La ética humanitaria es una convicción de larga data
que ha ido evolucionado y preconiza el derecho de ayudar a todo
aquel que corre un peligro grave. Este valor profundamente arraigado
se encuentra en cada cultura y religión, así como
en la ideología política de los derechos humanos.
Las ideas de “derecho a la vida” y de una “dignidad
humana” esencial y común a todos los seres humanos
se articulan en el derecho internacional humanitario (DIH), los
instrumentos de derechos humanos y los principios adoptados por
las organizaciones humanitarias. El Movimiento Internacional de
la Cruz Roja y de la Media Luna Roja da primacía al principio
de humanidad que se define como el deseo de “prevenir y aliviar
el sufrimiento de los hombres en todas las circunstancias…
de proteger la vida y la salud, así como de hacer respetar
a la persona humana”. La imparcialidad afirma que la ayuda
se basará únicamente en la necesidad.
A fin de aplicar la ética humanitaria durante las crisis,
los colaboradores del quehacer humanitario se rigen por dos principios:
neutralidad e independencia. Al afirmar su desinterés por
la política en situaciones de guerra o desastre, dichos colaboradores
esperan tener acceso a todos los necesitados, pero ello no quita
que deban encarar retos morales de peso. En una situación
de guerra, la población civil puede ser un blanco deliberado.
En una situación de desastre, se puede negar ayuda a los
grupos marginados. En una hambruna, la inanición puede servir
de arma. La consecución de la paz puede primar sobre la ayuda
que salva vidas; la prestación de socorro puede condicionarse
a determinados resultados políticos, y los derechos humanos
conculcarse en aras de la estabilidad política.
Cabe considerar cinco peligros de orden moral: complicidad en abusos
(nutrir a los refugiados puede contribuir a que se vuelvan a formar
bandas armadas); ligitimación de violaciones de derechos
humanos (dar prioridad a la ayuda respecto a las investigaciones
en la materia puede propiciar un clima de impunidad); efectos negativos
de la ayuda (la ayuda en demasía puede desbaratar los mercados
locales o contribuir a la despoblación); beneficiarios y
selección (se puede dejar morir a los más necesitados
cuando existe la posibilidad de ayudar a otros con mayor eficiencia);
defensa o acceso (condenar atrocidades puede equivaler a la expulsión
de los organismos).
La defensa de la causa humanitaria es crucial para recordar a todos
los actores sus deberes humanitarios. Puede tratarse de una defensa
discreta, de conversaciones en privado o de críticas públicas.
A menudo, las organizaciones nacionales la llevan a cabo con más
determinación que las organizaciones extranjeras que se encuentran
en el país. Ahora bien, esta tarea entraña riesgos
tales como: hacer una apreciación errónea (en una
emergencia compleja donde se actúa rápidamente, es
fácil interpretar incorrectamente los hechos, lo que pone
en peligro la credibilidad de los organismos); provocar una reacción
violenta (denunciar atrocidades pone en peligro a la gente del lugar
y los organismos pueden ser expulsados); vulnerar los principios
humanitarios (pronunciarse demasiado en favor de un grupo puede
menoscabar la imparcialidad del organismo en cuestión).
Uno de las principales preocupaciones ética reside en la
selectividad de la ayuda de emergencia. En 2000, la ayuda de socorro
ascendió a 5.900 millones de dólares, cifra sin precedente,
pero la distribución mundial revela un mapa más bien
político que moral. Ese año, el Cáucaso septentrional
recibió 89 por ciento del llamamiento de la ONU y Somalia
tan solo 22 por ciento. La ayuda per capita varió de 10 dólares,
en Uganda, a 185 dólares en Europa sudoriental. Pocas semanas
después del derrocamiento de Saddam Hussein, se habían
recaudado 1.700 millones de dólares para prestar socorro
a Iraq, pero sólo se había recibido menos de la mitad
de la suma prometida para los 40 millones de africanos que sufren
de inanición. El año pasado, 2.400.000 africanos murieron
de VIH/SIDA y, este año, la suma necesaria para luchar contra
esa pandemia en los países pobres es el doble de la solicitada
el año pasado para tales fines. Además, las investigaciones
indican que las organizaciones humanitarias basan sus solicitudes
de fondos más bien en aquello que sustentará el “mercado”
de donantes que en la evidencia de las necesidades objetivas.
¿La acción humanitaria debería limitarse a
salvar vidas o proponerse garantizar también los bienes sociales?
