Cuántos muertos y damnificados por desastres hay en el mundo
cada año? ¿Dónde y cuándo sobrevienen
desastres? ¿Qué causa las muertes? Aparentamente,
estas preguntas son simples, pero las respuestas son de capital
importancia para tomar decisiones con conocimiento de causa. La
ayuda humanitaria tiende a seguir la ola de los conflictos armados
más notorios. Las crisis sobre las que se informa poco o
cuya importancia es menor desde el punto de vista estratégico
captan menos ayuda. Faltan datos exactos y fidedignos sobre los
desastres en general, y las guerras y las hambrunas en particular.
Sin ellos, miles de víctimas mueren antes de que las organizaciones
haya registrado siquiera sus necesidades. Los datos inexactos pueden
dar lugar a decisiones erróneas que, a su vez, pueden costar
vidas o contribuir al despilfarro de recursos valiosos. Además,
sin información exacta sobre las necesidades mundiales, nadie
puede juzgar si el gasto humanitario es realmente imparcial.
Existen varias bases de datos mundiales. La base de datos sobre
emergencias, conocida por la sigla EM-DAT, del Centro de Investigación
sobre la Epidemiología de los Desastres, con sede en Bélgica,
recoge y permite analizar datos sobre desastres desde 1998. Otras
bases de datos son operadas por compañías de reaseguro
como Swiss RE y Munich Re, grupos regionales como Desinventar de
América Latina, y centros académicos. Pero estas bases
no están interconectadas, y resulta difícil hacer
comparaciones. Establecer vínculos entre los sistemas de
información sobre desastres de carácter mundial y
aquellos de carácter local también es difícil
porque las definiciones, los métodos de recolección
y la utilización de los datos difieren enormemente.
Algunas bases de datos nacionales incluyen cualquier suceso, por
insignificante que sea , que haya provocado muertes y daños.
En el caso de EM-DAT, se califica desastre cualquier suceso en el
que haya habido 10 muertos como mínimo y/o 100 damnificados
o más y se haya hecho un llamamiento de ayuda internacional,
se haya declarado el estado de emergencia, o ambos. Esta definición
permite tener en cuenta desastres significativos y evitar la sobrecarga
de información. Las bases de datos de las compañías
de reaseguro se centran en todo lo que se refiere a seguros y daños
económicos, sobre todo en casos de desastres naturales y
no de emergencias complejas, por lo que sus estimaciones de pérdidas
suelen guardar muy poca relación con el volumen de las necesidades
de orden humanitario. Además, cabe señalar que la
mayoría de estas bases de datos, incluyendo la EM-DAT, no
cuantifican el ingente sufrimiento humano que generan conflictos
armados, hambrunas y enfermedades.
Por otra parte, las metodologías de evaluación utilizadas
difieren enormemente. No hay acuerdo acerca de la definición
de “daminificado” ni sobre cuantos hogares han de evaluarse
para hacerse una idea general. Los resultados de los organismos
no pueden compararse porque métodos y definiciones no están
sistematizados y, dado que habitualmente los métodos no se
evalúan, es difícil juzgar la calidad de los datos
obtenidos. Además, la interpretación de los datos
también plantea problemas, principalmente en contextos caóticos
y sumamente politizados, cuando no se dispone de los datos esenciales
de la situación previa al desastre en cuestión.
EM-DAT utiliza datos de varias fuentes. En casos de desastre, la
evaluación de necesidades llevada a cabo por equipos estatales
o humanitarios suministran datos primarios sobre problemas concretos.
Por lo general, estos datos se consignan en los informes consolidados
del país o la región (datos secundarios) que preparan
la ONU o la Cruz Roja y la Media Luna Roja, y EM-DAT los clasifica
por orden de prioridad cuando suministra un panorama independiente.
A veces, cuando no se dispone de ninguna otra fuente, se utilizan
datos terciarios, (por ejemplo, crónicas de los medios de
comunicación).
La clave para recolectar buenos datos reside en tener acceso a
los necesitados, pero, a menudo, llegar a las zonas de guerra y
las zonas siniestradas resulta muy difícil o peligroso. Por
otra parte, los desplazamientos de población imprevistos
dificultan aún más la obtención de datos exactos.
La mayoría de las víctimas mueren fuera de los centros
de socorro y es imposible conocer el número exacto, incluso
en los campamentos de refugiados. En el decenio de 1990, en Bangladesh,
las muertes en los campamentos de refugiados se contabilizaban utilizando
la vigilancia “pasiva” (muertes de las que se informaba
al personal) y la vigilancia “activa” (recuento de tumbas
y entrevistas a familiares). Justo antes de una crisis de salud
de grandes proporciones, los datos de la vigilancia pasiva indicaban
que la mortalidad disminuía, mientras que la vigilacia activa
demostraba que, en realidad, era tres veces mayor y estaba en aumento.
Si las decisiones se hubieran basado en la vigilancia pasiva, la
situación se hubiera subestimado y las consecuencias hubieran
sido catastróficas. La vigilancia activa, en cambio, desencadenó
una intervención de urgencia y demostró que los datos
exactos y oportunos pueden salvar vidas.
En el caso de las emergencias complejas, las estimaciones de la
tasa de mortalidad suelen basarse en encuestas restrospectivas por
muestreo aleatorio o en la vigilancia activa en determinados lugares.
Posteriormente, esas tasas se extrapolan para estimar las muertes
en una zona más amplia. En una serie de estudios sobre mortalidad
se estimaba que durante la guerra en la República Democrática
del Congo (RDC) habían muerto 3.300.000 personas entre 1998
y 2002; 86% de esas muertes habían sido causadas por desnutrición
y enfermedades transmisibles.
