El anuncio hecho la semana pasada por el gobierno de los EE. UU. acerca del desbloqueo de 200 millones de dólares EE. UU. para ayuda de emergencia encaminada a aliviar la escasez crónica de alimentos debe ser aplaudido por todos. Esta medida significa que el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas podrá adquirir alimentos para quienes más los necesitan, misión esta que se había visto gravemente amenazada por la duplicación de los precios mundiales de los alimentos.
Al mismo tiempo, debemos también dirigir la mirada más allá de la situación actual.
La realidad es que no debemos considerar la situación actual una crisis. Debemos estar profundamente preocupados por lo que está ocurriendo, pero utilizar el término "crisis" sugiere que la situación es pasajera, que finalmente se normalizará. Y no es así.
En primer lugar, los factores que han desencadenado esta subida de los precios no van a desaparecer.
La presión demográfica y la demanda doméstica en los países de economía emergente como India y China van a seguir creciendo. La población en aumento consumirá más y más (aunque la subida de los precios está afectando a las comunidades vulnerables de estos países en la misma medida que en cualquier otro lugar).
Además, en las próximas décadas se acelerará el cambio climático y aumentarán el riesgo de la pérdida de cosechas y el número de personas que requerirán ayuda alimentaria. En Australia, cinco años de sequía han reducido en más de la mitad la producción de trigo del país. En el otro extremo de la cuestión (y en el otro extremo del mundo), como consecuencia de las sequías y la falta de lluvias estacionales en el África subsahariana, cada vez más personas dependen de los gobiernos y los organismos de ayuda para cubrir sus necesidades básicas de alimentos.
La demanda creciente seguirá excediendo a la oferta.
En segundo lugar: la situación "normal" –el anterior statu quo– no era, ni mucho menos, aceptable. A pesar de que la comunidad internacional se comprometió a reducir drásticamente la inseguridad alimentaria a través de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, en África y en otros lugares del mundo la malnutrición ha seguido creciendo, exacerbada por los efectos combinados de la pobreza, el VIH, el cambio climático, los conflictos y fuertes incrementos en el crecimiento demográfico.
Entonces, ¿cuál es la solución? Desde luego, no existe un remedio mágico. La necesidad más inmediata es organizar una respuesta mundial eficaz. La Cruz Roja y la Media Luna Roja aplauden el apoyo del Banco Mundial y de los EE. UU. al Programa Mundial de Alimentos, y nos alienta la propuesta del Primer Ministro británico, Gordon Brown, de abordar esta cuestión en la cumbre del Grupo de los Ocho que se celebrará en Japón.
También deben abordarse los problemas a más largo plazo. Es necesario revisar las metas relativas a los biocarburantes y los acuerdos de comercio, y establecer mejores y más grandes bancos de alimentos para proteger la ayuda alimentaria de las violentas fluctuaciones del mercado.
No obstante, estas intervenciones en el nivel macro deben complementarse con acciones en el nivel local o micro. La reciente subida de los precios es el último de una larga lista de brutales ejemplos que exigen a la comunidad humanitaria pasar del actual enfoque de ayuda principalmente reactivo a otro más proactivo y de desarrollo.
Creemos que aumentar la capacidad de las comunidades para producir o adquirir sus propios alimentos en el plano local disminuirá su dependencia de la ayuda alimentaria y su vulnerabilidad al aumento de los costos. Sí, los patrones de cultivo están cambiando. Sí, algunas comunidades poseen ahora menos agua para regar sus campos. Pero ello no significa que se trate de una causa perdida.
La semana pasada, la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja lanzó una estrategia quinquenal de seguridad alimentaria para 15 países africanos. Con un presupuesto de 45 millones de francos suizos (43,5 millones de dólares EE. UU./28,5 millones de euros, este programa busca abordar en un nivel muy localizado algunos de los factores subyacentes a la inseguridad alimentaria –los mismos factores que hacen a las comunidades vulnerables a las fuerzas del mercado–.
Nuestros voluntarios trabajarán con las comunidades para establecer prácticas de cultivo sostenibles, ayudándolas a elegir tecnologías apropiadas, organizando bancos de semillas y mejorando la gestión de los nutrientes del suelo. Además, extenderemos los proyectos de microfinanzas y los pequeños proyectos de riego, y estableceremos sistemas comunitarios de seguimiento de la seguridad alimentaria.
Este enfoque localizado y pragmático puede resultar profundamente exitoso. En Lesotho, la Cruz Roja y otros asociados han ayudado a comunidades vulnerables a establecer huertos de "ojo de cerradura". Estos pequeños huertos se establecen alrededor un reservorio central elevado de material en proceso de compostaje y aguas residuales de uso doméstico que provee al suelo de nutrientes y humedad. Una vez establecidos, los huertos requieren pocos cuidados y se mantienen fácilmente.
A pesar de su pequeño tamaño, estos huertos son muy productivos y proporcionan cantidades importantes de verduras a lo largo del año, independientemente de las lluvias. Su sencillo aprovechamiento y el valor nutricional de sus productos hacen que sean perfectos para las familias particularmente vulnerables.
Resulta alentador que la seguridad alimentaria ocupe un lugar tan destacado en la agenda internacional actual. Sin embargo, si queremos que nuestra labor sirva de algo, primero debemos entender cuál es su objetivo. Hasta la fecha no hemos sabido abordar el arraigado problema de la seguridad alimentaria. Nuestro objetivo debe ser que las comunidades posean la capacidad suficiente para resistir a cualquier contratiempo. Los mercados fluctúan, pero las personas no deberían pasar hambre nunca.
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Markku Niskala, Secretario General de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.
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