El Código de conducta relativo al socorro en casos de
desastre para el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la
Media Luna Roja y de las organizaciones no gubernamentales
da prioridad al deber humanitario (alivio inmediato del sufrimiento)
y los principios subsiguientes de imparcialidad, ninguna acción
política, e independencia ayudan a garantizar que éste
se cumpla. Además, en el Código se exhorta a los signatarios
a respetar la cultura, desarrollar las capacidades locales, propiciar
la participación, reducir las causas de vulnerabilidad y
ser plenamente responsables. Todo esto es mucho más ambicioso
que limitarse a aliviar el sufrimiento.
Ahora bien, adentrarse un poco más en la vida de la gente
conlleva riesgos morales. Durante los conflictos armados, propiciar
la participación puede exigir que se entablen negociaciones
con grupos armados, lo que pone en peligro la neutralidad y la independencia
de los organismos. En casos de desastre natural, combatir las causas
de vulnerabilidad puede exigir que se aborden temas como la tenencia
de la tierra y la exclusión política, lo que también
pone en peligro la neutralidad. Por otra parte, existe el riesgo
de que los organismos prometan a la gente del lugar más de
lo que pueden dar.
La tensión que recoge el Código, entre ambiciones
inmediatas y a más largo plazo, ha llevado a muchos a optar
por un enfoque minimalista (dar prioridad a salvar vidas respecto
a cualquier otra actividad) o bien, por un enfoque maximalista (dar
prioridad al socorro que apuntala el desarrollo). Sea como fuere,
lo más indicado es aceptar todo el espectro de obligaciones
humanitarias y sopesar cuantas se pueden cumplir de manera útil
y segura. Ese criterio humanitario consiste en encontrar el equilibrio
entre una evaluación precisa de las condiciones que se centre
en el ser humano, por un lado, y el análisis ético
y jurídico del deber humanitario, por el otro, para luego
determinar lo que se puede hacer en función del contexto
y los recursos disponibles.
Aunque aliviar el sufrimiento debe primar sobre las demás
consideraciones, la ética del respeto, la inclusión
y la capacitación es fundamental no sólo como un fin
en sí mismo sino también porque trabajar con la gente
alivia mucho más su sufrimiento que un enfoque ajeno a ella
y autoritario.
La ética de la labor humanitaria no se limita únicamente
a lo que se intenta hacer, también hay que saber en qué
medida se hará bien y a quien se rendirán cuentas.
No obstante, la responsabilidad en el terreno está aún
subdesarrollada y los recursos que se le destinan siguen siendo
insuficientes. Las organizaciones no utilizan sus propios principios
como medida de autoevaluación. Ser responsable y aplicar
los propios valores morales en su desempeño son elementos
cruciales para la legitimidad de un organismo. Se trata de que se
le tenga confianza.
El profesionalismo no basta. La solidaridad espontánea,
damnificados que se ayudan entre sí, es vital. Después
de los terremotos que sacudieron Turquía en 1999, la población
local rescató de los escombros a 98 por ciento de las 55.000
víctimas a quienes se salvó la vida. La profesión
humanitaria necesita tanto la acción individual como la pericia
organizativa.
Empresarios y militares participan cada vez más en la labor
humanitaria, ¿pero, pueden colaborar rigiéndose por
los principios humanitarios? Por lo general, los militares saben
muy poco acerca de quienes deben beneficiar de la ayuda y puede
ocurrir que no la utilicen para aliviar el sufrimiento de los más
necesitados. Paralelamente, cada vez que no se mantuvo una distinción
precisa entre militares y civiles, se comprometió la neutralidad
y la seguridad de los trabajadores del quehacer humanitario. Además,
el derecho internacional humanitario prevé estrictos deberes
humanitarios para todas las fuerzas armadas, ya se trate tropas
beligerantes, tropas de ocupación o tropas de mantenimiento
de la paz. Lo más indicado es que los organismos de ayuda
estén alerta respecto a esos conflictos de intereses, pero
ello no quita que también deban promover la responsabilidad
y la compasión humanitarias en todas las fuerzas armadas,
tarea fundamental para que se respeten los principios de protección
de la población civil y de la fuerza proporcional.
Resumiendo, la ayuda está siendo peligrosamente politizada
y millones de los seres humanos más vulnerables quedan fuera
del alcance de la asistencia y la protección humanitarias.
Salvar vidas no basta. Respetar la dignidad del ser humano y sus
medios de subsistencia es igualmente importante. Al respecto, las
organizaciones humanitarias tienen dos deberes que cumplir: