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Introducción
Disminuir el riesgo es tarea de todos
Este año su cumple el décimo aniversario del Informe Mundial sobre Desastres. Lo positivo del último decenio fue la disminución del número de muertos en desastres. En el decenio de 1970, los desastres naturales cobraron casi 2.000.000 de vidas pero en el decenio de 1990, el número descendió a menos de 800.000. No obstante, sigue habiendo una pérdida de vida atroz y prematura. En ese mismo período, el número de damnificados triplicó cifrándose en 2.000 millones, cantidad que incluye a quienes resultaron heridos, perdieron su hogar o fueron víctimas del hambre. Las pérdidas económicas directas quintuplicaron, ascendiendo a 629.000 millones de dólares en el decenio de 1990.
En este décimo informe se pasa revista a la manera de disminuir el riesgo que entrañan los desastres naturales para las comunidades vulnerables del mundo entero. En el primer informe, publicado en 1993, se afirmaba que la eficacia de las operaciones y el buen empleo de los aportes de los donantes "dependían en primer lugar de la óptima preparación para prestar socorro. Las organizaciones locales son las primeras que se movilizan... y la intervención de la ayuda internacional se basa" en esos esfuerzos locales.
Esta afirmación sigue siendo válida 10 años después. La preparación en previsión de desastres es eficaz. En noviembre del año pasado, cuando el huracán más violento en medio siglo se abatió sobre Cuba, la eficiencia de la planificación y la preparación en previsión de desastres permitió evacuar y poner a salvo a 700.000 personas. Cuando inundaciones sin precedentes afectaron a Mozambique durante dos años, gracias a la utilización apropiada de recursos locales y nacionales se logró evitar que 34.000 personas perecieran ahogadas. En Turquía, 98 por ciento de las 50.000 víctimas de los terremotos devastadores de 1999 fueron salvadas con recursos nacionales. De ahí que invertir en la preparación en previsión de desastres en comunidades expuestas a riesgo siga teniendo cabal prioridad.
Ahora bien, la preparación para responder a desastres es tan solo una parte del amplio programa de disminución del riesgo. Dondequiera que sea posible, han de tomarse medidas para reducir las secuelas materiales y humanas de los desastres. Estas medidas pueden ser de diversa índole. En Vietnam, por ejemplo, se construyeron terraplenes y se plantó una gran cantidad de mangles para proteger las costas vulnerables a marejadas e inundaciones. En Europa, donde en el último decenio, los terremotos cobraron más vidas que el resto de los desastres, es esencial garantizar la observancia de las normas de construcción.
La protección material debe ir acompañada de una mejor información a todo nivel. En muchos casos, las comunidades expuestas saben desenvolverse con el riesgo y esa pericia podría divulgarse ampliamente. En la India, por ejemplo, el sistema tradicional de recolección de agua de lluvia ha ayudado a miles de hogares a sobrellevar la sequía. Por otra parte, gobiernos y organizaciones de ayuda desempeñan una función capital en lo que se refiere a sensibilizar sobre los riesgos de desastres y la manera de hacerles frente. Hace falta una enorme fuerza de voluntad, muchos recursos e imaginación en todas los sectores de la sociedad para reducir la amenaza de los desastres antes de que se desaten.
Tras los atentados que estremecieron al mundo el 11 de septiembre del año pasado, algunos líderes mundiales mantuvieron que la lucha contra la pobreza contribuiría a crear un mundo más seguro. En marzo pasado, los países donantes asignaron más recursos para alcanzar las metas de desarrollo internacional previstas para 2015, a saber: reducción a la mitad del porcentaje de la población mundial aquejada por la pobreza y el hambre; lucha contra las enfermedades infecciosas, y educación primaria para todos.
Aun así, no hay que olvidar que en pocas horas, los desastres pueden barrer años de desarrollo. Un solo desastre de grandes proporciones acaba con tierras de cultivo, animales y medios de sustento perpetuando la pobreza y el hambre. Pequeños desastres recurrentes acaban con los recursos y la capacidad de recuperación de las familias, exponiendo a los damnificados a enfermedades y a una salud precaria. Los niños pueden perder para siempre la posibilidad de recibir instrucción, si un desastre demuele su escuela o si los padres necesitan su ayuda para reconstruir la vida familiar que fue destrozada.
Por todo lo antedicho, disminuir el riesgo que entrañan los desastres no es secundario sino fundamental para el propio éxito del desarrollo. Los desastres pueden comprometer el avance hacia las metas de desarrollo, previstas para 2015, y si el desarrollo sigue siendo ciego a estos riesgos, la probabilidad de desastres aumentará. La pobreza no es el único motivo de que las comunidades se expongan a desastres. Tal como lo demostró la experiencia cubana, no hace falta ser rico para estar bien informado y preparado.
Teniendo todo esto presente, les propongo reflexionar sobre lo que sigue: las metas de desarrollo internacional son un buen catalizador de ideas y recursos de gobiernos y comunidades por igual. A esas metas debemos sumar metas de disminución del riesgo como, por ejemplo: reducir a la mitad el número de muertos y damnificados por los desastres; aumentar el número de gobiernos que tengan planes de preparación en previsión de desastres y asignen los recursos necesarios para ello, y acrecentar los montos de ayuda de emergencia y ayuda para el desarrollo destinados a dicha preparación y a mitigar las consecuencias de los desastres.
En esta décima edición del Informe Mundial sobre Desastres se dan pruebas fehacientes de que invertir en la preparación en previsión de desastres y en la mitigación de los mismos ayuda a reducir el terrible costo humano y económico que cobran. Disminuir el riesgo de los desastres es una prioridad que no admite demora tanto para quienes se ocupan de gestión de desastres como para planificadores del desarrollo y legisladores de todas partes del mundo. el terrible costo humano y económico que cobran. Disminuir el riesgo de los desastres es una prioridad que no admite demora tanto para quienes se ocupan de gestión de desastres como para planificadores del desarrollo y legisladores de todas partes del mundo.
Didier J. Cherpitel
Secretario General
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