A principios de 2003, la inanición acechaba a 15 millones
de personas en todo África meridional, pero en realidad,
los primeros signos de que se estaba gestando una crisis se detectaron
a mediados de 2001. A pesar de las alertas que dieron poco después
las organizaciones no gubernamentales (ONG), los gobiernos de la
región negaron que hubiera una emergencia y durante nueve
meses los donantes aplazaron su respuesta.
A mediados de 2002, en Malawi habían muerto más de
1.000 personas de inanición y cólera, agravado por
la hambruna, sin contar las consecuencias de la incidencia del VIH/SIDA.
Estas muertes podían haberse evitado, por lo que cabe preguntarse
por qué se ignoraron las alertas tempranas o, simplemente,
se dijo que no se justificaban.
En 2001-2002, se estaban aplicando tres sistemas para trazar mapas
de vulnerabilidad: FEWSNET, de la Agencia de los Estados Unidos
para el Desarrollo Internacional (USAID), que se basa en datos suministrados
por satélites; las evaluaciones del Programa Mundial de Alimentos
y de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura
y la Alimentación (FAO) que se centran en la producción
y la disponibilidad de alimentos en toda una zona, y la evaluación
de la Fundación Save the Children (FSC) que es el único
método que analiza el acceso de la gente a los alimentos,
y el papel que desempeñan los bienes de los hogares para
hacer frente a sequías o inundaciones.
A mediados de 2001, FEWSNET informó que en Malawi, la producción
de maíz disminuiría de un tercio, pero que esta pérdida
sería compensada por una buena cosecha de tubérculos.
Esta estimación demasiado optimista contribuyó a que
los donantes postergaran sus respuestas. Sin embargo, a finales
de 2001, el análisis de la FSC reveló que el precio
del maíz había aumentado 340 por ciento, que la producción
había disminuido de 40 por ciento y que la gente más
pobre se había quedado sin alimentos. Asimismo, la FSC advirtió
que la carestía aquejaba a todo el país, pero se le
acusó de exagerar.
Los organismos de las Naciones Unidas y el gobierno de Malawi sólo
reaccionaron cuando la FSC informó que la desnutrición
se había duplicado, ascendiendo a 19 por ciento en algunos
distritos. Incluso en ese momento, algunos donantes aplazaron la
asignación de fondos hasta julio de 2002. Reforzar la seguridad
alimentaria y los sistemas de supervisión de los medios de
sustento a escala nacional, y mejorar la coordinación de
los donantes respecto a la comunicación de alertas tempranas
son elementos fundamentales para prevenir futuras hambrunas.
La carestía se ha visto agravada por el VIH/SIDA del que
han muerto centenares de miles de personas en África meridional.
La pandemia atenaza la región desde hace más de un
decenio y, a pesar de tres años de inseguridad alimentaria,
se tiene la impresión de que falta voluntad política
y financiera para abordar esta compleja emergencia.
Las tasas de incidencia del VIH van de 15 por ciento en Malawi
a 33 por ciento en Zimbabwe. El continente alberga el 75 por ciento
de los 42 millones de personas que viven con el VIH/SIDA en el mundo
entero. La hambruna aviva la pandemia. Los alimentos nutritivos
ayudan a las personas seropositivas a vivir más tiempo y
en condiciones más sanas, pero la falta de ellos acelera
la evolución de la enfermedad. Las privaciones y la desesperación
propician conductas de alto riesgo, tales como aceptar mantener
relaciones sexuales a cambio de comida y dinero.
Dado que el mayor número de víctimas mortales del
sida son adultos jóvenes, las familias pierden el sostén
que representan los ingresos y las calificaciones de sus integrantes
más productivos. En un hogar de campesinos de Zimbabwe, una
de estas muertes equivale a una reducción de 60 por ciento
de la producción de maíz. En Malawi, debido al VIH/SIDA,
la esperanza de vida ha pasado de 46 a 36 años.
Las familias venden sus bienes para pagar la atención médica
y los funerales. Los niños desertan las aulas para ocuparse
de la casa, atender al enfermo y ganar dinero. Hay tantos huérfanos
–470.000 en Malawi y 800.00 en Zimbabwe– que la familia
extendida no puede ocuparse de ellos.
