“En aquel momento sólo pensaba en llegar a las colinas”, recuerda Leni, joven madre de una niña de tres años. “Mientras escapábamos, seguía recordando el tsunami de Aceh que nos enseñó tanto, pues amplió nuestros conocimientos sobre terremotos y tsunamis.” En la noche del 13 de septiembre de 2007, cuando a causa del terremoto en las costas de Sumatra se dio la alerta de tsunami en torno al Océano Índico, la gente sabía lo que tenía que hacer.
Al igual que Leni en Indonesia, los habitantes de las zonas costeras de Bangladesh, India, Maldivas y Sri Lanka sabían que tenían que alejarse de la orilla e ir a refugios o tierras más altas. Los ejercicios de evacuación –algunos más meticulosos que otros, hay que reconocerlo– entraban en acción.
Pasaron las horas y la amenaza se disipó. En definitiva, fue una falsa alarma pero, por lo menos, la gente estaba preparada. Por aquellos días, acababa de partir de las Maldivas donde pasé dos años al frente de la operación de recuperación del tsunami que llevan a cabo la Cruz Roja y la Media Luna Roja. Cuando leí los informes acerca de la intervención y hablé con los colegas de Male, inevitablemente, mis pensamientos volvieron al devastador tsunami de 2004. ¿Cuántas vidas se hubieran podido salvar, si en aquel momento se hubiera dispuesto de sistemas de alerta temprana y se hubieran hecho ejercicios de evacuación?
El mes pasado, el ciclón Sidr arrasó las tierras bajas y expuestas de la costa de Bangladesh. A medida que la tormenta se abría paso por la Bahía de Bengala, gracias a la misma red de alerta temprana a la que también se recurrió en septiembre, millones de personas fueron evacuadas y alejadas de su trayectoria. En 1991, una tormenta de magnitud similar azotó Bangladesh y se cobró más de 100.000 vidas. Esta vez, dado que la gente fue alertada y sabía dónde ir y qué hacer, el trágico saldo disminuyó drásticamente, pero aún así, hubo que lamentar la pérdida de casi 3.000 vidas.
Sin duda alguna, la alerta temprana y los procedimientos sistemáticos de evacuación hubieran salvado miles y miles de vidas en diciembre de 2004. De todos modos, se hubieran perdido vidas pero en ningún caso la cifra hubiera sido tan catastróficamente alta como lo fue. La alerta temprana y la preparación en previsión de desastres salvan vidas.
Pero ese no es el quid de la cuestión.
Incluso si en el tsunami se hubiera perdido sólo la mitad de ese número de vidas, los habitantes del entorno de la Bahía de Bengala hubieran tenido que afrontar igualmente una recuperación larga y difícil. La alerta temprana salva vidas pero no siempre protege bienes, medios de subsistencia y economías.
Los gobiernos y el sector humanitario deberían adoptar un enfoque que fuera más allá de garantizar la seguridad inmediata. Dicho enfoque ha de fundarse en la noción de que los fenómenos naturales no tienen por qué convertirse en desastres. Este concepto, que en círculos humanitarios se denomina reducción del riesgo de desastres, sobrepasa los planes de evacuación y el adiestramiento en previsión de desastres para reducir la vulnerabilidad y la exposición de la gente a esos fenómenos. Se trata de cimentar comunidades más seguras y resilientes. En el plano local, medidas tales como el análisis del riesgo, basado en la comunidad; la retroadaptación de edificios, la educación informal y el apoyo a los medios de subsistencia contribuyen a disminuir la vulnerabilidad de la gente.
La reducción del riesgo es el núcleo de la operación de recuperación del tsunami que llevan a cabo la Cruz Roja y la Media Luna Roja. En su calidad de enviado especial de la ONU para los países afectados por el tsunami, Bill Clinton, ex presidente de Estados Unidos, exhortó a los organismos humanitarios a “reconstruir mejor”. Para nosotros, eso significa reconstruir comunidades que sean más fuertes y seguras frente a futuras amenazas.
Por ejemplo, más del 95 por ciento de las más de 8.500 viviendas que construimos hasta ahora en Aceh y las Maldivas cumplen o superan las normas locales en materia de resistencia a fenómenos naturales. También se hizo una enorme labor para tratar de impartir una cultura del riesgo en las comunidades y ayudarles a ampliar conocimientos acerca de lo que se puede hacer para mitigar los impactos. Las propias comunidades siempre saben donde radican sus factores de vulnerabilidad; saben, por ejemplo, cuales son las colinas en cuyos flancos puede haber deslizamientos de tierra en caso de lluvias torrenciales y qué ríos se desbordarán.
En enero de 2005, pocas semanas después del tsunami, los gobiernos adoptaron el Marco de acción de Hyogo, acuerdo internacional sobre reducción del riesgo, en el que se les encomienda tomar medidas para que sus respectivas comunidades sean más seguras y aumentar la inversión en los esfuerzos globales de reducción del riesgo.
Ahora bien, esa buena voluntad tiene que traducirse en acción concreta. La inversión en reducción del riesgo de desastres sigue siendo alarmantemente baja. El año pasado, Bill Clinton estimó que de los fondos mundiales para asistencia humanitaria, tan solo el cuatro por ciento se asigna a dicha reducción. Esa cifra debe aumentarse en forma significativa y el objetivo ha de ser el 10 por ciento.
Ahora es el momento de actuar. Está muy claro que el cambio climático ya contribuye a aumentar la frecuencia e intensidad de fenómenos meteorológicos como tormentas, inundaciones y sequías. En un informe de la ONU, publicado hace unas semanas, se estima que en los próximos años, en parte debido al cambio climático, el costo de las intervenciones frente a desastres relacionados con el tiempo se disparará y en 2015 ascenderá a 2.000 millones de dólares.
En septiembre, cuando la tierra tembló, Leni sabía que debía tomar a su hijita en brazos y huir. Ese es sólo el primer paso. El reto para nosotros, la comunidad internacional, reside en asegurar que siempre haya un lugar donde ir y que cuando las amenazas se disipen, haya un lugar donde volver.
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| Jerry Talbot, Representante Especial para la Operación Tsunami de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Foto: Timo Lüge/Federación Internacional (p17098) |
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