La prensa internacional tiende a presentar las comunidades damnificadas
como comunidades desvalidas que sólo se pueden salvar con ayuda
externa. Los titulares no cuentan que los supervivientes, de Bam
a Nueva York, salvaron vidas con sus propias manos, recuperaron
cuanto se podía recuperar y se asesoraron mutuamente. Cuando todo
parece perdido, la capacidad de la gente para concertar esfuerzos
y no aflojar es sorprendente y aleccionadora.
En los últimos 20 años se puso de moda la palabra resistencia para
definir la capacidad de super-vivencia, adaptación y recuperación
después de una crisis. La ayuda para el desarrollo se orientó a
enfoques centrados en la gente y basados en las capacidades locales.
¿Qué se hizo respecto a los desastres?
Poco se ha analizado lo que hace la gente para sobrevivir y, menos
aún, se ha planificado a partir de sus propias estrategias de supervivencia.
En el presente informe se mantiene que la capacidad de resistencia
ha de estar en el centro del debate sobre la ayuda y no sólo las
necesidades o la vulnerabilidad.
En los estudios sobre desarrollo rural y hambruna, llevados a cabo
en los decenios de 1970 y 1980, el análisis dejó de centrarse en
las carencias de los damnificados para interesarse por las medidas
que habían tomado para sobrevivir a las crisis, conocer sus prioridades
y elaborar a partir de lo que ya existía. Sin embargo, en lo que
respecta a los desastres, se siguió haciendo hincapié en las necesidades,
los peligros y los factores de vulnerabilidad, en lugar de analizar
la experiencia, las competencias y los recursos de la comunidad
siniestrada.
Por mejores intenciones que se tengan, en una situación de crisis,
resulta más tentador identificar las carencias (necesidades, factores
de vulnerabilidad, etc.) que aquello de lo que se dispone (capacidades),
probablemente, porque contribuye a racionalizar la intervención.
¿Por qué, en los 20 últimos años, no se ha logrado reorientar la
gestión de desastres, a pesar de la retórica y las políticas a favor
de lo segundo? Actualmente, se plantea la cuestión de saber qué
hace falta para operar ese cambio de orientación y atesorar los
mejores ejemplos en lo que se refiere a elaborar a partir del saber
de las comunidades afectadas por desastres.
Poner el énfasis en detectar las capacidades y elaborar a partir
de ese saber implica cambiar el paradigma de nuestro enfoque del
riesgo. En la esfera del desarrollo, el enfoque de medios de subsistencia
sostenibles ofrece una marco idóneo para analizar el potencial,
la competencia y las capacidades de las comunidades, en lugar de
sus flaquezas y necesidades. En dicho enfoque se reconoce que determinados
activos o capitales naturales, financieros, humanos, sociales y
estructurales son esenciales para sustentar los medios de subsistencia.
Además, se considera que los desastres, incluida la capacidad de
resistir a sus consecuencias y recuperarse, han de insertarse en
el marco más amplio del desarrollo. Todo ello supone un cambio significativo
del tradicional enfoque de reducción del riesgo, que comienza por
riesgos y peligros para luego buscar vínculos con el desarrollo.
El capital natural (agua, tierra, bosques, minerales) es esencial
para la supervivencia. El deterioro del medio ambiente puede agravar
el impacto de inundaciones y deslizamientos de tierra. Asimismo,
desastres tales como incendios, sequías e inundaciones pueden causar
graves daños a los bosques, las tierras de cultivo y el ganado.
Las medidas de pequeña escala para acrecentar la resiliencia ambiental
abarcan: silvicultura social; piscicultura; cultivos resistentes
a la sequía y recolección del agua de lluvia.
Los activos financieros (ahorro, ingresos, crédito), indudablemente,
acrecientan la capacidad de resistencia frente a los desastres y
aceleran la recuperación. En lugar de limitarse a distribuir artículos
de socorro, algunas organizaciones de ayuda han puesto en marcha
proyectos piloto de microcrédito, ayuda en efectivo y generación
de ingresos en comunidades damnificadas por desastres. Ahora bien,
si no se tiene una idea precisa de los riesgos, el dinero por sí
solo no protege a nadie. Tras el terremoto de Bam, ricos y pobres
sufrieron por igual. En lugar de financiar y llevar a cabo sus propias
proyectos de recuperación, actualmente, muchas organizaciones de
ayuda se aseguran que los damnificados tengan acceso a la indemnización
estatal, o a préstamos con bajo interés, que les permitan reconstruir
su casa y su vida después de un desastre.
El capital humano (conocimientos, competencias, salud, educación,
habilidad física) determina la capacidad de resistencia individual
más que cualquier otro bien. En África, el VIH/SIDA está causando
estragos en el capital humano, no sólo por los adultos que mata
sino también, porque priva a sus hijos de educación. Programas que
instruyan más sobre el VIH/SIDA pueden neutralizar la propagación
del virus. En la India, el conocimiento local de simientes silvestres
y resistentes, ayudó a los agricultores a recuperarse de la pérdida
de sus cultivos comerciales, devastados por sequías y plagas. En
Europa, el verano pasado, 35.000 personas fallecieron por la ola
de calor, cuando les hubiera bastado saber que envolverse en una
toalla húmeda o tomar suficiente agua fría acrecientan considerablemente
la resistencia frente a una ola de calor.
El capital social (solidaridad, afiliaciones, confianza) incluye
redes informales de seguridad que, en momentos difíciles, ayudan
a la gente a acceder a lo que necesita con tanta urgencia después
de un desastre; por ejemplo, créditos o puestos de trabajo. Las
comunidades con mayor capacidad de resistencia son aquellas que
obran por una meta común. Las probabilidades de cooperación para
dotarse de medios de resistencia son mucho mayores en grupos de
clase, identidad étnica, medios de subsistencia o riqueza similares,
que en comunidades divididas. Contar con el consenso de la comunidad
es tan valioso como construir la infraestructura básica. Los ancianos
que mantienen un estrecho contacto social con amigos y vecinos tienen
más probabilidad de sobrevivir a una ola de calor, porque su vulnerabilidad
se detecta mucho antes, mientras que aquellos "invisibles" para
la sociedad, sobre todo, en las ciudades, son quienes más sufren.
El capital estructural comprende refugios, viviendas, edificios,
agua y saneamiento, herramientas, transporte y comunicaciones adecuados.
La infraestructura vital en zonas expuestas a riesgo - hospitales,
oficinas, cuarteles de urgencia, centros de enseñanza y refugios
contra ciclones - debe ser a prueba de desastres y cumplir una función
protectiva y simbólica a la vez.
Saber cómo funcionan las comunidades es crucial para fortalecer
su capacidad de resistencia frente a los desastres. Poder, interés
y división suelen entrar en juego en las comunidades como en cualquier
mercado, empresa o gobierno. Estar al tanto de esas relaciones de
poder y de las desigualdades es indispensable. En África meridional,
por ejemplo, el impacto del VIH/SIDA se ve agravado porque hay gente
que descuida a sus propios familiares o abusa de ellos.
En algunos casos, incumbe a la numerosa "comunidad" de extranjeros
derribar barreras para cambiar aquello que propicia la vulnerabilidad
de las comunidades. Las organizaciones extranjeras pueden servir
de catalizador para fortalecer la capacidad de resistencia, sensibilizando
y logrando el consenso sobre la manera de actuar. En cambio, aquellos
programas que no están destinados a mejorar la condición social
pueden reforzar la posición de quienes detentan el poder.
Mejorar la capacidad de resistencia local frente a los riesgos
incumbe a todos aquellos que intervienen en la ayuda. Si no entendemos
esas capacidades ni elaboramos a partir de ellas, perpetuamos la
idea de que "nosotros sabemos más" y que el riesgo es lo único que
importa. Actuando así, dejamos de lado el recurso más importante
de la gestión de desastres, es decir, las propias estrategias de
la gente para adaptarse y capear las crisis. De todo lo antedicho
se desprende que: