En toda África meridional, el VIH/SIDA se suma a la inseguridad
alimentaria, la pobreza, el deterioro de la atención de salud, la
contaminación del agua, el saneamiento deficiente, la urbanización
descontrolada y las enfermedades comunes, creando un desastre sin
precedente que las intervenciones convencionales no pueden contener.
Cuando un agricultor cae enfermo, su esposa abandona las tareas
del campo para cuidarlo. Menos brazos significan menos cultivos,
lo que conjugado con la sequía, puede traducirse en hambruna. Dado
que la tierra produce tan poco, las viudas se endeudan. Cuando ellas
fallecen, los hijos mayores toman el relevo. En África meridional,
muchos de los 4.000.000 de niños huérfanos del sida son cabeza de
familia y ni siquiera tienen asegurada la comida del día siguiente.
Tampoco la educación. Se están perdiendo las competencias agrícolas.
Los centros de enseñanza excluyen a quienes no pueden pagar la matrícula,
los libros de estudio y los uniformes. Mientras una generación muere
de sida, a otra se le priva de futuro.
En emergencias anteriores, los hogares capeaban la situación buscando
empleo remunerado, reduciendo la comida diaria, mandando a los hijos
a vivir con parientes en mejor situación o vendiendo el ganado.
Pero el tiempo que insume cuidar a los pacientes de VIH/SIDA implica
que quienes lo hacen no puedan buscar empleos alternativos y los
otros familiares se vean igualmente afectados.
Debido a la escasez de puestos de trabajo muchas más personas dependen
de uno solo sostén de familia. En 2005, Zimbabwe habrá perdido un
quinto de su fuerza de trabajo. En los hogares afectados por el
VIH, la carga de cuidar a los enfermos reduce de 60 por ciento el
rendimiento de las cosechas. La tasa de infección en las mujeres
es el doble que en los hombres. No obstante, ellas representan dos
tercios de la mano de obra agrícola, cuidan de los enfermos y, cuando
el esposo fallece, tienen que hacerse cargo de las deudas y resolver
el dilema de alimentar a sus hijos o mandarlos a la escuela.
La política de ayuda es demasiado lenta. La rápida intervención
internacional en 2002-2003 impidió que la hambruna aquejara a 14
millones de personas. Pero el hambre era sintomática de una crisis
más compleja que la ayuda alimentaria no puede resolver por sí sola.
Dado que más del 70 por ciento de la población de África depende
de la agricultura para ganarse la vida, el VIH/SIDA está gestando
una calamidad social sin precedente. Los esfuerzos para prevenir
más infecciones no han dado gran resultado. Allí donde la incidencia
del VIH es la más alta, la esperanza de vida descenderá a menos
20 de años en 2020.
El VIH/SIDA acentúa la vulnerabilidad frente a enfermedades como
el sarampión, la malaria y la tuberculosis que, actualmente, se
propagan a un ritmo acelerado. Aun así, la inversión estatal en
atención de salud no llega a 50 dólares por persona y por año; de
ahí que resulte prácticamente imposible, vacunar a los niños y responder
a la creciente demanda de atención y prevención. Las estructuras
precarias de atención de salud comprometen la distribución de medicamentos
antirretrovirales que pueden prolongar la vida de 20 años. Sin un
nuevo paradigma de ayuda, la indigencia de comunidades enteras será
inevitable.
Un apoyo a largo plazo y centrado en el ser humano es indispensable.
Acabar con el estigma asociado al VIH/SIDA es el primer paso. Ahora
bien, las investigaciones llevadas a cabo en Swazilandia revelan
que, a pesar de las grandes campañas de información, se sigue corriendo
riesgos. El Jefe Masilela del pueblo de Evusweni tuvo éxito en todas
partes, persuadiendo a los ancianos de que reservaran tierras para
contribuir a la crianza de los huérfanos y abogando por la agricultura
comunitaria de campos sin cultivar. En lugar de distribuir alimentos,
la ayuda humanitaria debería ayudar a la comunidad para que se ayudara
a sí misma. El apoyo externo del riego acabaría con la dependencia
de los agricultores a los caprichos de la lluvia, y el abastecimiento
de agua potable permitiría reducir la propagación de enfermedades
mortales como el cólera y la diarrea.
Masilela conoce muy bien las necesidades de su comunidad. Si Evusweni
se propone recuperarse, él y sus vecinos serán la clave de la solución.
