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Publicaciones: Informe mundial sobre desastres 2002
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Mikkel Ostergaard/
International Federation,
Turkey 1999
 

Sección uno - La disminución del riesgo en primer plano

Capítulo 5
Disminución del riesgo de terremotos en la Europa urbana

En el último decenio, los terremotos fueron los desastres más mortíferos de toda Europa y costaron 27.000 millones de dólares tan solo en daños. La mayoría de las víctimas murieron por el derrumbe de edificios y cabe preguntarse qué se ha previsto en las ciudades europeas para disminuir esos riesgos.

Se prevé que en los próximo cinco años habrá terremotos de gran intensidad en Albania y Rumania. El último gran terremoto de Bucarest, en 1977, dejó un saldo de 1.650 muertos y 10.000 heridos. Un terremoto similar al de Skopje en 1963, en el que murieron 1.066 macedonios y la ciudad quedó prácticamente destrozada, sería devastador.

Los turcos comparten ese temor porque los dos terremotos de 1999 cobraron 20.000 vidas y costaron al país 10 por ciento del producto interno bruto. Los científicos pueden pronosticar con bastante precisión donde habrá un desastre pero no cuando. En el caso de Estambul, por ejemplo, dicen que el riesgo de que haya un terremoto de gran intensidad en los próximo 30 años es de 60 a 70 por ciento. Dado que la población de Estambul supera los 10.000.000 sería catastrófico porque hasta 30 por ciento de sus 900.000 edificios podría derrumbarse.

El número de muertos en esos dos terremotos hubiera sido considerablemente inferior si las autoridades turcas hubieran hecho cumplir la reglamentación en materia de construcción. La ley que prevé una larga cadena de inspecciones data de 1939. Desgraciadamente, por lo general, no se aplica. Hay muy pocos inspectores con la debida formación y el incumplimiento de las normas es moneda corriente.

En Europa sudoriental, la transición después del comunismo y las consiguientes reformas económicas han agotado las capacidades. Las normas de construcción, que solían cumplirse antes de la transición, se han dejado de lado. El soborno y la corrupción generalizados en la región contribuyen a agravar la situación.

Mejorar las prácticas de construcción requerirá incentivos y que se haga cumplir la legislación. El sector de seguros podría compartir los riesgos. Las autoridades, por su parte, podrían ofrecer incentivos como la exoneración de impuestos y préstamos con una baja tasa de interés. El seguro de vivienda es obligatorio en Turquía desde 1992, pero sólo se aplica a los nuevos propietarios. El Tribunal Supremo desestimó la propuesta gubernamental relativa a la responsabilidad de los contratistas respecto a la construcción.

Además, arquitectos e ingenieros pueden ejercer sin haber recibido formación alguna en construcciones resistentes a los sismos. Todo esto debe cambiar. En Europa sudoriental se cuenta con los conocimientos necesarios pero no se comparten lo suficiente.

En cuanto a los edificios que corren peligro, la mejor solución consiste en reforzar la estructura para que resistan a los terremotos, pero eso cuesta mucho dinero. Por lo tanto, es bastante improbable que pueda hacerse en todos los edificios de Estambul. Una alternativa es hacerlo únicamente en los edificios y sistemas públicos que proveen servicios de soporte de vida básico (hospitales, escuelas etc.). La mera evaluación de la necesidad de reforzar la estructura cuesta tres dólares por metro cuadrado.

Reforzar edificios de departamentos privados es complicado porque hay que contar con la aprobación de todos los propietarios y, aun en ese caso resulta difícil conseguir los fondos necesarios u otras viviendas mientras duran las obras. En Turquía, la media de vida de los edificios es de 50 años por lo que existe la posibilidad de reemplazar los de mala calidad, una vez vencido ese plazo.

Mitigar el riesgo de los terremotos haciendo cumplir las normas de construcción y reforzando los edificios y sistemas públicos que proveen servicios de soporte de vida básico llevará tiempo y requerirá dinero y voluntad política. Es una estrategia a largo plazo. Ahora bien, ¿Qué pasará si mañana hay una catástrofe? Si autoridades y comunidades tomas medidas sin demora a fin de prepararse para lo peor, se podrán salvar vidas.

Hay signos promisorios. En Turquía se han creado centros de gestión de crisis y se han trazado mapas de Estambul donde se indican rutas alternativas para los vehículos de emergencia, el espacio disponible para 1.000.000 de tiendas de campañas e incluso los cementerios. También se han elaborados planes de preparación en previsión de desastres, pero en un simulacro reciente cundió el pánico entre los participantes.

Una de las prioridades fundamentales es definir y descentralizar las funciones y tareas de los distintos organismos en el marco de una estrategia eficaz de intervención en caso de desastre. De no ser así, al caos del desastre se sumará una intervención caótica. Según un análisis de riesgo, de 2001, comisionado por el Pacto de estabilidad para Europa sudoriental, los sistemas de autoridad gubernamental y asignación de recursos sumamente centralizados crean retrasos y añaden vericuetos burocráticos, agravando los problemas planteados por la situación ya difícil de las intervenciones en caso de emergencia. En este análisis también se constata que en muy pocos planes nacionales en materia de desastres se definen claramente las funciones de cada organización.

Actualmente, la práctica de enviar por avión brigadas internacionales de búsqueda y rescate es objeto de controversia, ya que rara vez llegan en el momento oportuno para ser verdaderamente eficaces. El dinero y el esfuerzo que cuestan serían mejor empleados en una simple intervención de emergencia de la gente del lugar. Después de los terremotos de Turquía, se encontró a 50.000 personas vivas bajo los escombros de los edificios que se habían derrumbado y 98 por ciento de ellas fueron rescatadas por brigadas locales. Los profesionales extranjeros sólo salvaron a 350.

