Tras el 11 de septiembre de 2001, Afganistán dejó
de ser un país prácticamente olvidado para ocupar
el primer plano de la atención mundial. El ataque liderado
por EE.UU. que derrocó el régimen talibán sentó
las bases de la transición política y la posibilidad
de establecer la paz después de más de 20 años
de guerra. Aun así, subsisten problemas. Se arguye que la
seguridad es peor ahora que bajo dicho régimen. Las operaciones
de ayuda cívicomilitares pueden comprometer la neutralidad
e imparcialidad del quehacer humanitario. El gobierno incipiente
se queja de que se ofrezca mucha más ayuda de socorro que
para la reconstrucción a largo plazo. Las cuestiones morales
relativas a la producción de drogas y las violaciones de
derechos humanos, que constituyeron el núcleo de la condena
internacional del régimen talibán, aún no se
han abordado como corresponde.
La estrategia de guerra de Estados Unidos, que consistió
en armar a la oposición afgana para expulsar a los talibanes,
dio lugar a que los panjshiris de la Alianza del Norte dominen la
escena política en detrimento de los pashtuns, el grupo étnico
más numeroso del país. Paralelamente, la elección
de los integrantes de la Autoridad de Transición Afgana (ATA)
por parte de la loya jirga (gran asamblea) se vio distorsionada
por la intimidación de grupos armados. De ahí que
la transferencia del poder a una autoridad de base más amplia
no tuviera lugar y que la ATA no goce aún de credibilidad
en el país.
Las organizaciones de ayuda, que se rigen por los principios de
imparcialidad e independencia deberían negarse a colaborar
con la ATA? La ayuda internacional es determinante para que dicha
autoridad pueda ofrecer prestaciones a los ciudadanos. Si la ATA
se desmiembra, muy probablemente vuelva a estallar un conflicto
armado y éste es el principal temor de la mayoría
de los afganos. Por lo tanto, la colaboración con la ATA
debe regirse por principios estrictos. Durante el régimen
talibán, los organismos de ayuda convinieron en que esa colaboración
debía prestarse únicamente en función de las
necesidades y no debía ofrecer ninguna ventaja política
o militar a los beligerantes. Ahora bien, da la impresión
de que después del 11 de septiembre, la cuestión de
los principios haya desaparecido del programa de ayuda. Los derechos
de las mujeres se siguen vulnerando. En 2002, la producción
de opio ascendió a 3.400 toneladas, es decir, 20 veces más
que en 2001 y se prevé que en 2003 sea todavía mayor.
Aproximadamente dos tercios de las sumas de dinero prometidas en
la conferencia de donantes, celebrada en Tokio en enero de 2002,
se destinó a la asistencia humanitaria y sobre todo a ayuda
alimentaria. A pesar de que 24 años de guerra hayan generado
necesidades crónicas de emergencia, la solución no
reside en la acción humanitaria, que de por sí es
de corta duración, ni en las dádivas o la dependencia
del personal extranjero. La ATA mantiene que la ayuda alimentaria
distorsiona la economía agrícola porque hace bajar
los precios y disuade a los agricultores de plantar trigo.
A fin de que Afganistán resuelva estos problemas habrá
que tomar una decisión difícil, es decir, optar por
una prestación de ayuda material, rápida y de carácter
general, o bien, por el desarrollo de capacidades que es más
lento. Ahora bien, la presencia de cientos de organizaciones internacionales
(350 ONG internacionales, 670 funcionarios de la ONU, y docenas
de embajadas) puede socavar las capacidades afganas cuando, en realidad,
lo que hace falta es cimentarlas. Alquileres y salarios se han disparado,
dejando al gobierno sin la poca pericia y experiencia que quedaban
en el país. Por ejemplo, en la embajada de EE.UU. el salario
mensual de un chofer afgano asciende a más de 500 dólares,
mientras que un doctor del servicio público gana 45 dólares
por mes.
En ningún otro campo las cuestiones éticas son tan
graves como en la esfera de los derechos humanos. En más
de dos decenios de conflicto armado, todas las partes vulneraron
esos derechos, incluidos aquellos que hoy están en el poder.
Entonces, la pregunta fundamental es: ¿puede haber paz sin
justicia?
En el Acuerdo de Bonn, firmado en diciembre de 2001, se recomendaba
nombrar una Comisión de Derechos Humanos, pero ésta
nunca contó con recursos suficientes. Asimismo, se encomendaba
que la ONU abordara la cuestión de los derechos humanos,
pero el Representante Especial de dicha organización mantuvo
que, actualmente, es imposible que haya paz y justicia, y que los
derechos humanos deben enfocarse desde la perspectiva global de
garantizar una transición pacífica. Quienes discrepan,
entienden que esta posición supone sacrificar la labor relativa
a los derechos humanos en aras de la estabilidad a corto plazo.
Las violaciones de derechos humanos no terminaron con la derrota
de los talibanes, ya que los pashtunes del norte fueron agredidos
simplemente por pertenecer al mismo grupo étnico. Las fuerzas
militares afganas, acusadas de estas violaciones, eran aliadas de
las fuerzas de coalición que, indudablemente, no protegieron
a los civiles como corresponde. En todo el país se vulneraron
los derechos humanos, incluso durante el establecimiento de la loya
jirga, por lo que cabe interrogarse sobre la libertad y la
equidad de las elecciones previstas para 2004.
Condenar no basta. Víctimas o testigos de violaciones de
derechos humanos, la comunidad debe proteger a los afganos para
evitar que corran mayor peligro. Dado que los derechos humanos fueron
el núcleo de las negociaciones de occidente con los talibanes,
no es de extrañar que muchos afganos se sintieran abandonados
al ver que no se tomaban medidas inmediatamente.
La seguridad es lo más importante para el ciudadano medio.
Sin embargo, se sigue deteriorando, en parte, porque las tropas
de la coalición han armado a los señores de la guerra
locales. A principios de 2003, el desarme había apenas comenzado
y la formación de efectivos de la policía y las fuerzas
armadas afganas avanzaba a duras penas.
Mientras tanto, los poderes occidentales se mostraban renuentes
a desplegar más allá de Kabul a la Fuerza Internacional
de Asistencia de Seguridad. En cambio, a finales de 2002, se crearon
equipos provinciales de reconstrucción (EPR), integrados
por civiles y militares, encargados de apoyar la reconstrucción
y de eliminar las “causas de inestabilidad” en todo
el país. Ahora bien, por lo que atañe al pueblo afgano,
las organizaciones humanitarias prefieren mantener una clara distinción
entre funciones humanitarias y funciones militares, ya que sin ella,
los trabajadores que prestan esa ayuda pueden perder la protección
que entrañan la independencia y la neutralidad.
El peligro es grave, principalmente en aquellas zonas donde murieron
inocentes a raíz de la guerra contra el terror a la que se
libra el gobierno estadounidense; citemos como ejemplo, el ataque
aéreo de una fiesta de bodas, cerca de Kandahar, perpetrado
en junio de 2002, en el que murieron 54 civiles afganos. En marzo
de 2003, un trabajador de la ayuda internacional fue asesinado en
esa misma provincia mientras que sus colegas afganos salieron indemnes.
Cuando las fuerzas de la coalición empezaron a bombardear
Afganistán, los líderes mundiales prometieron que
no partirían y que ayudarían a reconstruir el país.
Los afganos siguen esperando. La inseguridad y el poder de los señores
de la guerra imperan y será difícil que haya un verdadero
avance hacia un gobierno plenamente representativo o una reconstrucción
sustancial. La ayuda no puede resolver todos estos problemas que
exigen un compromiso político sostenido con este país.
Afganistán necesita asistencia a largo plazo, pero sólo
recibe ayuda humanitaria a corto plazo. De ahí que no se
haya logrado abordar las crisis crónicas que aquejan al país
y que se socaven las capacidades nacionales. La mayoría de
estos problemas era previsible, habida cuenta de las experiencias
de Bosnia, Kosovo y Timor Oriental, del aumento vertiginoso de los
alquileres a la inflación de salarios, pasando por la distorsión
de prioridades y la falta de protección. Urge avanzar en
lo que respecta a: