticencia respecto a estos refugios
transitorios porque hemos visto demasiados ejemplos de que terminan
por ser permanentes. Tenemos que ser garantes de que eso no
ocurrirá y que poco a poco todos irán a vivir
a una nueva casa. Hay que colmar la brecha de esos refugios
que ofrecen condiciones de vida dignas.
Por último, debe haber equidad entre los distintos grupos
necesitados. Tanto en Aceh como en Sri Lanka, antes del tsunami
había personas desplazadas por el conflicto interno desde
hace muchos años. Existe el riesgo patente de que sus
necesidades se pasen por alto, que los terrenos de su asentamiento
definitivo sean asignados a los desplazados por el tsunami y
de que vean recursos pasar de largo. Si gobiernos y organismos
se centran exclusivamente en los damnificados puede haber tensiones
y conflictos en las comunidades y entre ellas. En la medida
de lo posible, habría que dar prioridad a la reconstrucción
de instalaciones y servicios que beneficien a todos, y/o a una
división convenida de responsabilidades según
la cual, los recursos destinados a los damnificados por el tsunami
se complementen con otros, sin asignación precisa, para
los demás grupos necesitados.
Ahora tenemos nuevas oportunidades. Atender a la recuperación
como parte de la reducción del riesgo nos permitirá
abordar rotundamente estos retos. Si lo conseguimos, estaremos
mucho mejor preparados para apoyar a las víctimas de
futuras desastres naturales.
|
 |
|