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Publicaciones: Informe mundial sobre desastres 2004
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Marko Kokic/Federación Internacional
 

Sección uno - La capacidad de resistencia de las comunidades

Capítulo 1
Del riesgo a la capacidad de resistencia - Ayuda a las comunidades para capear las crisis


La prensa internacional tiende a presentar las comunidades damnificadas como comunidades desvalidas que sólo se pueden salvar con ayuda externa. Los titulares no cuentan que los supervivientes, de Bam a Nueva York, salvaron vidas con sus propias manos, recuperaron cuanto se podía recuperar y se asesoraron mutuamente. Cuando todo parece perdido, la capacidad de la gente para concertar esfuerzos y no aflojar es sorprendente y aleccionadora.

En los últimos 20 años se puso de moda la palabra resistencia para definir la capacidad de super-vivencia, adaptación y recuperación después de una crisis. La ayuda para el desarrollo se orientó a enfoques centrados en la gente y basados en las capacidades locales. ¿Qué se hizo respecto a los desastres?

Poco se ha analizado lo que hace la gente para sobrevivir y, menos aún, se ha planificado a partir de sus propias estrategias de supervivencia. En el presente informe se mantiene que la capacidad de resistencia ha de estar en el centro del debate sobre la ayuda y no sólo las necesidades o la vulnerabilidad.

En los estudios sobre desarrollo rural y hambruna, llevados a cabo en los decenios de 1970 y 1980, el análisis dejó de centrarse en las carencias de los damnificados para interesarse por las medidas que habían tomado para sobrevivir a las crisis, conocer sus prioridades y elaborar a partir de lo que ya existía. Sin embargo, en lo que respecta a los desastres, se siguió haciendo hincapié en las necesidades, los peligros y los factores de vulnerabilidad, en lugar de analizar la experiencia, las competencias y los recursos de la comunidad siniestrada.

Por mejores intenciones que se tengan, en una situación de crisis, resulta más tentador identificar las carencias (necesidades, factores de vulnerabilidad, etc.) que aquello de lo que se dispone (capacidades), probablemente, porque contribuye a racionalizar la intervención. ¿Por qué, en los 20 últimos años, no se ha logrado reorientar la gestión de desastres, a pesar de la retórica y las políticas a favor de lo segundo? Actualmente, se plantea la cuestión de saber qué hace falta para operar ese cambio de orientación y atesorar los mejores ejemplos en lo que se refiere a elaborar a partir del saber de las comunidades afectadas por desastres.

Poner el énfasis en detectar las capacidades y elaborar a partir de ese saber implica cambiar el paradigma de nuestro enfoque del riesgo. En la esfera del desarrollo, el enfoque de medios de subsistencia sostenibles ofrece una marco idóneo para analizar el potencial, la competencia y las capacidades de las comunidades, en lugar de sus flaquezas y necesidades. En dicho enfoque se reconoce que determinados activos o capitales naturales, financieros, humanos, sociales y estructurales son esenciales para sustentar los medios de subsistencia.

Además, se considera que los desastres, incluida la capacidad de resistir a sus consecuencias y recuperarse, han de insertarse en el marco más amplio del desarrollo. Todo ello supone un cambio significativo del tradicional enfoque de reducción del riesgo, que comienza por riesgos y peligros para luego buscar vínculos con el desarrollo.

El capital natural (agua, tierra, bosques, minerales) es esencial para la supervivencia. El deterioro del medio ambiente puede agravar el impacto de inundaciones y deslizamientos de tierra. Asimismo, desastres tales como incendios, sequías e inundaciones pueden causar graves daños a los bosques, las tierras de cultivo y el ganado. Las medidas de pequeña escala para acrecentar la resiliencia ambiental abarcan: silvicultura social; piscicultura; cultivos resistentes a la sequía y recolección del agua de lluvia.

