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Publicaciones: Informe mundial sobre desastres 2004
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Radu Sighetti/Reuters, cortesía de www.alertnet.com
 
Sección uno - La capacidad de resistencia de las comunidades

Capítulo 2
Ola de calor - Desastre encubierto del mundo desarrollado

Según estimaciones, entre 22.000 y 35.000 personas murieron debido a la ola de calor que invadió Europa en agosto de 2003. Las pérdidas económicas totalizaron más de 13.000 millones de dólares. ¿Por qué autoridades y comunidades estaban tan poco preparadas? ¿Qué hacer para apoyar a quienes están más expuestos a ese riesgo?

Europa no es la única. En Estados Unidos, las olas de calor matan más gente que huracanes, tornados, terremotos e inundaciones juntos. Ahora bien, la ola de calor no es un peligro natural típico que, repentinamente, inflige daños reconocibles. Poca gente está al tanto de los peligros. La ola de calor es un desastre que se desata en silencio, de ahí que la mayoría de los gobiernos no lleguen a dar la alerta a tiempo. Quienes sufren son los ancianos y los marginados.

La ola de calor no se incluye en las políticas en materia de desastres ni en las políticas de salud pública, a pesar de que cada vez cobra más vidas. ¿Por qué? Los estudios sobre percepción del peligro revelan que desastres repentinos y devastadores como los terremotos causan mayor temor que los accidentes de tráfico, aun cuando se sabe que muere más gente en los segundos que en los primeros. Cuanto más alto es ese factor temor, más quiere la gente que se tomen medidas para reducir el riesgo en cuestión. Entonces, se puede dar el caso que los escasos recursos se asignen a reducir riesgos poco frecuentes, pero que atemorizan más, en lugar de destinarlos a abordar problemas sociales más urgentes. El reto que se plantea a los profesionales de la salud y los expertos en desastres consiste en lograr que la colectividad tome conciencia del daño potencial que pueden causar las temperaturas extremas.

El verano de 2003 fue el más caluroso en 500 años. La media de temperatura fue 3,5° Celsius más alta que la normal. Científicos suizos estiman que en Europa, las temperaturas estivales serán 4,6° más altas en 2010. La Organización Meteorológica Mundial considera que tan solo en EE.UU. el número de muertes relacionadas con la canícula podría duplicar de aquí a 2020.

Ahora bien, los aumentos previstos en cuanto a la variabilidad de la temperatura podrían ser más dañinos que un simple aumento de las temperaturas medias. Las variaciones repentinas pueden resultar más mortíferas que una larga canícula porque el cuerpo humano necesita tiempo para aclimatarse. Cuando hace mucho calor, el cuerpo se enfría solo mediante la transpiración y la irrigación de la piel. El corazón trabaja más, lo que le pone en peligro al igual que otros órganos vitales. El período más fresco, después de la caída del sol, permite que el cuerpo recupere. Ahora bien, en el momento más crítico de la ola de calor en Europa, las temperaturas nocturnas no bajaron de 30 grados, lo que desencadenó la catástrofe.

La ola de calor es un desastre eminentemente urbano porque en las ciudades, las temperaturas pueden ser entre cinco y seis grados más altas que en las zonas rurales. En el verano de 2003, la tasa de mortalidad de París fue 130 por ciento más alta que en el verano de 2002, mientras que en las zonas rurales sólo aumentó un 20 por ciento. Por ejemplo, plantar césped en los techos de los edificios industriales es una buena idea, pero las muertes durante una ola de calor obedecen más a la exclusión social que a las estructuras o el aumento de temperatura. Durante la ola de calor en Chicago, en 1995, un barrio pobre, donde imperaba la violencia y había cantidad de edificios abandonados, la tasa de mortalidad fue 10 veces mayor que en un barrio vecino donde se vivía más en la calle, lo que hizo que la gente saliera de su casa y se la viera más.

En las zonas urbanas, los más afectados son los ancianos. Pueden sufrir de enfermedades cardiovasculares, que se ven exacerbadas por la canícula. Por lo general, están fuera de vista y les resulta más difícil pedir ayuda. En Francia, 70 por ciento de los muertos durante la ola de calor tenía más de 75 años. Las Naciones Unidas estiman que, globalmente, el número de personas mayores (60 años o más) triplicará de aquí a 2050, cifrándose en 2.000 millones, aproximadamente. En Europa, continente con el mayor número de personas ancianas, el peligro es grande porque se prevén más y peores olas de calor. En Francia, en 2003, dos tercios de las víctimas de la ola de calor murieron en hospitales, instituciones privadas de atención de salud y hogares de jubilados. En Chicago, en 1995, la mayoría de las víctimas murieron solas, encerradas en su apartamento, olvidadas de familiares, amigos y vecinos. Ambos desastres revelan una falla catastrófica en la atención y el trato de los ancianos.

