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Publicaciones: Informe mundial sobre desastres 2003
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Yoshi Shimizu/Federación Internacional, Sierra Leone
 
Sección dos - Acerca del sistema

Capítulo 7
Medición de los desastres: retos, posibilidades y ética

Cuántos muertos y damnificados por desastres hay en el mundo cada año? ¿Dónde y cuándo sobrevienen desastres? ¿Qué causa las muertes? Aparentamente, estas preguntas son simples, pero las respuestas son de capital importancia para tomar decisiones con conocimiento de causa. La ayuda humanitaria tiende a seguir la ola de los conflictos armados más notorios. Las crisis sobre las que se informa poco o cuya importancia es menor desde el punto de vista estratégico captan menos ayuda. Faltan datos exactos y fidedignos sobre los desastres en general, y las guerras y las hambrunas en particular. Sin ellos, miles de víctimas mueren antes de que las organizaciones haya registrado siquiera sus necesidades. Los datos inexactos pueden dar lugar a decisiones erróneas que, a su vez, pueden costar vidas o contribuir al despilfarro de recursos valiosos. Además, sin información exacta sobre las necesidades mundiales, nadie puede juzgar si el gasto humanitario es realmente imparcial.

Existen varias bases de datos mundiales. La base de datos sobre emergencias, conocida por la sigla EM-DAT, del Centro de Investigación sobre la Epidemiología de los Desastres, con sede en Bélgica, recoge y permite analizar datos sobre desastres desde 1998. Otras bases de datos son operadas por compañías de reaseguro como Swiss RE y Munich Re, grupos regionales como Desinventar de América Latina, y centros académicos. Pero estas bases no están interconectadas, y resulta difícil hacer comparaciones. Establecer vínculos entre los sistemas de información sobre desastres de carácter mundial y aquellos de carácter local también es difícil porque las definiciones, los métodos de recolección y la utilización de los datos difieren enormemente.

Algunas bases de datos nacionales incluyen cualquier suceso, por insignificante que sea , que haya provocado muertes y daños. En el caso de EM-DAT, se califica desastre cualquier suceso en el que haya habido 10 muertos como mínimo y/o 100 damnificados o más y se haya hecho un llamamiento de ayuda internacional, se haya declarado el estado de emergencia, o ambos. Esta definición permite tener en cuenta desastres significativos y evitar la sobrecarga de información. Las bases de datos de las compañías de reaseguro se centran en todo lo que se refiere a seguros y daños económicos, sobre todo en casos de desastres naturales y no de emergencias complejas, por lo que sus estimaciones de pérdidas suelen guardar muy poca relación con el volumen de las necesidades de orden humanitario. Además, cabe señalar que la mayoría de estas bases de datos, incluyendo la EM-DAT, no cuantifican el ingente sufrimiento humano que generan conflictos armados, hambrunas y enfermedades.

Por otra parte, las metodologías de evaluación utilizadas difieren enormemente. No hay acuerdo acerca de la definición de “daminificado” ni sobre cuantos hogares han de evaluarse para hacerse una idea general. Los resultados de los organismos no pueden compararse porque métodos y definiciones no están sistematizados y, dado que habitualmente los métodos no se evalúan, es difícil juzgar la calidad de los datos obtenidos. Además, la interpretación de los datos también plantea problemas, principalmente en contextos caóticos y sumamente politizados, cuando no se dispone de los datos esenciales de la situación previa al desastre en cuestión.

EM-DAT utiliza datos de varias fuentes. En casos de desastre, la evaluación de necesidades llevada a cabo por equipos estatales o humanitarios suministran datos primarios sobre problemas concretos. Por lo general, estos datos se consignan en los informes consolidados del país o la región (datos secundarios) que preparan la ONU o la Cruz Roja y la Media Luna Roja, y EM-DAT los clasifica por orden de prioridad cuando suministra un panorama independiente. A veces, cuando no se dispone de ninguna otra fuente, se utilizan datos terciarios, (por ejemplo, crónicas de los medios de comunicación).

