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Publicaciones: Informe mundial sobre desastres 2003
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Federación Internacional, Tayikistán
 
Sección uno - Ética y ayuda

Capítulo 2
Desarrollo de la capacidad - Aspectos éticos

En las horas y los días subsiguientes a un desastre, habitualmente, las comunidades locales emprenden por sí mismas las tareas de búsqueda y rescate, evaluación de los daños, recuperación de cadáveres y distribución de suministros de socorro, antes de que lleguen los organismos internacionales. En lo que respecta a desastres de gestación lenta como la hambruna, que no captan inmediatamente la atención de donantes y medios de comunicación, las organizaciones locales suelen ser las primeras en dar la alerta y, además, siguen bregando por reducir futuros riesgos, una vez que los organismos internacionales han partido. Por otra parte, la gente del lugar sabe mucho más que las organizaciones extranjeras sobre las necesidades y las capacidades. Si existe una función que dichas organizaciones deberían cumplir cuando intervienen, ésta es mejorar la capacidad de esa gente para que asuma el control de las decisiones que inciden en su vida.

Las definiciones de desarrollo de la capacidad van de "ayudar a la gente para que se ayude a sí misma" al fomento de la democratización y la responsabilidad gubernamental. Los métodos abarcan la formación técnica, cursillos de formación de líderes, campañas de alfabetización y préstamos rotatorios. Un buen desarrollo de la capacidad se reconoce fácilmente; por ejemplo, tras el terremoto de Perú en 1990, Intermediate Technology Development Group, organización internacional no gubernamental, trabajó con los propios damnificados en los planos de viviendas resistentes a los terremotos. De ahí que en el terremoto del año siguiente, sus casas quedaran prácticamente intactas.

Ahora bien, el desarrollo de la capacidad no se limita a transferir conocimientos. En muchos casos, los recursos que aportan las organizaciones internacionales se esfuman una vez terminado el proyecto en cuestión. La formación en previsión de desastres sólo da resultado si también se tiene acceso a sacos de arena, bidones, pastillas de purificación del agua y rollos de plástico. Impartir formación a los constructores en técnicas para reducir los daños por avenidas en zonas con riesgo de inundación no tiene sentido si los habitantes de los barrios marginales no gozan del derecho de tenencia de la tierra ni se les ofrece ningún incentivo para mejorar su vivienda. Además, las organizaciones suelen reforzar las destrezas de la gente del lugar sin ampliar sus capacidades para ponerlas en práctica. Un verdadero desarrollo de la capacidad exige crear un entorno fértil donde las semillas de la formación tengan la posibilidad de germinar.

El desarrollo de la capacidad tampoco se limita a realizar determinadas actividades, también hay que tener en cuenta el impacto global de las intervenciones de ayuda. Cuando cientos de organismos internacionales se precipitan al lugar aquejado por alguna crisis, alquileres y salarios se disparan socavando gravemente la capacidad de las organizaciones locales. En Afganistán, por ejemplo, una organización de atención a la infancia se vio obligada a abandonar su recinto de Kabul porque los alquileres se multiplicaron por 40 tras la caída del régimen talibán. La presencia de organismos internacionales puede disuadir a la gente del lugar de invertir sus propios recursos en la recuperación. En 1991, tras el terremoto que sacudió Uttarkashi, al pie del Himalaya, los habitantes se negaron a reconstruir sus casas, incluso hasta dos años después, porque sabían que los organismos extranjeros lo harían por ellos.

A menudo, los organismos internacionales basan sus intervenciones más bien en lo que pueden suministrar que en las verdaderas necesidades locales. Incluso durante las emergencias, la mayoría de las víctimas dispone de un sistema de prestación de ayuda que debería respetarse. Ahora bien, en muchos casos, los organismos se precipitan a una región y aplican su propio sistema de prestación, lo que puede socavar las tradiciones locales. Las experiencias de Orissa a Kobe demuestran que la gente y las estructuras locales constituyen la primera línea de intervención en casos de desastre.

También son comunes las asociaciones desiguales con organismos locales. En evaluaciones realizadas recientemente sobre las intervenciones en los desastres de la India se constató que las mejores fueron las de aquellos organismos que ya disponían de personal e infraestructura locales, o bien que establecieron rápidamente asociaciones sólidas y activas con ONG locales. Aun así, la falta de tales conexiones no impidió que organismos extranjeros se precipitaran al lugar del desastre, recurriendo al personal internacional y sembrando la desconfianza de los organismos locales. Más de una vez, el desarrollo de la capacidad se ha utilizado simplemente para que organismos extranjeros lleven a cabo con mayor eficiencia sus propios proyectos de ayuda sin consultar con los interesados.

Los organismos internacionales pueden socavar las capacidades locales y nacionales. Pasar por alta las instituciones gubernamentales puede resultar más eficaz en función de los costos y también puede ser justificado desde el punto de vista moral, si el gobierno manipula la distribución de la ayuda. Sin embargo, dejar de lado las autoridades legítimas también puede considerarse como una forma de interferencia política.

Muchas organizaciones de ayuda llevan a cabo sus intervenciones rigiéndose por su propio programa; este último no debe fundarse en sus propios intereses sino en una clara declaración de misión, por ejemplo, promover los derechos de la mujer y el niño. También puede ocurrir que dicho programa no sea prioritario para las comunidades damnificadas por desastres. Por ejemplo, se criticó a Oxfam por haber suspendido entre 1996 y 1997 su labor fundamental en el suministro de agua de Afganistán, porque se negaba a las mujeres la posibilidad de participar. Esta decisión se tomó a pesar de que las propias afganas ya hubieran declarado que negar posibilidades a las mujeres no debería servir de justificación para interrumpir la ayuda.

