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Dieciocho meses después del tsunami, la recuperación y la reconstrucción siguen adelante
28 de junio de 2006
Johan Schaar, Representante especial para la Operación Tsunami de la Federación
Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja
Hace 18 meses que el tsunami arrasó las costas en torno al Océano Índico, el desastre natural más atroz de la era moderna. La atención se fija en otras partes, pero para los damnificados, el tsunami no ha terminado. ¿Qué sucede en las comunidades devastadas? ¿Los damnificados vuelven a levantar cabeza?

Después de un primer año lento, ahora hay un verdadero avance en el hercúleo esfuerzo de reconstrucción. En Sri Lanka, los damnificados se instalan en viviendas que construyeron ellos mismos. En Maldivas, las nuevas viviendas se conectan a la red de alcantarillado y se están equipando con dispositivos para almacenar agua de lluvia a fin de proteger los escasos recursos de agua dulce. Y en Aceh, comienza a llegar madera de industrias sostenibles de otras partes para que la reconstrucción no ponga en peligro la prístina selva pluvial de Indonesia.

¿Cómo traducir en un proyecto de recuperación y reconstrucción, la generosidad y compasión inmensas de millones de personas del mundo entero? Permítanme señalar tres principios rectores de la recuperación.

Primero: La recuperación y la reconstrucción no son unidimensionales, pues abarcan factores materiales, psicológicos, económicos y ambientales. Los mejores resultados se obtienen cuando los organismos logran considerarlos en forma holística mediante la estructuración de sus propia actividades o en colaboración con otros. Un buen ejemplo es el mencionado anteriormente: quienes se quedaron sin techo se encargaron de reconstruir sus viviendas con apoyo material y financiero, y supervisión técnica. Es más rápido, más barato y desarrolla más competencias y capacidades locales que cuando se recurre a contratistas extranjeros. Tal vez, lo más importante sea que se ayuda a los damnificados a superar el trauma del tsunami, ya que en lugar de esperar pasivamente, toman, literalmente, las riendas de la reconstrucción de su propia vida.

Segundo: La recuperación y la reconstrucción han de ajustarse a los planes y prioridades locales. Llegará el día en que todos los organismos internacionales tengan que partir y que lo hecho por ellos tenga que ser gestionado y mantenido por el gobierno y las organizaciones locales. Entonces, lo que no corresponda a sus propias aspiraciones, normas y prácticas, tampoco será sostenido. Eso no implica aceptar pasivamente aquello que es contrario a métodos nuevos y bien concebidos. Por ejemplo, después del tsunami, el Gobierno de Sri Lanka decidió rápidamente reforzar las zonas costeras de amortiguación inhabitadas con la buena intención de proteger las comunidades costeras de futuros tsunamis. Ahora bien, la consecuencia inevitable fue que hubo que instalar a los pescadores tierra adentro, lejos de sus medios de subsistencia. Un diálogo constructivo con el gobierno contribuyó a flexibilizar la política inicial y establecer un nuevo plan de gestión de desastres que requería un desplazamiento limitado de las comunidades vulnerables.

Tercero: Bregar por la rendición de cuentas es fundamental. No basta saber cuantas viviendas, hospitales o kilómetros de carretera se reconstruyeron. Los resultados materiales nos dicen muy poco de la salud, el estado psicológico o los ingresos de los damnificados por el tsunami. Tampoco proporcionan dato alguno que nos indique si en la atribución de terrenos y la distribución de otros bienes se veló por los intereses de la mujer o se tuvieron en cuenta las necesidades particulares de ancianos y discapacitados. De ahí que la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, la Organización Mundial de la Salud y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo estén trabajando con los gobiernos en cinco de los países afectados para establecer un sistema de encuestas e indicadores que nos dirán si los planes de recuperación son idóneos para los damnificados o si tendríamos que modificar o reestructurar nuestros programas. En definitiva, ello permitirá que seamos plenamente responsables del resultado de nuestros esfuerzos y que rindamos cuentas al respecto.

A partir de estas experiencias, se perfila algo nuevo y alentador, pues constatamos un creciente sentido de propósito común y compartido entre organismos y gobiernos, lo que da lugar a nuevas y promisorias asociaciones. Prueba de ello fue que meses atrás, nueve organizaciones internacionales – entre ellas el Banco Mundial, la Organización Mundial de Meteorología y la Federación Internacional– presentaron una oferta común de apoyo y asesoramiento técnico a los Estados en torno del océano Índico a fin de establecer un sistema de alerta temprana. Cada organización aportará un elemento esencial que sólo cuando se combina con los de otros protege más y mejor a las comunidades expuestas a riesgo, tanto de los tsunamis como de toda una gama de peligros naturales más frecuentes. Para la Cruz Roja y la Media Luna Roja, esto último implica ayudar a las Sociedades Nacionales que la integran para que contribuyan a crear comunidades que conozcan esos riesgos y estén preparadas en previsión de desastres. Varios gobiernos ya aceptaron oficialmente nuestra oferta.

La recuperación y la reconstrucción siguen adelante. Nuestro deber es transformar en comunidades más seguras y mejor protegidas, la confianza depositada en nosotros. Nuestros donantes, los gobiernos y los damnificados por el tsunami tienen derecho a esperar eso de nosotros.

Obra de la Cruz Roja/Media Luna Roja en Matara (Sri Lanka) con 18 viviendas que actualmente están terminadas y ya pueden ser ocupadas. Foto: Federación Internacional (p14136)
Obra de la Cruz Roja/Media Luna Roja en Matara (Sri Lanka) con 18 viviendas que actualmente están terminadas y ya pueden ser ocupadas. Foto: Federación Internacional (p14136)
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