La clave para recolectar buenos datos reside en tener acceso a los necesitados, pero, a menudo, llegar a las zonas de guerra y las zonas siniestradas resulta muy difícil o peligroso. Por otra parte, los desplazamientos de población imprevistos dificultan aún más la obtención de datos exactos. La mayoría de las víctimas mueren fuera de los centros de socorro y es imposible conocer el número exacto, incluso en los campamentos de refugiados. En el decenio de 1990, en Bangladesh, las muertes en los campamentos de refugiados se contabilizaban utilizando la vigilancia “pasiva” (muertes de las que se informaba al personal) y la vigilancia “activa” (recuento de tumbas y entrevistas a familiares). Justo antes de una crisis de salud de grandes proporciones, los datos de la vigilancia pasiva indicaban que la mortalidad disminuía, mientras que la vigilacia activa demostraba que, en realidad, era tres veces mayor y estaba en aumento. Si las decisiones se hubieran basado en la vigilancia pasiva, la situación se hubiera subestimado y las consecuencias hubieran sido catastróficas. La vigilancia activa, en cambio, desencadenó una intervención de urgencia y demostró que los datos exactos y oportunos pueden salvar vidas.

En el caso de las emergencias complejas, las estimaciones de la tasa de mortalidad suelen basarse en encuestas restrospectivas por muestreo aleatorio o en la vigilancia activa en determinados lugares. Posteriormente, esas tasas se extrapolan para estimar las muertes en una zona más amplia. En una serie de estudios sobre mortalidad se estimaba que durante la guerra en la República Democrática del Congo (RDC) habían muerto 3.300.000 personas entre 1998 y 2002; 86% de esas muertes habían sido causadas por desnutrición y enfermedades transmisibles.

Estos cálculos suelen ser objeto de controversia pues se basan en el supuesto de que los factores de mortalidad del lugar donde se llevó a cabo la encuesta son similares en zonas más grandes, o en la hipótesis de que las estadísticas de población y las estadísticas de mortalidad, previas al desastre, son exactas. Ahora bien, en las situaciones de conflicto armado, por lo general, esos datos básicos no existen. Aún así, no es ético ignorar los datos de emergencias complejas y centrarse únicamente en aquellos que provienen de zonas más seguras y acequibles. También es incorrecto desechar datos simplemente porque son malas noticias. Los organismos humanitarios tienen el deber moral de investigar precisamente en esas zonas donde los datos son incompletos pero revelan una catástrofe latente de grandes proporciones.

Las encuestas de mortalidad llevadas a cabo en la RDC indican que el número de muertos de desnutrición y enfermedades relacionadas con la guerra supera con creces el total de muertos en los desastres naturales del último decenio. Según la Organización Mundial de la Salud, en 1998, las enfermedades transmisibles cobraron 13.300.000 vidas en todo el mundo. Entonces, ¿habría que calificar de desastre la malnutrición y las enfermedades? La pandemia del VIH/SIDA, indudablemente es un desastre. En Kenya, el número diario de muertos de sida equivale al número pasajeros de dos aviones 747 que se estrellaran cada día. Sin embargo, las bases de datos sobre desastres rara vez incluyen datos sobre el VIH/SIDA. A fin de que el sistema humanitario mundial pueda mitigar el sufrimiento en todas partes, basándose únicamente en la necesidad, es indispensable contar con datos sobre todas las causas de mortalidad. Además, dichas bases deberían incluir una nueva categoría, la de “emergencias complejas”, en la que se combinen los datos sobre la mortalidad de las guerras, la violencia, las hambrunas y las enfermedades.

Las emergencias complejas plantean problemas particulares tales como definir a quien se considera damnificado y por qué motivo. Citemos el ejemplo de Malawi, atrapado desde 1994 en un ciclo de inundaciones, sequías, inseguridad alimentaria y epidemias. Si nos limitamos únicamente a los primeros desastres, inundaciones y sequía, corremos el riesgo de subestimar el impacto global. Si bien hubo pocos muertos en las inundaciones, no sabemos cuantos sufrieron o murieron de las consecuencias secundarias (hambre, desnutrición y enfermedades). Al respecto, cabe señalar que las cifras que se dan son inexactas o, simplemente, no existen. Habitualmente, es más fácil extraer datos sobre un sólo desastre, por ejemplo, un terremoto. En cambio, tratándose de emergencias complejas, atribuir el número de muertos o afectados a una u otra causa resulta prácticamente imposible.

