El
huracán Katrina ya ha sido denominado el tsunami de los
Estados Unidos. Entre el huracán de la Costa del Golfo
de los EE.UU. y el tsunami del Océano Índico hay
semejanzas, pero también diferencias.
Ambos tienen en común eldolor infinito que han causado
a quienes han perdido a sus seres queridos,las personas cuyas
esperanzas y sueños se fueron junto con las aguas que
sellevaron a los suyos, así como el valor de los equipos
de rescate y lagenerosidad desinteresada de los extranjeros
que les han abierto sus hogaresy les han dado la ayuda que necesitaban.
Además, las personas desplazadas de todos los países
del Océano Índico y de los Estados Unidos comparten
la misma necesidad de dignidad, de permanecer unidos como comunidades,
de ver respetada intimidad y de no verse obligadas a vivir en
condiciones de inseguridad, hacinamiento e insalubridad durante
los momentos de extrema debilidad que están viviendo.
Pero más allá de las semejanzas propias de la
condición humana de los afectados, ¿cabe establecer
una comparación significativa entre las que son tal vez
las dos catástrofes naturales con más graves repercusiones
internacionales que se hayan visto?
A juzgar por el número de muertos que se cobró
el tsunami, si uno hubiese estado en el lugar equivocado cuando
se produjo el maremoto o se elevó el nivel de las aguas,
siendo varón no discapacitado, las probabilidades de
supervivencia habrían sido mayores. Sin embargo, al margen
de ello, las posibilidades de recuperación y de mitigar
las pérdidas que uno hubiera
podido sufrir tienen mucho que ver con la propia resistencia
en general. Tanto si se es de Banda Aceh como de Nueva Orleans,
la propia capacidad de respuesta en términos físicos,
materiales y sociales, es decir, el patrimonio, la capacidad
de prevención y de recurrir a los demás, determinarán
las propias posibilidades de recuperación.
La resistencia es tanto una cualidad de una comunidad como de
una persona y, tal como hemos podido ver en Aceh y en Lusiana,
los más vulnerables de entre nosotros -los individuos
pobres, enfermos, ancianos y aislados- son invariablemente los
que salen peor parados cuando se desencadena el desastre: gozan
de menor protección y, en términos relativos,
pierden más. A lo largo de la Costa del Golfo, fueron
precisamente ellos quienes, estando en el lugar equivocado,
no tuvieron forma de escapar de la zona de peligro. Por este
motivo, mitigar la pobreza y reducir los efectos del desastre
son dos tareas que se refuerzan mutuamente y que deben ir de
la mano si queremos garantizar la seguridad y preservar la vida
de todos.
Cuando el tsunami y el huracán Katrina golpearon, las
fuerzas de la naturaleza aplastaron nuestra capacidad para oponernos
a ellas. Si bien, por lo que sabemos, los desencadenantes del
maremoto fueron fenómenos geológicos que nada
tuvieron que ver con la acción del hombre, en el caso
del Katrina, la causa humana no puede excluirse de las consecuencias.
Aunque es imposible determinar si hay un único factor
causante de un hecho, sabemos a ciencia cierta que la intensidad
de fenómenos climáticos extremos, como son los
huracanes, se agudiza probablemente con el cambio climático
o el calentamiento global.
Entre las medidas que forman parte de la reducción de
los efectos de los desastres naturales cabe citar, por consiguiente,
las de estabilizar y reducir el nivel de los gases de efecto
invernadero. El tsunami no admite una opción semejante,
pero en ambos casos una señal de alarma –enviada
con suficiente antelación, y recibida y gestionada por
las autoridades locales y las comunidades respectivas- tendrá
una repercusión decisiva en la supervivenciade las comunidades
expuestas a sus efectos devastadores. Lo mismo cabe decir de
la protección física de las comunidades mediante
diques, muros de contención o franjas costeras protegidas
con vegetación pantanosa. También es esencial
planificar la seguridad de las ciudades en
las regiones expuestas a esta clase de riesgos.
En la reducción de los riesgos y en la reacción
rápida ante los desastres influyen muchos aspectos, en
los cuales deben participar tanto el gobierno como el conjunto
de la sociedad civil.
Deben estar claras las responsabilidades de todos los participantes,
pero son los gobiernos en quienes, en última instancia,
recae la responsabilidad de velar por la seguridad de sus ciudadanos.
Cuando los gobiernos se ven superados, la comunidad internacional
debe mostrar su solidaridad y estar preparada para ayudar. Esto
fue lo que sucedió con el tsunami y es lo que ahora está
ocurriendo con el Katrina.
Llevamos ochos meses de esfuerzos de recuperación en
los países afectados por el tsunami, pero en la costa
del Golfo acaba de empezar la fase de recuperación. Los
problemas que hay que afrontar son de distinta índole.
Naturalmente, hay más obstáculos para encontrar
recursos en los países del Océano Índico
que en los Estados Unidos. Además, varios de los países
afectados por el tsunami tienen que encontrar nuevas tierras
para construir casas para las personas desplazadas, así
como expedir nuevos títulos de propiedad allí
donde no había registros o donde era la comunidad la
propietaria de las tierras.
Sin embargo, lo que tiene en común la recuperación
de la devastación del tsunami y la del Katrina es que
los supervivientes están impacientes por ver reconstruidas
sus casas y por recuperar sus trabajos. Nosotros, que estamos
involucrados directamente, debemos hacer cuanto podamos para
lograrlo, pero sin ponerles en situación de riesgo de
nuevo, sino construyendo comunidades más seguras y fuertes,
mejor protegidas contra los huracanes, tsunamis y otros desastres
naturales cuya magnitud y frecuencia podrían ser mayores
en
el futuro.
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Damnificados
por el huracán Katrina asistidos por la Cruz Roja
Americana. (p13219)
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