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Publicaciones: Informe mundial sobre desastres 2004
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Marko Kokic/Federación Internacional
 
Sección uno - La capacidad de resistencia de las comunidades

Capítulo 6
SIDA: Las comunidades pujan por salir de la espiral descendente

En toda África meridional, el VIH/SIDA se suma a la inseguridad alimentaria, la pobreza, el deterioro de la atención de salud, la contaminación del agua, el saneamiento deficiente, la urbanización descontrolada y las enfermedades comunes, creando un desastre sin precedente que las intervenciones convencionales no pueden contener.

Cuando un agricultor cae enfermo, su esposa abandona las tareas del campo para cuidarlo. Menos brazos significan menos cultivos, lo que conjugado con la sequía, puede traducirse en hambruna. Dado que la tierra produce tan poco, las viudas se endeudan. Cuando ellas fallecen, los hijos mayores toman el relevo. En África meridional, muchos de los 4.000.000 de niños huérfanos del sida son cabeza de familia y ni siquiera tienen asegurada la comida del día siguiente. Tampoco la educación. Se están perdiendo las competencias agrícolas. Los centros de enseñanza excluyen a quienes no pueden pagar la matrícula, los libros de estudio y los uniformes. Mientras una generación muere de sida, a otra se le priva de futuro.

En emergencias anteriores, los hogares capeaban la situación buscando empleo remunerado, reduciendo la comida diaria, mandando a los hijos a vivir con parientes en mejor situación o vendiendo el ganado. Pero el tiempo que insume cuidar a los pacientes de VIH/SIDA implica que quienes lo hacen no puedan buscar empleos alternativos y los otros familiares se vean igualmente afectados.

Debido a la escasez de puestos de trabajo muchas más personas dependen de uno solo sostén de familia. En 2005, Zimbabwe habrá perdido un quinto de su fuerza de trabajo. En los hogares afectados por el VIH, la carga de cuidar a los enfermos reduce de 60 por ciento el rendimiento de las cosechas. La tasa de infección en las mujeres es el doble que en los hombres. No obstante, ellas representan dos tercios de la mano de obra agrícola, cuidan de los enfermos y, cuando el esposo fallece, tienen que hacerse cargo de las deudas y resolver el dilema de alimentar a sus hijos o mandarlos a la escuela.

La política de ayuda es demasiado lenta. La rápida intervención internacional en 2002-2003 impidió que la hambruna aquejara a 14 millones de personas. Pero el hambre era sintomática de una crisis más compleja que la ayuda alimentaria no puede resolver por sí sola. Dado que más del 70 por ciento de la población de África depende de la agricultura para ganarse la vida, el VIH/SIDA está gestando una calamidad social sin precedente. Los esfuerzos para prevenir más infecciones no han dado gran resultado. Allí donde la incidencia del VIH es la más alta, la esperanza de vida descenderá a menos 20 de años en 2020.

El VIH/SIDA acentúa la vulnerabilidad frente a enfermedades como el sarampión, la malaria y la tuberculosis que, actualmente, se propagan a un ritmo acelerado. Aun así, la inversión estatal en atención de salud no llega a 50 dólares por persona y por año; de ahí que resulte prácticamente imposible, vacunar a los niños y responder a la creciente demanda de atención y prevención. Las estructuras precarias de atención de salud comprometen la distribución de medicamentos antirretrovirales que pueden prolongar la vida de 20 años. Sin un nuevo paradigma de ayuda, la indigencia de comunidades enteras será inevitable.

Un apoyo a largo plazo y centrado en el ser humano es indispensable. Acabar con el estigma asociado al VIH/SIDA es el primer paso. Ahora bien, las investigaciones llevadas a cabo en Swazilandia revelan que, a pesar de las grandes campañas de información, se sigue corriendo riesgos. El Jefe Masilela del pueblo de Evusweni tuvo éxito en todas partes, persuadiendo a los ancianos de que reservaran tierras para contribuir a la crianza de los huérfanos y abogando por la agricultura comunitaria de campos sin cultivar. En lugar de distribuir alimentos, la ayuda humanitaria debería ayudar a la comunidad para que se ayudara a sí misma. El apoyo externo del riego acabaría con la dependencia de los agricultores a los caprichos de la lluvia, y el abastecimiento de agua potable permitiría reducir la propagación de enfermedades mortales como el cólera y la diarrea.

Masilela conoce muy bien las necesidades de su comunidad. Si Evusweni se propone recuperarse, él y sus vecinos serán la clave de la solución. Se trata de una simple premisa que se suele olvidar. En las evaluaciones se criticó a las organizaciones internacionales de ayuda por no comprender cabalmente a las comunidades donde trabajaron en 2002-2003. Focalizar la ayuda alimentaria en determinadas familias socavó la cohesión de las comunidades rurales que, tradicionalmente, comparten recursos en épocas duras.

Hay que abandonar esa programación vertical de la ayuda para sectores concretos. Reducir el hambre, sustentar los medios de subsistencia, sensibilizar, combatir el estigma y lograr cambios de comportamiento son medios igualmente vitales. Se debe obrar por tres objetivos: acabar con la agudización de la pobreza, detener la propagación del VIH, y reducir la vulnerabilidad frente a enfermedades y desastres.