Allí donde la intervención local en caso de emergencia depende de voluntarios, tal vez no haga falta formación especializada en materia de búsqueda y rescate si hay algún terremoto cada 25 años. "Formar a la gente para que sepa desempeñarse en diversas situaciones, ya se trate de accidentes de tráfico, rescate en montaña o terremotos es mucho más sensato", asevera Sune Follin, Delegado Regional de Preparación en Previsión de Desastres, de Europa central.

La Cruz Roja Rumana, por ejemplo, da prioridad a la preparación en previsión de toda una gama de desastres. Esta Sociedad Nacional ha impartido formación a más de 4.000 voluntarios y ha creado 278 brigadas de intervención a las que se puede recurrir en cualquier momento en caso de cualquier clase de desastre.

Los factores cruciales para reducir la vulnerabilidad a los sismos no son nuevos: hacer cumplir los códigos de construcción y las directrices relativas a la utilización de la tierra; organizar campañas de sensibilización pública; dispersar las poblaciones, y contar con una infraestructura sólida y procedimientos eficaces de alerta, evacuación e intervención. Ahora bien, poner estas ideas en práctica es mucho más arduo. "Para que los políticos siguieran interesándose, tendría que haber un terremoto cada cinco años", opina un destacado sismólogo europeo.

De más en más, se considera que la intervención en casos de desastre y la mitigación es prioridad gubernamental. En Albania, por ejemplo, en 1998, se sancionó una legislación rigurosa sobre la construcción de edificios de muchos pisos que estipula que todo edificio de más de ocho pisos debe contar con la aprobación del instituto nacional de sismología. Pero las leyes deben ser respaldadas por procedimientos estrictos para hacerlas cumplir.

Una mayor sensibilización pública puede fomentar una cultura de prevención y propiciar cambios de la política gubernamental. Las organizaciones humanitarias pueden cumplir una función capital organizando campañas y estableciendo vínculos estratégicos con los medios de comunicación nacionales e internacionales. Pero cabe señalar que la diferencia entre sensibilización pública e histeria colectiva es muy sutil.

Por otra parte, la cooperación regional puede contribuir a perfeccionar las normas de disminución del riesgo. Las tensiones tradicionales pueden dejarse de lado durante los desastres. Por ejemplo, tras los terremotos de 1999 y 2002 en Turquía, Grecia ofreció asistencia inmediatamente. En aquellos países que comparten riesgos pueden sentarse las bases de una cooperación sostenida en lo que se refiere a mitigación de desastres y preparación en previsión de los mismos. Esto sería sensato en los Balcanes donde la media de pérdidas provocadas por terremotos asciende a 30.000.000 de euros por año (unos 26.500.000 dólares), sin contar las bajas humanas.

Lo aprendido penosamente en desastres recientes no deberían olvidarse. Recordar esas enseñanzas es una simple cuestión de sentido común, no de tecnología, al que hay que sumar voluntad política para que sean realidad. Hace falta una defensa más activa de la causa humanitaria para que se operen verdaderos cambios tanto en el comportamiento de la gente como en las políticas gubernamentales. Para disminuir el riesgo de futuros terremotos, es crucial:

  • sancionar y hace cumplir directivas regionales en materia de construcción, utilización de la tierra y planificación urbana, y prever incentivos para propiciar una mejor construcción;

  • descentralizar la planificación de la preparación en previsión de desastres y la intervención en caso de desastre, así como los recursos necesarios para impartir formación a quienes integrarán las brigadas de emergencia locales;

  • compartir conocimientos a escala regional para garantizar que lo aprendido en un lugar se divulgue, utilizando para ello la formación especializada y la información pública;

  • promover un debate público responsable a través de los medios de comunicación nacionales para ejercer presión en políticos y legisladores a fin de que den prioridad a la disminución del riesgo, y

  • sensibilizar más a la gente sobre los peligros y la manera de reaccionar, utilizando para ello a los medios de comunicación e instruyendo a los escolares.

El "Abuelo Terremoto" disipa el temor por los desastres

"La peor reacción respecto a un terremoto es el pánico". Tal es el mensaje de Ahmet Metin Isikara, Director del Observatorio Kandili, situado en lo alto de una colina cercana a Estambul. Para miles de niños y padres, Isikara es el "Abuelo Terremoto". Comenzó con una serie de documentales cortos en los que se muestra a niños y adultos como reaccionar correctamente durante un terremoto. Los documentales, realizados con mucho ingenio, muestran auténticas viviendas turcas donde los niños ayudan al Abuelo a fijar el mobiliario. En las calles, los niños se dirigen a este personaje de tupida cabellera y grandes bigotes blancos para decirle cosas como "Hola Abuelo Terremoto, como tú dijiste, ya no tengo miedo".

Esta campaña contra el miedo, el Proyecto Kandili, comenzó por los docentes. Un docente, como mínimo, de cada una de las 3.000 escuelas de la ciudad ha recibido formación para formar a otros docentes y, primordialmente a los niños, sobre la manera de prepararse para cuando haya un terremoto. En Kandili, el entusiasmo es contagioso. La instrucción sobre desastres se ha incorporado al programa de estudios del primer al octavo grado del programa escolar, y en las escuelas se organizan jornadas de preparación en previsión de desastres.

El mensaje está llegando a todo el mundo: "No importa cuan violento sea, lo importante es saber si uno está preparado". Los niños turcos son disciplinados y difunden muy bien la información. Actualmente, en los hogares, e incluso en oficinas, hay botiquines de supervivencia que contienen botellas de agua, una linterna, una radio y fotocopias de documentos importantes de la familia.


Capítulo escrito por John Sparrow, Delegado Regional de Información de la Federación Internacional en Budapest, y Liesl Graz, periodista independiente.


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