La
solidaridad incomparable que suscitó el tsunami, plantea
varias cuestiones. Un alto porcentaje de recursos está
en manos de las ONG, la Federación Internacional de Sociedades
de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y sus miembros. ¿Los
donantes privados tenían el propósito de que el
dinero fuera utilizado más allá del socorro de
emergencia? ¿No se recaudó y se prometió
más dinero del necesario? Cuando la intervención
frente a otras crisis se resiente por falta de recursos, ¿las
organizaciones comprometen el principio de proporcionalidad
al reservar fondos para la recuperación tras el tsunami?
Primero, ¿cuál fue la intención de los
donantes? Para todo aquel que vio la destrucción causada
por el tsunami era obvio que no bastaría con prestar
servicios de salud y suministras agua, alimentos y refugio de
emergencia. La vida de los damnificados estaba destrozada, habían
perdido seres queridos y se habían quedado sin vivienda
ni medios de subsistencia. Estaba claro que ayudarles tan solo
a sobrevivir, limitando la asistencia al socorro de emergencia,
no sería suficiente. Dejarles en tiendas de campaña
tampoco era una solución. A partir de la experiencia
adquirida en otros desastres naturales de grandes proporciones,
muchas Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna
Roja recaudaron fondos con el propósito explícito
de costear la recuperación y la reconstrucción
a largo plazo; ese podía ser un empeño de varios
años. Muchos particulares trataron de ayudar donando
embarcaciones y equipos de pesca. Aunque algunas donaciones
en especie fueran desacertadas, enviaban el claro mensaje de
que se quería ayudar a los damnificados a retomar las
riendas de su vida.
Segundo, ¿se dispone de más dinero del que se
necesita para la recuperación tras el tsunami? En el
último informe de evaluación de Aceh y Nias, el
Banco Mundial estima que la mayor parte de los fondos suficientes
fue proporcionada por los gobiernos, los organismos especializados
de la ONU, las IFI, el Movimiento Internacional de la Cruz Roja
y de la Media Luna Roja y las ONG para remplazar lo que se había
perdido, no para “reconstruir mejor”. Muchas organizaciones
se comprometieron a reconstruir con un objetivo de reducción
de desastres, es decir, ofrecer a las comunidades pobres de
las regiones expuestas a desastres una situación más
segura. Según el Banco Mundial, eso requerirá
más fondos de los prometidos, al menos en lo que se refiere
a Aceh. En Puntland, Somalia, las regiones más pobres
siniestradas por el tsunami, recibieron muy poca ayuda más
allá del socorro de emergencia. Entonces, resulta difícil
proclamar que hay recursos de sobra.
¿Sería apropiado transferir fondos destinados
a la recuperación tras el tsunami para atender a otras
crisis para lo cual no se dispone de fondos suficientes? Esa
pregunta es errónea. El problema no reside en que las
necesidades de recuperación estén a punto de cubrirse,
sino en que no se han recibido fondos suficientes para una serie
de crisis humanitarias. La solución no radica en trasegar
fondos de las pocas operaciones para las que se dispone de financiación
adecuada a las múltiples operaciones para las cuales
no se recibieron recursos suficientes. La ayuda internacional
a quienes sufren necesidades acuciantes no debe ser un juego
de suma cero, ya se trate de situaciones tras un desastre natural
– cuando existe la posibilidad de reconstruir vidas y
medios de subsistencia al tiempo que se reduce el riesgo de
desastres – o bien, de suplir necesidades humanitarias
persistentes durante conflictos armadas para garantizar protección
y condiciones de vida aceptables a las personas desplazadas.
En particular, los gobiernos deben asignar una asistencia humanitaria
que sea acorde con las necesidades e impedir que los fondos
para hacer frente a nuevas crisis incidan negativamente en el
apoyo de operaciones en curso. Estos dos principios forman parte
de la iniciativa Buena Donación Humanitaria. Todo esto
significa que los gobiernos no sólo deben basar la asignación
de fondos humanitarios en decisiones presupuestarias al comienzo
del año fiscal – cuando no se tiene idea de los
desastres que puedan sobrevenir ni en qué momento –
sino también prepararse para movilizar fondos de reserva
en previsión de necesidades humanitarias excepcionales.
Desgraciadamente, 2005 es uno de esos años en los que
se multiplican los desastres naturales. La operación
tsunami con millares de desplazados y la recuperación
que acaba de comenzar; el terremoto de Pakistán que dejó
a 2.000.000 de personas sin hogar y las inundaciones y deslizamientos
de tierra en Centroamérica encabezan una larga lista
de crisis crónicas y vinculadas con conflictos armados,
lo que debe llevar a los gobiernos a contribuir más que
en un año menos catastrófico.
Pero la recuperación y la reconstrucción también
tienen otra dimensión. En muchas crisis actuales donde
las necesidades humanitarias son apremiantes, no existe posibilidad
alguna de poner en marcha la recuperación. Los constantes
conflictos armados en Uganda septentrional, la República
Democrática del Congo o Darfur, Sudán, impiden
esos esfuerzos por más que queramos participar en la
recuperación. Cuando se presenta la oportunidad, en la
fase posterior de un conflicto armado, a menudo resulta difícil
recaudar los fondos necesarios, ya sea de gobiernos o directamente
de la colectividad.
Ahora bien, los desastres naturales ofrecen esa oportunidad
que no debemos dejar pasar. En las últimas décadas,
abundan ejemplos de fondos concentrados en la primera etapa
después de un desastre, dejando poco y nada para la recuperación
y la reconstrucción. También hay sobrados ejemplos
de damnificados por terremotos que quedaron anclados en lo que,
supuestamente, debían ser refugios temporales. Los damnificados
por el tsunami no deberían sumarse a esa lista.
¿Eso implica que no hay dilema alguno respecto al gran
volumen de fondos para el tsunami? No, el dilema surge cuando
las organizaciones humanitarias se vuelven dependientes de los
donantes que les orientan tan solo hacia determinadas crisis
mediante donaciones con asignación precisa. Las organizaciones
tienen que procurarse una amplia base de fondos que les confiera
la flexibilidad necesaria para atender con imparcialidad a quienes
están en peligro. Ahora bien, ese dilema no se resolverá
dejando a la zaga a los damnificados por el tsunami.
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| Distribución
de ayuda humanitaria en el estado indonesio de Aceh. (p13552)
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