La ética humanitaria consiste en salvar
la vida de aquellos más necesitados. Ahora bien, por más
que nos abrumen las estadísticas del sufrimiento, también
debemos respetar la dignidad humana de cada hombre, mujer y niño
cuya vida ha sido destrozada por conflictos armados, hambrunas,
enfermedades o desastres. Aplicar los dos elementos de esta ética
sigue siendo el mayor reto que se plantea no sólo a las organizaciones
humanitarias sino también a todo aquel que interviene en
situaciones de crisis humanitaria.
Al respecto, cabe señalar que la trayectoria es desigual.
La ayuda humanitaria tiende a favorecer las emergencias de gran
notoriedad en detrimento de ese sufrimiento invisible que existe
lejos de los proyectores de la prensa y la política. Los
países que son blanco de la “guerra contra el terror”
captaron un volumen sin precedente de ayuda humanitaria y de ayuda
para la reconstrucción, mientras que otras crisis, quizás
más urgentes, siguen sumidas en la sombra. África
está atenazada por sequías, inundaciones, conflictos
armados y enfermedades infecciosas, siendo la más mortífera
la pandemia del VIH/SIDA que, según estimaciones, el año
pasado, cobró 6.500 vidas por día. Inundaciones y
tormentas de nieve han destrozado millares y millares de vidas en
toda la Federación de Rusia y en Mongolia. La violencia,
los desastres naturales o la ruina económica han obligado
a decenas de miles de africanos, asiáticos y latinoamericanos
a abandonar su hogar en busca de un lugar donde sobrevivir.
La ayuda humanitaria no tiende la misma mano a todos aquellos que
sufren en medio de conflictos armados, enfermedades o desastres.
Pocas semanas después del derrocamiento de Saddam Hussein,
el Departamento de Defensa de EE.UU. informaba que había
recaudado 1.700 millones de dólares para socorrer al pueblo
iraquí. Si bien esta ayuda debe recibirse con gratitud, ¿qué
pueden esperar los 40 millones de personas de 22 países africanos
que están al borde de la inanición? Tan solo en Angola,
4.000.000 de seres humanos dependen de la ayuda para sobrevivir.
En septiembre de 2002, la Federación Internacional hizo un
llamamiento de emergencia para prestar ayuda humanitaria a 100.000
de las personas más vulnerables de ese país. Cuatro
meses después, apenas se había recibido el 4% de la
suma solicitada. Desgraciadamente, sucede lo mismo respecto a África
occidental, el Sahel y el resto del mundo.
Las últimas investigaciones sobre la conexión que
existe entre la evaluación de necesidades y la asignación
de la ayuda de socorro indican que, en muchos casos, los llamamientos
de orden humanitario se guían principalmente por aquello
que sustentará el “mercado” de donantes; por
ejemplo, las crisis de gran notoriedad benefician de llamamientos
de ayuda por montos de mayor cuantía, incluso cuando otros
desastres olvidados lo merecerían mucho más. Esa tendencia
debe cesar. Urge dar prioridad a la inversión en evaluaciones
fidedignas y objetivas de las necesidades de los seres humanos de
todo el globo para que la ayuda se asigne tanto a los más
necesitados como a aquellos más expuestos a riesgos y no
sólo a quienes encabezan los programas estratégicos
y de los medios de comunicación.
Recaudar recursos suficientes para mitigar las consecuencias de
los desastres es sólo el primer paso, después debemos
garantizar que esos recursos sean utilizados como corresponde y
respetando la dignidad, la capacidad y las aspiraciones de cada
persona a quien nos proponemos ayudar. También en este caso,
la trayectoria es desigual. La historia de las intervenciones humanitarias
de estos últimos tiempos está plagada de ejemplos
de ayuda inapropiada que traduce más bien las prioridades
y necesidades de los organismos donantes que las necesidades de
los afectados por las crisis. La incipiente administración
afgana se ha quejado de que los miles de millones donados para ayudar
a ese país se hayan focalizado más en el socorro que
en la reconstrucción. Por otra parte, a raíz de las
gigantescas importanciones de alimentos, los mercados locales se
desplomaron. En 2002, la afluencia de centenares de organizaciones
internacionales de ayuda hizo que alquileres y salarios se dispararán,
privando a las ONG afganas de sus locales y acaparando a la mayoría
de afganos calificados y con experiencia que habían permanecido
en el país y que entonces optaron por dejar puestos importantes
en la función pública y la sociedad civil.
Lograr el equilibrio apropiado entre la rápida prestación
de socorro que salva vidas y una modalidad de ayuda que secunde
las capacidades locales y respete la participación local
es tarea compleja que exige saber juzgar con criterio humanitario.
En el informe de este año, se analizan muchos dilemas morales
que plantea la colaboración con organizaciones locales en
casos de desastre y emergencias complejas. ¿Deben denunciarse
las violaciones de derechos humanos a riesgo de sacrificar el acceso
a los más necesitados? Los organismos que declaran su intención
de desarrollar la capacidad local, ¿corren el riesgo de prometer
más de lo que pueden dar? No es fácil responder a
estas preguntas. Sólo podemos desarrollar ese arte esencial
de juzgar con criterio humanitario si declaramos abiertamente los
principios éticos en los cuales creemos, hacemos todo lo
que está a nuestro alcance para aplicarlos y estamos suficientemente
preparados para medir sus efectos y sopesar nuestras decisiones
en todo momento.
La legitimidad del quehacer humanitario en su conjunto se basa
en la apreciación que se hace de nosotros según la
medida en que logramos aplicar nuestros principios. Tenemos que
crear un entorno donde el ideal humanitario de salvar vidas con
dignidad, basándose únicamente en la necesidad, no
sólo sea reconocido y comprendido por todos sino que además,
se le dé prioridad. Ello implica transmitir nuestros valores
a todos aquellos que intervienen en situaciones de crisis humanitaria,
es decir, las autoridades del país en cuestión, los
gobiernos donantes, los organismos de desarrollo, la sociedad civil,
las fuerzas armadas, las empresas del sector privado y los medios
de comunicación.
Abogar por la adhesión a los principios humanitarios es
sólo una parte de la historia; lo crucial es que apliquemos
esos principios y que lo hagámos en asociación con
los propios necesitados. De no ser así, perderemos toda esperanza
de aliviar el sufrimiento de millones de seres humanos que no captan
la atención diaria de los círculos políticos
y los medios de comunicación
Didier J. Cherpitel
Secretario General