El tejido social está a punto de romperse. A pesar de que
la pérdida de la cosecha en 1992 fuera mucho más grave,
durante la peor sequía de la que se tenga memoria, el pueblo
de Malawi resistió. Durante 10 años, la combinación
de VIH/SIDA, pauperización y pérdida de cosechas han
gestado otro desastre.
Esta combinación letal de sida, pobreza y hambre ha precipitado
a los organismos de ayuda en una espiral de aprendizaje que da por
tierra con los compartimentos artificiales de emergencia, recuperación
y desarrollo. El sida es causa y consecuencia de la pobreza. ¿Desde
el punto de vista moral, sigue siendo defendible que los organismos
de socorro intervengan frente a este desastre humanitario sin abordar
sus causas?
La política ha sido otro factor de la carestía en
África meridional, pero la mayoría de los organismos
internacionales de ayuda ha evitado criticar directamente a las
autoridades de la región. En Malawi, el hecho de que el gobierno
vendiera toda la reserva de granos, justo antes de que la hambruna
se propagara por el país, se sigue siendo objeto de controversia,
porque además, no se sabe qué fue del dinero obtenido
de esa venta. En Zimbabwe, el ZANU-FP, partido del Presidente Mugabe,
ha sido acusado de dejar morir de hambre a sus opositores y alimentar
a sus correligionarios.
A principios de 2003, 7.000.000 de habitantes de Zimbabwe, más
de la mitad de la población, necesitaban ayuda alimentaria.
La caótica confiscación de tierras ha destruido la
agricultura comercial y la temporada seca de 2002 agravó
el desastre. La inflación anual es de 180 por ciento; la
producción de cereales ha disminuido de dos tercios y uno
de cada tres adultos es seropositivo.
El gobierno negó la carestía hasta después
de los violentos comicios de marzo de 2002 en los que Mugabe fue
reelecto. Según informes internacionales, el ZANU-PF politizó
la hambruna negando a los opositores el acceso a la ayuda alimentaria
y permitiendo que los aliados del partido lucraran revendiendo el
barato maíz estatal a precios mucho más altos en el
mercado negro, y obstaculizando las operaciones de los organismos
de ayuda.
En diciembre de 2002, Food Security Network (FOSENET), agrupación
de 24 ONG de Zimbabwe, documentó la manipulación política
de la ayuda alimentaria y el suministro de cereales por parte del
gobierno en 38 por ciento de los distritos que abarcaba la encuesta.
FOSENET hizo un llamamiento a todas las ONG y a la ONU para que
se solidarizaran frente a la interferencia gubernamental, pero la
idea no prosperó. Según el Grupo Internacional de
Crisis, “en Zimbabwe, la debilidad del liderazgo de la ONU
comprometió la capacidad de los organismos de ayuda de prestar
asistencia a los necesitados”. De ahí que las protestas
se dejaran en manos de los militantes de Zimbabwe, lo que pone en
peligro sus medios de sustento, su seguridad y sus familias. Varios
de ellos, incluidos líderes de la iglesia, fueron arrestados
y torturados.
En medio de esa situación, ¿en qué medida
los organismos de ayuda pueden seguir insistiendo en los principios
humanitarios universales? En el otoño septentrional de 2002,
el gobierno suprimió todas las operaciones de la FSC, incluida
la ayuda alimentaria vital para más de 150.000 personas vulnerables
del Valle de Zambeze porque, en ese distrito, la oposición
había conseguido muchos votos y se sospechaba que dicha fundación
hubiera politizado la ayuda alimentaria para que la gente cambiara
su voto.
Los defensores de los derechos humanos instaron a los organismos
a adoptar una posición abiertamente crítica frente
al gobierno por negar a los hambrientos el derecho de recibir ayuda
alimentaria, lo que vulnera los derechos humanos. Los miembros del
personal de la FSC optaron por una propuesta más discreta,
argumentando que ningún otro organismo podía alimentar
a esta población con tanta eficiencia como ellos, por lo
que preferían negociar una solución rápida
con las autoridades, en lugar de comprometer las distribuciones
de alimentos debido a una confrontación moral.
Siete semanas después de que se suspendiera la ayuda, la
FSC firmaba un nuevo acuerdo con el gobierno y reanudaba sus programas.
Dicho acuerdo contiene los cuatros principios fundamentales que
han regido las intervenciones de la FSC desde 2001, a saber: