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Federación Internacional, Tayikistán
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Sección uno - Ética y ayuda
Capítulo 2
Desarrollo de la capacidad - Aspectos éticos
En las horas y los días subsiguientes a un desastre, habitualmente,
las comunidades locales emprenden por sí mismas las tareas de búsqueda
y rescate, evaluación de los daños, recuperación de cadáveres y
distribución de suministros de socorro, antes de que lleguen los
organismos internacionales. En lo que respecta a desastres de gestación
lenta como la hambruna, que no captan inmediatamente la atención
de donantes y medios de comunicación, las organizaciones locales
suelen ser las primeras en dar la alerta y, además, siguen bregando
por reducir futuros riesgos, una vez que los organismos internacionales
han partido. Por otra parte, la gente del lugar sabe mucho más que
las organizaciones extranjeras sobre las necesidades y las capacidades.
Si existe una función que dichas organizaciones deberían cumplir
cuando intervienen, ésta es mejorar la capacidad de esa gente para
que asuma el control de las decisiones que inciden en su vida.
Las definiciones de desarrollo de la capacidad van de "ayudar a
la gente para que se ayude a sí misma" al fomento de la democratización
y la responsabilidad gubernamental. Los métodos abarcan la formación
técnica, cursillos de formación de líderes, campañas de alfabetización
y préstamos rotatorios. Un buen desarrollo de la capacidad se reconoce
fácilmente; por ejemplo, tras el terremoto de Perú en 1990, Intermediate
Technology Development Group, organización internacional no gubernamental,
trabajó con los propios damnificados en los planos de viviendas
resistentes a los terremotos. De ahí que en el terremoto del año
siguiente, sus casas quedaran prácticamente intactas.
Ahora bien, el desarrollo de la capacidad no se limita a transferir
conocimientos. En muchos casos, los recursos que aportan las organizaciones
internacionales se esfuman una vez terminado el proyecto en cuestión.
La formación en previsión de desastres sólo da resultado si también
se tiene acceso a sacos de arena, bidones, pastillas de purificación
del agua y rollos de plástico. Impartir formación a los constructores
en técnicas para reducir los daños por avenidas en zonas con riesgo
de inundación no tiene sentido si los habitantes de los barrios
marginales no gozan del derecho de tenencia de la tierra ni se les
ofrece ningún incentivo para mejorar su vivienda. Además, las organizaciones
suelen reforzar las destrezas de la gente del lugar sin ampliar
sus capacidades para ponerlas en práctica. Un verdadero desarrollo
de la capacidad exige crear un entorno fértil donde las semillas
de la formación tengan la posibilidad de germinar.
El desarrollo de la capacidad tampoco se limita a realizar determinadas
actividades, también hay que tener en cuenta el impacto global de
las intervenciones de ayuda. Cuando cientos de organismos internacionales
se precipitan al lugar aquejado por alguna crisis, alquileres y
salarios se disparan socavando gravemente la capacidad de las organizaciones
locales. En Afganistán, por ejemplo, una organización de atención
a la infancia se vio obligada a abandonar su recinto de Kabul porque
los alquileres se multiplicaron por 40 tras la caída del régimen
talibán. La presencia de organismos internacionales puede disuadir
a la gente del lugar de invertir sus propios recursos en la recuperación.
En 1991, tras el terremoto que sacudió Uttarkashi, al pie del Himalaya,
los habitantes se negaron a reconstruir sus casas, incluso hasta
dos años después, porque sabían que los organismos extranjeros lo
harían por ellos.
A menudo, los organismos internacionales basan sus intervenciones
más bien en lo que pueden suministrar que en las verdaderas necesidades
locales. Incluso durante las emergencias, la mayoría de las víctimas
dispone de un sistema de prestación de ayuda que debería respetarse.
Ahora bien, en muchos casos, los organismos se precipitan a una
región y aplican su propio sistema de prestación, lo que puede socavar
las tradiciones locales. Las experiencias de Orissa a Kobe demuestran
que la gente y las estructuras locales constituyen la primera línea
de intervención en casos de desastre.
También son comunes las asociaciones desiguales con organismos locales.
En evaluaciones realizadas recientemente sobre las intervenciones
en los desastres de la India se constató que las mejores fueron
las de aquellos organismos que ya disponían de personal e infraestructura
locales, o bien que establecieron rápidamente asociaciones sólidas
y activas con ONG locales. Aun así, la falta de tales conexiones
no impidió que organismos extranjeros se precipitaran al lugar del
desastre, recurriendo al personal internacional y sembrando la desconfianza
de los organismos locales. Más de una vez, el desarrollo de la capacidad
se ha utilizado simplemente para que organismos extranjeros lleven
a cabo con mayor eficiencia sus propios proyectos de ayuda sin consultar
con los interesados.
Los organismos internacionales pueden socavar las capacidades locales
y nacionales. Pasar por alta las instituciones gubernamentales puede
resultar más eficaz en función de los costos y también puede ser
justificado desde el punto de vista moral, si el gobierno manipula
la distribución de la ayuda. Sin embargo, dejar de lado las autoridades
legítimas también puede considerarse como una forma de interferencia
política.
Muchas organizaciones de ayuda llevan a cabo sus intervenciones
rigiéndose por su propio programa; este último no debe fundarse
en sus propios intereses sino en una clara declaración de misión,
por ejemplo, promover los derechos de la mujer y el niño. También
puede ocurrir que dicho programa no sea prioritario para las comunidades
damnificadas por desastres. Por ejemplo, se criticó a Oxfam por
haber suspendido entre 1996 y 1997 su labor fundamental en el suministro
de agua de Afganistán, porque se negaba a las mujeres la posibilidad
de participar. Esta decisión se tomó a pesar de que las propias
afganas ya hubieran declarado que negar posibilidades a las mujeres
no debería servir de justificación para interrumpir la ayuda.