Elaborar programas de ayuda eficaces implica realizar evaluaciones multisectoriales de vulnerabilidad y capacidad, respaldadas por donantes que acepten una programación holística; esto requiere toda una serie de medidas que sean aplicadas por un consorcio de asociados. La Cruz Roja de Swazilandia ha trabajado en equipo con especialistas en seguridad alimentaria, universidades y autoridades para conjugar atención domiciliaria, mejora de la agricultura mediante el riego y actividades de generación de ingresos tales como la avicultura y el cultivo de verduras.

Años atrás, la televisión nos mostraba los desastres de África utilizando imágenes de refugiados esqueléticos y niños famélicos con los ojos llenos de moscas. Pero, hoy en día, el desastre es invisible. La mayoría de las víctimas muere en su casa. Fuera de la vista y la mente de un mundo indiferente, mueren millones de seres humanos. En una década, Swazilandia habrá perdido la mitad de su población en edad de trabajar.

No obstante, hay algunas chispas de esperanza. Voluntarios de la Cruz Roja prestan atención domiciliaria: cuidan, cocinan, limpian, escuchan y asesoran a quienes contrajeron el virus y a las demás personas afectadas por la pandemia. Aportan alimentos, artículos de higiene y medicamentos. Imparten educación para la salud y controlan enfermedades mortales como la tuberculosis que aqueja a la mitad de quienes viven con el VIH/SIDA. La atención domiciliara está vinculada con la distribución de alimentos y los programas de agua y saneamiento. La mayoría de la gente no dispone de letrinas y defeca entre los arbustos. Cuando llueve, las heces van a para a los ríos de donde se saca el agua para beber. Por eso, la Cruz Roja instaló tanques de filtración y acueductos para abastecer de agua potable a clínicas y hogares. Ahora bien, las organizaciones de ayuda no pueden lidiar con todo. Sólo los gobiernos tienen la capacidad de definir las necesidades a escala nacional.

El VIH/SIDA ha puesto de relieve la fragilidad del lazo entre socorro y desarrollo. La intervención humanitaria de 2002-2003 para suministrar alimentos a millones de personas fue encomiada como una acción preventiva idónea, pero, en realidad, sólo aplazó la muerte. Peor aún, envió la señal errónea de que se había evitado un "desastre", cuando el año pasado, en el África subsahariana, por lo menos 2.200.000 personas murieron de sida. Asimismo, esta pandemia revela la futilidad de dar soluciones temporarias a problemas complejos. Limitarse a la ayuda alimentaria no es suficiente.

Tan solo un enfoque orientado al desarrollo, establecido a partir de un conocimiento cabal de necesidades y capacidades puede garantizar la eficacia y la sostenibilidad de las intervenciones. A tales efectos, las organizaciones internacionales de ayuda deben cooperar entre ellas y con grupos comunitarios, ONG locales, municipios y gobiernos.

Es indispensable que la intervención sea multidimensional y comprenda: apoyo a los medios de subsistencia locales; riego y producción agrícola; seguridad alimentaria en zonas urbanas; educación; abastecimiento de agua potable; saneamiento; prevención de enfermedades y atención de salud. El resultado reposará principalmente en el temple, las competencias y la capacidad de resistencia de quienes se levantan cada día sabiendo que tendrán que combatir la enfermedad por el resto de su vida.

Capítulo escrito por John Sparrow, Delegado Regional de Información de la Federación Internacional en Asia oriental. Fuente del recuadro: Stephen Lewis, Enviado Especial del Secretario General de las Naciones Unidas para el VIH/SIDA en África, 31 de marzo de 2004.

Lucha contra el VIH/SIDA en Swazilandia

Swazilandia se propone ofrecer terapia antirretroviral a unas 4.000 - 4.500 personas, de aquí a fines de 2004, y a unas 10.000 - 13.000 personas, a finales de 2005. Estas cifras corresponden al 50 por ciento de quienes reúnen las condiciones para recibirlo, porcentaje mucho más alto que el de la mayoría de los países. El consejo nacional de lucha contra el sida (National Emergency Response Council on HIV/AIDS - NERCHA) ideó un programa informático para supervisar el cumplimiento del tratamiento y sus efectos secundarios y lo puso a disposición de los médicos para que puedan seguir la evolución de sus pacientes con toda confidencialidad.

El NERCHA tiene previsto un contingente de 10.000 mujeres que se ocuparán de los niños huérfanos del país. Se trata de mujeres con familia propia que criarán y apoyarán a esos niños. El NERCHA solicitó a los donantes que se paguen 40 dólares mensuales a estas mujeres por ese trabajo que estará sujeto a un estricto control.

Actualmente, decenas de miles de niños no van a la escuela porque no pueden permitirse pagar la matrícula obligatoria. El NERCHA, el PMA y el UNICEF colaboraron con jefes locales para ofrecer una bolsa de estudios a las comunidades que pueden utilizar como mejor les parezca; por ejemplo, costear la matrícula de niños huérfanos, el salario de los maestros y el material didáctico o bien, renovar aulas. Un gran número de niños ya está volviendo a la escuela. El PMA les ofrece dos comidas diarias y en las escuelas se cultivan huertos para que los niños adquieran conocimientos de agricultura y mejoren su dieta. Además, el NERCHA supervisa la construcción de centros sociales que servirán de punto de coordinación para las actividades de la comunidad y los niños huérfanos.



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