Estos cálculos suelen ser objeto de controversia pues se
basan en el supuesto de que los factores de mortalidad del lugar
donde se llevó a cabo la encuesta son similares en zonas
más grandes, o en la hipótesis de que las estadísticas
de población y las estadísticas de mortalidad, previas
al desastre, son exactas. Ahora bien, en las situaciones de conflicto
armado, por lo general, esos datos básicos no existen. Aún
así, no es ético ignorar los datos de emergencias
complejas y centrarse únicamente en aquellos que provienen
de zonas más seguras y acequibles. También es incorrecto
desechar datos simplemente porque son malas noticias. Los organismos
humanitarios tienen el deber moral de investigar precisamente en
esas zonas donde los datos son incompletos pero revelan una catástrofe
latente de grandes proporciones.
Las encuestas de mortalidad llevadas a cabo en la RDC indican que
el número de muertos de desnutrición y enfermedades
relacionadas con la guerra supera con creces el total de muertos
en los desastres naturales del último decenio. Según
la Organización Mundial de la Salud, en 1998, las enfermedades
transmisibles cobraron 13.300.000 vidas en todo el mundo. Entonces,
¿habría que calificar de desastre la malnutrición
y las enfermedades? La pandemia del VIH/SIDA, indudablemente es
un desastre. En Kenya, el número diario de muertos de sida
equivale al número pasajeros de dos aviones 747 que se estrellaran
cada día. Sin embargo, las bases de datos sobre desastres
rara vez incluyen datos sobre el VIH/SIDA. A fin de que el sistema
humanitario mundial pueda mitigar el sufrimiento en todas partes,
basándose únicamente en la necesidad, es indispensable
contar con datos sobre todas las causas de mortalidad. Además,
dichas bases deberían incluir una nueva categoría,
la de “emergencias complejas”, en la que se combinen
los datos sobre la mortalidad de las guerras, la violencia, las
hambrunas y las enfermedades.
Las emergencias complejas plantean problemas particulares tales
como definir a quien se considera damnificado y por qué motivo.
Citemos el ejemplo de Malawi, atrapado desde 1994 en un ciclo de
inundaciones, sequías, inseguridad alimentaria y epidemias.
Si nos limitamos únicamente a los primeros desastres, inundaciones
y sequía, corremos el riesgo de subestimar el impacto global.
Si bien hubo pocos muertos en las inundaciones, no sabemos cuantos
sufrieron o murieron de las consecuencias secundarias (hambre, desnutrición
y enfermedades). Al respecto, cabe señalar que las cifras
que se dan son inexactas o, simplemente, no existen. Habitualmente,
es más fácil extraer datos sobre un sólo desastre,
por ejemplo, un terremoto. En cambio, tratándose de emergencias
complejas, atribuir el número de muertos o afectados a una
u otra causa resulta prácticamente imposible.
Recolectar y utilizar datos sobre desastres también plantea
importantes retos éticos. Inmediatamente después de
un desastre, cuando las necesidades de orden humanitario son urgentes,
¿se deberían gastar un tiempo precioso y recursos
valiosos en recolectar datos o en salvar vidas? Algunos afirman
que es inmoral postergar intervenciones que permiten salvar hasta
que no se haya recolectado datos. Otros, estiman que la ayuda debería
basarse en evaluaciones objetivas de las necesidades.
Algunos desastres, sobre todo en África, son demasiado peligrosos
o suceden en sitios demasiado aislados como para suscitar un interés
suficiente en el plano internacional. Una ayuda ínfima implica
que pocos socorristas presten servicios en la región. De
ello se desprende, que los datos son precarios o simplemente no
existen. Cuando no se dispone de datos fidedignos, tampoco se pueden
hacer llamamientos ni sensibilizar, entoence, la ayuda no llega.
Todo esto crea una espiral viciosa de sufrimiento que puede pasar
desapercibido.
Asimiso, recolectar datos para movilizar plantea dilemas si quienes
están en el poder desaprueban el mensaje. En Uganda, en el
decenio de 1980, y en Bangladesh, en el decenio de 1990, los recolectores
de datos fueron arrestados, encarcelados y golpeados por revelar
malas noticias; por ejemplo, datos sobre atrocidades y la gran cantidad
de muertos. En esos casos, los organismos de ayuda tienen que decidir
si utilizar los datos para denunciar la situación y correr
el riesgo de ser expulsado, o no decir nada y ser acusados de complicidad
con los autores de esas atrocidades.
En zonas de conflicto armado, los organismos de ayuda tal vez tengan
que trabajar con las fuerzas armadas, lo que crea problemas en cuanto
a la imparcialidad y la neutralidad porque la mínima sospecha
de que la información suministrada por dichos organismos
haya sido utilizada con fines militares cercena la securidad y la
credibilidad de los colaboradores del quehacer humanitario.
Si nos proponemos mejorar la recolección de datos, principalmente
en lo que se refiere a guerras y hambrunas, habrá que aumentar
considerablemente las inversiones y las investigaciones. Al respecto,
se recomienda:
Otro reto de talla consiste en evitar que los datos sean manipulados
disimuladamente con fines políticos, militares o comerciales.
Esto último podría lograrse estableciendo un código
internacional de ética sobre la recolección y utilización
de datos que estipulara normas detalladas, directrices y herramientas,
basándose en el modelo del Proyecto Esfera.
Recabar información de alta calidad es el sistema nervioso
del quehacer humanitario. Sin él, cualquier acción
que se rija por principios quedará paralizada tanto ahora
como en el futuro.
Capítulo y texto del recuadro escritos por Patricia
Diskett, Directora del Centro de Salud Pública en la Asistencia
Humanitaria, de la Universidad de Uppsala, Suecia.