Se trata de una simple premisa que se suele olvidar. En las evaluaciones
se criticó a las organizaciones internacionales de ayuda por no
comprender cabalmente a las comunidades donde trabajaron en 2002-2003.
Focalizar la ayuda alimentaria en determinadas familias socavó la
cohesión de las comunidades rurales que, tradicionalmente, comparten
recursos en épocas duras.
Hay que abandonar esa programación vertical de la ayuda para sectores
concretos. Reducir el hambre, sustentar los medios de subsistencia,
sensibilizar, combatir el estigma y lograr cambios de comportamiento
son medios igualmente vitales. Se debe obrar por tres objetivos:
acabar con la agudización de la pobreza, detener la propagación
del VIH, y reducir la vulnerabilidad frente a enfermedades y desastres.
Elaborar programas de ayuda eficaces implica realizar evaluaciones
multisectoriales de vulnerabilidad y capacidad, respaldadas por
donantes que acepten una programación holística; esto requiere toda
una serie de medidas que sean aplicadas por un consorcio de asociados.
La Cruz Roja de Swazilandia ha trabajado en equipo con especialistas
en seguridad alimentaria, universidades y autoridades para conjugar
atención domiciliaria, mejora de la agricultura mediante el riego
y actividades de generación de ingresos tales como la avicultura
y el cultivo de verduras.
Años atrás, la televisión nos mostraba los desastres de África
utilizando imágenes de refugiados esqueléticos y niños famélicos
con los ojos llenos de moscas. Pero, hoy en día, el desastre es
invisible. La mayoría de las víctimas muere en su casa. Fuera de
la vista y la mente de un mundo indiferente, mueren millones de
seres humanos. En una década, Swazilandia habrá perdido la mitad
de su población en edad de trabajar.
No obstante, hay algunas chispas de esperanza. Voluntarios de la
Cruz Roja prestan atención domiciliaria: cuidan, cocinan, limpian,
escuchan y asesoran a quienes contrajeron el virus y a las demás
personas afectadas por la pandemia. Aportan alimentos, artículos
de higiene y medicamentos. Imparten educación para la salud y controlan
enfermedades mortales como la tuberculosis que aqueja a la mitad
de quienes viven con el VIH/SIDA. La atención domiciliara está vinculada
con la distribución de alimentos y los programas de agua y saneamiento.
La mayoría de la gente no dispone de letrinas y defeca entre los
arbustos. Cuando llueve, las heces van a para a los ríos de donde
se saca el agua para beber. Por eso, la Cruz Roja instaló tanques
de filtración y acueductos para abastecer de agua potable a clínicas
y hogares. Ahora bien, las organizaciones de ayuda no pueden lidiar
con todo. Sólo los gobiernos tienen la capacidad de definir las
necesidades a escala nacional.
El VIH/SIDA ha puesto de relieve la fragilidad del lazo entre socorro
y desarrollo. La intervención humanitaria de 2002-2003 para suministrar
alimentos a millones de personas fue encomiada como una acción preventiva
idónea, pero, en realidad, sólo aplazó la muerte. Peor aún, envió
la señal errónea de que se había evitado un "desastre", cuando el
año pasado, en el África subsahariana, por lo menos 2.200.000 personas
murieron de sida. Asimismo, esta pandemia revela la futilidad de
dar soluciones temporarias a problemas complejos. Limitarse a la
ayuda alimentaria no es suficiente.
Tan solo un enfoque orientado al desarrollo, establecido a partir
de un conocimiento cabal de necesidades y capacidades puede garantizar
la eficacia y la sostenibilidad de las intervenciones. A tales efectos,
las organizaciones internacionales de ayuda deben cooperar entre
ellas y con grupos comunitarios, ONG locales, municipios y gobiernos.
Es indispensable que la intervención sea multidimensional y comprenda:
apoyo a los medios de subsistencia locales; riego y producción agrícola;
seguridad alimentaria en zonas urbanas; educación; abastecimiento
de agua potable; saneamiento; prevención de enfermedades y atención
de salud. El resultado reposará principalmente en el temple, las
competencias y la capacidad de resistencia de quienes se levantan
cada día sabiendo que tendrán que combatir la enfermedad por el
resto de su vida.
Capítulo escrito por John Sparrow, Delegado Regional de Información
de la Federación Internacional en Asia oriental. Fuente del recuadro:
Stephen Lewis, Enviado Especial del Secretario General de las Naciones
Unidas para el VIH/SIDA en África, 31 de marzo de 2004.