Las
crisis siempre brindan la oportunidad para cambiar. Y ésto
es válido también para las calamidades naturales.
Cuando los países o comunidades se ven afectados por
un desastre, se manifiestan y revelan sin piedad sus puntos
débiles sociales, políticos e institucionales.
Qué no ha funcionado, para qué no se estaba preparado
ni avisado, en qué casos la muerte de hombres, mujeres
y niños habría sido evitable –todo esto
sale a la luz–.
Ocurre lo mismo en lo concerniente al desempeño de los
Gobiernos y las organizaciones locales e internacionales en
su respuesta inmediata y a largo plazo a un desastre, así
como a su capacidad para proteger a las comunidades vulnerables
de futuras amenazas mortales como terremotos, tormentas e inundaciones.
Cuanto más grave un desastre, tanto más dramática
es la acción humanitaria desinteresada y valiente, pero
también es más alto el riesgo de fallar y fracasar.
La mejor forma de honrar la memoria de todos aquellos que murieron
en el tsunami de hace dos años es, por lo tanto, analizar
qué no ha funcionado y velar por que la recuperación
y reconstrucción arrojen unos resultados lo mejores posible.
En este sentido, son tres las cuestiones que sobresalen por
su particular importancia para la Federación Internacional
de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.
En primer lugar, las nuevas comunidades deben ser comunidades
más seguras. No podemos aceptar que los niños
visiten escuelas que podrían derrumbarse sobre ellos
en un futuro terremoto, que los nuevos pueblos resulten arrasados
por inundaciones o deslizamientos de tierras, o que los niños
y sus padres no estén alertados ni sean plenamente conscientes
de los riesgos ni sepan qué hacer cuando ocurre un desastre.
Las personas tienen el derecho no sólo de ser conscientes
de los peligros, sino también de saber cómo actuar
si se convierten en realidad. Si no se invierte tiempo para
considerar estos aspectos vitales en la empresa de la recuperación,
no habremos estado a la altura de lo que, por legítimo
derecho, deben esperar de nosotros las comunidades afectadas
por el tsunami. En el tema de la seguridad no pueden hacerse
concesiones.
Tiene que haber una inversión significativa a nivel global
destinada a la reducción de riesgo. La Cruz Roja Media
Luna Roja estima que por 1 dólar EE.UU. utilizado en
medidas preventivas – por ejemplo, protección costera,
escuelas a prueba de seísmos o campañas de concienciación
y educación – se podrían ahorrar 10 dólares
EE.UU. en operaciones de emergencia. Si la comunidad global
adopta un enfoque activo mediante la provisión de asistencia
humanitaria – es decir, si respondemos a los desastres
antes que ocurran – millones de vidas se salvarían.
En segundo lugar, las actividades de recuperación del
tsunami deben producir calidad. Nos llegan noticias de viviendas
construidas en Aceh y Sri Lanka con goteras en los techos o
emplazadas en terrenos poco apropiados. Por otro lado, al mismo
tiempo escuchamos críticas que apuntan a que el proceso
de reconstrucción está siendo excesivamente lento.
La simple realidad es que la única forma de gestionar
comunidades en proceso de reconstrucción, con cientos
de miles de viviendas y todos los servicios e infraestructura
necesarios –la tarea de mayor alcance afrontada por la
mayoría de los países desde la II Guerra Mundial–,
es dedicar tiempo a la planificación detallada, a la
resolución de problemas de propiedad de la tierra y a
la movilización de los recursos adecuados.
Sí, hay que hacerlo todo por acelerar estas medidas,
pero no se pueden llevar a la práctica de forma precipitada.
Si se suministra a las personas refugio provisional adecuado
y se satisfacen sus necesidades inmediatas, pueden vivir la
fase de recuperación con dignidad, y tanto ellas como
nosotros dispondremos de tiempo y espacio para llevar a cabo
un buen trabajo. La calidad requiere tiempo. Y todo el dinero
tan generosamente donado por personas de todo el mundo no cambia
este hecho.
En tercer lugar, nuestras acciones deben expresar una cultura
de rendición de cuentas. Los donantes han depositado
su confianza en nosotros, y las comunidades afectadas por el
tsunami y los Gobiernos nos han elegido como asociados. Debemos
actuar de acuerdo a ello, compartiendo con ellos nuestros éxitos,
pero también siendo francos respecto de los desafíos
y problemas que se nos plantean y la forma de solucionarlos.
Ello también significa buscar la cooperación y
asociación con otras organizaciones, para asignar competencias
claras y aprovechar la capacidad de los demás, asegurando,
en definitiva, que no se derrochen los recursos en acciones
duplicadas o por falta de eficiencia. Después de dos
años reconstruyendo lo que el tsunami destrozó,
nuestros informes deben caracterizarse por honestidad y rendición
de cuentas.
La seguridad de las comunidades vulnerables, la calidad en la
recuperación y reconstrucción, y la rendición
de cuentas a todas las partes interesadas, ésto deberá
ser nuestro legado dos años después del terrible
desastre del 26 de diciembre de 2004, mientras nos sumamos a
las comunidades en el luto por sus seres queridos. Es así
como debemos honrar la memoria de quienes murieron.
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Johan
Schaar, Representante especial para la Operación
Tsunami de la Federación Internacional de Sociedades
de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja
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