Recolectar y utilizar datos sobre desastres también plantea importantes retos éticos. Inmediatamente después de un desastre, cuando las necesidades de orden humanitario son urgentes, ¿se deberían gastar un tiempo precioso y recursos valiosos en recolectar datos o en salvar vidas? Algunos afirman que es inmoral postergar intervenciones que permiten salvar hasta que no se haya recolectado datos. Otros, estiman que la ayuda debería basarse en evaluaciones objetivas de las necesidades.

Algunos desastres, sobre todo en África, son demasiado peligrosos o suceden en sitios demasiado aislados como para suscitar un interés suficiente en el plano internacional. Una ayuda ínfima implica que pocos socorristas presten servicios en la región. De ello se desprende, que los datos son precarios o simplemente no existen. Cuando no se dispone de datos fidedignos, tampoco se pueden hacer llamamientos ni sensibilizar, entoence, la ayuda no llega. Todo esto crea una espiral viciosa de sufrimiento que puede pasar desapercibido.

Asimiso, recolectar datos para movilizar plantea dilemas si quienes están en el poder desaprueban el mensaje. En Uganda, en el decenio de 1980, y en Bangladesh, en el decenio de 1990, los recolectores de datos fueron arrestados, encarcelados y golpeados por revelar malas noticias; por ejemplo, datos sobre atrocidades y la gran cantidad de muertos. En esos casos, los organismos de ayuda tienen que decidir si utilizar los datos para denunciar la situación y correr el riesgo de ser expulsado, o no decir nada y ser acusados de complicidad con los autores de esas atrocidades.

En zonas de conflicto armado, los organismos de ayuda tal vez tengan que trabajar con las fuerzas armadas, lo que crea problemas en cuanto a la imparcialidad y la neutralidad porque la mínima sospecha de que la información suministrada por dichos organismos haya sido utilizada con fines militares cercena la securidad y la credibilidad de los colaboradores del quehacer humanitario.

Si nos proponemos mejorar la recolección de datos, principalmente en lo que se refiere a guerras y hambrunas, habrá que aumentar considerablemente las inversiones y las investigaciones. Al respecto, se recomienda:

  • sistematizar las definiciones y los sistemas de recolección para que se puedan hacer comparaciones directas;
  • mejorar la recolección activa de datos sobre los "desastre olvidados", y
  • crear nuevas categorías de clasificación de datos (por ejemplo, emergencias complejas) para captar los efectos combinados de la guerra, la desnutrición y las enfermedades.

Otro reto de talla consiste en evitar que los datos sean manipulados disimuladamente con fines políticos, militares o comerciales. Esto último podría lograrse estableciendo un código internacional de ética sobre la recolección y utilización de datos que estipulara normas detalladas, directrices y herramientas, basándose en el modelo del Proyecto Esfera.

Recabar información de alta calidad es el sistema nervioso del quehacer humanitario. Sin él, cualquier acción que se rija por principios quedará paralizada tanto ahora como en el futuro.

Capítulo y texto del recuadro escritos por Patricia Diskett, Directora del Centro de Salud Pública en la Asistencia Humanitaria, de la Universidad de Uppsala, Suecia.

Cuantificación del costo de conflictos armados, hambrunas y desastres

La famina que aquejó a Sudán meridional en 1998-1999 trajo aparejadas altas tasas de desnutrición y mortalidad de niños y adultos. Las estimaciones del número de muertos que provocó directamente la hambruna varían entre 60.000 y 300.000. Las víctimas de la hambruna, en muchos casos, se instalan en zonas aledañas a pistas de aterrizaje o puntos de distribución en condiciones de hacinamiento e insalubridad y donde el acceso a la atención de salud es ínfimo. Debido a las consecuencias combinadas de la pauperización, la desnutrición y el mayor riesgo de contraer infecciones, en estos sitios las tasas de mortalidad fueron muy altas. En cambio, las tasas de mortalidad del interior del país no se conocían. Tal vez fueran más altas, por los efectos del conflicto armado y la falta de alimentos y atención de salud, o bien, más bajas porque el riesgo de contraer infecciones es menor en poblaciones más dispersas y, además, quienes viven de la tierra pueden tener acceso a algunos alimentos y refugios. Simplemente, no lo sabemos. Por consiguiente, tratar de aplicar a todo el interior del país, las tasas de mortalidad de las zonas aledañas a las pistas de aterrizaje, es verdaderamente problemático.



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