Según estimaciones, entre 22.000 y 35.000 personas murieron debido
a la ola de calor que invadió Europa en agosto de 2003. Las pérdidas
económicas totalizaron más de 13.000 millones de dólares. ¿Por qué
autoridades y comunidades estaban tan poco preparadas? ¿Qué hacer
para apoyar a quienes están más expuestos a ese riesgo?
Europa no es la única. En Estados Unidos, las olas de calor matan
más gente que huracanes, tornados, terremotos e inundaciones juntos.
Ahora bien, la ola de calor no es un peligro natural típico que,
repentinamente, inflige daños reconocibles. Poca gente está al tanto
de los peligros. La ola de calor es un desastre que se desata en
silencio, de ahí que la mayoría de los gobiernos no lleguen a dar
la alerta a tiempo. Quienes sufren son los ancianos y los marginados.
La ola de calor no se incluye en las políticas en materia de desastres
ni en las políticas de salud pública, a pesar de que cada vez cobra
más vidas. ¿Por qué? Los estudios sobre percepción del peligro revelan
que desastres repentinos y devastadores como los terremotos causan
mayor temor que los accidentes de tráfico, aun cuando se sabe que
muere más gente en los segundos que en los primeros. Cuanto más
alto es ese factor temor, más quiere la gente que se tomen medidas
para reducir el riesgo en cuestión. Entonces, se puede dar el caso
que los escasos recursos se asignen a reducir riesgos poco frecuentes,
pero que atemorizan más, en lugar de destinarlos a abordar problemas
sociales más urgentes. El reto que se plantea a los profesionales
de la salud y los expertos en desastres consiste en lograr que la
colectividad tome conciencia del daño potencial que pueden causar
las temperaturas extremas.
El verano de 2003 fue el más caluroso en 500 años. La media de
temperatura fue 3,5° Celsius más alta que la normal. Científicos
suizos estiman que en Europa, las temperaturas estivales serán 4,6°
más altas en 2010. La Organización Meteorológica Mundial considera
que tan solo en EE.UU. el número de muertes relacionadas con la
canícula podría duplicar de aquí a 2020.
Ahora bien, los aumentos previstos en cuanto a la variabilidad
de la temperatura podrían ser más dañinos que un simple aumento
de las temperaturas medias. Las variaciones repentinas pueden resultar
más mortíferas que una larga canícula porque el cuerpo humano necesita
tiempo para aclimatarse. Cuando hace mucho calor, el cuerpo se enfría
solo mediante la transpiración y la irrigación de la piel. El corazón
trabaja más, lo que le pone en peligro al igual que otros órganos
vitales. El período más fresco, después de la caída del sol, permite
que el cuerpo recupere. Ahora bien, en el momento más crítico de
la ola de calor en Europa, las temperaturas nocturnas no bajaron
de 30 grados, lo que desencadenó la catástrofe.
La ola de calor es un desastre eminentemente urbano porque en las
ciudades, las temperaturas pueden ser entre cinco y seis grados
más altas que en las zonas rurales. En el verano de 2003, la tasa
de mortalidad de París fue 130 por ciento más alta que en el verano
de 2002, mientras que en las zonas rurales sólo aumentó un 20 por
ciento. Por ejemplo, plantar césped en los techos de los edificios
industriales es una buena idea, pero las muertes durante una ola
de calor obedecen más a la exclusión social que a las estructuras
o el aumento de temperatura. Durante la ola de calor en Chicago,
en 1995, un barrio pobre, donde imperaba la violencia y había cantidad
de edificios abandonados, la tasa de mortalidad fue 10 veces mayor
que en un barrio vecino donde se vivía más en la calle, lo que hizo
que la gente saliera de su casa y se la viera más.
En las zonas urbanas, los más afectados son los ancianos. Pueden
sufrir de enfermedades cardiovasculares, que se ven exacerbadas
por la canícula. Por lo general, están fuera de vista y les resulta
más difícil pedir ayuda. En Francia, 70 por ciento de los muertos
durante la ola de calor tenía más de 75 años. Las Naciones Unidas
estiman que, globalmente, el número de personas mayores (60 años
o más) triplicará de aquí a 2050, cifrándose en 2.000 millones,
aproximadamente. En Europa, continente con el mayor número de personas
ancianas, el peligro es grande porque se prevén más y peores olas
de calor. En Francia, en 2003, dos tercios de las víctimas de la
ola de calor murieron en hospitales, instituciones privadas de atención
de salud y hogares de jubilados. En Chicago, en 1995, la mayoría
de las víctimas murieron solas, encerradas en su apartamento, olvidadas
de familiares, amigos y vecinos. Ambos desastres revelan una falla
catastrófica en la atención y el trato de los ancianos.
El trágico saldo de 2003 provocó conmoción pública en Francia.
Los periodistas criticaron la costumbre nacional de tomarse vacaciones
en agosto, lo que deja a los servicios públicos sin efectivos suficientes
como para hacer frente a un desastre. Los profesionales de la salud
argumentaron que el problema residía en la crisis que atraviesa
el sistema de atención a la vejez debido a la deficiencia de fondos
y personal, combinada con la costumbre nacional de aislar a los
ancianos y olvidarlos. En los países de Europa meridional hubo menos
víctimas mortales, principalmente, porque allí los ancianos están
más integrados en la vida cotidiana de la familia. La marginación
y la pobreza de los ancianos son las raíces del desastre, las temperaturas
extremas son tan solo el detonador natural.
Rara vez, las autoridades reaccionan bien ante las olas de calor.
El alcalde de Chicago declaró que la ola de calor de 1995 se había
exagerado enormemente. El Ministro de Salud de Francia, afirmó que
su ministerio había manejado bien la ola de calor de 2003, pero
una comisión parlamentaria concluyó que la precariedad de la gestión
política había contribuido al desastre. En toda Europa central,
los sistemas estatales de bienestar social siempre han ofrecido
protección social y médica, pero resulta cada vez más difícil mantenerlos
porque las economías están estancadas y la proporción de ancianos
que no pagan impuestos está en aumento.
Los especialistas concuerdan en que los planes de preparación en
previsión de desastres deberían comprender múltiples asociados,
incluidos administradores de ciudades, trabajadores de servicios
sociales y salud pública, así como personal médico de urgencia.
Además, esa preparación práctica debe completarse con un cambio
radical de la actitud con los ancianos.
Cada persona puede tomar medidas para protegerse, por ejemplo,
ponerse de acuerdo con algún amigo para llamarle por teléfono todos
los días a la misma hora, envolverse en toallas mojadas, evitar
el ejercicio y tomar mucho líquido. No obstante, cuando las personas
mayores están muy débiles o tienen muy poca información como para
poder prepararse, la comunidad (familiares, amigos, autoridades
de salud pública, profesionales de atención al anciano) debe intervenir
para garantizar su seguridad.
La alerta temprana es esencial y una ola de calor puede pronosticarse
tres días antes. En la ciudad de Filadelfia, Estados Unidos, entre
1995 y 1998, durante las olas de calor se salvó a 117 personas,
tomando las medidas siguientes: