Hoy en día, más de 175 millones de personas no viven
en su tierra natal, es decir, el doble que en 1975. En muchos casos
se trata de emigrantes económicos, que huyen de la pobreza
o la pauperización, y representan un importante recurso de
desarrollo para su respectivo país, pues en conjunto, transfieren
unos 80.000 millones de dólares a los países en desarrollo
mientras que la ayuda mundial asciende a 50.000 millones de dólares.
Si bien es cierto que muchos optan por emigrar, decenas de millones
se ven obligados a huir debido a condiciones que ponen en peligro
su vida. Por otra parte, el derecho y las instituciones internacionales
distan de protegerlos y el drama que viven es un desastre olvidado.
La Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, adoptada
en 1951 por la ONU, ampara a toda persona que haya atravesado una
frontera nacional y tenga “fundados temores de ser perseguida”
si vuelve a su país natal. Actualmente, hay unos 16 millones
de refugiados en el mundo entero. Ahora bien, aunque quienes huyen
de la guerra, los desastres naturales, la violencia o la pauperización
son muchos más, por lo general, no se les considera refugiados.
Aquellos que no atraviesan fronteras nacionales son “desplazados
internos” (DI), y en el mundo hay unos 25 millones. Lo que
más preocupa es su seguridad porque el simple hecho de llegar
hasta ellos, en muchos casos, sigue siendo muy difícil. Se
estima que en el mundo hay otros 25 millones de “emigrantes
ambientales” que huyeron de desastres naturales o tuvieron
que partir debido a proyectos de desarrollo tales como la construcción
de represas y carreteras. Además, cada año 4.000.000
de personas son víctimas de la trata.
El drama de millones de emigrante forzosos plantea serias cuestiones
de orden ético y jurídico. La definición de
refugiado de la citada convención excluye a quienes no pueden
demostrar que serán víctimas de persecución
en su país natal. Además, estipula claramente que
los refugiados tienen derecho a la protección internacional
mientras que un número mucho mayor de emigrantes forzosos
siguen siendo vulnerables y no gozan de protección alguna.
La ONU ha establecido principios rectores para ayudar a los DI,
pero ninguno de sus organismos tiene mandato de ayudarles. Técnicamente,
incumbe a los gobiernos nacionales ocuparse de ellos, pero millones
no reciben ayuda alguna.
Asimismo, las políticas de asilo de los países desarrollados
comprometen considerablemente la seguridad y los derechos de refugiados
e inmigrantes. Australia, por ejemplo, rechaza a los inmigrantes
que llegan por barco y los envía a otros países del
Pacífico. En el Norte, se ponen constantemente escollos a
los solicitantes de asilo, ya sea imponiendo requisitos estrictos
para otorgar visados y sanciones a los “transportistas”
o dando largas a la decisión sobre las solicitudes. Las autoridades
argumentan que todas estas medidas desalientan a los “falsos”
solicitantes de asilo, pero ello no quita, que exponga a un enorme
riesgo a los “auténticos refugiados”, haciendo
que caigan en manos de traficantes, junto con otros emigrantes,
lo que propicia el crimen organizado y expone a un riego aún
mayor a los emigrantes forzosos. Si los países ricos restringen
las solicitudes de asilo, los Estados menos ricos que se encuentran
en primera líneas, tales como Irán y Pakistán
que han acogido refugiados por años y años, pueden
verse tentados de hacer lo mismo. Una solución para reducir
las tensiones que experimentan los sistema de asilo “del Norte”,
sería otorgar permisos de trabajo a los emigrantes económicos.
Mientras que los Estados ricos gastan miles de millones de dólares
en procedimientos de asilo ineficaces, la cantidad de fondos que
destinan al número muchísimo mayor de emigrantes de
los países en desarrollo ha disminuido tanto que supone un
verdadero peligro.
A raíz de estos recortes de fondos, en 2002, hubo que disminuir
la ración alimentaria de millares y millares de refugiados,
lo que agravó la desnutrición. Hoy en día,
la verdadera “crisis del asilo” estriba en que se gasta
demasiado dinero para impedir que los solicitantes de asilo entren
en el Norte y no lo suficiente para ayudarles en el Sur.