Los activos financieros (ahorro, ingresos, crédito), indudablemente, acrecientan la capacidad de resistencia frente a los desastres y aceleran la recuperación. En lugar de limitarse a distribuir artículos de socorro, algunas organizaciones de ayuda han puesto en marcha proyectos piloto de microcrédito, ayuda en efectivo y generación de ingresos en comunidades damnificadas por desastres. Ahora bien, si no se tiene una idea precisa de los riesgos, el dinero por sí solo no protege a nadie. Tras el terremoto de Bam, ricos y pobres sufrieron por igual. En lugar de financiar y llevar a cabo sus propias proyectos de recuperación, actualmente, muchas organizaciones de ayuda se aseguran que los damnificados tengan acceso a la indemnización estatal, o a préstamos con bajo interés, que les permitan reconstruir su casa y su vida después de un desastre.

El capital humano (conocimientos, competencias, salud, educación, habilidad física) determina la capacidad de resistencia individual más que cualquier otro bien. En África, el VIH/SIDA está causando estragos en el capital humano, no sólo por los adultos que mata sino también, porque priva a sus hijos de educación. Programas que instruyan más sobre el VIH/SIDA pueden neutralizar la propagación del virus. En la India, el conocimiento local de simientes silvestres y resistentes, ayudó a los agricultores a recuperarse de la pérdida de sus cultivos comerciales, devastados por sequías y plagas. En Europa, el verano pasado, 35.000 personas fallecieron por la ola de calor, cuando les hubiera bastado saber que envolverse en una toalla húmeda o tomar suficiente agua fría acrecientan considerablemente la resistencia frente a una ola de calor.

El capital social (solidaridad, afiliaciones, confianza) incluye redes informales de seguridad que, en momentos difíciles, ayudan a la gente a acceder a lo que necesita con tanta urgencia después de un desastre; por ejemplo, créditos o puestos de trabajo. Las comunidades con mayor capacidad de resistencia son aquellas que obran por una meta común. Las probabilidades de cooperación para dotarse de medios de resistencia son mucho mayores en grupos de clase, identidad étnica, medios de subsistencia o riqueza similares, que en comunidades divididas. Contar con el consenso de la comunidad es tan valioso como construir la infraestructura básica. Los ancianos que mantienen un estrecho contacto social con amigos y vecinos tienen más probabilidad de sobrevivir a una ola de calor, porque su vulnerabilidad se detecta mucho antes, mientras que aquellos "invisibles" para la sociedad, sobre todo, en las ciudades, son quienes más sufren.

El capital estructural comprende refugios, viviendas, edificios, agua y saneamiento, herramientas, transporte y comunicaciones adecuados. La infraestructura vital en zonas expuestas a riesgo - hospitales, oficinas, cuarteles de urgencia, centros de enseñanza y refugios contra ciclones - debe ser a prueba de desastres y cumplir una función protectiva y simbólica a la vez.

Saber cómo funcionan las comunidades es crucial para fortalecer su capacidad de resistencia frente a los desastres. Poder, interés y división suelen entrar en juego en las comunidades como en cualquier mercado, empresa o gobierno. Estar al tanto de esas relaciones de poder y de las desigualdades es indispensable. En África meridional, por ejemplo, el impacto del VIH/SIDA se ve agravado porque hay gente que descuida a sus propios familiares o abusa de ellos.

En algunos casos, incumbe a la numerosa "comunidad" de extranjeros derribar barreras para cambiar aquello que propicia la vulnerabilidad de las comunidades. Las organizaciones extranjeras pueden servir de catalizador para fortalecer la capacidad de resistencia, sensibilizando y logrando el consenso sobre la manera de actuar. En cambio, aquellos programas que no están destinados a mejorar la condición social pueden reforzar la posición de quienes detentan el poder.

Mejorar la capacidad de resistencia local frente a los riesgos incumbe a todos aquellos que intervienen en la ayuda. Si no entendemos esas capacidades ni elaboramos a partir de ellas, perpetuamos la idea de que "nosotros sabemos más" y que el riesgo es lo único que importa. Actuando así, dejamos de lado el recurso más importante de la gestión de desastres, es decir, las propias estrategias de la gente para adaptarse y capear las crisis. De todo lo antedicho se desprende que:

  • urge proceder a una evaluación sistemática de aquello que permite a la gente adaptarse a riesgos y adversidades, capearlos y recuperarse, tanto en el hogar como en la comunidad;
  • ya se trate de socorro, recuperación o reducción del riesgo, acrecentar el capital social debería ser el objetivo de toda intervención en casos de desastre y no, un producto derivado;
  • los enfoques de desarrollo centrados en la gente son modelos que pueden contribuir a mejorar la ayuda humanitaria y la gestión del riesgo de desastres;
  • hacen falta nuevas estrategias institucionales y coaliciones multisectoriales para acrecentar la resistencia de los medios de subsistencia locales frente a riesgos multidimensionales;
  • el buen gobierno es esencial para crear un entorno donde comunidades con una mayor capacidad de resistencia puedan prosperar, y
  • la multiplicación de estrategias basadas en las aspiraciones y capacidades de las personas expuestas a riesgo sigue siendo el reto principal.

Capítulo escrito por Yasemin Aysan, analista independiente de cuestiones humanitarias y de desarrollo, con aportes de Terry Cannon, coautor de At Risk: Natural hazards, people's vulnerability and disasters, y de Jonathan Walter, Redactor del Informe Mundial sobre Desastres. El texto del recuadro es de Bruno Haghebaert, Encargado Principal de la Secretaría del Consorcio ProVention.

Lucha común contra las inundaciones en la Isla de Tuti

La Isla de Tuti se encuentra en el Nilo, frente a Jartum, la capital de Sudán y está sumamente expuesta a inundaciones. Esta isla de 8 km-, tiene unos 15.000 habitantes que son agricultores, empresarios y empleados públicos; todos ellos con un gran sentido de identidad e independencia comunitarias.

Inundaciones recurrentes han anegado distintas partes de la isla a lo largo de los años, y para protegerse, los isleños han elevado las paredes y la entrada de sus casas. También han revocado las paredes externas para que resistan a las aguas y han unido fuerzas para elevar el nivel de la costa con sacos de arena y afirmar el terreno, plantando árboles jóvenes.

Cuando la estación de inundaciones está por comenzar, los dirigentes locales forman un comité de control que se ocupa de establecer el plan de contingencia, coordinar las operaciones de emergencia y prestar asistencia material. También se forman subcomités encargados de subsidios de ayuda, comunicaciones, distribución de alimentos, salud y finanzas. Estos subcomités están integrados por voluntarios.

Cuando el nivel del río empieza a subir, dicho comité organiza patrullas que recorren el río las 24 horas del día. Los residentes, por su parte, colocan sacos de arena en la costa. En las zonas más vulnerables, equipos de la juventud distribuyen azadas, palas y bolsas de arpillera para la arena. Cuando se teme que el Nilo supere esas defensas, los voluntarios que patrullan usan tambores y el megáfono de la mezquita para alertar al resto de la población. Cada vez que alguna parte de la isla se inunda, los voluntarios de la Media Luna Roja organizan las tareas de búsqueda y rescate, prestan primeros auxilios, hacen controles de enfermedades y distribuyen agua potable.

Aquellos cuya vivienda fue inundada se van a la casa de algún familiar en las zonas más altas, o bien, se refugian en la mezquita y la escuela primaria. Más de una vez, viviendas y edificios públicos se han reconstruido mediante la acción colectiva.

Recurriendo a la inventiva y a mecanismos bien aceitados para capear los desastres, el pueblo de Tuti ha logrado resistir a las mayores inundaciones que aquejaron a Sudán en los últimos tiempos, sin sufrir bajas importantes y, prácticamente, sin ayuda externa.



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