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Publicaciones: Informe mundial sobre desastres 2003
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Introducción

Aplicar los principios, clave de la legitimidad

La ética humanitaria consiste en salvar la vida de aquellos más necesitados. Ahora bien, por más que nos abrumen las estadísticas del sufrimiento, también debemos respetar la dignidad humana de cada hombre, mujer y niño cuya vida ha sido destrozada por conflictos armados, hambrunas, enfermedades o desastres. Aplicar los dos elementos de esta ética sigue siendo el mayor reto que se plantea no sólo a las organizaciones humanitarias sino también a todo aquel que interviene en situaciones de crisis humanitaria.

Al respecto, cabe señalar que la trayectoria es desigual. La ayuda humanitaria tiende a favorecer las emergencias de gran notoriedad en detrimento de ese sufrimiento invisible que existe lejos de los proyectores de la prensa y la política. Los países que son blanco de la “guerra contra el terror” captaron un volumen sin precedente de ayuda humanitaria y de ayuda para la reconstrucción, mientras que otras crisis, quizás más urgentes, siguen sumidas en la sombra. África está atenazada por sequías, inundaciones, conflictos armados y enfermedades infecciosas, siendo la más mortífera la pandemia del VIH/SIDA que, según estimaciones, el año pasado, cobró 6.500 vidas por día. Inundaciones y tormentas de nieve han destrozado millares y millares de vidas en toda la Federación de Rusia y en Mongolia. La violencia, los desastres naturales o la ruina económica han obligado a decenas de miles de africanos, asiáticos y latinoamericanos a abandonar su hogar en busca de un lugar donde sobrevivir.

La ayuda humanitaria no tiende la misma mano a todos aquellos que sufren en medio de conflictos armados, enfermedades o desastres. Pocas semanas después del derrocamiento de Saddam Hussein, el Departamento de Defensa de EE.UU. informaba que había recaudado 1.700 millones de dólares para socorrer al pueblo iraquí. Si bien esta ayuda debe recibirse con gratitud, ¿qué pueden esperar los 40 millones de personas de 22 países africanos que están al borde de la inanición? Tan solo en Angola, 4.000.000 de seres humanos dependen de la ayuda para sobrevivir. En septiembre de 2002, la Federación Internacional hizo un llamamiento de emergencia para prestar ayuda humanitaria a 100.000 de las personas más vulnerables de ese país. Cuatro meses después, apenas se había recibido el 4% de la suma solicitada. Desgraciadamente, sucede lo mismo respecto a África occidental, el Sahel y el resto del mundo.

Las últimas investigaciones sobre la conexión que existe entre la evaluación de necesidades y la asignación de la ayuda de socorro indican que, en muchos casos, los llamamientos de orden humanitario se guían principalmente por aquello que sustentará el “mercado” de donantes; por ejemplo, las crisis de gran notoriedad benefician de llamamientos de ayuda por montos de mayor cuantía, incluso cuando otros desastres olvidados lo merecerían mucho más. Esa tendencia debe cesar. Urge dar prioridad a la inversión en evaluaciones fidedignas y objetivas de las necesidades de los seres humanos de todo el globo para que la ayuda se asigne tanto a los más necesitados como a aquellos más expuestos a riesgos y no sólo a quienes encabezan los programas estratégicos y de los medios de comunicación.

Recaudar recursos suficientes para mitigar las consecuencias de los desastres es sólo el primer paso, después debemos garantizar que esos recursos sean utilizados como corresponde y respetando la dignidad, la capacidad y las aspiraciones de cada persona a quien nos proponemos ayudar. También en este caso, la trayectoria es desigual. La historia de las intervenciones humanitarias de estos últimos tiempos está plagada de ejemplos de ayuda inapropiada que traduce más bien las prioridades y necesidades de los organismos donantes que las necesidades de los afectados por las crisis. La incipiente administración afgana se ha quejado de que los miles de millones donados para ayudar a ese país se hayan focalizado más en el socorro que en la reconstrucción. Por otra parte, a raíz de las gigantescas importanciones de alimentos, los mercados locales se desplomaron. En 2002, la afluencia de centenares de organizaciones internacionales de ayuda hizo que alquileres y salarios se dispararán, privando a las ONG afganas de sus locales y acaparando a la mayoría de afganos calificados y con experiencia que habían permanecido en el país y que entonces optaron por dejar puestos importantes en la función pública y la sociedad civil.

Lograr el equilibrio apropiado entre la rápida prestación de socorro que salva vidas y una modalidad de ayuda que secunde las capacidades locales y respete la participación local es tarea compleja que exige saber juzgar con criterio humanitario. En el informe de este año, se analizan muchos dilemas morales que plantea la colaboración con organizaciones locales en casos de desastre y emergencias complejas. ¿Deben denunciarse las violaciones de derechos humanos a riesgo de sacrificar el acceso a los más necesitados? Los organismos que declaran su intención de desarrollar la capacidad local, ¿corren el riesgo de prometer más de lo que pueden dar? No es fácil responder a estas preguntas. Sólo podemos desarrollar ese arte esencial de juzgar con criterio humanitario si declaramos abiertamente los principios éticos en los cuales creemos, hacemos todo lo que está a nuestro alcance para aplicarlos y estamos suficientemente preparados para medir sus efectos y sopesar nuestras decisiones en todo momento.

La legitimidad del quehacer humanitario en su conjunto se basa en la apreciación que se hace de nosotros según la medida en que logramos aplicar nuestros principios. Tenemos que crear un entorno donde el ideal humanitario de salvar vidas con dignidad, basándose únicamente en la necesidad, no sólo sea reconocido y comprendido por todos sino que además, se le dé prioridad. Ello implica transmitir nuestros valores a todos aquellos que intervienen en situaciones de crisis humanitaria, es decir, las autoridades del país en cuestión, los gobiernos donantes, los organismos de desarrollo, la sociedad civil, las fuerzas armadas, las empresas del sector privado y los medios de comunicación.

Abogar por la adhesión a los principios humanitarios es sólo una parte de la historia; lo crucial es que apliquemos esos principios y que lo hagámos en asociación con los propios necesitados. De no ser así, perderemos toda esperanza de aliviar el sufrimiento de millones de seres humanos que no captan la atención diaria de los círculos políticos y los medios de comunicación

Didier J. Cherpitel
Secretario General



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