Muchos argumentarán que los organismos extranjeros tienen el deber moral de utilizar las situaciones de desastre para abordar las causas de la vulnerabilidad. Ahora bien, luchar contra la pobreza, la marginación, el desarrollo inadecuado, el mal gobierno o el deterioro del medio ambiente implica poner en juego las estructuras de poder del país en cuestión. ¿En qué consiste el deber moral de los organismos humanitarios? Las intervenciones ulteriores a los desastres pueden tener un impacto muy positivo. Después del terremoto de Latur, India, en 1993, se impartió formación sobre construcción de casas más seguras a las integrantes de organizaciones locales de mujeres de 300 pueblos, y también se ofreció asesoramiento técnico a amas de casa y funcionarios gubernamentales. Gracias a ello, las mujeres pudieron tener una participación más activa en otras iniciativas de desarrollo. Aun así, conseguir un cambio social duradero es tarea a largo plazo. Los organismos deben ser honestos acerca de lo que pueden lograr según el contexto y los recursos disponibles. En muchos casos, los proyectos sólo servirán para combatir algunas causas inmediatas de vulnerabilidad. Si los proyectos destinados a dotar a las comunidades de medios para que se valgan por sí mismas no prevén seguir ofreciendo recursos a la gente para que aplique lo aprendido, entonces, las elites tradicionales tratarán de volver a imponer su autoridad. De todo ello se desprende que no es ético iniciar algo que no se pueda terminar.

Por lo general, resulta difícil evaluar los proyectos de desarrollo de la capacidad utilizando indicadores convencionales. En las operaciones de socorro la presión de distribuir suministros es intensa y prima sobre los programas a largo paso para resistir mejor a los desastres. Entonces, ¿cómo sopesar los beneficios a corto plazo y los beneficios a largo plazo? Es preciso que los organismos adopten métodos de evaluación del impacto más complejos que el simple recuento de los resultados materiales que se utiliza habitualmente.

El desarrollo de la capacidad no siempre da resultado. Cuando los organismos extranjeros propulsan el cambio estructural, se corre el riesgo de que las comunidades que se encuentran en primera línea de riesgo paguen las consecuencias de cualquier descontento oficial. Las organizaciones deben analizar tanto repercusiones tanto positivas como negativas de su labor en materia de desarrollo de la capacidad y determinar las demás condiciones que hacen falta para que se opere verdaderamente un cambio.

El desarrollo de la capacidad plantea cuestiones complejas que no es fácil solucionar. Sea como fuere, hay que hacerse dos preguntas simples y fundamentales. La primera, ¿qué quieren y qué necesitan verdaderamente las personas vulnerables y los damnificados por desastres? La segunda, ¿contribuyen nuestras acciones a satisfacer realmente esas necesidades?

A partir de estas dos preguntas surgen otras más concretas, a saber: ¿Estamos verdaderamente desarrollando la capacidad o simplemente transfiriendo conocimientos? ¿Cómo garantizar que toda medida y toda decisión que se tomen tengan el impacto más positivo posible en la capacidad local? A veces, hacerse estas preguntas simples es lo que más se necesita.

Capítulo escrito por Jennifer Roweill, CARE International, Reino Unido, y John Twigg, University College. El texto del recuadro es de Mercedes Sayagues, periodista independiente.

Las ONG de Malawi entablan el debate sobre desastres e intervención en casos de desastre

“Esas muertes podrían haberse evitado”, afirma Collins Magalasi, refiriéndose a los 398 muertos de inanición en Malawi entre diciembre de 2001 y marzo de 2002. Magalasi es el coordinador de la red por la justicia económica en Malawi (conocida por la sigla en inglés MEJN) integrada por 45 grupos eclesiásticos, grupos de desarrollo y grupos de defensa de los derechos humanos, cuya campaña para prevenir otras muertes dio lugar a una operación humanitaria internacional.

A medida que la hambruna se propagaba por el país, la MEJN y otros organismos movilizaron a sus militantes y a los medios de comunicación locales. Grupos de la sociedad civil ejercieron presiones en los donantes esgrimiendo datos sobre mortalidad y desnutrición, y se enfrentaron al gobierno hasta que, a finales de febrero de 2002, terminaron por reconocer la hambruna que aquejaba a Malawi. En mayo, entre 1.000 y 2.000 personas habían muerto de inanición o del cólera asociado al hambre.

Esta tragedia fue un momento decisivo para la joven sociedad civil de Malawi, pues demostró que ciudadanos organizados pueden erigirse en defensores de los pobres y en vigilantes del gobierno y los donantes. Actualmente, las ONG figuran en primer plano de la operación de socorro. Los datos suministrados por las ONG locales gozan de mayor credibilidad desde que las estimaciones del sistema internacional de alerta temprana de hambrunas resultaron erróneas por haber omitido el acceso a los alimentos.

La MEJN prepara un programa de instrucción en economía para desarrollar la capacidad de los dirigentes locales de participar en el diálogo y la reforma políticos. “Tenemos que ponernos a pensar juntos, porque 90 por ciento de las soluciones de nuestros problemas está en mano de nosotros, el pueblo de Malawi”, comentó Ollen Mwalabunju, Director del Centro de Derechos Humanos y Rehabilitación.




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