Muchos argumentarán que los organismos extranjeros tienen el deber
moral de utilizar las situaciones de desastre para abordar las causas
de la vulnerabilidad. Ahora bien, luchar contra la pobreza, la marginación,
el desarrollo inadecuado, el mal gobierno o el deterioro del medio
ambiente implica poner en juego las estructuras de poder del país
en cuestión. ¿En qué consiste el deber moral de los organismos humanitarios?
Las intervenciones ulteriores a los desastres pueden tener un impacto
muy positivo. Después del terremoto de Latur, India, en 1993, se
impartió formación sobre construcción de casas más seguras a las
integrantes de organizaciones locales de mujeres de 300 pueblos,
y también se ofreció asesoramiento técnico a amas de casa y funcionarios
gubernamentales. Gracias a ello, las mujeres pudieron tener una
participación más activa en otras iniciativas de desarrollo. Aun
así, conseguir un cambio social duradero es tarea a largo plazo.
Los organismos deben ser honestos acerca de lo que pueden lograr
según el contexto y los recursos disponibles. En muchos casos, los
proyectos sólo servirán para combatir algunas causas inmediatas
de vulnerabilidad. Si los proyectos destinados a dotar a las comunidades
de medios para que se valgan por sí mismas no prevén seguir ofreciendo
recursos a la gente para que aplique lo aprendido, entonces, las
elites tradicionales tratarán de volver a imponer su autoridad.
De todo ello se desprende que no es ético iniciar algo que no se
pueda terminar.
Por lo general, resulta difícil evaluar los proyectos de desarrollo
de la capacidad utilizando indicadores convencionales. En las operaciones
de socorro la presión de distribuir suministros es intensa y prima
sobre los programas a largo paso para resistir mejor a los desastres.
Entonces, ¿cómo sopesar los beneficios a corto plazo y los beneficios
a largo plazo? Es preciso que los organismos adopten métodos de
evaluación del impacto más complejos que el simple recuento de los
resultados materiales que se utiliza habitualmente.
El desarrollo de la capacidad no siempre da resultado. Cuando los
organismos extranjeros propulsan el cambio estructural, se corre
el riesgo de que las comunidades que se encuentran en primera línea
de riesgo paguen las consecuencias de cualquier descontento oficial.
Las organizaciones deben analizar tanto repercusiones tanto positivas
como negativas de su labor en materia de desarrollo de la capacidad
y determinar las demás condiciones que hacen falta para que se opere
verdaderamente un cambio.
El desarrollo de la capacidad plantea cuestiones complejas que no
es fácil solucionar. Sea como fuere, hay que hacerse dos preguntas
simples y fundamentales. La primera, ¿qué quieren y qué necesitan
verdaderamente las personas vulnerables y los damnificados por desastres?
La segunda, ¿contribuyen nuestras acciones a satisfacer realmente
esas necesidades?
A partir de estas dos preguntas surgen otras más concretas, a saber:
¿Estamos verdaderamente desarrollando la capacidad o simplemente
transfiriendo conocimientos? ¿Cómo garantizar que toda medida y
toda decisión que se tomen tengan el impacto más positivo posible
en la capacidad local? A veces, hacerse estas preguntas simples
es lo que más se necesita.
Capítulo escrito por Jennifer
Roweill, CARE International, Reino Unido, y John Twigg, University
College. El texto del recuadro es de Mercedes Sayagues, periodista
independiente.
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Las ONG de Malawi entablan el debate
sobre desastres e intervención en casos de desastre
“Esas muertes podrían haberse evitado”, afirma
Collins Magalasi, refiriéndose a los 398 muertos de inanición
en Malawi entre diciembre de 2001 y marzo de 2002. Magalasi
es el coordinador de la red por la justicia económica
en Malawi (conocida por la sigla en inglés MEJN) integrada
por 45 grupos eclesiásticos, grupos de desarrollo y grupos
de defensa de los derechos humanos, cuya campaña para
prevenir otras muertes dio lugar a una operación humanitaria
internacional.
A medida que la hambruna se propagaba por el país,
la MEJN y otros organismos movilizaron a sus militantes y
a los medios de comunicación locales. Grupos de la
sociedad civil ejercieron presiones en los donantes esgrimiendo
datos sobre mortalidad y desnutrición, y se enfrentaron
al gobierno hasta que, a finales de febrero de 2002, terminaron
por reconocer la hambruna que aquejaba a Malawi. En mayo,
entre 1.000 y 2.000 personas habían muerto de inanición
o del cólera asociado al hambre.
Esta tragedia fue un momento decisivo para la joven sociedad
civil de Malawi, pues demostró que ciudadanos organizados
pueden erigirse en defensores de los pobres y en vigilantes
del gobierno y los donantes. Actualmente, las ONG figuran
en primer plano de la operación de socorro. Los datos
suministrados por las ONG locales gozan de mayor credibilidad
desde que las estimaciones del sistema internacional de alerta
temprana de hambrunas resultaron erróneas por haber
omitido el acceso a los alimentos.
La MEJN prepara un programa de instrucción en economía
para desarrollar la capacidad de los dirigentes locales de
participar en el diálogo y la reforma políticos.
“Tenemos que ponernos a pensar juntos, porque 90 por
ciento de las soluciones de nuestros problemas está
en mano de nosotros, el pueblo de Malawi”, comentó
Ollen Mwalabunju, Director del Centro de Derechos Humanos
y Rehabilitación.
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