Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC) Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC)
Búsqueda :

Noticias
Artículos de opinión
IMPRIMIR
Página de inicio
Artículos
Comunicados de prensa
Discursos
Artículos de opiníon
Audio y vídeo
La generosidad mundial después de las crisis debe llegar a los necesitados
14 de diciembre de 2006
Mohammed Omer Mukhier, Jefe del Departamento de Preparación para Desastres y Respuesta en casos de Desastre, de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja
En 2005, particulares y gobiernos tendieron la mano a los necesitados de todo el globo como nunca lo habían hecho. Respondieron a una serie de desastres repentinos y de grandes proporciones tales como el tsunami en el Océano Índico, el terremoto en Asia meridional y la temporada de huracanes sin precedente en las costas estadounidenses del Golfo de México. El año pasado, los desastres dejaron un saldo de 99.425 muertos y 161 millones de damnificados en alguna medida, y tuvieron un costo de casi 160.000 millones de dólares.

Las donaciones batieron todos los récords de generosidad. En 2005, los fondos donados por particulares y gobiernos para financiar la ayuda humanitaria se cifraron en 17.000 millones de dólares, como mínimo, superando con creces el récord de cualquier otro año. Los particulares contribuyeron a esa suma con 5.500 millones de dólares para los damnificados por el tsunami.

Ese monto representa más de lo que las organizaciones no gubernamentales jamás habían recolectado siquiera en un año, según el Informe Mundial sobre Desastres, que este año versa sobre las crisis desatendidas, y que la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja presentó a la prensa hoy, 14 de diciembre, en Ginebra.

Hay muchos motivos de enorgullecerse de tal generosidad porque los fondos donados, permitieron que millones de personas comieran, bebieran agua potable, dispusieran de refugios para ampararse de la lluvia y la nieve, y comenzaran a reconstruir su vida y sus medios de subsistencia después de los desastres.

¿Pero qué sucedió con quienes permanecieron en las sombras?
Pocos están al corriente de la silenciosa tragedia de la mortalidad materna y neonatal en Nepal que se cobró 25 veces más vidas que el conflicto armado.

La discriminación de la mujer en Nepal hace que muchas sufran en silencio durante el parto. Se estima que cada año mueren 35.000 mujeres y recién nacidos debido a prácticas riesgosas (tanto en lo que se refiere al parto como a la atención neonatal) y a la discriminación de la mujer. El terreno montañoso, el conflicto armado y la pobreza les impiden el acceso a una adecuada atención de salud. Sin embargo, esta tragedia, prácticamente, pasa inadvertida. Las crisis humanitarias que se ocultan por motivos políticos o culturales se deben sacar a luz en el momento oportuno para ayudar a los afectados.

Cuanto más alumbran los proyectores de la prensa esas catástrofes de gran visibilidad, más se hunden en las sombras las crisis humanitarias crónicas y, en muchos casos, son más mortíferas. Por cada crisis que ocupa los titulares, hay otras que se desatienden o, simplemente, no se dispone de fondos adecuados para paliarlas.

Muchos millones de personas quedaron al margen de la ayuda esencial que puede salvar vidas porque las crisis que les aquejan no figuran en casi ninguna base de datos y la mayoría de los donantes y los medios de comunicación tampoco las tienen en cuenta.

Por ejemplo, nadie lleva el registro del número de emigrantes que mueren en el Sahara o en el mar cuando intentan llegar a Europa en pequeñas embarcaciones con el propósito de labrarse una vida mejorar para ellos y sus familias.

En Guatemala, al igual que en muchos otros países, las principales bases de datos no contabilizan múltiples desastres menores como inundaciones, terremotos o deslizamientos de tierra. Ahora bien, en conjunto, estas crisis de pequeñas proporciones se cobran más vidas y afectan a más gente que los contados desastres de grandes proporciones.

Las crisis recurrentes tienen un impacto acumulativo que agudiza la vulnerabilidad ante futuros peligros de mayores proporciones. El daño futuro radica en las crisis de pequeñas proporciones que socavan medios de subsistencia que de por si son escasos; pero, a la vez, esas crisis ofrecen la oportunidad de mitigar el impacto de futuros desastres. Hace falta un apoyo a largo plazo que permita cimentar comunidades más seguras mediante programas de reducción del riesgo de desastres para que la gente pueda resistir mejor a los frecuentes desastres de pequeña escala.

El año pasado, la ayuda alimentaria impidió que hubiera una gran cantidad de muertes a causa del hambre en Malawi, pero los donantes sólo proporcionaron una quinta parte de los fondos solicitados por las Naciones Unidas para apoyo agrícola: semillas y fertilizantes para que los pequeños agricultores pudieran recuperarse y reducir el riesgo de otra crisis alimentaria en la estación siguiente.

Al parecer, pocos donantes están dispuestos a invertir en agricultura sostenible para evitar los continuos ciclos mortales de las crisis alimentarias. Durante la hambruna de 2001–2002, algunos hogares se vieron obligados a vender o arrendar sus tierras. El Informe Mundial sobre Desastres recoge las palabras de Peter Madeya, del distrito de Dedza: “Mucha gente tuvo que alquilar sus campos por cinco años a cambio de alimentos, por lo cual, no tenía donde cultivar y dependía del trabajo a destajo.”