El trágico saldo de 2003 provocó conmoción pública en Francia. Los periodistas criticaron la costumbre nacional de tomarse vacaciones en agosto, lo que deja a los servicios públicos sin efectivos suficientes como para hacer frente a un desastre. Los profesionales de la salud argumentaron que el problema residía en la crisis que atraviesa el sistema de atención a la vejez debido a la deficiencia de fondos y personal, combinada con la costumbre nacional de aislar a los ancianos y olvidarlos. En los países de Europa meridional hubo menos víctimas mortales, principalmente, porque allí los ancianos están más integrados en la vida cotidiana de la familia. La marginación y la pobreza de los ancianos son las raíces del desastre, las temperaturas extremas son tan solo el detonador natural.

Rara vez, las autoridades reaccionan bien ante las olas de calor. El alcalde de Chicago declaró que la ola de calor de 1995 se había exagerado enormemente. El Ministro de Salud de Francia, afirmó que su ministerio había manejado bien la ola de calor de 2003, pero una comisión parlamentaria concluyó que la precariedad de la gestión política había contribuido al desastre. En toda Europa central, los sistemas estatales de bienestar social siempre han ofrecido protección social y médica, pero resulta cada vez más difícil mantenerlos porque las economías están estancadas y la proporción de ancianos que no pagan impuestos está en aumento.

Los especialistas concuerdan en que los planes de preparación en previsión de desastres deberían comprender múltiples asociados, incluidos administradores de ciudades, trabajadores de servicios sociales y salud pública, así como personal médico de urgencia. Además, esa preparación práctica debe completarse con un cambio radical de la actitud con los ancianos.

Cada persona puede tomar medidas para protegerse, por ejemplo, ponerse de acuerdo con algún amigo para llamarle por teléfono todos los días a la misma hora, envolverse en toallas mojadas, evitar el ejercicio y tomar mucho líquido. No obstante, cuando las personas mayores están muy débiles o tienen muy poca información como para poder prepararse, la comunidad (familiares, amigos, autoridades de salud pública, profesionales de atención al anciano) debe intervenir para garantizar su seguridad.

La alerta temprana es esencial y una ola de calor puede pronosticarse tres días antes. En la ciudad de Filadelfia, Estados Unidos, entre 1995 y 1998, durante las olas de calor se salvó a 117 personas, tomando las medidas siguientes:

  • alentar a amigos y vecinos a través de los medios de comunicación para que visitaran todos los días a personas ancianas;
  • habilitar una línea telefónica de información y asesoramiento;
  • organizar visitas de las autoridades de salud a personas que necesitaban atención;
  • alertar a los hogares de ancianos sobre una canícula de alto riesgo;
  • aumentar la dotación de personal del departamento de bomberos y los servicios de urgencia de los hospitales, y
  • prestar servicios diurnos a las personas sin hogar.

Cuando la ola de calor es un desastre provocado por el ser humano, es hora que los países más ricos del mundo se replanteen sus políticas y valores. En momentos en que los Estados luchan por equilibrar los reducidos presupuestos de salud y el aumento de los costos de atención a los ancianos, las políticas relativas al envejecimiento de la población se están convirtiendo en una preocupación mundial. La ola de calor de 2003 puso de relieve lo que sucede cuando se ignora el problema.

Capítulo escrito por Jean Milligan, articulista independiente, especializada en temas humanitarios y de desarrollo. El texto del recuadro es de Jonathan Walter, Redactor del Informe Mundial sobre Desastres.

 

Ola de calor - Reseña de datos

Número de muertos durante la ola de calor de 2003 en Europa (hipertermia y mortalidad excesiva)

 
OMS
EPI
Francia
14.802
14.802
Alemania
7.000
España
59*
4.230
Italia
3.134
4.175
Portugal
2.106
1.316
Inglaterra y Gales
2.045
2.045
Países Bajos
-
1.400
Bélgica
-
150
Totaux
22.146
35.118

 

 

 

 

 

*Según la OMS, durante la ola de calor hubo 6.000 muertes, pero sólo se reconoció que esa era la causa en 59 casos.
Fuentes: Organización Mundial de la Salud, 2004 y Earth Policy Institute, 2003.



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