Lo peor es que cada año, en el mundo entero, hasta 4.000.000
de mujeres y niños son víctimas de la trata. Explotación
sexual con fines comerciales, servicio doméstico, empresas
que explotan al personal, producción agrícola y restaurantes
son el paradero de las víctimas de la trata a quienes se
puede obligar a trabajar largos períodos en condiciones semejantes
a la esclavitud y contra su voluntad. Algunos emigrantes pueden
estar de acuerdo en que se les transporte clandestinamente a otros
países, pero luego, se ven obligados a trabajar para reembolsar
los gastos de los traficantes de seres humanos; por ejemplo, 50.000
dólares para ir de China a Estados Unidos.
Existen medios jurídicos, educativos y de defensa de derechos
para luchar contra la trata. Hacer cumplir las leyes puede disuadir
a esta clase de delincuentes y empleadores, pero, por lo general,
las condenas son peores para las víctimas que para dichos
traficantes. El objetivo de las estrategias de educación
deberían ser quienes recurren a la trata y los efectivos
encargados de interceptar esas operaciones. Además, los inmigrantes
ilegales tienen derecho a ser protegidos de agresiones físicas
y a gozar de la protección que ampara a los testigos para
poder testimoniar libremente contra quienes los capturaron. También
es preciso ayudarles para que puedan volver a salvo a su país.
Desde el 11 de septiembre de 2001, los controles de inmigración
son mucho más estrictos. En Estados Unidos, los nacionales
de 25 países, principalmente islámicos, están
obligados a inscribirse en el registro de las autoridades de inmigración,
lo que preocupa por motivos de discriminación. Inevitablemente,
la inestabilidad de algunos países, que es terreno fértil
para el terrorismo, también contribuye a que mucha gente
huya por ese mismo motivo. Seguir aplicando políticas generosas
en materia de refugiados frente a las amenazas terroristas supone
un reto para todos los países.
Una vez que los emigrantes llegan al país de destino, sus
derechos suelen estar muy poco protegidos. Por ejemplo, la Convención
internacional sobre la protección de los derechos de todos
los trabajadores migratorios y de sus familiares, adoptada en 1990
y que debería entrar en vigor en julio de 2003, no ha sido
ratificada por ninguno de esos “países de destino”.
Ahora bien, de conformidad con el derecho consuetudinario, los Estados
tienen el deber de proteger los derechos de todos aquellos que residen
en su territorio, incluidos los inmigrantes ilegales. La detención
de niños no puede justificarse bajo ningún concepto,
sin embargo, en Australia, Canadá, Estados Unidos y el Reino
Unido se detiene a niños inmigrantes que no superan la prueba
de la solicitud de asilo. Es imprescindible que muchos países
establezcan y apliquen programas de lucha activa contra el racismo,
la xenofobia y la discriminación.
En un mundo cada vez más interconectado, la cooperación
multilateral es esencial para abordar la cuestión de la migración
mundial. Pocos países están en condiciones de erigir
barreras suficientes para acabar con la inmigración clandestina
y las disposiciones de los instrumentos de derechos humanos limitan
acertadamente las opciones de un país. Refugiados aparte,
no existe ningún sistema internacional que estipule normas
acerca de los desplazamientos de población ni que permita
calcular los costos y las ganancias de la migración. Los
deberes de los Estados respecto a los migrantes forzosos aún
no se han definido claramente. De ahí que urja establecer
nuevos marcos jurídicos y las consiguientes instituciones
internacionales.
La Convención sobre el Estatuto de los Refugiados (1951)
ya no basta para proteger a todos aquellos que se ven obligados
a huir de condiciones que ponen en peligro su vida. La búsqueda
de soluciones jurídicas y humanitarias avanza lentamente
por la falta de datos que permitan detectar a las personas en cuestión.
Se debería considerar con detenimiento, la posibilidad de
nombrar un Alto Comisionado para los Migrantes Forzosos, que garantice
un trato justo a todos ellos.
Además, la comunidad internacional debe volver a dotarse
de fondos suficientes para ofrecer condiciones seguras a la mayoría
de los refugiados que permanecen en los países en desarrollo.
Por su parte, los países desarrollados podrían mejorar
la protección ofreciendo posibilidades de reasentamiento
y garantizando que toda repatriación sea segura y voluntaria.
Levantar estos retos es complicado por la doble amenaza que suponen
el terrorismo y la trata; por el bien de todos hay que combatirlos,
pero la seguridad no debe servir de excusa para no velar por la
seguridad de los migrantes forzosos.
Capítulo y texto del recuadro escritos por Susan F.
Martin de la Universidad de Georgetown, Washington D.C., Estados
Unidos.