Hace
18 meses que el tsunami arrasó las costas en torno al
Océano Índico, el desastre natural más
atroz de la era moderna. La atención se fija en otras
partes, pero para los damnificados, el tsunami no ha terminado.
¿Qué sucede en las comunidades devastadas? ¿Los
damnificados vuelven a levantar cabeza?
Después de un primer año lento, ahora hay un verdadero
avance en el hercúleo esfuerzo de reconstrucción.
En Sri Lanka, los damnificados se instalan en viviendas que
construyeron ellos mismos. En Maldivas, las nuevas viviendas
se conectan a la red de alcantarillado y se están equipando
con dispositivos para almacenar agua de lluvia a fin de proteger
los escasos recursos de agua dulce. Y en Aceh, comienza a llegar
madera de industrias sostenibles de otras partes para que la
reconstrucción no ponga en peligro la prístina
selva pluvial de Indonesia.
¿Cómo traducir en un proyecto de recuperación
y reconstrucción, la generosidad y compasión inmensas
de millones de personas del mundo entero? Permítanme
señalar tres principios rectores de la recuperación.
Primero: La recuperación y la reconstrucción no
son unidimensionales, pues abarcan factores materiales, psicológicos,
económicos y ambientales. Los mejores resultados se obtienen
cuando los organismos logran considerarlos en forma holística
mediante la estructuración de sus propia actividades
o en colaboración con otros. Un buen ejemplo es el mencionado
anteriormente: quienes se quedaron sin techo se encargaron de
reconstruir sus viviendas con apoyo material y financiero, y
supervisión técnica. Es más rápido,
más barato y desarrolla más competencias y capacidades
locales que cuando se recurre a contratistas extranjeros. Tal
vez, lo más importante sea que se ayuda a los damnificados
a superar el trauma del tsunami, ya que en lugar de esperar
pasivamente, toman, literalmente, las riendas de la reconstrucción
de su propia vida.
Segundo: La recuperación y la reconstrucción han
de ajustarse a los planes y prioridades locales. Llegará
el día en que todos los organismos internacionales tengan
que partir y que lo hecho por ellos tenga que ser gestionado
y mantenido por el gobierno y las organizaciones locales. Entonces,
lo que no corresponda a sus propias aspiraciones, normas y prácticas,
tampoco será sostenido. Eso no implica aceptar pasivamente
aquello que es contrario a métodos nuevos y bien concebidos.
Por ejemplo, después del tsunami, el Gobierno de Sri
Lanka decidió rápidamente reforzar las zonas costeras
de amortiguación inhabitadas con la buena intención
de proteger las comunidades costeras de futuros tsunamis. Ahora
bien, la consecuencia inevitable fue que hubo que instalar a
los pescadores tierra adentro, lejos de sus medios de subsistencia.
Un diálogo constructivo con el gobierno contribuyó
a flexibilizar la política inicial y establecer un nuevo
plan de gestión de desastres que requería un desplazamiento
limitado de las comunidades vulnerables.
Tercero: Bregar por la rendición de cuentas es fundamental.
No basta saber cuantas viviendas, hospitales o kilómetros
de carretera se reconstruyeron. Los resultados materiales nos
dicen muy poco de la salud, el estado psicológico o los
ingresos de los damnificados por el tsunami. Tampoco proporcionan
dato alguno que nos indique si en la atribución de terrenos
y la distribución de otros bienes se veló por
los intereses de la mujer o se tuvieron en cuenta las necesidades
particulares de ancianos y discapacitados. De ahí que
la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz
Roja y de la Media Luna Roja, la Organización Mundial
de la Salud y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo
estén trabajando con los gobiernos en cinco de los países
afectados para establecer un sistema de encuestas e indicadores
que nos dirán si los planes de recuperación son
idóneos para los damnificados o si tendríamos
que modificar o reestructurar nuestros programas. En definitiva,
ello permitirá que seamos plenamente responsables del
resultado de nuestros esfuerzos y que rindamos cuentas al respecto.
A partir de estas experiencias, se perfila algo nuevo y alentador,
pues constatamos un creciente sentido de propósito común
y compartido entre organismos y gobiernos, lo que da lugar a
nuevas y promisorias asociaciones. Prueba de ello fue que meses
atrás, nueve organizaciones internacionales – entre
ellas el Banco Mundial, la Organización Mundial de Meteorología
y la Federación Internacional– presentaron una
oferta común de apoyo y asesoramiento técnico
a los Estados en torno del océano Índico a fin
de establecer un sistema de alerta temprana. Cada organización
aportará un elemento esencial que sólo cuando
se combina con los de otros protege más y mejor a las
comunidades expuestas a riesgo, tanto de los tsunamis como de
toda una gama de peligros naturales más frecuentes. Para
la Cruz Roja y la Media Luna Roja, esto último implica
ayudar a las Sociedades Nacionales que la integran para que
contribuyan a crear comunidades que conozcan esos riesgos y
estén preparadas en previsión de desastres. Varios
gobiernos ya aceptaron oficialmente nuestra oferta.
La recuperación y la reconstrucción siguen adelante.
Nuestro deber es transformar en comunidades más seguras
y mejor protegidas, la confianza depositada en nosotros. Nuestros
donantes, los gobiernos y los damnificados por el tsunami tienen
derecho a esperar eso de nosotros.
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Obra
de la Cruz Roja/Media Luna Roja en Matara (Sri Lanka)
con 18 viviendas que actualmente están terminadas
y ya pueden ser ocupadas. Foto: Federación Internacional
(p14136)
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