Este
fue un año de desastres naturales; desde el enorme y
pasmoso impacto del tsunami arrasador hasta la lucha que libramos
estos días para prestar asistencia a los damnificados
por el terremoto de India y Pakistán. Entre uno y otro,
hubo huracanes, tormentas, inundaciones y deslizamientos de
tierra que se cobraron la mayor cantidad de vidas en las comunidades
más pobres y desprotegidas.
Incluso si la comunidad de la ayuda humanitaria puede sentirse
satisfecha de sus intervenciones, debe perfeccionarse continuamente
para contribuir a salvar vidas y recuperar medios de subsistencia.
La tendencia es clara: los desastres naturales están
en aumento. Entonces, ¿qué nos ha enseñado
este año?
En primer lugar, cuando ocurrió el tsunami, no se disponía
de estructura alguna para coordinar la recuperación.
El desafío era, y sigue siendo, enorme. Las zonas costeras
completamente destruidas exigían reconstruir simultáneamente
puertos, carreteras e infraestructura social. En las zonas donde
había desaparecido el registro de propiedad de la tierra
y en las zonas donde el mar se tragó hasta la tierra,
ahora hay que encontrar terrenos para viviendas privadas y tramitar
los títulos de propiedad; prestar servicios de agua y
saneamiento, y limpiar terrenos de cultivo. Además, durante
toda la etapa de recuperación los servios de salud curativa
deben funcionar, a pesar de que gran parte del personal haya
muerto.
Todo ello es aún más complejo porque en los países
afectados por el tsunami no sólo escasean capacidades
y recursos humanos, institucionales y materiales, también
sigue habiendo conflictos armados y tensiones políticas.
Se deben aplicar las normas habituales de buen gobierno, rendición
de cuentas y transparencia.
A la vez, hay que seguir prestando asistencia humanitaria a
millones de damnificados que no podrán recuperarse hasta
que las economías vuelvan a funcionar. Su participación
activa es crucial y sus esperanzas y aspiraciones han de servirnos
de guía. La mejor manera de aliviar su dolor es contribuir
a que sean artífices de su propia recuperación.
Una recuperación sostenible debe combinar la planificación
a largo plazo y el liderato de los gobiernos – apoyados
por la ONU y las instituciones financieras internacionales –
con la intervención rápida y flexible que pueden
ofrecer las organizaciones de la sociedad civil en estrecho
contacto con las comunidades. Para los damnificados por el tsunami
poco importa que cada organización haya hecho un buen
trabajo si el resultado final es fragmentario e insostenible.
Tiene que ser un esfuerzo conjunto.
De ahí que haya que reconocer la idoneidad de la iniciativa
que, en calidad de Enviado Especial de las Naciones Unidas para
la rehabilitación después del tsunami, tomara
el ex presidente Clinton de crear un Consorcio Mundial que abarcara
a todos las partes. También hay que aprender de esa iniciativa
que promueve la transparencia y la rendición de cuentas
sobre la utilización de fondos; alienta la coordinación
en cada país y entabla un diálogo inclusivo acerca
de la política y la estrategia de recuperación,
porque tal vez tengamos en ella un nuevo mecanismo internacional
de recuperación, a partir del cual se pueda construir
para el futuro.
En segundo lugar, la presión para ver resultados rápidamente,
no debe llevarnos a comprometer la calidad. Es comprensible
que los damnificados y sus gobiernos estén impacientes
por ver a los desplazados instalados en viviendas permanentes
y las comunidades reconstruidas. También es comprensible
que los donantes quieran que sus fondos se utilicen acertadamente
lo antes posible. Pero tal como debería desprenderse
de la descripción del citado desafío, el riesgo
de cometer errores es muy alto cuando se toman atajos en los
procesos de recuperación. La experiencia recabada en
otros desastres naturales de grandes proporciones, nos enseña
que la recuperación lleva tiempo. Si se enfoca como una
operación de emergencia sin suficiente planificación
y consulta con los damnificados, se pueden cometer errores.
Abundan ejemplos de una labor hecha a medias por lo cual, los
damnificados de desastres naturales siguen viviendo en lo que
se suponía que iba a ser un refugio temporal.
A nuestro juicio, gran parte de los particulares que donaron
fondos tienen su propia experiencia en lo que se refiere a invertir
y construir viviendas. Por lo tanto, reconocen que la planificación
y los ajustes llevan su tiempo, así como la importancia
de disponer de todos los datos necesarios para tomar decisiones
con conocimiento de causa, pues esas decisiones incidirán
en la vida de la familia en los años venideros. Y así
también debe ser en la recuperación tras el tsunami
porque, de lo contrario, supondría fallarle a nuestros
donantes y a los damnificados.
En tercer lugar, la financiación humanitaria y de recuperación
no debe ser un juego de suma cero en el cual, la ayuda destinada
a un desastre es ayuda que se niega a otro. Se ha mantenido
que habría que compartir el exceso de fondos de la operación
tsunami con las víctimas de otras crisis. El clamor de
recursos para ayudar a los damnificados por el terremoto de
Pakistán contrasta tajantemente con la pródiga
generosidad de pueblos y gobiernos con los damnificados por
el tsunami.
El hecho de que se ponga en duda si, verdaderamente, hay recursos
suficientes para “volver a construir mejor” en todos
los países afectados, no influye en la cuestión
que nos ocupa. Se tiene la impresión que nos hemos acostumbrado
tanto a la crónica escasez de fondos para prestar asistencia
a quienes tienen necesidades acuciantes que cuando, por una
vez, disponemos de fondos suficientes para contraer un compromiso
de talla, perdemos la perspectiva. Abordamos el problema desde
un ángulo equivocado. El desafío consiste en que
los gobiernos garanticen que los presupuestos estatales sean
suficientemente flexibles como para que podamos manejarnos en
un año en el que ha habido un número excepcional
de desastres de grandes proporciones. El problema no reside
en disponer de demasiado dinero para el tsunami sino en tener
poquísimo para otras crisis donde debemos ayudar.
En conclusión, la comunidad internacional debe aprender
a coordinar la recuperación y permitir que invierta todo
el tiempo que haga falta para obtener resultados sostenibles
y garantizar que las comunidades damnificadas no tengan que
competir unas con otras para recibir la ayuda que tienen derecho
a esperar.
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Damnificados
del terremoto en Cahemira recibiendo material para construcción
de refugios provisionales. (p13893)
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