El atraso de la intervención frente a la crisis alimentaria de Níger no sólo causó pérdidas de vida y medios de subsistencia que podían haberse evitado, también centuplicó el costo final de la ayuda. La comunidad internacional debe sacar enseñanzas de la experiencia de Níger e intervenir a tiempo con medidas apropiadas o verá un sufrimiento similar en otros lugares del Cuerno de África.

¿La asignación de fondos para crisis conocidas es equitativa? Cuando el monto total de la financiación humanitaria que recibió la ONU para cada emergencia, se divide por el número de beneficiarios de la ayuda, se obtienen datos reveladores. En 2005, para Chechenia se recibieron 281 dólares por beneficiario, para el terremoto de Asia meridional, 310 dólares, y para Sudán, 431 dólares.

No es sorprendente que el tsunami haya sido el desastre que captó mayor cantidad de fondos. Se recaudaron, como mínimo, 1.241 dólares por beneficiario, solamente por concepto de ayuda humanitaria sin contar los 8.000 millones de dólares para reconstrucción. Según el Informe Mundial sobre Desastres, al otro extremo de la escala figuran los llamamientos de emergencia que hizo la ONU en 2005 para el Chad, Côte d’Ivoire, Guyana, Malawi y Níger, pues la suma promedio que se recibió fue inferior a 27 dólares por persona necesitada.

Algunos podrán argumentar que las diferencias de financiación de los programas de emergencia traducen distintas necesidades humanitarias y los consiguientes costos para suplirlas. Ahora bien, cuando se compara la proporción en que se financiaron esas necesidades se obtiene una cuadro similar. Mientras que los llamamientos de la ONU para la República Centroafricana, la República del Congo y Djibouti cubrieron a menos del 40%, en término medio, el llamamiento del tsunami fue financiado al 475% y el llamamiento del terremoto de Asia meridional, al 196%.

No obstante, hay signos de que se sacaron enseñanzas y se desplegaron esfuerzos para llegar a quienes se había desatendido.

En marzo de 2006, la ONU hizo un llamamiento para constituir el Fondo Central de Respuesta a Emergencias (CERF por su sigla en inglés) a fin de asignar fondos para una rápida respuesta humanitaria en casos de crisis. Se había previsto destinar un tercio del CERF a crisis desatendidas y en su primer mes, el fondo asignó 13 millones de dólares a organismos del Cuerno de África. En junio, se habían recibido 365 de los 500 millones de dólares solicitados para dicho fondo.

Por su parte, la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja –que hace 20 años constituyó un Fondo de Reserva para el Socorro en Casos de Desastre– en 2005, asignó 8,5 millones de dólares de ese fondo para financiar intervenciones rápidas y la mitad de esa suma se destinó a crisis menores o desatendidas.

Aunque en muchos casos, las necesidades de las mujeres se pasan por alto, no siempre es así. Tras el terremoto de Asia meridional, la Red Integrada de Información Regional (IRIN por su sigla en inglés) informó que la semana siguiente al desastre, en la provincia de Punjab, Pakistán, se había instalado un campamento para acoger a 300 mujeres y niños que habían perdido a los hombres de la familia.

“A diferencia de otros campamentos donde las familias se apiñan asustadas, allí niñas y niños corren libremente por todas partes y se disputan el turno en los columpios; las mujeres se sientan al sol a tejer o remandar ropa”, señala el artículo de IRIN.

Esfuerzos como ese bien valen la pena. Los factores comunes que subyacen en todas las crisis desatendidas son la vulnerabilidad social y la pobreza crónica, a los que se suma la incapacidad de los gobiernos para encarar la situación. Dichos factores exponen a la gente a un mayor número de peligros y socavan su capacidad de resistencia y recuperación.

Queda mucho por hacer para garantizar que millones de personas que sufren en las crisis no sigan siendo desatendidas. En muchos casos, el primer paso consiste en orientar la voluntad política para que se creen las condiciones que las organizaciones humanitarias necesitan para cumplir su labor en aquellos lugares del mundo más desatendidos, inasequibles, secretos y peligrosos. Entre las prioridades para acabar con la desatención en todas partes figuran las que siguen.

• Captar donaciones apropiadas de carácter general para disponer de un fondo común
de intervención en casos de emergencia sin que el dinero sea asignado a un desastre
determinado.
• Establecer una medición global de la gravedad de las necesidades humanitarias.
• Garantizar el tipo de financiación e intervención apropiadas frente a crisis crónicas,
como el hambre, que se sitúan entre desarrollo y desastre.
• Acordar con donantes y gobiernos destinatarios, los puntos neurálgicos de acción.

Si se proponen pensar y actuar de forma diferente para abordar los distintos tipos de desatención, gobiernos, donantes, medios de comunicación y organizaciones de ayuda deben romper el ciclo de negligencia y sufrimiento.
Mohammed Omer Mukhier, Jefe del Departamento de Preparación para Desastres y Respuesta en casos de Desastre, de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.
Mohammed Omer Mukhier, Jefe del Departamento de Preparación para Desastres y Respuesta en casos de Desastre, de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.
ENLACES RELACIONADOS
Informe Mundial sobre Desastres 2006
Más artículos de opinion
IMPRIMIR