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Lecciones aprendidas del tsunami
14 diciembre de 2005
Johan Schaar, Delegado especial para la Operación Tsunami de la Federación
Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja
Este fue un año de desastres naturales; desde el enorme y pasmoso impacto del tsunami arrasador hasta la lucha que libramos estos días para prestar asistencia a los damnificados por el terremoto de India y Pakistán. Entre uno y otro, hubo huracanes, tormentas, inundaciones y deslizamientos de tierra que se cobraron la mayor cantidad de vidas en las comunidades más pobres y desprotegidas.

Incluso si la comunidad de la ayuda humanitaria puede sentirse satisfecha de sus intervenciones, debe perfeccionarse continuamente para contribuir a salvar vidas y recuperar medios de subsistencia. La tendencia es clara: los desastres naturales están en aumento. Entonces, ¿qué nos ha enseñado este año?

En primer lugar, cuando ocurrió el tsunami, no se disponía de estructura alguna para coordinar la recuperación. El desafío era, y sigue siendo, enorme. Las zonas costeras completamente destruidas exigían reconstruir simultáneamente puertos, carreteras e infraestructura social. En las zonas donde había desaparecido el registro de propiedad de la tierra y en las zonas donde el mar se tragó hasta la tierra, ahora hay que encontrar terrenos para viviendas privadas y tramitar los títulos de propiedad; prestar servicios de agua y saneamiento, y limpiar terrenos de cultivo. Además, durante toda la etapa de recuperación los servios de salud curativa deben funcionar, a pesar de que gran parte del personal haya muerto.

Todo ello es aún más complejo porque en los países afectados por el tsunami no sólo escasean capacidades y recursos humanos, institucionales y materiales, también sigue habiendo conflictos armados y tensiones políticas. Se deben aplicar las normas habituales de buen gobierno, rendición de cuentas y transparencia.

A la vez, hay que seguir prestando asistencia humanitaria a millones de damnificados que no podrán recuperarse hasta que las economías vuelvan a funcionar. Su participación activa es crucial y sus esperanzas y aspiraciones han de servirnos de guía. La mejor manera de aliviar su dolor es contribuir a que sean artífices de su propia recuperación.

Una recuperación sostenible debe combinar la planificación a largo plazo y el liderato de los gobiernos – apoyados por la ONU y las instituciones financieras internacionales – con la intervención rápida y flexible que pueden ofrecer las organizaciones de la sociedad civil en estrecho contacto con las comunidades. Para los damnificados por el tsunami poco importa que cada organización haya hecho un buen trabajo si el resultado final es fragmentario e insostenible. Tiene que ser un esfuerzo conjunto.

De ahí que haya que reconocer la idoneidad de la iniciativa que, en calidad de Enviado Especial de las Naciones Unidas para la rehabilitación después del tsunami, tomara el ex presidente Clinton de crear un Consorcio Mundial que abarcara a todos las partes. También hay que aprender de esa iniciativa que promueve la transparencia y la rendición de cuentas sobre la utilización de fondos; alienta la coordinación en cada país y entabla un diálogo inclusivo acerca de la política y la estrategia de recuperación, porque tal vez tengamos en ella un nuevo mecanismo internacional de recuperación, a partir del cual se pueda construir para el futuro.

En segundo lugar, la presión para ver resultados rápidamente, no debe llevarnos a comprometer la calidad. Es comprensible que los damnificados y sus gobiernos estén impacientes por ver a los desplazados instalados en viviendas permanentes y las comunidades reconstruidas. También es comprensible que los donantes quieran que sus fondos se utilicen acertadamente lo antes posible. Pero tal como debería desprenderse de la descripción del citado desafío, el riesgo de cometer errores es muy alto cuando se toman atajos en los procesos de recuperación. La experiencia recabada en otros desastres naturales de grandes proporciones, nos enseña que la recuperación lleva tiempo. Si se enfoca como una operación de emergencia sin suficiente planificación y consulta con los damnificados, se pueden cometer errores. Abundan ejemplos de una labor hecha a medias por lo cual, los damnificados de desastres naturales siguen viviendo en lo que se suponía que iba a ser un refugio temporal.

A nuestro juicio, gran parte de los particulares que donaron fondos tienen su propia experiencia en lo que se refiere a invertir y construir viviendas. Por lo tanto, reconocen que la planificación y los ajustes llevan su tiempo, así como la importancia de disponer de todos los datos necesarios para tomar decisiones con conocimiento de causa, pues esas decisiones incidirán en la vida de la familia en los años venideros. Y así también debe ser en la recuperación tras el tsunami porque, de lo contrario, supondría fallarle a nuestros donantes y a los damnificados.

En tercer lugar, la financiación humanitaria y de recuperación no debe ser un juego de suma cero en el cual, la ayuda destinada a un desastre es ayuda que se niega a otro. Se ha mantenido que habría que compartir el exceso de fondos de la operación tsunami con las víctimas de otras crisis. El clamor de recursos para ayudar a los damnificados por el terremoto de Pakistán contrasta tajantemente con la pródiga generosidad de pueblos y gobiernos con los damnificados por el tsunami.

El hecho de que se ponga en duda si, verdaderamente, hay recursos suficientes para “volver a construir mejor” en todos los países afectados, no influye en la cuestión que nos ocupa. Se tiene la impresión que nos hemos acostumbrado tanto a la crónica escasez de fondos para prestar asistencia a quienes tienen necesidades acuciantes que cuando, por una vez, disponemos de fondos suficientes para contraer un compromiso de talla, perdemos la perspectiva. Abordamos el problema desde un ángulo equivocado. El desafío consiste en que los gobiernos garanticen que los presupuestos estatales sean suficientemente flexibles como para que podamos manejarnos en un año en el que ha habido un número excepcional de desastres de grandes proporciones. El problema no reside en disponer de demasiado dinero para el tsunami sino en tener poquísimo para otras crisis donde debemos ayudar.

En conclusión, la comunidad internacional debe aprender a coordinar la recuperación y permitir que invierta todo el tiempo que haga falta para obtener resultados sostenibles y garantizar que las comunidades damnificadas no tengan que competir unas con otras para recibir la ayuda que tienen derecho a esperar.

Damnificados del terremoto en Cahemira recibiendo material para construcción de refugios provisionales. (p13893)
Damnificados del terremoto en Cahemira recibiendo material para construcción de refugios provisionales. (p13893)
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